3. Kal #2
Elena mira a su padre y al cura que lo acompaña antes de volverse hacia mí. Con los ojos entornados y las narinas ensanchadas, parece que estuviera tratando de prenderme fuego.
—¿Qué está ocurriendo aquí? —pregunta con las manos en un puño.
Nadie le responde de inmediato. Supongo que están esperando a que dé yo una explicación.
Como si hubiera intuido que iba a moverme, Elena se estremece en cuanto avanzo hacia ella, y se lanza hacia la puerta.
Yo salto casi al mismo tiempo anticipándome a su plan de huida y agarrándola por la cintura con ambos brazos.
La apoyo contra mi cuerpo y siento la obscena presión de su culo turgente contra la polla. Giro con ella en brazos para colocarnos delante del cura, cuyos ojos muestran por fin el desconcierto.
Le susurra algo a Rafael, quien niega con la cabeza y le habla con calma.
Acerco los labios a la oreja de Elena mientras intenta liberarse de mis brazos.
Al parecer todavía no se ha dado cuenta de que ese espíritu indomable es lo que me atrae de ella.
Cuanto más trata de liberarse, frotando su culo contra mí, más dura se me pone.
—Ten cuidado, pequeña.
Me muevo hacia delante para colocarle una mano sobre el vientre, clavándole la yema de los dedos.
Coge aire de repente y se queda petrificada.
No hay duda de que se ha percatado de la forma en que reacciona mi cuerpo ante ella.
Que haya público no mitiga la excitación que se me acumula en la entrepierna.
Si acaso, la intensifica al saber que está a mi merced.
Un movimiento en falso y la humillaré delante de su padre más de lo que ya lo he hecho.
Le hago un gesto al cura con la mano que tengo libre mientras con la otra la mantengo atrapada.
—¿Qué coño estás haciendo? —sisea chocando su hombro contra mi barbilla—. No pienso casarme contigo.
—Me temo que no te queda elección.
—Papà —exhala mirándolo suplicante—. Ya has visto lo que le ha hecho a Mateo. ¿Por qué no detienes esto?
—Aunque quisiera, te aseguro que no hay nada que pueda hacer.
Fulmino al cura con la mirada y chasqueo los dedos para indicarle que prosiga.
—Mi padre es el hombre más poderoso de la ciudad —dice Elena, interrumpiendo al cura cuando comienza su sermón.
Doy un bufido.
—No lo es.
Rafe se yergue, pero decido ignorarlo. Lo sabe de sobra.
—Estamos aquí reunidos para celebrar uno de los momentos más importantes de nuestra vida: la unión de dos corazones en presencia de Dios. Aquí, en estos… aposentos, somos testigos de la unión del doctor Kallum Anderson y la señorita Elena Ricci en matrimonio.
Hay un silencio que hace dudar al cura.
—Ay, Dios mío —grita Elena, que empieza a luchar de nuevo—. ¿Qué coño? ¡Detén esto! ¡Suéltame!
Le tapo la boca con la mano y le hago un gesto al cura para que continúe.
—Por favor, prosiga.
Se humedece los labios secos, levanta la Biblia y sigue adelante.
—Si alguno de los presentes conoce algún motivo por el que esta pareja no deba casarse, que hable ahora o calle para siempre.
Los gritos de Elena me rebotan en el cerebro y siento la vibración de la garganta en el antebrazo. Le tapo la boca con más fuerza y coloco un dedo bajo la nariz para bloquear ligeramente los orificios. No deja de gritar. El ruido sale amortiguado y roto hasta que empieza a faltarle el oxígeno.
Deja un grito estrangulado a medias y se detiene con la cara cada vez más roja.
Enarco una ceja y alargo el cuello para mirarla a los ojos.
Tiene una mirada salvaje, llameante en esos iris color miel.
Una parte de mí desearía sentirse mal por forzarla.
Por arrancarla de su mundo y llevármela al mío sabiendo que no se lo merece, pero está en peligro y esta es la única forma en la que mi plan puede funcionar.
Así que, bien visto, ninguno de los dos tiene elección.
—Kallum, ¿prometes amar y honrar a Elena, en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, pase lo que pase hasta que la muerte os separe?
—Lo prometo.
Noto un pinchazo en el pecho al decirlo y el regusto amargo de la mentira en la lengua. El cura repite los votos matrimoniales para ella, que niega con la cabeza mientras le resbalan las lágrimas por la mejilla con la boca aún tapada por mí.
—Cuando retire la mano, quiero que lo digas.
Di que aceptas. —Se le endurece la mirada y deja de llorar—.
Te estoy ayudando. Di que aceptas —murmuro para que solo lo oiga ella—.
O empezaré a liquidar a la gente que amas, uno a uno.
Mateo ha sido solo el principio, pequeña.
Después va tu padre si no haces lo que digo.
Se le escapa un gemido que consigue que se me endurezca la polla todavía más. Echa el aire por la nariz y retiro la mano poco a poco hacia abajo, preparado para volver a taparle la boca si vuelve a gritar.
Pero parece habérselo pensado mejor. Me mira a los ojos. Se niega a apartarlos de mí.
—¿Por qué? —susurra. Igual que cuando me ha preguntado lo mismo sobre Mateo, lo hace sin juzgarme por ello, como si solo quisiera averiguar mi razonamiento. Como si cada cosa que haces, por muy despreciable que sea, pudiera ser razonada si de verdad lo intentas.
Le coloco el pulgar en la barbilla y le inclino la cabeza hacia atrás. Estoy a punto de contárselo todo. Me muero de ganas de revelarle mis secretos, de desangrarme a sus pies, pero sé que no puedo arriesgarme. Todavía no. Antes tiene que ser mía.
Así que, en lugar de abrirle mi corazón, niego con la cabeza y le sonrío.
—¿Por qué no?