3. Kal
Kal
Se me pone dura al ver a Elena humedecerse los labios carnosos con la lengua. No aparta su dulce mirada del fiambre. Intento centrarme en lo que tengo entre manos y mirar hacia otro lado, pero no puedo dejar de pensar en esos labios rodeando mi polla, chupándomela como si le fuera la vida en ello.
—Has vuelto —susurra sin dejar de pestañear. Como si le costara creerse lo que ven sus ojos—. ¿Está…?
—¿Muerto? —le pregunto mientras pulso sobre el icono de pausa del teléfono para detener el vídeo. Me lo meto en el bolsillo del abrigo, asiento con la cabeza y aparto por fin la mirada de sus labios para fijarme en los ojos vacíos de Mateo—. Lo está, te lo aseguro.
Nos quedamos en silencio unos segundos. Contemplo el sube y baja de la respiración, sus pechos aprisionados tras la tela de encaje blanco del vestido, que parece una funda.
Nunca la había visto tan tapada y, aun así, la tela se amolda a su cuerpo como si se tratara de una segunda piel. Su apariencia resulta pecaminosa.
Puede que sea por la situación, por estar de pie con el vestido de novia puesto junto al fiambre de su prometido; sin embargo, juraría que su cuerpo solo ha reaccionado ante mí, como si la muerte no fuera con ella.
Se agacha y le lleva dos dedos a la yugular a Mateo para tomarle el pulso.
Se me tensan los hombros. Solo pensar que le ha dejado restos de ADN en la piel me pone de los nervios.
No porque me importe que la impliquen en el asesinato.
En unas horas dejará de ser relevante. Simplemente no quiero que lo toque.
La tiara atrapada en su pelo la acompaña en sus movimientos y se le ha corrido el rímel. Parece triste, derrotada, aunque tengo claro que está muy lejos de sentirse así.
Durante años solo la vi o hablé con ella de pasada. Hasta que cumplió los dieciocho, cuando empecé a vigilarla para devolverle un favor a su padre. Por aquel entonces todavía no se había apoderado de mí la depravación ni me había rendido ante ella cuando me pidió que la deshonrara.
Sé todo lo que hay que saber de la mujer que tengo delante.
Conozco sus poemas favoritos: «La máscara de la anarquía» de Shelley y «Mi última duquesa» de Browning; lo que prefiere para desayunar: tostada de pan integral con mantequilla de cacahuete y fruta.
También sé que le encanta aprender. Si tuviera elección, estudiaría literatura en lugar de cómo enseñarla.
También conozco el pequeño tatuaje de una granada que tiene bajo el pecho. He trazado su contorno con la punta de la lengua. Sabe igual que la fruta: explosiva y absolutamente cautivadora, el tipo de manjar al que quieres hincarle el diente. Y vaya si lo hice. Su sangre sabe igual de dulce.
Sé que se siente atraída por la oscuridad. La he observado deleitarse con la tenue actividad de las estrellas mientras la luz de la luna le bañaba la piel pálida más veces de las que estoy dispuesto a admitir.
Al contemplarla en ese estado de confusión, sé que no es la muerte de su prometido lo que la preocupa. Eso es solo un espejismo, como lo habría sido su matrimonio; una farsa para la prensa que dejara en buen lugar a su padre mientras destruía lo que quedaba del alma que destrocé yo hace semanas.
Elena se sorbe la nariz y, por un instante, temo que se vaya echar a llorar.
Me apoyo en los talones por si tengo que llevármela de allí antes de que se ponga histérica.
En lugar de eso, pasa la mano por el pecho de Mateo y la mete por debajo de la solapa del traje.
Cuando aparta la tela de la chaqueta dejando a la vista la camisa ensangrentada, me doy cuenta de que no se estaba sorbiendo la nariz; estaba oliéndolo.
Una descarga eléctrica de excitación me recorre la espalda y me golpea como un relámpago, calcinándome los huesos. Tal vez no sea una presa. Tal vez mi pequeña Perséfone esté preparada para el destino que le aguarda.
Mira fijamente la herida, donde sigue clavado mi cuchillo de mango curvo, y mueve ligeramente la cabeza.
—Es un seguro.
—¿Cómo dices?
Vuelve a colocar la chaqueta en su sitio y se encoge de hombros.
—Le has clavado el puñal para asegurarte, ¿no? Por si acaso no funcionaba lo que le habías preparado.
Me dispongo a negarlo todo. La necesidad de distanciarme del crimen forma ya parte de mí, pero decido no hacerlo. ¿De qué serviría si ya sabe que he sido yo?
Una parte de mí, la más enferma y trastornada, la que se oculta en los recovecos más recónditos de mi cerebro, quiere que lo sepa; que vea de lo que soy capaz, que entienda lo que les ocurre a quienes me desafían.
Mateo decidió seguir adelante con la boda después de haberle advertido que buscara la manera de cancelarla. Eso decantó la balanza. No podía dejar que arruinara mis planes y me la arrebatara, por lo que no me quedó más remedio que deshacerme de él.
No suelo ser tan desastroso y descuidado con mis trabajos.
Prefiero dedicarles el tiempo necesario, averiguar las peculiaridades de mis objetivos: lo que disfrutan y lo que les quita el sueño por la noche.
Pero su existencia se convirtió en una amenaza y tuve que eliminarlo con rapidez.
De lo único que me arrepiento es de que ella no me ayudara a envenenarlo.
Elena exhala un suspiro prolongado y se vuelve hacia mí con la barbilla levantada.
A diferencia de la mayoría de la gente que conozco, ella no se siente incómoda cuando la miras a los ojos.
Me devuelve la mirada desafiante, como si supiera que es precisamente eso lo que espero de ella y no pudiera resistirse a complacerme.
La única esperanza que me queda es que siga así de dócil en unos instantes.
Me observa detenidamente como si pudiera ver mi interior incandescente bajo este exterior frío y corrompido.
Avanzo hacia ella como si mi cuerpo estuviera atrapado en su campo magnético y se dejara llevar por su calidez.
Sus iris color miel brillan como un metal precioso derretido y, sin poder evitarlo, levanto la mano para acariciarle las puntas del pelo color chocolate.
—¿Por qué? —me pregunta sin un ápice de emoción.
Me hace dudar. Rozo su cuerpo con los dedos al bajar la mano.
—¿Por qué no?
—Es una forma muy egoísta de ver las cosas.
Enarco las cejas, sorprendido.
—¿Te he dado la impresión de que no soy egoísta?
Con un bufido, se mete las manos debajo de las axilas y se cruza de brazos.
—Supongo que no había perdido la esperanza.
La puerta del dormitorio de Mateo se abre despacio a nuestra espalda y aparece por la abertura la cabeza de Marcelline, la chica pelirroja que trabaja para mí.
Echa un vistazo al interior con sus grandes ojos azules antes de entrar con una bolsa de lona sobre el hombro y cerrar la puerta tras de sí.
Elena no le quita ojo de encima. Me entrega la bolsa bajo su atenta mirada, que arde de la rabia pese a que mi empleada no ha mirado más allá de mi clavícula.
En lo único en lo que se fija Elena es en que los dedos pálidos de Marcelline han rozado los míos, y su cuerpo suave desprende oleadas de ira. Resulta deliciosamente embriagador.
No suelen gustarme los celos en una mujer, pero que esta diosa vernal los sienta por mí es como encontrar el terreno abonado y listo para plantar mi semilla. Son los cimientos de la degeneración, esa emoción morbosa que pienso utilizar para construirnos a nosotros dos desde sus escombros.
—Marcelline —digo despacio cuando se aparta mi empleada.
Se detiene con el ceño fruncido. Posiblemente se esté preguntando si voy a volver a pedirle demasiado.
Tendré que ofrecerle un incentivo y unas vacaciones, ya que la he involucrado más de la cuenta.
Aunque he aprendido que, para algunos, la lealtad es un pequeño sacrificio. Así es como me he metido en este lío.
Abro la cremallera de la bolsa, saco de su interior instrumental de limpieza y lo coloco junto a la cama de Mateo.
Empiezo por sacarle el puñal del pecho. Lo hago con cuidado para no salpicar con la sangre, que sigue manando de su cuerpo hasta que sale un último bombeo y se derrama desde la herida hasta el suelo de mármol.
Qué idiota. ¿Por qué no lo habré cubierto con una lona de plástico antes de empezar?
Limpio el filo de la navaja con un pañuelo. Después señalo hacia Elena con ademán desenfadado.
—¿Conoces ya a mi futura esposa? —pregunto a Marcelline, disfrutando del silencio que provoca la pregunta. Esel tipo de silencio que me esfuerzo por crear, ese que corta el aire de un latigazo.
Me agacho, limpio la sangre con productos de limpieza hospitalaria y toallitas desechables y las tiro a la papelera. Cierro los ojos de Mateo con un dedo y lo tapo con la colcha hasta la barbilla, remetiéndosela a los lados.
Si no lo supieras, con el olor a producto de limpieza enmascarando la pestilencia de la habitación, no te darías cuenta de que está muerto.
—¿Cómo dices? —Elena es la primera en reaccionar a lo que he dicho—. ¿Tu qué?
Vuelve a abrirse la puerta y entra Rafael (justo a tiempo, como si le hubiera dado la entradilla la pregunta de Elena), seguido de un cura calvo que sostiene una biblia a la altura del pecho y que le dedica una sonrisa resplandeciente a Elena en cuanto la ve mientras admira su vestido de arriba abajo.
Me vuelvo hacia Marcelline.
—¿Habrá otro vestido por ahí que pueda llevar?
Niega con la cabeza.
—No, señor.
Suelto un suspiro, me paso la mano por el pelo y me pongo de pie mientras me quito los guantes de piel. Me repatea que Elena lleve para nuestra boda un vestido concebido para otro, aunque supongo que no me queda más remedio que aceptarlo.
Me quito el abrigo y lo dejo sobre la cama junto al cuerpo de Mateo.
Me aliso las solapas del traje. El cura habla en italiano y, a juzgar por la sonrisa que luce en su rubicunda cara, no tiene ni idea de lo que está ocurriendo.
Es probable que crea que esta es la ceremonia para la que lo han contratado.