Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) 2. Elena
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2. Elena

Elena

La mayoría de las chicas que conozco han crecido fantaseando con la boda de sus sueños.

Mi hermana Ariana, más pequeña que yo, soñaba con colores pastel y blanco virginal, aunque de eso tuviera poco.

Llevaba años haciendo ballet , así que tenía una idea muy clara de la canción y el baile con los que sacaría a nuestro padre y ella luciría resplandeciente.

Incluso Stella, la más pequeña de las tres hijas Ricci y la más inteligente, había diseñado el menú en una servilleta que utilizaba como punto de lectura para sus libros de texto.

Yo, sin embargo, planeaba mi funeral. Hasta el día de hoy, el ataúd de mármol y los ramos de dalias y lirios no parecían más que un sueño; un delirio que había imaginado para sobrellevar la cruda realidad a la que me enfrentaba.

Salvo que ahora, al contemplar mi reflejo en el espejo y a mi madre tratando de abrocharme el vestido, me doy cuenta de que es muy posible que una boda y un funeral sean la misma cosa.

Mi enlace con Mateo de Luca, el playboy favorito de Boston y el más voluble, marca el fin de mi vida como la he conocido hasta ahora.

— Dio mio! Mete barriga, Elena —salta Mamma, haciendo palanca con el codo en mi cadera mientras tira del vestido—. Te tomaron las medidas del traje hace tan solo dos semanas. ¿Cómo puedes haber engordado tanto en tan poco tiempo?

Su pregunta consigue que me ponga colorada. La vergüenza me rebana la piel a tiras como si se tratara de un cuchillo romo.

—No son más que un par de kilos —contesto mientras cojo aire todo lo que puedo, obediente.

—Seguro que son los nervios o retención de líquidos —dice mi tía Antonella desde la cama, donde se sienta mordisqueando una fresa bañada en chocolate que ha cogido de la bandeja que nos han enviado para el almuerzo—. O puede que sea por todas las horas que se pasa leyendo.

—Ya ha tirado la toalla. Hoy en día las jóvenes ya no pasan por la fase de la luna de miel. —Nonna, mi abuela paterna, vuelve a entrar en la habitación en el momento justo con una caja azul en las manos.

—Explícate, Frankie.

Nonna se encoge de hombros.

—En mis tiempos las mujeres esperaban unos cuantos años antes de abandonarse. Hoy en día mantener la figura no es más que una opción y después se preguntan por qué la mitad del país acaba divorciándose.

Mamma da el último tirón mientras canturrea dejándome sin aire en los pulmones. Da un paso atrás, se retira un mechón negro de la cara y resopla dando por terminada la tarea.

—Ya está. Menos mal que elegimos lazos en lugar de cremallera.

Me pongo de todos los colores. Observo cómo me queda el vestido de manga larga: me fijo en la planicie de mi estómago mientras pienso en el escote excesivo que Ariana se empeñó en que llevara y que se esconde debajo de ese vestido tan conservador.

«Es la primera vez que Mateo te va a ver desnuda —me dijo con una sonrisa en la sección de lencería de la tienda de vestidos de novia—. Que vea lo que se ha estado perdiendo».

Lo cierto es que la única persona en la que desearía despertar algún sentimiento, aunque fueran celos, ni siquiera va a venir a la boda. Tampoco es que vaya a ver lo que llevo puesto debajo del vestido. Otra vez no.

Me cruzo de brazos y le doy la espalda al espejo sintiendo retortijones en la tripa de la vergüenza. Perlas de sudor me resbalan por la espalda y me humedecen el nacimiento del pelo, así que decido entretenerme con la organización de las mesas para asegurarme de que están todos los invitados.

Nonna se acerca a mí, se chupa el dedo pulgar y me lo pasa por la mejilla.

—Antonella, ve a buscar el neceser del maquillaje. Más nos vale tenerlo cerca si sigue sudando de esta manera.

Mi tía sale corriendo de la habitación. Al abrir la puerta, veo momentáneamente el recibidor de la casa de Luca y el ajetreo de los camareros antes de que vuelva a cerrarse. Me invade el aroma a langosta y salsa marinara, consiguiendo que me ruja el estómago.

No he comido nada desde la cena de anoche, pero ahora que mi peso se ha convertido en un motivo de preocupación sé que si intento probar bocado antes de la ceremonia mi madre me rebanará el pescuezo.

¡Dios me libre de tener un pelo descolocado el día de mi boda si no ha sido ella quien lo ha puesto ahí!

Parami familia, lo más importante siempre ha sido la imagen, sobre todo estos últimos años, cuando han tenido que prescindir en buena medida del crimen organizado.

No han llegado a abandonarlo por completo, pero ya no se involucran demasiado.

Todo lo que sucede ocurre entre bastidores, escondido entre las sombras.

Papà y sus hombres, así como el resto de familias del país, han de ser cada vez más habilidosos en cómo dirigen sus negocios.

«Hay que controlar los medios —suele decir mi padre—. De esa forma controlas el relato».

Si la gente no cree que formes parte de una organización criminal violenta, no se le va a ocurrir denunciarte por ello. Por eso me caso con el heredero del conglomerado mediático más importante de Boston, pese a que el único sentimiento que albergo hacia mi futuro marido es el desprecio.

Tampoco es que importe lo que siento yo. Al menos en este mundillo. Lo único que le importa a la famiglia es que mantenga un perfil bajo y cumpla con mis obligaciones, que los ayude a mantenerse en el poder de la forma más rancia posible.

Mamma se lleva las manos a las caderas y me mira de arriba abajo con los ojos entornados, suspirando.

De las tres hijas Ricci, yo soy la única que ha salido a ella, a Carmen, la hermosa joven que se presentó en sociedad en su día.

Comparto con ella la melena oscura y los ojos color miel. Mis hermanas son más rubias, como Papà.

Soy consciente de que nuestro parecido afecta a cómo me ve. Por eso siempre encuentra diminutos defectos que criticar, porque para ella ya es demasiado tarde. Ojalá quesaber estas cosas me ayudara a enfrentarme a su juicio, pero nada más lejos.

—Muy bien, señoritas. Hay que marcharse ya. Tenemos que estar en la iglesia en media hora —dice Nonna mientras se acerca al rincón del dormitorio donde han dejado la bandeja de la comida. Coge una aceituna y se la mete en la boca, manchándose la yema de los dedos de carmín rosa chillón.

—Puf. —Un bufido que suena desde el recibidor precede a la figura esbelta de Ariana, que aparece de repente en el umbral de la puerta. El vestido de noche naranja oscuro abraza su cuerpo de bailarina.

Al verla, se apoderan de mí los celos. Es alta, ágil y hermosa, mientras que yo me siento como el patito feo con este vestido de novia. Hago lo que puedo por tragarme ese sentimiento y trato de olvidarme de los comentarios de mi madre, que no paran de repetirse en mi cerebro.

—Otra vez no —murmura Mamma mientras me recoloca un mechón de pelo detrás de la oreja.

Nonna pone los ojos en blanco.

—Ariana, ¿podrías dejar de quejarte?

—No. —Mi hermana pestañea antes de abrir esos ojitos de corderilla de par en par al reparar en mí—. ¡Ay, la Virgen! Estás preciosa, E.

Le sonrío agradecida mientras siento una punzada de culpabilidad en las entrañas. No sé qué me pasa.

—Parezco una muñeca de porcelana.

—Ya se te pasará —dice mi madre descartando la idea con un gesto de la mano.

Mi hermana sofoca una risita y se cruza de brazos.

—¿Por qué tenemos que ir tan pronto? Los invitados no empezarán a llegar hasta dentro de dos horas.

—Porque, nipotina , estamos a cargo de la organización. A ver si pensabas que iba a dejar en manos de cualquiera la boda de mi primera nieta.

Nonna le guiña un ojo y se acerca a mi hermana, la coge de la cintura y le da un empujoncito para que salga de la habitación.

—Ya casi estás, carina . Tienes algo prestado, algo azul…

Mi madre busca por la habitación con los labios fruncidos hasta localizar la caja que había traído antes Nonna.

La coge con cuidado, levanta la tapa y saca una tiara con velo.

Me doy la vuelta y la veo acercarse a mí a través del espejo.

Me roza con los dedos las sienes al colocarme la diadema y asegurarla con unas horquillas que se saca del bolsillo.

Me recoloca el velo para que me caiga sobre los hombros de forma que me cubra la melena y se le escapa un gritito de satisfacción.

—Perfecta —dice estrechándome en sus brazos—. Mateo se va a quedar mudo cuando te vea en el altar.

Siento el temor en las entrañas como si fuera cemento, solidificándose hasta el dolor con el peso de la indecisión.

—¿Tú también te sentías así? —pregunto con suavidad, a sabiendas de que compartimos algo más que la apariencia.

—¿A qué te refieres?

Me mordisqueo el interior del carrillo, dudosa.

—¿Te sentías como si te dirigieras a tu funeral?

Baja la mirada hacia sus manos, con los dedos repletos de anillos, que siguen apoyadas en mis omóplatos. Ladea la cabeza, pensativa, con la mirada perdida durante unos momentos.

—Aprenderás a hacer de tripas corazón —dice por fin, besándome la frente.

Me suelta con una sonrisa, aunque no parece sincera. Es una sonrisa débil e insegura, quebradiza, cuyos restos se esparcen por el suelo rotos en mil pedazos.

Carraspea, da una palmada y un paso atrás.

—Ya estás, figlia mia . Lista para ser la novia.

Observo mi imagen en el espejo y lo que veo es a una rehén atrapada en un elegante vestido blanco. Aun así, asiento con la cabeza.

—¿Nos vamos?

Mamma asiente a su vez.

—Creo que…

—¡Señorita Ricci!

Una de las camareras entra a toda prisa en la habitación. Tiene las angelicales mejillas coloradísimas, casi tan brillantes como su pelo. Se inclina hacia delante y se agarra las rodillas para recuperar el aliento mientras levanta una mano para indicarnos que esperemos un segundo.

—El señor De Luca solicita su presencia.

Hago rechinar los dientes del enfado y se me eriza la piel.

—Da mala suerte ver a la novia antes de la boda.

Además, paso de estar más rato con él del estrictamente necesario.

—Por favor, señorita. No se encuentra bien y ha dicho que solo hablará con usted.

Suspiro y miro a Mamma, que se encoge de hombros.

—Dicen que la suerte la forja una misma, ¿no? —Me da un beso en cada mejilla, se cuelga el bolso del hombro y se dirige a la puerta—. Soluciónalo y ven a la iglesia en cuanto puedas.

En silencio, me fijo unos segundos en la pegatina con el nombre impreso en mayúsculas que lleva la empleada: marcelline .

Me pregunto si se trata de una de las artimañas de Mateo para provocar una pelea, o de algo peor.

Pero no quiero montar una escena y retrasar lo inevitable, así que sigo a la mujer por el pasillo hasta el dormitorio de mi prometido.

Me detengo al entrar. Parece una habitación de invitados, como en la que acabo de estar, sin recuerdos ni efectos personales que abigarren las paredes ni el armario. Es como si el dormitorio perteneciera a un fantasma.

«O, más bien, a alguien a punto de convertirse en uno», pienso al ver a Mateo sentado a los pies de la cama.

—Pero ¡qué coño! —digo entre dientes mientras corro a su lado.

Se inclina hacia delante con las manos a la altura del estómago y vomita con violencia en una papelera de plástico.

—Joder, Mateo. ¿Qué ha pasado?

Se atraganta al coger aire mientras me mira con ojos vidriosos. Sus iris marrones parecen presas del pánico. La piel que le queda a la vista es de un rojo carmesí. Alarga la mano de forma extraña como si intentara agarrar el aire antes de que le vuelva a salir el vómito disparado del cuerpo.

—Se rumorea que es por algo que ha comido —dice una voz a mi espalda—, aunque no lo parezca.

Reconozco esa voz mejor que la mía. Me acaricia la piel, esparciendo su cálido aliento por mi nuca. Sé que está cerca.

—¿Qué opinas, pequeña?

Una película de sudor humedece la frente de Mateo, quien suelta la papelera, que se cae al suelo, al entrar en estado espasmódico.

La voz se materializa a mi lado haciendo que se me revuelva el estómago. Noto el sabor de la bilis en la garganta al sentir la manifestación física del fantasma del que llevo semanas tratando de librarme.

Guardo silencio, agarrotada por el miedo, que me araña con sus zarpas mientras contemplo, indefensa, a mi prometido retorcerse y babear en la cama sufriendo un ataque sin que nadie haga nada.

Ni siquiera el hombre que está a mi lado, que es médico.

Que esté aquí en este preciso momento me demuestra que ha venido como el matón de mi padre; que esto ha sido un encargo.

El cuerpo de Mateo se desangra en pocos minutos. Observo a Kal Anderson por el rabillo del ojo e intento reconciliar este ser con el hombre por el que solía sentir algo. El hombre que me desvirgó hace ocho semanas y que desapareció antes del alba, dejándome cubierta de cicatrices.

Su pelo, negro como el azabache, está enmarañado, como si se hubiera pasado el tiempo revolviéndoselo con las manos; su mandíbula es tan afilada que podría cortar un cristal con ella y lleva barba de pocos días.

Tiene la estructura ósea de un Adonis, aunque en sus ojos se intuye al diablo que se rumorea que es.

Su figura se cierne sobre mí. Nunca había conocido a alguien tan alto como él. El tejido negro de su traje caro le queda como un guante y le marca los músculos y las curvas de su cuerpo delgado y robusto.

Levanta la mano enguantada para mostrarme la pantalla de un móvil y entonces me doy cuenta de lo que está sucediendo, del motivo por el que me han hecho venir.

—Tenemos que hablar.