1. Kal
Kal
Gluglú.
Gluglú.
Gluglú.
Aprieto los dientes hasta que me duele la mandíbula. Fulmino con la mirada a mi jefe mientras bebe de una taza de té ardiente y ve el vídeo que se está reproduciendo en su ordenador.
El ruido que hace con los labios al sorber la bebida me está poniendo de los nervios, como si estuviera tratando de cortarlos con un cuchillo desafilado.
En el tiempo que tarda en empujar el papel en mi dirección, dejar la taza en la mesa y quitarse las gafas he imaginado todas las formas en que podría acabar con su vida.
Una sobredosis de insulina sería lo más limpio y lo más rápido, pues guarda su glucómetro y las plumas de insulina en uno de los cajones de su escritorio, arriba a la derecha, al alcance de todos.
Supongo que la mayoría de los hombres no se tomaría la molestia de investigar la metodología de un asesinato.
Prefieren hacerlo rápido y deshacerse del cuerpo sin importarles si dejan pistas.
Para eso pagan a la Policía. Lo único que les importa es lanzar un mensaje inequívoco para mantenerse en el poder.
Por eso una sobredosis no les resultaría satisfactoria.
Sobre todo si lo comparas con abrirle el pecho en canal a tu víctima, romperle las costillas y separarlas todo lo que dan de sí para cercenar su corazón latente mientras sus ojos se van vaciando de vida.
Sostener la vida de alguien en tus manos es una experiencia mágica; una simetría que se encuentra en la naturaleza y que te brinda la oportunidad de condenar a los monstruos a un destino espeluznante, o de sanarlos.
Están a tu merced. Alguien como Rafael Ricci jamás podría ser capaz de imaginarse esa clase de poder; esa es la razón por la que me tiene a mí.
Rafe se pasa la mano por la barbilla afeitada, se quita las gafas, se sienta en su silla de cuero y me mira a la cara. Me inspecciona con sus ojos oscuros sin dejar traslucir nada, ni una pista de lo que ocurre tras ellos.
Me cruzo de piernas y me llevo la mano enguantada a la rodilla mientras espero.
Llevamos casi veinte años trabajando juntos.
Ya sabe que no va a librarse de mí fácilmente.
Si quiere quedarse sentado en silencio hasta que uno de los dos dé su brazo a torcer, por mí estupendo.
Es la vida de su hija la que está en juego.
Rafe chasquea los dedos y les hace un gesto a los dos guardaespaldas fornidos que hay en el despacho para que se marchen. El grueso anillo de oro que lleva en el dedo pulgar refulge a la luz de la lámpara.
Abre uno de los cajones de su escritorio y saca una licorera con el emblema de la familia Ricci y dos vasos de cristal.
Sirve el alcohol en los vasos sin mediar palabra y empuja uno en mi dirección antes de llevarse el suyo a la boca y tomar un trago generoso.
Le resbalan unas gotas hasta el cuello de la camisa blanca del traje, aunque no parece percatarse de ello.
Yo cojo el vaso y lo sostengo en la mano por encima de la rodilla sin beber de él.
Enarca una ceja y suelta un bufido.
—Es de mala educación rechazar las muestras de hospitalidad de tu jefe.
—Mi jefe sabe que no he venido a disfrutar de la hora feliz.
Apura la bebida de un trago, golpea con el vaso en el escritorio de madera y se limpia los labios con el reverso del puño de la camisa, sujeto con gemelos.
—¿A qué has venido, Anderson? Todavía no me lo has dicho.
—El vídeo habla por sí solo, ¿no crees?
—Lo que acabo de ver es a ti follándote a mi hija mayor, en mi casa, pese a que lleva prometida con otro desde que nació.
Me hierve la sangre al imaginar las manos de otrohombre tocándole la piel tersa y suave, los labios de otro hombre sobre su cuerpo, el ADN de otro hombre donde yo he dejado el mío primero.
Agarro con fuerza el vaso y lo aprieto hasta que se me entumecen los dedos para atemperar mi reacción. No me puedo permitir perder el control.
—Todos sabemos que la fidelidad no es el fuerte de los Ricci.
Le tiembla la mandíbula, pero no muerde el anzuelo. Tal vez no esté seguro de la aventura a la que me refiero: a la suya o a la de su esposa. Tampoco es que importe. Rebatir mi afirmación no le quita validez.
—Elena no es como nosotros —dice mientras contempla la foto de ella que hay en una esquina de la mesa. Lleva la toga y el birrete del instituto y está tumbada en un campo de flores. En primer plano se ve la Academia Fontbonne.
Es la viva imagen del éxito escolar, pese a saber casi con total seguridad que sus aspiraciones de ir a la universidad y desarrollar una carrera profesional iban a durar muy poco. Resulta muy complicado tener intereses personales cuando tu sustento depende de que cumplas con ciertas obligaciones.
«Aunque eso no la detuvo a la hora de perseguirme a mí».
Me encojo de hombros, me inclino hacia delante para dejar el vaso sobre la madera y busco en el bolsillo de mi gabardina la carta que he guardado en su interior. La saco, la aliso contra la pierna y se la muestro.
—Y qué más da si es peor. Esta carta la he recibido en la casa que alquilo al otro lado de la ciudad —digo—. No me la han enviado por correo a la clínica gratuita en laque solía trabajar. La metieron directamente en el buzón quehay en la puerta de mi casa, lo que significa…
—Quienquiera que la haya mandado quería enviarte un mensaje. —Rafe se acaricia la barbilla con la yema de los dedos mientras ojea la página—. No tienes que explicarme precisamente a mí cómo funciona el chantaje, Kal.
Dejo la carta de un golpetazo en la mesa y la deslizo en su dirección.
—Estupendo. Entonces no será necesario que te explique que, si se han atrevido a dirigirse a mí, no tendrán ningún reparo en acercarse a Elena.
—Me gusta pensar que mi nombre pesa más en Boston que el tuyo —dice.
—Eso no es cierto. —Se pone rojo de la ira. Su irritación se va acrecentando con cada palabra que sale de mi boca—. Lo fue durante un tiempo, pero te volviste descuidado. El poco poder que te queda ahora te lo proporcionan las alianzas.
—Ten mucho cuidado, Anderson. —Me apunta con el dedo mientras se inclina hacia delante sin levantarse de la silla, con el pelo de la nuca erizado por el enfado—. Estás a punto de traspasar la fina línea que separa la verdad de la falta de respeto, hijo.
Me espanto internamente al oír ese sobrenombre. Me encojo de hombros, inalterable ante sus tácticas intimidatorias. Es imposible conquistar sin miedo, y, entre los dos, siempre ha sido él quien me ha temido a mí.
—La cuestión es —prosigo sin hacerle caso— que el autor de esta carta ha dejado bien claro lo que quiere y cómo procederá de no hacerle caso. ¿Estás dispuesto a que toda la operación salga a la luz?
—Por favor. Los federales no van a meter las narices en este asunto a no ser que la Policía local les dé un motivo. Yya sabes que no vamos a tener ningún problema con ellos; son más… de cooperar con nosotros.
—No estoy hablando de la Policía. Las familias con las que trabajas abandonaron el negocio de la droga en los ochenta. No creo que les siente bien enterarse de tus trapicheos con los Montalto en Maine.
La piel morena de Rafe se ruboriza ligeramente. Traga saliva y vuelve a observar la pantalla del ordenador.
—No puedo entregarles a Elena.
Doy un golpe con los nudillos en su escritorio y asiento con la cabeza.
—Acabas de firmar tu sentencia de muerte.
Me pongo de pie. Me aliso el traje con las manos y me abotono la gabardina negra. Retiro el USB del monitor, me lo guardo en el bolsillo y me doy la vuelta dispuesto a marcharme de allí.
Estoy decepcionado, pero no sorprendido. Pocas cosas le importan más que su imagen al antiguo rey del hampa de Boston. Al parecer la seguridad de su hija también es secundaria. Se me revuelve el estómago de solo pensarlo mientras me dirijo a la puerta.
Había albergado la esperanza de que fuera sencillo. El plan que había trazado, mi libertad, dependía del deseo de Rafe de proteger a su familia. Ahora tendré que revaluar el siguiente paso.
Empujo la puerta con la mano y cruzo el umbral. Todavía no he salido del todo cuando oigo a Rafe aclararse la garganta a mi espalda. Me detengo sin ni siquiera volverme a mirarlo. Espero en silencio con la mano en la intrincada madera hasta confirmar que se trata de un sonido intencionado.
—¿Qué…? —Deja la pregunta sin acabar.
Giro la cabeza hacia un lado y observo la réplica enorme del David de Miguel Ángel que descansa junto a la pared: una combinación perfecta de la religiosidad de Rafe con lo que más detesta: el arte. Fue ese desprecio lo que plantó el gen de la rebeldía en su hija. Lo que la condujo hasta mí.
—No me hagas perder el tiempo, Ricci —le aviso.
Ese silencio tras dejar la pregunta a medias está acabando con mi paciencia. Sé que me estoy pasando de la raya, aunque también sé que no va a hacer nada al respecto. ¿Cómo se controla a la Muerte cuando esta conoce cada una de tus debilidades?
Exhala un suspiro y lo intenta de nuevo.
—Podrías protegerla tú.
Parpadeo mientras se me revuelven las entrañas como si se hubiera levantado una tormenta tropical en mi interior. Doy un paso atrás, cierro la puerta y me giro en su dirección. Observo la fotografía que hay en su escritorio y me pierdo en los ojos color cappuccino de Elena antes de asentir.
—Podría.
Se da un golpecito con el dedo en la barbilla antes de reposar ambas manos en la mesa y juguetear con el anillo que lleva en el pulgar.
—¿Qué hacemos con Mateo? No va a renunciar a ella sin pelear.
Noto la satisfacción hasta en el tuétano. Me siento mareado, casi embriagado. Todo está saliendo según había planeado.
—Ya me ocupo yo de él.
Rafe entrecierra los ojos inspeccionándome de nuevo y coge aire a través de los dientes. Ese sonido de chupeteo se convierte en un detonante inesperado. Siento la ansiedad como una descarga que se apodera de mí antes de que pueda controlarla.
Mi cuerpo responde de inmediato, cada vez con más urgencia, mientras continúa limpiándose los dientes con la lengua.
Se me tensan los hombros y se me están agarrotando los músculos al sentir la necesidad salvaje de acabar con ese sonido.
Se me nubla la visión y, por un instante, me lo imagino hundido en la silla con una bala rasgándole la carne y el hueso de la frente.
Me veo cubierto con su sangre mientras le arranco de cuajo el cartílago y le desuello las orejas, como si fuera un granjero recolectando verduras.
Su voz consigue sacarme de la ensoñación. Parpadeo para despojarme de ese pensamiento intrusivo mientras mi cuerpo se va reajustando a la realidad.
—Sé muy bien que no trabajas gratis —dice Rafe—. ¿Qué quieres a cambio?
Cojo una bocanada de aire, empapándome del aroma a puro y licor caro, y ahogo la sonrisa que a punto está de escapárseme. Una sensación de alivio sustituye a la violencia y noto que se me acelera el corazón.
Me viene a la mente el poema que le dejé a Elena una vez; una promesa que no dejaba de ser una amenaza velada, aunque en ese momento no lo supiera: «Dis, en apenas un instante, la vio, la admiró y la raptó.
Así de rápido es el amor». El rapto de Proserpina.
En este caso no se trata de amor, sino de algo más siniestro y letal.
Pienso en la fotografía que guardo en la cartera: ojos marrones como los míos, cabello moreno peinado en dos trenzas de raíz.
Me duele el pecho al pensar en ella, en mi hermana, la persona por la que hago esto.
Me ayuda a reafirmarme en mi decisión: si quiero tener una oportunidad de conocer a la hermana que perdí hace tanto tiempo, tengo que hacer esto. No hay otra forma.
Miro a Rafe a los ojos con las cejas enarcadas.
—Quiero el alma de Elena.