Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) Prólogo. Kal
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Promesas y granadas (Monstruos y musas 1)

Promesas y granadas (Monstruos y musas 1)

Por Sav R. Miller

© inepub.com

Prólogo. Kal

Prólogo

Kal

De niño me acostumbré al silencio.

El tipo de silencio que se encuentra de noche en una habitación de hospital, agazapado entre el pitido intermitente y monótono de un monitor de constantes vitales y el rítmico goteo del suero.

Cada vez que los enfermeros entraban para sacarle sangre a la paciente o venía un familiar a mostrarle su falso apoyo moral, mi cuerpo anhelaba ese vacío.

Me enamoré de la quietud innata que destilaba, la calma que ofrecía, los secretos que se escondían en sus profundidades.

Aprendí a buscar ese silencio como una fuerza que me anclara al suelo cuando me veía desbordado por el caos.

Terminó por convertirse en una necesidad; la adicción más difícil de controlar, y acabó derivando en una obsesión, en una enfermedad.

Mis compañeros de universidad y los del trabajo después lo llamaban «trastorno psicológico». Decían que mi cerebro estaba programado para cortocircuitar bajo ciertos estímulos. A veces bastaba con cualquier ruido. Me hacía sentir débil, disfuncional.

Por eso ansiaba encontrar una vía de escape; algún lugar al que pudiera acudir para no perderme en el ruido; un lugar donde dar rienda suelta a la violencia codificada en mi ADN, donde saciar la sed de muerte y destrucción que formaba parte de mi ser.

Jamás concebí trabajar para Rafael Ricci como algo permanente.

Él era el capo de la que fuera la familia criminal más importante de Boston y también quien me sacó de las calles y me ofreció una vida de lujo.

A cambio solo tenía que ensuciarme un poco las manos.

Igual que sucede con tantas cosas, fui perdiendo el control paulatinamente.

Descubrí que disfruto del regusto que me deja en la lengua la brutalidad.

Adoro esa forma en que florece como un brote saliendo de la tierra y que despierta en mí una pasión incomparable; una desesperación que solo se ve satisfecha al sentir el latido de un corazón ajeno entre las manos; ese aleteo delicado e inherentemente humano aterrorizado que enmudece a mi paso.

No consigo sofocar ese deseo hasta que tengo las manos manchadas de la sangre de los cuerpos que he mutilado. Esas mismas manos que vinculé a un juramento hipocrático.

Dejo que la oscuridad anide en mi interior y se manifieste a través de mis obligaciones hacia una organización a la que me uní sin saber lo que hacía.

Antes me bastaba con la bondad inherente a mi profesión de médico para absolverme de mis pecados.

Jamás me supusieron un dilema moral hasta que la sangre vertida consiguió difuminar las líneas divisorias que separaban mis dos vidas.

Hasta que llegó Elena, la fruta prohibida.

Perséfone y yo su Hades, como solían llamarme.

Ella es la primavera en un mundo repleto de muerte y destrucción.

Una mujer a quien menosprecié hasta que me vi cegado por una nueva obsesión; hasta que probé la humedad en su piel tersa, el sabor de su excitación fulgurante en los dedos, la sal de sus lágrimas, mientras hacía saltar por los aires los últimos vestigios de su inocencia.

Fuera cual fuera su intención, esa noche se entregó a mí; me entregó su alma en señal de rendición, por mucho que fingiera haberlo decidido ella.

Me marché de su dormitorio como se suele ir la Muerte: en silencio, antes del alba, con la certeza de que volvería a por lo que era mío.