Promesas y granadas (Monstruos y musas 1) Epílogo. Elena
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Epílogo. Elena

Epílogo

Elena

En la mayoría de las versiones del mito, Hades aparece como el villano.

El secuestrador, el ladrón, el ser vil al que echaron del Olimpo y obligaron a vivir en soledad en el Inframundo acompañado por las almas de los muertos.

Hablan de su crueldad, de los crímenes cometidos por él en el pasado y los esgrimen contra él.

Ninguno cuenta la historia de cómo salvó a Perséfone; de cómo la colmó de amor y afecto y le entregó su alma en el mismo instante en que posó sus ojos sobre su figura, y quedó prendado de su belleza, de su pureza.

Lo ven como al malo del cuento porque les conviene verlo de ese modo, necesitan a alguien a quien culpar de su mala suerte, de lo que les ocurre. Ninguno es capaz dever al hombre que veo yo.

En estos momentos está sentado en la arena húmeda de la playa, esperando a que llegue otra ola a la orilla.

Tiene las manos tan grandes que rodean por completo la cintura de nuestra hija pequeña.

La levanta y se ríen cada vez que les golpea una ola.

Yo los oigo desde donde estoy sentada trabajando en una carta de presentación.

Al final no retomé mis estudios. Durante los meses que siguieron a mi regreso a Aplana, vi cómo se desmoronaba la vida que había conocido en Boston.

Mis hermanas se vieron súbitamente despojadas de todo y tuvieron que venir a vivir con nosotros una temporada.

Kal se mantuvo ocupado con sus inversiones, procurando que no le afectara el hecho de que llevaba sin saber nada de Violet desde la primavera, aunque sé que estaba preocupado. Todavía lo está.

Yo seguía tomándome la píldora religiosamente. Pese a eso me quedé embarazada. Al principio Kal no se atrevió amostrarse muy entusiasmado dado su pasado, pero estuvo increíble durante el embarazo, contestando a todas mis preguntas y quitándome preocupaciones con su conocimiento médico.

Yo también tuve mis dudas. Llegó a decir que no quería traer niños a este mundo, pero, cuando le conté que íbamos a tener una niña, descubrí que no es que no deseara tener hijos, sino que pensaba que no los merecía. Se estaba castigando por lo que le habían hecho mis padres. Especialmente mi madre.

En cuanto nació Quincy y contempló esos ojos grandes y marrones se disipó cualquier duda que pudiera albergar sobre si la querría o si abandonaría la violencia.

No se puede decir que la haya abandonado del todo. Aveces me lo encuentro en el viejo cobertizo bien entrada la noche «atando cabos sueltos» de su vida pasada, pero no ha vuelto al negocio. Cuando dejó de trabajar para los Ricci, abandonó ese mundillo para siempre.

Al menos hasta el punto en que uno puede abandonar la mafia.

A veces, cuando me hace algún corte en la piel mientras follamos o me reabre las iniciales que me talló en el muslo y las lame como si lo necesitara para sobrevivir, me pregunto si no será esa su forma de mantener el control. Si no lo hace para lidiar con la sed de sangre.

Tampoco es que me queje.

Sus risas me distraen otra vez y suspiro, guardando el folio en mi cuaderno y dejándolo todo a un lado. Me rodeo el cuerpo con los brazos mientras me acerco a ellos por la arena.

Ya he terminado mi primer libro: un relato ficcionalizado de cómo me enamoré.

Lo terminé unas semanas antes de que naciera Quincy y llevo escribiendo una carta de presentación desde entonces para enviarla a algún agente literario.

Por un lado, me gusta la idea de tener el libro en el cajón, un compendio de mis palabras y mi imaginación donde solo yo puedo verlas.

A veces me siento en la terraza a leerlo mientras contemplo el jardín de flores, que por fin brotó cuando volví aAplana, como si la primavera hubiera estado esperandoa que me acomodara.

Acabaré por escribir la carta, aunque ahora mismo no hay nada más importante que esto.

Kal silba cuando me ve, mirándome de arriba abajo con los ojos entornados, deteniéndose en mis piernas.

—Q —le dice a nuestra hija acariciándole los rizos negros—. Tienes la madre más preciosa que existe en el mundo, tanto por dentro como por fuera. Has tenido mucha suerte. Estaría perdido sin ella y tú y yo tendríamos un problema.

Suelto un bufido y le salpico un poco de agua con el pie.

—Por favor, pero si eres tú el pegamento que nos mantiene unidos.

—Eso es cierto. Al menos por ahora…

—Tiemblo al pensar en cómo te comportarás cuando empiece a tener novietes o invite a chicos a casa. ¿Podrán tener amigos nuestros hijos?

Kal sonríe. Se le ilumina la cara al hacerlo.

—Estoy más evolucionado que todo eso. Claro que puede tener amigas y amigos. ¿Quién sabe? A lo mejor tengo que preocuparme de que no le rompan el corazón las mujeres. O de que ella no se lo rompa a los demás.

Enredo mis dedos en su pelo y miro a los dos. Se me hincha el pecho al percatarme de que, por mucho que le rompan el corazón, nunca será este hombre quien lo haga.

—Os quiero —digo al tiempo que me agacho para unirme a su abrazo.

Respiro profundamente tratando de preservar el olor de la felicidad: una mezcla de dulzura y porvenir envueltos en un paquete pequeño, a veces repleto de angustia y manchas que ensucian el camino, pero que te ayudan a llegar de una pieza al otro lado.

Parece primavera aunque estemos en mitad del invierno, un rayo de luz que te llega hasta el alma y que, de alguna manera, hace que te sientas menos sola.

Porque eso es la felicidad: las personas que te vas encontrando por el camino y que hacen que tu vida sea más llevadera.

Una vez las encuentras, no las dejas escapar.