CAPÍTULO 31 #3
Y en el centro de todo, esperando su gran momento, dos perros vestidos de gala: Ohana, nuestra maltipoo , con una falda de tul diminuta sujeta con un liguero de mi propia boda, que le queda ridículamente elegante, y Neo, el bichón maltés de Ana y Saúl, con una pajarita negra, un esmoquin que le compró Dailo por internet, y un ramillete que Adrián le ha confeccionado esta misma mañana con flores del jardín, «porque si no lleva flores de verdad esto no cuenta como boda».
Todo empezó hace tres semanas, cuando Lía y Noah llegaron corriendo de la piscina, con Paula pegada a los talones, los tres gritando a la vez.
—¡Mamá, mamá, Ohana y Neo se quieren casar!
Pensé que sería una de esas ideas que se olvidan en cuanto apar ece otra más brillante.
Pero Lía, que heredó de mí la manía de organizarlo todo hasta el último detalle, y de su padre esa cabezonería que no admite un no por respuesta, ya tenía en la cabeza el orden de la ceremonia, los invitados, hasta el color del photocall.
Fueron Lucía y Dailo quienes les dieron alas de verdad, llevándose a los tres artífices del plan al chino del pueblo esa misma tarde y volviendo con tantas bolsas de guirnaldas, globos y purpurina que parecía que iban a montar el Carnaval de Santa Cruz, no la boda de dos perros.
—Si esto va a hacerse, se hace bien —sentenció Dailo, ya con la escalera puesta—. ¡Bobadas las justas!
Y cuando vimos que la cosa iba en serio, que los niños llevaban semanas discutiendo el menú y el orden de las fotos, nos dejamos arrastrar del todo, cada uno a su manera.
Ana confeccionó la falda de Ohana con mi liguero de novia.
A Duque le ajustaron un disfraz de cuello clerical que guardaban de un Carnaval olvidado, y él, el pastor alemán que Dailo y Lucía adoptaron hace ya un par de años, se dejó vestir con esa paciencia que ya es leyenda en el grupo, la misma con la que aguanta trenzas, cabalgatas improvisadas y siestas de niño apoyado en su lomo.
Nunca lo he visto gruñir a nadie. Es de esos perros que nacieron sabiendo que su trabajo, en esta vida, es cuidar.
Adrián organizó un banquete pensado para bodas humanas. Y yo, por supuesto, diseñé el photocall entero, porque hay cosas de las que una madre no puede desentenderse, aunque los novios tengan cuatro patas.
A las cinco en punto, con el sol todavía alto, pero ya empezando a suavizarse, Marco se coloca frente al arco de buganvilla, vestido con una camisa que ha planchado él mismo, según ha repetido tres veces, y unos vaqueros que en su cabeza cuentan sin duda como «traje de gala».
Se ha impreso, sin que nadie se lo pidiera, un pequeño guion en una cartulina, con versículos inventados para la ocasión.
Nos vamos colocando en las sillas del jardín, esas que ha alineado Nill como en una boda real, todos de vaqueros y camisa blanca, orden expresa de Paula sobre la vestimenta oficial del evento.
Los niños, en cambio, van vestidos de crema y blanco de la cabeza a los pies, con esa pulcritud que solo dura las primeras dos horas de cualquier evento infantil.
Zule aprieta el brazo de Marco cuando este se coloca en su puesto, y él le guiña un ojo antes de carraspear, muy serio.
—Queridos hermanos —empieza, con una solemnidad que ya de entrada me hace morder el labio—, estamos aquí reunidos para unir en santo matrimonio a Ohana y Neo, dos almas caninas que el destino ha decidido entrelazar para siempre.
Suena una versión instrumental de la marcha nupcial desde el altavoz que Dailo ha colocado junto al arco, y por el fondo del jardín aparecen los novios, guiados de la correa por Idaira y Alma, avanzando por la alfombra roja con esa dignidad involuntaria que solo tienen los perros pequeños vestidos de gala, completamente ajenos a la trascendencia del momento .
Duque los espera bajo el arco, con el cuello clerical torcido, absolutamente convencido, a juzgar por su porte, de ser el sacerdote más solemne de toda la isla.
Cuando Idaira, nerviosa por el peso de su papel, tropieza al llegar, es él quien se acerca despacio y le apoya el hocico en la pierna, como si le dijera que todo va bien, que puede seguir.
Todo el grupo contiene la respiración, entre la risa y la ternura, sin atrevernos del todo a soltar la carcajada que ya nos sube por dentro.
Marco continúa, sin perder el ritmo, pasando las páginas de su cartulina con la seriedad de quien celebra la boda de su propia hija.
—Que ladren los que se opongan a esta unión, o callen para siempre.
Silencio absoluto. Ni un ladrido de fondo, ni siquiera de Duque, que oficia la ceremonia con una dignidad que haría pensar que entiende perfectamente lo que está pasando.
—Te rogamos... ládranos —continúa, alzando la voz.
—¡Te rogamos, ládranos! —completamos el grupo entero, siguiendo el guion que nos repartió hace días como si fuéramos su coro particular.
Y ahí es donde Ana, que llevaba toda la ceremonia conteniéndose con una dignidad que no le pega nada, no aguanta más y suelta un «¡guau!
» sonoro en mitad del silencio, arrancando la primera carcajada abierta de la tarde.
Se contagia a Saúl, luego a Adrián, luego a todos, hasta que Marco tiene que parar un segundo, con la cartulina temblándole en la mano de l a risa contenida.
—Bueno... —consigue decir, limpiándose una lágrima de la risa—. Por el poder que me ha sido conferido por absolutamente nadie, yo os declaro perruno y perruna esposados. ¡Podéis oleros el culo el uno al otro!
Lo que sigue es puro caos feliz: la sesión de fotos con los novios, con «los padres humanos» posando junto a ellos, con «los hermanos» —todos los niños del grupo, revueltos sin distinción de sangre—, con el grupo entero apretujado detrás del cartel que diseñé, ese que dice «Boda de Ohana y Neo», con la fecha de hoy, y una frase pequeña abajo que solo algunos entendemos del todo: «Familia es también la que se elige».
Adrián reparte su banquete con orgullo desmedido, y Érica, con Paula colgada del cuello, prueba cada bandeja antes de dejarla salir a la mesa, como si la aprobación de ambas fuese la mismísima de un tribunal culinario.
—Sé que esta idea fue tuya, pequeña maruja —le susurra al oído, dándole un beso en la mejilla—. No creas que no me he dado cuenta.
Paula sonríe, un poco tímida, pero con ese orgullo que no consigue esconder del todo.
—Sí, fue mía, mami, pero mis primos también me dieron ideas guapísimas, ¿eh?
Y en medio de ese jaleo de risas, música y niños correteando entre las mesas con las manos pringadas de tarta, Zule se acerca con dos garimbas. Le da una a Marco, y lo suelta sin previo aviso, con esa naturalidad tan suya que nun ca necesita preámbulos.
—Por cierto... ¡Estoy embarazada! —Se encoge de hombros, como quien comenta el tiempo, con una tranquilidad asombrosa—. Así que nada, pronto habrá otro granuja más por aquí.
Marco casi se atraganta con su propia bebida, y el grupo entero estalla en gritos y abrazos que ella recibe con esa sonrisa tranquila tan suya, sin necesitar más aspavientos que esos. Así es Zule: directa, sin rodeos, ni para las cosas más grandes de su vida.
Cuando por fin reacciona del todo, Marco le quita la garimba de la mano, dándose cuenta de golpe de que ella no puede beber, y se bebe las dos seguidas, una detrás de otra, como si necesitara procesar la noticia trago a trago.
Y entonces, en medio del ruido, de los abrazos y de la alegría, algo hace clic dentro de mí.
El cansancio de estas dos últimas semanas, que achaqué al trabajo y a la intensidad de los peques con la boda perruna.
Ese mareo raro de esta misma mañana, mientras colgaba las guirnaldas, que acusé al calor.
La regla que se retrasa, y que llevo días evitando pensar en ella porque no encaja con nada de lo que tengo planeado.
—Creo que... —digo en voz alta, sin querer, y todos se giran hacia mí—. Creo que yo también.
El silencio dura menos de un segundo, antes de que Ana grite algo ininteligible con la boca aún llena de comida y se abalance sobre mí, y Nill, que estaba a mi lado sirviendo bebidas, se queda con la botella a medio camino del vaso, mirándome como si acabara de anunciarle que el mundo ha cambiado de eje.
—¿Estás segura, mi niña? —pregunta, con la voz un poco rota.
—Sí. Fue justo cómo me sentí la otra vez. De repente todos los síntomas cobran sentido.
Me abraza fuerte, levantándome un poco del suelo, y por encima de su hombro veo a Noah, sin que nadie se lo pida, arrastrando una de las sillas del jardín hasta ponérmela detrás, por si me hace falta sentarme.
Es un gesto tan pequeño, tan calcado de su padre, que se me escapa una sonrisa entre las lágrimas.
Zule se ríe a mi lado, con la mano en su propia tripa todavía plana, calculando en voz alta que nuestros bebés tendrán apenas unos meses de diferencia.
—Un primito de la misma edad —dice, con los ojos brillantes—. Esto sí que va a ser una fiesta de verdad.
Paula, que lleva un rato callada, procesando la noticia con esa seriedad tan poco propia de sus seis años, levanta la cabeza de golpe, con auténtica alarma en la cara, justo cuando Lía, sin haber escuchado del todo, ya está a punto de echarse a llorar por pura intuición.
—Un momento... ¿Y si son mellizos otra vez? —Se gira hacia Lía—. Como sean dos, van a convertir tu cuarto en habitación de bebés.
—¿Qué? —Lía, que solo ha pillado la mitad de la frase, ya tiene los ojos llenos de lágrimas, cruzándose de brazos—. Mamiii, ¿me voy a quedar sin mi habitación? Si me quedo sin habitación, me voy a vivir con Paula, que en su casa sobran cuartos.
Es Alma quien resuelve el drama antes de que llegue a mayores, con esa calma tan de su padre que a veces me hace dudar si de verdad tiene solo seis años. Sigue peinando a Duque con los dedos, sin levantar la vista, cuando habla.
—Lía puede dormir en mi cama nido si quiere. Tengo sitio de sobra.
Lo dice como quien resuelve algo mucho menos importante de lo que en realidad es, y vuelve enseguida a lo suyo, dejando a su hermana con la palabra en la boca.