Promesas de sal CAPÍTULO 31 #2
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CAPÍTULO 31 #2

—He avisado al resto, por si les apetecía cenar juntos en la terraza de la entrada, la que da a casa de Hanna y Otto.

—Se estira, cansado, con esa satisfacción de quien lleva todo el día resolviendo cosas, y no se me pasa por alto que busca en los ojos de Ali la aprobación del plan.

Ella asiente y pone los ojos en blanco, porque le ha repetido mil veces que vive aquí, que no pida permiso—. ¡Y tengo noticiones, chicos!

—¿Tamara? —pregunto, aunque ya intuyo la respuesta por cómo lo dice.

—Sentencia firme. Le espera una vida entre rejas al pedazo de bruja. —Se encoge de hombros, como quien cierra por fin una puerta que llevaba demasiado tiempo entornada—. Así que esto hay que celebrarlo .

A nadie le gusta más que a él celebrar cada cosa buena que nos pasa, aunque en realidad lo que más le gusta es tenernos a todos aquí juntos. Las dos cosas, en el fondo, son la misma.

Nadie dice nada más al respecto. No hace falta. Es de esas noticias que uno recibe con un asentimiento tranquilo, sabiendo que el alivio real ya lleva meses instalado, desde que la detuvieron provisionalmente.

Saúl se despide un momento para ducharse en su propia casa, la que comparte con Ana, y yo hago lo mismo en la de Ali.

Me ducho rápido, me perfumo, y me pongo unos vaqueros limpios que cojo del armario sin pensarlo, con esa naturalidad que ya no me sorprende ni a mí.

Cuando vuelvo a bajar, con el pelo todavía mojado, el silencio se queda flotando un momento en el aire, denso y agradecido, hasta que el ruido de la puerta del jardín anuncia que ya no estamos solos.

La terraza se llena poco a poco: Zule y Marco llegan cargados de hielo para las bebidas, Adrián trae una fuente cubierta con papel de aluminio que huele a gloria bendita desde el otro lado del jardín, y Érica lo sigue de cerca, cargada con más comida, sin poder disimular del todo el jueguecito de miradas cómplices que se trae con él.

Desde aquí se ve, al otro lado del sendero, la casa de Hanna y Otto, donde Ali creció, donde ahora viven ellos, con las luces encendidas y una silueta sentada junto a la ventana que reconozco sin necesitar mirar dos veces.

José. Quieto, con la mirada perdida en algún punto del jardín que ya no sabría nombrar.

Otto le acomoda una manta sobre las piernas, despacio, con esa paciencia infinita que ya forma parte de su forma de querer.

Ali sigue la misma dirección que yo con los ojos, y le busco la mano sin decir nada. Hay noches en las que el tiempo se nota más que otras, como una marea que sube despacio, sin avisar, mojándote los pies antes de que te des cuenta.

La cena avanza entre risas y platos que van y vienen, hasta que Dailo y Lucía empiezan con lo suyo. Y vuelven a la gresca, la misma que últimamente se ha convertido en costumbre entre ellos.

—Te dije que ese proveedor no daba la talla —dice Dailo, con la boca todavía medio llena—. Y ahora tenemos el doble de trabajo por no hacerme caso. ¡Eres una cabezona! Eso debe ser cosa de mellizos, colega.

—Perdona, ¿el que no leyó bien el contrato fuiste tú o fui yo? —Lucía deja el tenedor sobre el plato con un golpe seco—. No me vengas ahora con tonterías, que aquí el que va de bohemio y relajado por la vida eres tú. Y con mi familia no te metas, ¿eh?

El resto de la mesa intercambia miradas cómplices, esa misma sonrisa contenida que se pone cuando uno sabe que ahí va a haber tema.

Nadie interviene. Nadie necesita hacerlo.

Esa chispa entre los dos sigue siendo la mejor función de sobremesa del grupo entero, después de las armadas de Ana cuando se sale de control, o de cuando Adrián monta sus particulares espectáculos culinarios.

Cuando el sol empieza a caer, tiñendo el cielo de un naranja denso que se refleja en el mar al fondo, Ali se levanta y se acerca a la baranda de la terraza, sola, con la copa de vino blanco todavía en la mano.

La sigo, y le coloco sobre los hombros una manta que encuentro en una de las tumbonas, porque ya en estas fechas el fresco se nota hasta en la costa.

Alguien, no sé quién, ha puesto de fondo una canción que reconozco al instante: «Qué bonito te queda el mar».

La había escuchado antes, de pasada, sin prestarle demasiada atención. Y solo viéndola así, con el pelo meciéndose y el sol iluminándole el rostro entero, entiendo por fin por qué cada palabra de esa letra parece escrita para ella.

Me acerco por detrás, la rodeo con los brazos, y se la tarareo al oído, muy bajito, sin atreverme todavía a cantarla entera.

—¿Me estás cantando eso a mí? —pregunta, girando apenas la cabeza, con media sonrisa.

—Te estoy diciendo lo que siento. Cómo te veo. La canción solo me ayuda a encontrar las palabras.

Nos escapamos poco después, sin despedirnos como Dios manda, dejando al resto entretenido con el café y la sobremesa.

Caminamos hasta nuestra casita con las manos entrelazadas, y en cuanto llegamos a la puerta, la cojo en brazos sin previo aviso, arrancándole una carcajada sorprendida que se corta a media risa cuando la beso.

La llevo así, con ella agarrada a mi cuello, mientras abro la puerta a tientas, sin dejar de besarla, y en cuanto la cierro detrás de nosotros, ya no consigo aguantar más las ganas que llevo conteniendo toda la cena.

La dejo en el suelo despacio, sin soltarla del todo.

La beso contra la pared, despacio al principio, y luego no tanto.

Le recorro la cintura con las manos, estas mismas manos que aprendieron cada centímetro de ella hace tiempo y que aún así encuentran algo nuevo cada vez.

Ella tira de mi camisa hacia arriba, impaciente, y se la dejo quitar entre risas que se cortan a media garganta cuando sus dedos me rozan el torso.

La llevo hasta la cama sin dejar de besarla, y cuando caemos sobre las sábanas, el mundo entero se reduce a ella: a su respiración entrecortada contra mi cuello, a cómo se arquea cuando encuentro el punto exacto que la hace temblar.

Se aferra a mi espalda, clavando los dedos, y suelta ese gemido bajito que llevo aprendiendo a reconocer desde la primera noche.

El ritmo se acelera, y entre jadeos cortos y su nombre saliéndome de la boca como una plegaria, se me olvida cualquier otra cosa que no sea ella.

Cuando por fin nos quedamos quietos, sin aliento, enredados el uno en el otro, ella suelta una risa floja contra mi pecho, saciada, y yo la abrazo un poco más fuerte, todavía con el corazón desbocado.

Con las sábanas revueltas y su cabeza apoyada en mi pecho, la siento ronronear satisfecha antes de empezar a hablar.

—¿Te quedas a dormir, mi niño? —pregunta, juguetona, aunque los dos sabemos de sobra la respuesta.

Escucharla llamarme así, con ese «mi niño» que en la isla usa cualquiera para cualquiera, pero que ella solo me regala a mí, del mismo modo que yo se lo regalo solo a ella, me llena un rinconcito del alma que no sabía que estaba vacío.

—Todas las noches que me dejes, mi niña.

Le beso el pelo, y la aprieto un poco más contra mí.

Pienso en estas casas que hice hacer para ella llenas de alma, en la mesa de la oficina donde todo empezó, en la buganvilla que planté yo mismo en la entrada de esta y cada una de las casitas, porque sé el significado que tienen para ella.

Pienso en que llevo toda la vida construyendo cosas con las manos, casas para otros, un futuro para mí, y que ninguna me pertenece de verdad hasta que ella entra en la ecuación.

—Ali. Quiero que me jodas la vida, y jodértela yo a ti, como solo nosotros sabemos hacerlo.

Ella se ríe, bajito, contra mi pecho, y no dice nada más. No hace falta. Fuera, la buganvilla rosa sigue meciéndose despacio, y el mar sigue ahí abajo, respirando, guardando, como siempre, todas las promesas que aún no nos hemos hecho.

Todas esas que huelen a sal, y que ya no me dan miedo.

Glosario canario

Pitoste: escándalo, lío, jaleo.

Buchito: trago pequeño de una bebida.

EPÍLOG O

ALI

La boda del siglo

Nueve años. Hace falta decirlo así, de golpe, para que el cuerpo entienda de verdad lo que ha pasado.

Nueve años desde que desperté en aquella habitación de hospital sin reconocer a Nill, y hoy, mientras busco entre los cajones de mi propio armario un pañuelo de gasa que sirva de velo improvisado, casi me da la risa pensar en la de veces que la vida nos coloca justo donde nunca imaginamos que íbamos a estar.

—¡Mamá! ¡No encontramos las flores de tela! —La voz de Lía me llega desde el jardín, aguda, urgente, como si el destino entero de la humanidad dependiera de esas flores.

—¡Están en la caja de los disfraces de Carnaval, cariño, la azul!

Salga al porche con el pañuelo en la mano, y el espectáculo que me recibe me detiene en seco, como cada vez que veo lo que hemos construido entre todos sin darnos cuenta del todo.

El jardín común, ese trozo de césped que conecta las cinco casitas y que en su día fue solo terrenos repletos de maleza, se ha transformado en un decorado de boda en toda regla.

Un arco improvisado con ramas de buganvilla naranjas, trenzadas por mis propias manos, cuajado de flores de tela en tonos crema y dorado que rescatamos del último Carnaval.

Un a alfombra roja, que en realidad es un camino de mesa que usamos hace años en un cumpleaños, tendida ahora sobre el césped artificial hasta la puerta de casa.

Globos blancos y dorados atados a las sillas, y una pizarra pequeña, pintada a mano por Noah, con letras torcidas y adorables que dicen: «¡Nos casamos! ».

Huele a tarta recién horneada, a césped mojado por el riego de la mañana, a ese perfume dulzón de las flores de verdad que Hanna ha traído de su jardín para mezclarlas con las de tela, «para que se vea más real, mi niña».

Nueve años en la isla le han dado un acento canario que ya ni ella misma nota, y ese «mi niña» le sale con la misma naturalidad que a Zule o a Ana, como si esta tierra, sin pedir permiso, se le hubiese metido dentro para quedarse.