CAPÍTULO 31
NILL
Qué bonito te queda el mar
Hay una cosa que nadie te cuenta sobre tener dos casas: que en realidad no tienes dos, no tienes ninguna.
Tienes un cepillo de dientes en cada baño, una chaqueta a medio camino entre dos armarios, y la sensación constante de estar de paso en los dos sitios a la vez, como un huésped educado que todavía no se atreve a deshacer del todo la maleta.
Salgo de la obra con el polvo del cemento todavía pegado a las botas y me encamino primero a casa de mis padres, como cada tarde antes de acercarme a la de Ali, donde llevo meses pasando la mayor parte de mis noches.
Encuentro a mi madre en la cocina, sirviendo el café de las cinco como lleva haciendo toda la vida, con esa puntualidad suya que ni la enfermedad de mi padre ha conseguido romper.
—Esta noche duermo en casa de Ali. Creo que también viene Luci a pasar el rato con el resto, pero si me necesitas, me quedo aquí... —le digo, casi de pasada, mientras me sirvo yo mismo una taza.
Llevo así seis meses. Una noche, luego dos, con un cepillo de dientes ya instalado en su baño, mi portátil en la mesa del salón, algunos trajes en su armario para cuando salgo temprano a reunirme con clientes. Pero sigo sin dar el paso de decirlo en voz alta .
Mi madre no levanta la vista de la cafetera. Y comienza a hablar así, sin mirarme, durante unos segundos. Siempre que hace eso es porque va a decir algo importante, así que me tenso por reflejo, como cuando era niño y sabía que venía bronca antes incluso de escucharla.
—¿Y cuándo piensas mudarte de verdad? —Lo pregunta sin reproche, con esa calma suya que consigue que hasta las preguntas incómodas suenen a cariño—.
Me acuerdo de cuando Saúl se mudó a casa de Ana, hace ya...
¿cuánto, meses? Estaba muerto de miedo, el pobrecito, se le notaba en la carita.
Y míralo ahora, comprando cositas para la bebé, como si lo hubiese hecho siempre.
Solo te digo que a las mujeres no nos gusta que los hombres duden.
—Mamá... No dudo. Es solo que...
—Tu padre y yo estamos bien, cariño. —No me deja terminar—.
Ya me he adaptado a cuidar de él, a su ritmo, a sus días buenos y a los otros.
Y si llega el momento en que necesite más ayuda de la que puedo dar yo sola, contrataré a alguien.
Tú tienes que hacer tu vida, y te recomiendo que empieces ya.
Siempre has vivido pensando en lo que necesitan los demás, dejando tu vida y tus sueños para después. Es hora de que pienses en ti, mi niño.
Me quedo con la taza a medio camino de la boca, sin saber qué contestarle, porque siempre tiene razón.
Y entonces caigo en algo que llevo años sin querer mirar de frente: nunca fue el compromiso lo que me daba miedo.
Nunca lo fue de verdad. Era que ninguna, hasta ella, me había movido el suelo lo suficiente como para que mereciera la pena arriesgarlo todo .
Mi padre entra en ese momento, con el paso más lento que antes, pero con la mirada tan despierta como siempre. Y sé, por cómo asiente sin que nadie le haya contado nada, que lleva ahí escuchando más tiempo del que creo.
—Tu hermana y tú tienen edad para volar de una vez.
Tu madre y yo lo hicimos, y también teníamos padres y responsabilidades.
—Su voz suena entrecortada, pero firme, sin ninguna duda detrás—.
Llega el momento en que tienes que hacer tu propio camino, hijo, y no hablo de la empresa ni de tu nombre como empresario.
Hazle caso a tu madre, que rara vez se equivoca.
Ella le dedica una mirada repleta de toda una vida a su lado, y él intenta acariciarle la mano, aunque el temblor le impide que el gesto parezca perfecto. Pero lo es, precisamente por eso: porque sigue intentándolo, cada día, sin cansarse.
Salgo de allí con ese peso extraño que dejan las conversaciones que te hacen ver cosas que hasta ahora no veías, y me encamino hacia la casa donde, sin decirlo del todo, ya paso casi toda mi vida.
Las encuentro en el porche. Ana repantingada en el sofá colgante, con la barriga ya considerable asomando por debajo de una camiseta que hace tiempo dejó de servirle para taparla del todo, y Ali sentada a su lado, con las piernas cruzadas, tan concentrada en la conversación que ni me oye llegar.
Me quito las botas en la entrada, y cuando levanto la vista, la encuentro mirándome de esa manera que todavía, después de tanto tiempo, consigu e ponerme la piel de gallina.
Sus ojos me recorren entero, despacio, de arriba abajo, con ese deseo que parece desnudarme con la mirada, mezclado con el cariño de siempre.
Se me escapa una sonrisa que sé perfectamente lo maliciosa que es, y por cómo se muerde el labio, sé que ella también lo ha notado.
Me acerco despacio. Le beso los labios con suavidad, un beso corto, de esos que ya forman parte de la rutina y que aun así consiguen que algo en el pecho se me afloje un poco cada vez.
—¡Puaj! Ya se pueden ir cortando, ¿eh? —protesta Ana, tapándose los ojos con una mano sin dejar de sonreír—. Que hay menores delante.
Se da una palmadita en la barriga con la otra mano, muy digna, aunque los dos sabemos que el comentario también va por ella.
—¿Y no te da miedo? —pregunta Ali, cuando reanudan la charla, con esa curiosidad suya que nunca sabe disimular—. Lo de que llegue, digo. Que de repente haya una persona entera que depende de ti para todo y ya tu vida no sea la misma.
—¡Un miedo que te cagas, peque! —Ana se ríe, aunque algo en su voz suena más sincero de lo habitual—.
Pero también unas ganas inmensas de que eso pase.
De ver cómo es, a quién se parece, o si es una rebelde como yo y decide no parecerse a nadie.
Sé que me va a cambiar la vida, aunque eso ya ha empezado.
Sé que tendré que renunciar a muchas cosas.
Pero estoy segura de que esta niña compensará todo eso y más.
—Eso seguro. Y además tendrá un ejército de tíos postizos para cambiarles la vida, así que el cambio no va a caer solo sobre tus hombros. —Me rasco la nu ca—. Hay que ir pensando en la habitación, ¿no? En vuestra casa, digo. Para que esté lista cuando llegue.
Me quedo parado, con las botas todavía en la mano, imaginando de golpe algo que no me había permitido imaginar hasta ahora con tanta claridad: Ali así, con esa misma barriga redondeándose despacio bajo la ropa, en nuestra propia casa.
El pensamiento me golpea con fuerza, con esa clase de vértigo dulce que no sabía que existía, y todavía sigo ahí, atrapado en él, cuando ella retoma la conversación.
—¿Y el nombre? ¿Ya lo tenéis claro?
—Tenemos una lista de doce nombres y una discusión pendiente con el rubio, que promete durar hasta el parto, porque solo propone nombres alemanes.
—Ana pone las manos como pidiéndole perdón por adelantado—.
Lo siento, peque, sé que tú eres medio alemana, pero me niego.
Quiero un nombre bonito. O canario. Algo que no suene a señora de ochenta años.
Me siento en el escalón del porche, posponiendo un poco más la ducha.
—El nombre importa más de lo que la gente cree —digo, sin poder resistirme, y las dos se giran hacia mí, sorprendidas de que lleve ahí el tiempo suficiente para tener opinión formada—.
Tiene que ver con el destino de la persona, con su carácter.
Si le pones el nombre de un familiar, a veces heredas también sus aprendizajes.
Sus errores. Hasta que consigues hacerlos tuyos.
Ali me mira con las cejas levantadas, entre divertida y desconcertada.
—Mira quién fue a hablar. Con ese argumento tan filosófico , dime, ¿qué significa Nill? Porque muy canario no es que se diga tu nombre, precisamente.
Abro la boca para contestar, pero es Lucía quien aparece en ese momento, cargando con tres cervezas.
—0,0, que conste —dice, dejando una delante de Ana con un guiño—, para que esta pueda brindar también sin que el rubio le monte el pitoste máximo. Otra para Ali, y la última para mí.
—¡Muy mal, no contar con una para tu hermano!
Se sienta en el escalón de al lado, ignorando por completo mi protesta.
—Viene del Nilo —dice, tras darle un buchito a su botellín—.
Se lo puso nuestra abuela, a la que le encantaba leer sobre significados de nombres en sus ratos libres, aunque no tuviera ni idea real de la materia.
Significa algo así como «lo que la vida regala».
Y en gaélico, «campeón», o «apasionado».
—Se encoge de hombros—. Un acierto total de la abu, la verdad.
Perfeccionista, cabezón y protector hasta decir basta.
Sobre todo, cabezón. Así que, si lo que buscan es nombre para mi sobrinita, más les vale que sea bonito, ¿eh?
Ali me mira entonces de una manera distinta, como si acabara de encajar una pieza que llevaba tiempo buscando sin saber.
—Pues sí que es importante... —dice, bajito, casi para ella misma.
Saúl llega poco después, tirándose de la corbata y desabrochándose dos botones de la camisa.
Se agacha junto a Ana, le posa la mano sobre la barriga con una delicadeza que no le conocía hace un año, y le da un beso lento en la frente antes de dejarse caer, ya sin corbata del todo, en la silla libre.
Todavía me cuesta reconciliar la imagen.
El mismo Saúl que se pasaba las noches enteras dándole vueltas a planos y presupuestos, hablando de hipotecas de trabajo como quien habla del tiempo, ahora aquí, con la mano abierta sobre una tripa que crece cada semana un poco más.
Y, aun así, sé sin ninguna duda, que va a ser un padre excepcional.
De los que nunca se pierden una función del colegio, de los que aprenden a hacer trenzas por internet a las tantas de la noche.
Algunos hombres nacen para eso sin saberlo.