CAPÍTULO 30 #4
Nill no dice nada durante un momento que se estira demasiado, y el miedo me sube por la garganta, convencida de que voy a ver en su cara el mismo horror que llevo años sintiendo cada vez que me miro en el espejo.
Pero no es horror lo que encuentro.
Me coge la cara con las dos manos, despacio, obligándome con suavidad a mirarlo de frente.
—Mi niña, escúchame bien, porque solo lo voy a decir una vez, y quiero que te lo quedes grabado para siempre.
—Su voz es firme, sin ninguna duda. Ahora veo en él al Nill que tiene todo bajo control nuevamente, el que me da seguridad, el que me ancla al mundo—.
Hiciste lo que había que hacer para que tu madre dejara de sufrir.
Eso no es acabar con su vida, sino con su sufrimiento.
Escuchar ese «mi niña» es como un bálsamo que acaricia mi cuerpo entero, algo que ni yo sabía que extrañaría tanto, tanto que no podría llegar a vivir sin él.
—Dejaste el egoísmo a un lado, y cargaste con la responsabilidad de dar ese paso.
Y eso no te hace peor persona, sino todo lo contrario.
Dice de ti lo que siempre he visto: que eres generosa, que tienes una luz que se ve poco, una bondad que se irradia sola, y eso es lo que más bonita te hace.
Si tuviese que decir qué es lo que me enamoró de ti, diría que eso .
—Pero tú no lo hiciste conmigo. —Las lágrimas me caen sin control—.
No dejaste que me fuera del todo, aunque los médicos también dudaban, aunque casi nadie tenía fe.
Me ataste a esta vida con uñas y dientes, manteniéndome en ese sueño donde cada día era una vida a tu lado y a la de los míos.
¿Por qué con ella no fui capaz de hacer lo mismo?
Me abraza y me coloca sobre él, con mis piernas a cada lado de las suyas, quedando frente a frente.
No para de acariciarme, y yo me dejo, porque llegados hasta aquí ni puedo ni quiero apartarlo.
Nill niega despacio, sin soltarme la cara con una mano, mientras la otra se funde en mi pelo, hundiéndose en mi nuca en un gesto que ni yo sabía que necesitaba de esta manera.
—Porque no es lo mismo, mi niña. Contigo había esperanza.
Una esperanza pequeña, casi ridícula si le preguntas a los médicos, pero real.
Y tú no sufrías. Dormías, soñabas, sé que escuchabas mi voz, y me aferré a eso.
Sabía que te esperaba un futuro, fuese el que fuese, y por eso le pedí a todos que me ayudaran con el proyecto.
Quería dar pasos que hicieran ese futuro realidad, como eso que dicen de la atracción, que debes actuar como si las cosas ya estuvieran pasando para que se hagan realidad, y me agarré a eso como a un clavo ardiendo.
Tuve suerte de que todos me apoyaron en lo que parecía una locura.
Tu madre ya no tenía ninguna esperanza real que ofrecerte, solo un cuerpo que seguía respirando por una máquina mientras ella ya se había ido.
No es lo mismo dejar ir a alguien que sufre sin remedio, que rendirte con alguien que todavía tiene una oportunidad, por pequeña que sea.
Lo que hiciste con tu madre fue el acto de amor más difícil que existe. Dejarla marchar en paz.
Me abraza entonces, fuerte, con esa manera suya de abrazar que parece querer sostener no solo mi cuerpo sino todo lo que llevo dentro.
Sus manos me recorren la espalda despacio, y ese contacto, ese calor tan conocido, me da un alivio físico, como si el cuerpo entero llevara meses esperando exactamente este abrazo para poder, por fin, soltar el peso que arrastraba.
—Gracias, Nill —le digo, contra su pecho, con la voz todavía rota—. Gracias por verme como lo haces, por no juzgarme. Sobre todo, gracias por no dejarme ir.
—No tienes que darme las gracias por decir la verdad. Y tampoco por aferrarte a la vida. Eso lo hiciste tú sola. Yo solo esperaba que...
—Quiero eso. Ahora sé que lo quiero. Tú me has demostrado todo lo que necesitaba, sin necesidad de hacer promesas.
Me mira sin entender muy bien la frase que estoy diciendo. Su entrecejo se arruga, y hasta ahora sus ojos no me habían parecido tan profundos, tan intensos como en este instante.
—¿Y qué es lo que quieres?
Continúo, con un valor que solo me da ver cómo la buganvilla sobre nosotros se mece con más fuerza, como si ella, desde ahí, me alentase a decirlo por fin.
—Quiero joderte la vida.
Una risa ahogada le sale de la garganta, y sus ojos se iluminan, cerrándose por la fuerza de su propia sonrisa .
Cierra los ojos y me besa.
Nos quedamos así un rato largo, sin decir nada más, con la buganvilla meciéndose despacio sobre nuestras cabezas y el Atlántico respirando abajo, enorme y tan oscuro, que parece que también él hubiese decidido ofrecernos intimidad en este momento.
El salitre sube desde el acantilado, empujado por el viento y las olas.
Se nos pega a la piel, a los labios, como si el mar quisiera dejar su firma en este beso que se hace eterno, y que no quiero que acabe.
No sé qué viene después de esto. No sé si estamos arreglados del todo, o si esto es solo el principio de aprender a estarlo. Pero por primera vez desde que desperté, no tengo miedo de averiguarlo.