CAPÍTULO 30 #3
—Oye. —Su voz suena preocupada, sin rastro ya del enfado—. ¿Por qué no comes? ¿Estás bien?
Y entonces Ana se pone a temblar entera. Se palpa el estómago con las dos manos, como si necesitara comprobar que sigue ahí, y le tiembla la voz de una manera que nunca le había escuchado, ni siquiera en sus peores momentos.
—Es que... —Le tiembla el labio inferior, y hace ese puchero suyo tan exagerado que en cualquier otra circunstancia me haría reír—. Saúl, yo...
Se levanta de golpe, con los ojos llenos de lágrimas que llevaba conteniendo toda la tarde y parte de la noche, y lo suelta delante de todos, sin poder aguantarse ni un segundo más, con esa teatralidad tan suya que ni en el momento más importante de su vida es capaz de dejar a un lado.
—¡Porque estoy embarazada! ¡Por eso no como, por eso lloro por tonterías, por eso me he vuelto una gandula que ya no se une a los planes! ¡Estoy embarazada, y estoy muerta de miedo, y encima estamos enfadados, y no sabía cómo decírtelo, y mira cómo me tiembla hasta la mano, mira !
El silencio que sigue dura menos de un segundo.
Saúl cruza el espacio entre los dos en un abrir y cerrar de ojos, la besa antes de que ella pueda añadir una palabra más, y la levanta del suelo, girando con ella entre los brazos como si el resto de la fiesta hubiese dejado de existir.
—¿Eso es verdad? —pregunta, cuando por fin la deja en el suelo, sin soltarle la cintura entre las manos—. ¿De verdad?
Ana asiente, todavía llorando, y Saúl echa la cabeza hacia atrás y grita, literalmente grita, para que se entere todo el jardín, todo el barrio, toda la isla si hace falta.
—¡Voy a ser papiii! —Lo repite, como si necesitara escucharlo salir de su propia boca para creérselo del todo—. ¡Vamos a tener un bebé! ¡Un bebé de la fiera más preciosa y salvaje que existe!
La abraza fuerte, hundiendo la cara en su pelo, y cuando vuelve a hablar la voz ya no le sale tan alta, solo para ella.
—Te amo, Ana. No quiero seguir enfadado contigo. No quiero perder ni un minuto más de esto, y menos por algo —dice, mirando a Nill y luego a mí— que será lo que tenga que ser.
—Yo tampoco quiero estar cabreada contigo, pijo.
El jardín entero estalla en aplausos y gritos, y yo me acerco a Ana casi sin darme cuenta, con las piernas moviéndose solas, y le pongo la mano sobre el vientre todavía plano, sin pedirle permiso, llorando de una manera que no consigo controlar.
Después del coma, después de esta fiesta entera, después de las casas y de todo lo que ha pasado hoy, esto, esta mano sobre esta barriga diminuta que dentro de unos meses será una personita entera, es la guinda más dulce de todo el día.
—Voy a ser tía —susurro, como si decirlo en voz baja lo hiciera todavía más real—. Voy a ser tía de verdad.
Ana me abraza también, riendo y llorando a la vez, y por un momento, en medio de todo ese ruido feliz, busco a Nill con la mirada.
Lo encuentro ya mirándome a mí, con una expresión que no sé leer del todo, algo entre la alegría por sus amigos y algo más, algo que se parece mucho a una pregunta silenciosa dirigida solo a mí.
Nos apartamos de la fiesta sin decírselo a nadie, caminando hacia la terraza trasera de mi casa, hacia la buganvilla que sigue ahí, exactamente igual que siempre, meciéndose despacio con el alisio que sube desde el Atlántico.
El ruido de la música y las risas se queda atrás, amortiguado, como si perteneciera a otro mundo distinto al que empieza aquí, bajo estas flores.
Nos sentamos en el mismo banco de siempre, al que yo vengo cuando busco calma o necesito dejar ir lo que no me pertenece, con el mar oscuro extendiéndose delante de nosotros, como testigo mudo de este momento.
—Necesito contarte algo —digo, antes de que el valor se me escape, porque, aunque no lo diga, me da miedo que después de todo lo que ha hecho por mí, me juzgue, y que lo que le voy a contar le revele una parte de mí que no le guste y se marche—. Sobre Gui lle. Sobre esa noche.
Nill asiente, en silencio, sin interrumpir.
—Me confesó algo que llevaba años cargando.
Que fue él quien atropelló a mi madre. Que por eso me dejó, porque no podía mirarme a la cara sabiendo lo que había hecho.
Sabiendo que la dejó ahí tirada... —Trago saliva—.
Estaba destrozado, Nill. Roto de una manera que no había visto nunca en él, cumpliendo una condena que nadie le impuso más que sus propios actos.
Y cuando terminó de contármelo, me besó.
Un beso que yo no busqué, que no pedí, que se quedó ahí un segundo entero mientras yo seguía paralizada por todo lo que acababa de escuchar.
No se lo devolví. Ni siquiera pude reaccionar a tiempo para apartarme.
Creo que fue su manera de decir adiós, de cerrar su herida y lo que nunca pudo ser.
Nill cierra los ojos un momento, como quien deja que algo termine de encajar por fin en su sitio.
Cuando los abre, hay un silencio distinto.
No es la mirada de quien está a punto de decir algo difícil.
Es otra cosa. Recorre mi cara despacio, como si buscara algo que llevara tiempo sin encontrar en ningún otro sitio, y bajo esa mirada me siento, por un instante, como si fuera lo único que mereciera la pena mirar en esta terraza, más que el mar, más que la buganvilla, más que cualquier otra cosa que exista esta noche.
Nadie me ha mirado nunca así. Ni siquiera él, hasta ahora.
—¿Qué? —pregunto, un poco incómoda bajo tanta atención.
—Nada —dice, sin dejar de mirarme—. Es solo que había olvidado lo bonita que estás cuand o no tienes miedo, cuando estás cerca del mar. Cerca de mí.
—Lo que tú viste con Sara no es lo que te imaginas, aunque suene a cliché.
—Se pasa una mano por el pelo, buscando las palabras con una torpeza que no le conocía, él, que siempre sabe exactamente qué decir—.
Le di esperanzas mucho tiempo. Le dejaba claro con palabras que no quería nada serio, pero luego permitía que se acercara, me acostaba con ella, y mis actos hablaban mucho más alto que cualquier palabra que le hubiese dicho anteriormente.
Esa noche me di cuenta de todo el amor propio que le robé, se conformaba solo con las migajas que yo le daba, y me suplicó un beso que le negué.
Le hice daño, mucho daño, mi niña. Lo vi esa noche, en la cantina, con una nitidez que todavía me duele solo de recordarla.
Y supe que no quería seguir haciéndolo. Que no debía.
Que no quería seguir siendo ese cabrón ni con ella ni con nadie más.
Traga saliva, y por primera vez desde que lo conozco, veo que no está calculando ninguna de sus palabras, solo la verdad saliendo como puede.
—He estado muy jodido desde el momento en que supe que podía perderte.
Hasta entonces no era realmente consciente de todo lo que sentía y siento por ti, Ali.
Y por primera vez dejé de tener miedo a que se me notase que estaba jodido.
Reventado. No me importó poner mi vida entera en pausa.
Solo quería que volvieras, aunque no pudieses confiar en mí después de esto que te estoy contando y me echaras de tu vida para siempre .
Ya no queda en él ni rastro de ese hombre que sabía hacer daño sin querer, el que se protegía a base de no comprometerse con nada ni con nadie.
Ese hombre se quedó en algún otro sitio, en aquella cantina quizás, o en alguna noche que ya no le pertenece.
Aquí, delante de mí, solo queda él. Y está roto y no le importa que se le note.
Le busco la mano casi sin pensarlo, como quien necesita un ancla antes de soltar lo que viene después. Él me la aprieta, y ese gesto tan simple me da el valor que necesito.
—Hay algo más que tengo que contarte. Algo que igual no te gusta de mí, algo que me pesa, que no me deja ser totalmente yo.
Creo que debo ser sincera en todo contigo.
No me gustan los secretos, ni las mentiras.
Quiero que me conozcas del todo, porque con todo esto que ha pasado me doy cuenta de que, si yo te hubiese conocido lo suficiente, y tú a mí, no habríamos dado por supuesto nada, y habríamos sabido ver más allá de lo que se ve a simple vista.
Nill se queda quieto, esperando, sin soltarme la mano, y sin andarme con más rodeos se lo cuento.
—Cuando dije que yo maté a mi madre es porque así fue.
Me mira extrañado, porque acaba de escuchar de mí que fue Guille quien la atropelló.
—Fui yo quien decidió desconectar a mi madre, Nill.
Las lágrimas bajan por mis mejillas sin nada que las frene, y él, sin decir nada, las limpia con el pulgar.
—Los médicos dijeron que sufría mucho, que su cuerpo seguía funcionando por las máquinas, pero que ella ya no estaba, no de verdad.
Y yo firmé los p apeles. Yo tomé la decisión.
Llevo años cargando con eso, con la culpa de haber sido quien apagó la máquina, quien decidió que mi madre dejara de respirar.
Yo. Mi padre no pudo hacerlo. Él no quería dejarla ir.