CAPÍTULO 30 #2
—¿Qué sorpresa? —pregunto, mirando a uno y a otro, sin entender nada.
Adrián se acerca por detrás, pasándome un brazo por los hombros con esa naturalidad de siempre.
—Ay, enana, se ha ido de la lengua el bobo este. —Le lanza a Dailo una mirada de reproche cariñoso—. Bueno, ya qué más da. Habrá que enseñártelo de todas formas.
Nill suspira, resignado, y se acerca hasta donde estoy.
—Pensaba en un momento un poco más tranquilo, pero bueno. —Se rasca la nuca, casi avergonzado—. ¿Qui eres verlas?
—¿Verlas? ¿En plural? ¿Ver qué?
Asiente, y todo el grupo, como si hubiese estado esperando esta señal exacta, empieza a moverse hacia el fondo de la parcela, hacia esas tierras que hace apenas unos meses eran solo jardines.
Y enseguida noto, en la actitud de todos, que esto no es cosa solo de Nill y de Dailo, sino que cada uno de ellos ha formado parte de esta sorpresa, a juzgar por sus caras de emoción contenida.
Ana me tapa los ojos con las dos manos y me conduce así hasta el lugar exacto donde nos esperan.
—Te voy a quitar las manos poco a poco, peque. Intenta no desmayarte, ¿eh? Yo lo haría, si no las hubiese visto, pero sí que lo he hecho... Ay, igual me desmayo de todas formas, esto es...
No para con su verborrea nerviosa, que es aún peor que la de cuando está enfadada.
—¡Anaaaa! —protesto, porque quiero ver de qué se trata, para que ella esté así de nerviosa, y el resto ilusionados como si les hubiese tocado la lotería.
Son cinco casitas, blancas, de líneas limpias y tejados típicos de la isla, asomando entre jardines recién plantados. Cinco. Una para cada uno de mis primos, una para Ana, y una para mí.
Me quedo parada en seco, sin entender del todo lo que estoy viendo.
—Es el proyecto —dice Nill, con la voz baja, casi tímida—.
El que te enseñé aquella noche en la oficina, ¿te acuerdas?
Cuando Tamara todavía quería vendernos las tierras y tú, mirando los planos, dijiste que te encantaría llevarlo a cabo algún día.
Que te imaginabas una vida con tus primos viviendo cerca. Una villa para cada uno.
Me quedo sin aire un instante, porque lo recuerdo perfectamente, y recuerdo también que en ese momento era solo un sueño, casi una broma, algo que dije en voz alta sin pensar que alguien pudiera estar guardándolo con tanto cuidado.
—Pero ese proyecto... —lo miro, extrañada, horrorizada—. Era tuyo. Tuyo y de tu grupo. Cuando descubrimos que las tierras eran mías, pensé que se había quedado ahí, en nada.
—Sé que fue solo un comentario, pero a mí no paraba de resonarme en la mente. Y luego entraste en coma...
Se pasa una mano por la nuca, y por primera vez desde que empezó a hablar, la voz se le vuelve más pequeña, más honesta.
—No sé explicarte bien cómo pasó. Me pasaba las noches enteras dándole vueltas a esa frase tuya, a esa villa para cada uno que dijiste medio en broma.
Y me di cuenta, por cómo mirabas las estrellas en el mirador, aquel día, con aquella cara de ilusión, de que tú no eres de villas lujosas y ya está.
Tú necesitabas un hogar. Uno de verdad. Así que cambié el proyecto entero, y en lugar de villas pensé en casitas con alma, sin saber muy bien si algún día llegarías a verlo con tus propios ojos.
Me cuenta que se lo planteó al grupo, y que al principio casi todos pensaron que se había vuelto loco.
Que Lucía y Érica intentaron hacerle entrar en razón, que le hablaron del coste del proyecto, de que nadie l e estaba pidiendo algo así.
Que a él no pareció importarle. Y que, poco a poco, sin que nadie se lo exigiera, todos terminaron volcándose con él de todas formas.
Que su hermana e Irma se encargaron del papeleo interminable.
Que Dailo supervisó cada detalle de la obra, ladrillo a ladrillo.
Que Saúl, que me conocía de sobra después de tantos años viviendo juntos en Berlín, se convirtió sin querer en su cómplice, contándole poco a poco cuáles eran mis gustos, lo que me gustaba, lo que necesitaba, sin ser del todo consciente de que estaba ayudando a construir un hogar entero pensado solo para mí.
Me cuenta que el grupo de WhatsApp entero de «Chiquita armada» se convirtió, durante esos meses, en una auténtica locura de propuestas y decisiones, de fotos de materiales y discusiones sobre colores, de un proyecto entero creciendo en paralelo a mi silencio.
Y yo me lo perdí todo. Porque mientras ellos discutían sobre azulejos, yo dormía.
Y mientras yo dormía, según me confiesa ahora, él no se movía de esa silla del hospital, poniéndose al día con cada mensaje, cada decisión, cada avance, sin soltarme la mano ni un segundo, como si pudiera estar en dos sitios a la vez: construyéndome un futuro con una mano y sosteniéndome la vida con la otra.
El shock me deja sin palabras durante un momento entero.
Nadie me había dicho nada. Ni Ana, ni Zule, ni siquiera Saúl, que ha tenido cien ocasiones de soltarlo.
Han guardado este secreto desde que desperté, dejando que fuera él quien me lo enseñara y me lo explicara y, aun así, es demasiado.
Se me atragantan las preguntas, y no entiendo en qué momento todos han aceptado esto con tanta naturalidad .
Saúl se ríe con ganas, sacudiendo la cabeza, y yo estoy segura de que, de un modo u otro, también él ha contribuido a esto, aunque nunca me lo diga directamente.
No dejo de darle vueltas por dentro a la cifra que debe esconderse detrás de cinco casitas enteras, con piscina común y jardines recién plantados. ¿Cómo se paga algo así? ¿Cuánto tiempo, cuántos ahorros, cuántas noches sin dormir, además de las que ya pasó sentado en esa silla de hospital?
Nill debe de leerme la cara con la misma facilidad con que lee un plano, porque me coge la mano antes de que llegue a preguntarlo en voz alta.
—Eso no es lo importante, mi niña. —Lo dice quitándole peso al asunto con esa naturalidad que me desarma más que cualquier explicación larga—. Lo importante es que estamos todos aquí. Que estás despierta. Eso es lo único que me importaba de verdad.
—Ya, ya, muy bonito eso, don Juan, pero el que va a tener que pagarte las cañas de aquí hasta el fin de mis días soy yo —suelta Marco, con la boca todavía llena—. Que no se te olvide.
—Y yo, el cocinillas oficial del grupo —añade Adrián, señalando la suya con el tenedor—. Me veo siendo tu preparador oficial de tuppers .
Las protestas se encadenan unas con otras, medio en broma, medio en serio, y el ambiente se llena de esa clase de ruido cariñoso que solo existe entre gente que se quiere de verdad. No pregunto más, y Nill tampoco insiste. Hay explicaciones que llegarán en el momento adecuado.
Mi casita es la que está más pegada al mar.
Desde casi cualquier ventana se divisa el Atlántico entero, azul y enorme, como si la casa entera hubiese sido pensada para que ese horizonte nunca desapareciera del todo de mi vista.
En el porche, colgado del techo, hay un sofá, de esos suspendidos, a juego con la decoración nórdica en tonos beige y blanco que llena toda la casa.
Fuera, la piscina tiene una pequeña cascada que cae despacio sobre las rocas, con un sonido de agua constante que se mezcla, allá al fondo, con el rumor del mar de verdad, rodeada de un jardín que huele a tierra recién removida.
—Fue idea de Saúl —dice Nill, viendo cómo me quedo mirándolo, sin poder evitar que se me llenen los ojos de lágrimas—. Me contó que en Berlín tenías uno parecido, y que te sentabas ahí cuando necesitabas pensar o recordar la isla.
No consigo decir nada. Solo asiento, con la garganta cerrada, mientras el resto del grupo entra a explorar sus propias villas con gritos de alegría y emoción que rebotan entre las paredes recién pintadas.
Érica aparece a mi lado, con esa media sonrisa que nunca sabes si viene con dardo o sin él.
—Oye, esto lo podrías haber hecho para nosotros hace tiempo, don Juan. —Se cruza de brazos, mirando a Nill de arriba abajo—. Tanto tiempo dándonos largas con lo de vivir todos cerca, y vas y haces esto en tres meses, para otro grupo. Muy mal, ¿eh?
Sus palabras distan mucho de sus gestos, porque se le nota feliz de pies a cabeza .
Ana, que se ha acercado también, la mira con una expresión que no le conocía hasta hoy, algo tranquilo, algo que se parece mucho a la confianza.
—Yo creo que ya podemos quitarle ese apodo, Eri. —Se encoge de hombros, con una naturalidad que a mí me sorprende más que a nadie—. Se lo ha ganado. Además, somos un grupo... no dos.
Y en ese mismo instante, Érica se gira hacia Nill con otra expresión distinta, esta sin ironía ninguna, solo un orgullo limpio que le brilla en los ojos.
—Por fin lo has entendido, ¿eh? —Le da un golpecito suave en el brazo, y luego le pone la mano sobre el pecho, con un cariño que no necesita palabras—. Eso de soltar el control y dejarte llevar. Estoy muy orgullosa de ti. De verdad.
Nill no dice nada. Solo sonríe, con esa sonrisa que ya casi no me pilla desprevenida, aunque debería, porque cada vez que la veo algo dentro de mí sigue rindiéndose un poco más.
La fiesta llega a su pico entrada la noche, con la música más alta, con Marco intentando enseñarle pasos de bachata a mi tío Otto entre carcajadas generales, con Adrián sirviendo un postre que ha tardado media tarde en montar y que desaparece en cinco minutos.
Y en medio de todo eso, noto que Ana está rara.
Callada. Con el plato lleno delante y sin tocar casi nada, algo impropio en ella, que siempre come como quien no va a volver a probar la comida en su vid a.
Saúl y Ana siguen oficialmente enfadados, o eso dicen ellos, pero llevo toda la noche viendo cómo sus ojos se buscan cada dos minutos, cómo él le acerca la silla sin que se lo pida, cómo ella le guarda el mejor trozo de postre sin darse ni cuenta de que lo está haciendo.
Sea lo que sea que tengan pendiente, algo me dice que no va a durar mucho más.
Saúl, incapaz de contenerse, se acerca de todas formas.