Promesas de sal CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

ALI

Toda la verdad

El portón se abre antes de que Saúl llegue a tocar el timbre.

Y ahí están todos.

Hanna llora antes incluso de abrazarme, con esa ternura suya que nunca ha sabido guardarse para después.

Otto me palpa los brazos igual que hace Rosario, como si necesitara comprobar con las manos lo que ya han confirmado sus ojos: que soy real, que estoy aquí, después de tanto tiempo suspendida en un lugar del que casi no vuelvo.

Mis tías Marga, Sole y Asun se pelean por quién me abraza primero, mientras al resto de mis tíos les hace gracia la competición y esperan su turno sin armar numerito, con esa paciencia de quien sabe que el abrazo va a llegar de todas formas.

Ana se abalanza sobre mí en cuanto encuentra un hueco, llorando sin ningún disimulo, y Érica no la suelta del brazo, notablemente emocionada también, aunque intente disimularlo detrás de una sonrisa.

El jardín entero se ha llenado de mesas con manteles improvisados, de música saliendo de un altavoz que veo encima de una de las mesas, y de comida amontonándose sobre cualquier superficie disponible.

Hay guirnaldas colgadas entre los árboles y las palmeras, globos que alguien ha atado torpemente a las sillas.

Hay tanto ruido, es tal el tenderete que han montado, que durante un segundo tengo que cerrar los ojos solo para poder abarcarlo todo de una vez, y aseg urarme de que esto no es un sueño más, de los que se desvanecen antes de que puedas atraparlos del todo.

Rosario me palpa el brazo con esa misma mano rápida de siempre, y a su lado, Ancor me sonríe con esa sonrisa suya.

Ya no consigue apagar el temblor de sus manos.

Verlos aquí, en mi propio jardín, celebrando mi vuelta como si yo también les perteneciera un poco, me aprieta algo en el pecho que no sé nombrar del todo.

Un pellizco de vergüenza me recorre por dentro.

Hace apenas unas horas, cuando Saúl llegó solo a recogerme al hospital, dudé de todo esto.

Pensé que algo había cambiado, que tras la noche del Carnaval el grupo se había ido diluyendo poco a poco, hasta desaparecer del todo.

Y aquí está la respuesta a esa duda tan pequeña y cruel, gritándome en la cara con confeti, aplausos y abrazos que no dejan de llegar.

Antes de dejarme arrastrar del todo por la fiesta, me escabullo un momento hacia el interior de la casa, buscando a mi padre.

Lo encuentro sentado en el sofá, con la mirada puesta en algún punto de la ventana que da a la terraza delantera, ajeno por completo al jaleo que se ha instalado a apenas unos metros de él.

—Papi.

Mi voz sale asustada porque, aunque sé lo que me voy a encontrar, el peso de la realidad es distinto cuando te golpea de frente, sin piedad .

—¿Papi?

Se gira hacia mí despacio. Me mira un momento, con esa expresión suya que ya conozco tan bien, la de quien busca algo en un rincón oscuro sin llegar a encontrarlo del todo. Su entrecejo se frunce, e intuyo al instante que, pese a la palabra que muchas veces lo trajo de vuelta, hoy no funciona.

—¿Va todo bien, muchacha? ¿Necesitas algo?

Me arrodillo a su lado, le cojo la mano, y trago el nudo que se me forma en la garganta antes de que se me note demasiado.

Ya ni siquiera se pone agresivo, ni enfadado.

Ahora simplemente se ha rendido por completo ante el abismo del olvido, y deja que gente para él desconocida se le acerque de esta manera.

—Todo bien. Solo quería verte un momento. Si quieres salir a la fiesta que hay en tu jardín, todos se pondrán muy contentos.

—Estoy bien aquí, niña. Estoy muy mayor para fiestas. No me gustan.

Sonríe, esa sonrisa amable que ya no lleva mi nombre dentro, y me da unas palmaditas suaves en la mano, como quien consuela a una desconocida que ha tenido la gentileza de visitarlo.

Me quedo así un rato, en silencio, dejando que ese dolor tan conocido ocupe su sitio sin pelear contra él.

Al menos puedo demostrarle mi cariño. Él puede no acordarse de mí, pero yo sí lo he recordado, y mientras sea así, cuidaré de él con la paciencia que esta enfermedad requiere.

Me levanto, le doy un beso en la frente, y salgo de nuevo a la terraza, hacia el ruido, hacia todo lo que todavía me espera.

Un marco en la estantería del salón hace que mis ojos se cierren un instante, produciéndome un calorcito de esos que llenan el alma, aceptando que ella no está, pero sabiendo que sigue presente de algún modo.

Mi madre y yo, en esa f oto que me regalaron mis tíos, riéndonos de algo que ya no recuerdo.

No me voy a mentir: cuando entré, lo busqué inconscientemente entre todos, y la decepción de no verlo me dolió, aunque fui yo quien lo apartó de mí en el hospital, cuando no lo reconocí.

Y luego no lo busqué, porque lo de Sara todavía ronda mi mente.

¿Cuántas Saras habrá en su vida? Es una duda que ahora me sobrepasa y no sé gestionar.

Todas las advertencias que un día Ana me dio me invaden de golpe.

Y entonces lo veo.

Viene caminando desde el fondo de la parcela, desde esa zona que durante años solo fueron huertas descuidadas, las mismas tierras que Tamara quiso arrebatarnos.

Lleva un vaquero que le sienta de una manera que debería estar prohibida, con las manos en los bolsillos, con ese aire despreocupado que parece esconder mucho más de lo que muestra.

Una camiseta blanca que no disimula nada, ni los músculos recuperados, ni la anchura de esos hombros que tantas veces me sostuvieron sin que yo lo supiera.

Ya no tiene ojeras. El pelo un poco más largo, como en el hospital, y eso me gusta.

Y la barba ha vuelto a ser exactamente como yo la recordaba, como si esas tres semanas de silencio hubiesen sido, también para él, una especie de rehabilitación propia.

Se para a unos metros, sin acercarse del todo, y pese a todo tengo ganas de abrazarlo. No lo hago .

Y ninguno de los dos dice nada, porque no hace falta.

Nos quedamos ahí, mirándonos por encima del ruido de la fiesta, con toda la tensión de lo que nos debemos todavía flotando entre los dos, con la complicidad de todo lo que hemos compartido, esa intimidad que ahora recuerdo con una nitidez que casi asusta.

No le digo que se marche. No podría, aunque quisiera.

Sé exactamente hasta qué punto me ha cuidado, hasta qué punto me ha devuelto a esta vida que hoy, por fin, vuelve a tener ruido de verdad.

Y quiero escuchar lo que me iba a explicar el día que todo se apagó, el día que Tamara, por segunda vez, me arrebató parte de mi vida.

Si algo tengo claro es que no habrá una tercera.

No lo pienso permitir. Ahora no pienso dejarlo estar como anteriormente.

Adrián se ha adueñado de la parrilla como quien se sube a un escenario.

Lleva la camiseta remangada hasta el hombro, los tatuajes del antebrazo marcándose con cada movimiento, y corta la carne con una seguridad que no deja indiferente a nadie, que hace que todos lo miremos con deleite y sonrisas por el rollo que desprende.

Levanta la vista justo en el momento exacto en que encuentra los ojos de Érica al otro lado de la mesa, y no aparta la mirada mientras sigue cortando, despacio, como si el cuchillo fuera lo de menos.

—¿Te gusta lo que ves, Eri? —dice, sin dejar de sonreír, sin dejar de mirarla, con una picardía que llega hasta cualquiera que presencia la escena.

Ella pone los ojos en blanco, pero no consigue disimular del todo la sonrisa que se le escapa, y mi primo, satisfecho con el resultado, le guiña un ojo m ientras se muerde suavemente el labio inferior, y vuelve a la carne con ese aire de quien sabe exactamente el efecto que acaba de causar.

Zule baila bachata con Marco cerca de las mesas, con una soltura nueva en el cuerpo que no le conocía, y Dailo se pasea entre todos con Pepe Luis en brazos, el peluche que me regalaron cuando volví de Berlín, tan grande que casi desaparece él detrás del peluche, moviéndolo de un lado a otro como si el oso también quisiera saludar a cada invitado.

—No podía faltar, prima —dice, plantándomelo delante de la cara con una sonrisa enorme—. Es una bienvenida. ¡Tu nueva bienvenida!

Abrazo al oso, y de paso a Dailo, que queda atrapado entre los dos, entre risas de ambos. Lucía se acerca a saludarme con esa calidez tranquila que siempre tiene, y detrás de ella viene Marco, gritando algo sobre una excursión que tiene en mente en una playa secreta.

—¿Preparada para una excursión en la que estemos todos? Estábamos esperándote para la mejor de todas, peque.

Que él me llame peque es nuevo, pero dejo que lo haga porque, al fin y al cabo, al lado de ellos, de los chicos de este grupo, lo soy, y el cariño con el que me lo dicen me encanta.

—Tengo un plan calidad.

—Preparada. Dime que incluye tablas de surf.

—Lo que tú pidas, pequeña. Este experto en organización de pateos y planazos está a tu servicio .

Me lo dice a mí, estoy segura, pero a quien no deja de mirar es a mi prima Zule, que le sonríe. ¿Desde cuándo no protesta por planes así?

Todos me hacen preguntas, sobre cómo es estar en coma, y me reservo la parte en que ha sido un sueño que Nill diseñó en cada detalle.

También me preguntan cómo me encuentro. Irma me recibe con un abrazo mientras me susurra al oído que hoy no, ante mi cara de pregunta, sabiendo lo que le estaba preguntando sin verbalizarlo, pero que no es el momento.

Ludwig me dice cuánto me han echado de menos en el despacho, que me esperan con ansias.

Me reconforta muchísimo saber que cuento con toda esta red de gente.

Es Dailo quien, sin querer, lo suelta primero, así, en medio de la fiesta.

—Oye, peque, ¿ya te han contado la sorpresa? ¿Ya la has visto?

Nill se gira hacia él tan rápido que este se da cuenta al instante de lo que acaba de hacer, con esa cara de quien ha metido la pata hasta el fondo, buscando a Nill con los ojos, pidiendo auxilio sin decirlo.