CAPÍTULO 29 #3
Finalmente aparece Saúl. Solo Saúl. Un pellizco de decepción me atraviesa; estoy tan acostumbrada a que mis primos, Ana, incluso mis tíos, monten una fiesta por todo, que me extraña que hoy no lo hagan. En cuanto abre la puerta, me abraza, y no me suelta con facilidad.
—Peque... Perdona por no haber estado más atento. Siento que te pasara esto. No sabes lo que me alegra tenerte así, tan despierta. De vuelta.
Sus ojos azules se empañan, y sé que lo dice de verdad. Sé también, por cómo me observa, por cómo se tensa, por cómo respira ahí frente a mí, que algo más pasa.
—Rubio... ¿qué pasa?
—Nada, peque, es solo...
No termina la frase. Estamos solos, y no va a haber mejor oportunidad.
—Es por Ana, ¿verdad? ¿Qué ha pasado en el tiempo que llevo aquí?
Toma aire, y al levantar la mirada hacia mí, veo un brillo fugaz en sus ojos. Ana ya me contó algo antes, aunque sé que él es un caballero y de eso no dirá ni mu.
—Ana y yo... —Junta mis dedos índices, chocándolos, como si con ese gesto pudiera explicarlo sin necesidad de más palabras, y él suelta una carcajada—. Sí, Ana y yo. Y ahora nos hemos enfadado.
—¿Puedo saber por qué?
Me asalta el recuerdo de la noche de Carnaval, la complicidad en sus miradas, esa química que se veía desde lejos, aunque quizás todo empezó mucho antes, en el momento en que Ana apareció en Berlín. Él titubea.
—Ella, desde que tú estás aquí, se encerró en sí misma.
Al parecer te necesita más de lo que ella misma cree.
Anda rara, peque, con unos cambios de humor que no le había visto nunca.
Un día llora por cualquier tontería, y al siguiente no quiere ni el café con el que antes no podía vivir.
Y luego, con lo de Nill, ha tenido que tragarse todas sus palabras, pero aun así no se fía.
No entiende por qué se ha retirado sin insistir, justo ahora que has despertado.
Y por eso hemos discutido. Dice que yo siempre lo defiendo, que tú también eres mi amiga y que debería cuidarte más.
Lo abrazo, porque soy consciente de que si alguien me ha cuidado siempre es él.
—Yo le dije que se fuera. Por eso no ha vuelto.
Asiente, pero no guarda silencio.
—Mira, peque, yo sé que no es perfecto, y que todo lo que viste tiene explicación.
Si tú decides hablar con él, te la dará, pero eso es algo que deben hablar entre ustedes.
Eso sí te digo: él ha sido siempre muy tajante, menos con Sara, cosa de la que se arrepiente.
Y, aun así, te puedo asegurar que es la persona más leal que conozco. Solo debe saber que siente lo correcto.
Solo ahí se me escapa lo que siento yo.
—Lo echo de menos. —Mi puño se cierra, sin que yo lo decida, sobre el estómago, como si ahí fuera donde su ausencia apretase de verdad—.
Pero tengo miedo de no haberlo conocido en el momento adecuado.
Él tiene obligaciones, y yo estoy atrapada en unas sombras que no sé si algún día desaparecerán del todo.
Mi padre me necesita, y él está, en cierto modo, en la misma situación.
Me sujeta de los brazos.
—Mira, peque, esto es como todo. Nunca es el momento de dejar ese trabajo que no te hace feliz. Nunca es buen momento para ser padre. Nunca es buen momento para comprar una casa. Simplemente lo haces, y descubres que estabas equivocada, y cuando menos lo piensas es justo cuando tenía que suceder.
Lo miro con los ojos como platos, porque desde que lo conozco, jamás se había expresado con tanta profundidad como lo está haciendo ahora.
—Siempre te has cuestionado haberte ido a Berlín.
Pero de no haberlo hecho, no habrías puesto la distancia que necesitabas para sanar, para convertirte en la mejor arquitecta que conozco, para valorarte, para pasar tu duelo, para conocerme a mí.
—Se ríe—. Mira qué grupo tan chulo hemos formado, tan peculiar, tan divertido...
Y conociste a Nill. —En cuanto ve mi mueca, cambia de tema—.
Sé que también te costó decidir volver. No se trata de creer que es el momento.
—¿Entonces de qué se trata?
Me acaricia los brazos, sin sacudirlos, con esa firmeza suave que solo tiene él.
—De sentirlo, peque. Se trata de soltar el control, y dejar que la vida te atraviese entera, sin blindajes. De vivir cada momento como si fuera el único que vas a tener, porque, en el fondo, lo es.
Justo en ese instante entra la enfermera menuda.
—¿Aún aquí? Niña, ¿tú siempre estás rodeada de semejantes maromos? Qué barbaridad. Venga, anda, guapetón, llévate a esta niña a que le dé el aire, que hace un día precioso ahí fuera.
Saúl le devuelve la sonrisa a la mujer y coge mi mochila del suelo.
—Vamos, peque. ¿Preparada para comenzar a disfrutar de esta segunda vida ?
Analizo esas palabras, y tienen todo el sentido del mundo. Hasta ahora no había sido consciente: he pasado tres meses en coma, la vida se me ha escurrido entre los dedos, y, aun así, algo me ha anclado a este mundo, a esta isla, a una vida nueva que todavía no sé del todo cómo se construye.
Glosario canario
Maromo: hombre, tío (uso coloquial).