Promesas de sal CAPÍTULO 29 #2
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CAPÍTULO 29 #2

Que Zule confiese eso me sorprende. ¿Desde cuándo hace deporte? Hasta donde yo sé, jamás lo ha practicado en su vida, y por un segundo me pregunto si me han engañado, si estos tres meses han sido, en realidad, años.

—Sí, lo has escuchado bien, yo hago deporte. Nadie escapa a la insistencia de Marco. Así que date prisa en recuperarte, porque al mulatito no se le agot an los planes nunca.

Veo en ella algo diferente, una energía que no había divisado en años, en ella, la que jamás se unía a ningún plan deportivo. Solo el surf.

—¿Mulatito? Menudas confianzas, ¿no? Me pierdo tres meses y cuando vuelvo ya no os conozco.

Zule se sonroja, y Ana se recompone un poco.

—En eso tienes razón —dice Ana, muy picarona—. Esta se ha pasado al deporte, y ahora dice que la gandula soy yo. Pero, es que su motivación es grande, grande y morena, ¿no, Zule?

Ana se ríe con su propio golpe bajo. Zule se sonroja aún más, pero no se calla, algo también nuevo en ella.

—Esta se mete mucho conmigo, que diga el motivo por el que ella no hacía deporte y se convirtió en una gandula, ¿eso no se lo cuentas? ¡Eh, Anita!

Busco en Ana una respuesta a semejante directa.

—Hay que ver cómo se ha espabilado esta desde que come Magnum almendrado —me devuelve Ana la mirada, levantando las cejas como quien acaba de anotar su punto de mayor puntería—.

El motivo tiene nombre, peque. Saúl. Me he acostado con él, no una, ni dos, ni tres, sino muuuchas veces, y con ganas de repetir, que conste.

Sí, tu rubio, no me mires así, que algo digo yo que te olerías.

¿Gandula yo? Mira, mi niña, si he hecho más deporte en esa cama que tú, Zule, en el gimnasio, no que va...

Zule se ríe a carcajadas ante la confesión, y yo me quedo perpleja.

—¿Te has acostado con el rubio?

—Vamos, peque, no te hagas la nueva, que tú también te acost aste con don Juan, pese a mis advertencias, ¿no? No te pudiste resistir, ¿eh? Ojo que lo entiendo... ¡Cómo para no entenderlo!

Zule me acusa con esa mirada suya de cómo no se lo había contado antes. Y las tres reímos, porque aquí, mientras dormía, han pasado cosas, y seguro que esto es la punta del iceberg.

Los días van pasando, y mis avances son notables.

Doy mis primeros pasos en rehabilitación, con las piernas temblando como si acabara de nacer, y el médico se muestra optimista.

Han venido todos a verme. Hanna lloró de pura felicidad al comprobar que la recordaba perfectamente, con nombre y apellido, sin ningún hueco.

Es curioso cómo la vida me ha colocado, aunque sea por unos días, en el mismo lugar exacto que mi padre.

Con la diferencia de que yo voy recuperando recuerdos, y él, cada día, pierde un poco más de los suyos.

Hanna y Otto no me han escondido que ha empeorado.

Y es justamente ese miedo el que me empuja a esforzarme al máximo en cada hora de rehabilitación, apretando los dientes contra el dolor sordo de unos músculos que ya no recuerdan cómo sostenerme.

Necesito salir de aquí cuanto antes, aunque cuando lo haga, es probable que él ya no me recuerde.

Yo pensaba que hacía bien poniendo tierra de por medio. Y resulta que cada día en Berlín fue un día menos con mi padre. Un día menos en el que él me recordaría .

La ansiedad me aprieta el pecho como una mano cerrándose despacio. Pienso en que Nill no ha vuelto desde que lo eché de la habitación, y ese pensamiento se enreda con todos los demás hasta que la mente se me nubla del todo.

Siento un pellizco en el brazo, y me duermo.

El médico me explica después que he sufrido una crisis de ansiedad, algo normal cuando todo te envuelve de golpe. Lo que iba a ser una semana de alta se convirtió en tres.

Nill no ha vuelto, y yo no he vuelto a preguntar por él. Nadie lo ha nombrado, aunque por aquí han pasado hasta sus padres. Rosario me palpaba el brazo cada tarde, exactamente igual que siempre, con esa mano rápida y experta que ya reconozco de lejos.

—Hija, en cuanto salgas de aquí tienes que comer con fundamento, que te estás quedando en los huesos.

Me llamaron la atención también las ojeras de Lucía, estoy segura de que son el reflejo de cargar durante meses con la responsabilidad de la constructora. Quizás por eso no ha vuelto. Habrá retomado su vida, sus responsabilidades, y quizás... No. No quiero pensar en eso ahora.

Por fin, hoy me dan el alta. Empiezo a ponerme nerviosa porque son ya las dos de la tarde y no aparece nadie. La enfermera menuda, bastante mayor que yo, asoma la cabeza por la puerta, con esa alegría suya que contagia sin proponérselo.

—Seguro que hoy viene tu novio a buscarte, ¿eh?

Mira que es guapo el condenado. Qué ojazos, qué pelazo.

Tienes mucha suerte, niña. Nos ha alegrado la vista estos meses.

—Se gira hacia el pasillo—. ¿A que sí, Yaiza?

Una alegría a la vista para estas señoras —dice, riendo, y luego se pone más seria—.

Ese muchacho no se ha despegado de ti, mi niña, ni un segundo. Yo que tú no lo dejaba escapar.

Se marcha así, sin darme tiempo a contestarle que él no es mi pareja.

Que ya no lo es. Las lenguas no le han contado que tiene a más de una a la que sobar la espalda y dar besos tiernos.

No después de aquella noche que prometía estar colmada de risas, todos disfrazados de koalas, y que acabó conmigo llorando en un aparcamiento, con el asfalto frío bajo la nuca y la cabeza abierta.

Recojo lo poco que queda en la habitación de mis cosas, intentando dejar de pensar en él, en los momentos buenos que pasé a su lado.

Si cierro los ojos, todavía siento sus manos grandes, con esas venas marcadas bajo la piel, apretándome la cintura, y cómo aspiraba el perfume de mi pelo como si fuera lo único que necesitara para respirar bien.

Sus besos siguen guardados en mi memoria, igual que todas esas veces que su cuerpo esculpido envolvía el mío buscando más que ternura.

También sigue bien guardado el recuerdo de mis manos enredándose en su pelo mientras lo miraba a esos ojos grises y profundos.

Me pregunto qué sensación me daría hacer ese gesto ahora, con su pelo más largo que antes, y siento una punzada bajo el vientre que me hace reprenderme por lo bajo.