CAPÍTULO 29
ALI
Mientras dormía
Después del silencio y la oscuridad profunda, escucho una voz.
No sé de quién es, ni de dónde viene, ni siquiera si es real o si forma parte de ese lugar denso y sin bordes en el que llevo perdida un tiempo que no sé calcular.
Es una voz grave, cansada, que repite palabras que no consigo hilar del todo: algo sobre cemento, algo sobre una excursión que nadie ha pedido, algo sobre una mano que a veces siento, o creo sentir, envolviendo la mía.
La luz llega después, mucho antes de que consiga entender que es luz.
Un naranja sucio, difuso, colándose desde algún sitio que todavía no logro ubicar.
Parpadeo. O creo que parpadeo, porque no estoy segura de que mi cuerpo esté haciendo lo que le pido que haga.
Todo pesa: los párpados, la lengua, el aire que intento tragarme a bocanadas cortas.
El techo es blanco. Hay una mancha de humedad en una esquina, con forma de nada, y me quedo mirándola porque es lo único que no se mueve en un mundo que gira despacio a mi alrededor.
Un pitido marca, cerca de mi oído, un ritmo que parece más mío que el de mi propio corazón.
Intento mover los dedos de la mano derecha.
No sé si lo consigo. Un sonido se me escapa de la garganta, ronco, seco, un gemido áspero que ni yo misma reconozco como propio .
Hay movimiento a mi lado. Una silla arrastrándose contra el suelo.
—¿Ali? Ali, ¿me oyes?
No consigo girar la cabeza del todo. Solo alcanzo a mover los ojos, y veo una forma borrosa inclinándose sobre mí, demasiado rápido, demasiado cerca. El miedo llega antes que cualquier pensamiento claro.
—Tranquila, tranquila, mi niña, estoy aquí... soy yo.
Su voz me suena de un sitio que no consigo alcanzar, un eco enterrado bajo capas de niebla, pero no basta para calmar lo que ya se ha desatado dentro de mí. Intento apartarme, y el cuerpo apenas responde. El pitido cambia de ritmo, se vuelve insistente, punzante.
—¡Enfermera! ¡Está despierta! ¡Que alguien venga!
Cuando por fin consigo enfocar esa forma, veo a un hombre grande, de complexión fuerte, aunque algo en él se ve raro, más consumido de lo que su tamaño debería permitir, como si el cuerpo hubiese aguantado el peso, pero la cara hubiese pagado el precio entero.
Pelo ondulado y seguramente más largo que de costumbre, desordenado sobre la frente.
Barba de días, quizás semanas sin arreglar.
Ojeras hondas, oscuras. Y unos ojos grises, muy grises, clavados en mí con una intensidad que no sé de dónde viene.
No lo reconozco.
—¿Quién eres? —La palabra me sale rota, arañándome la garganta.
Algo se le rompe en la cara al escucharlo, pero no tengo espacio para pensar en es o.
—¡Vete! —consigo decir, cuando entran dos enfermeras corriendo—. Que se vaya. No sé quién es.
Una voz que suena más alta y brusca de lo que pretendo.
Las lágrimas me caen sin control, de puro pánico.
Las enfermeras consiguen calmarme al cabo de un rato.
Me revisan, me preguntan cosas sencillas con esa voz cálida que solo tienen quienes están acostumbrados a sostener a gente asustada.
Mi nombre sí lo tengo, agarrado con fuerza en algún rincón que la niebla no ha conseguido tragarse del todo.
El médico llega después y me explica el tiempo exacto que llevo aquí.
Tres meses. La cifra me golpea como si hablara de otra persona, de una vida que todavía no reconozco como mía.
—Que recuerdes tu nombre es buena señal —me dice—. Pronto irás recordando más y más cosas.
Cuando salen, dejan la puerta entornada, y escucho voces al otro lado. La enfermera explicando lo mismo, con la misma paciencia, a alguien más.
Nill. Así lo ha llamado ella.
Pregunta cosas, deprisa, atropellándose, y el médico le pide calma.
Y entonces llegan, sin orden, sin aviso: fogonazos que me atraviesan como agujas de luz.
Berlín, un casco, su voz al teléfono mientras yo resolvía un problema que no era mío.
El mirador donde nos besamos, el mar oscuro debajo, sus manos anchas en mi cintura, enredándose en mi pelo, en la nuca.
Mi padre perdiendo los nervios y la memoria, y él quedándose a mi lado sin que nadie se lo pidiera.
Y luego, sin piedad: sus manos en la espalda de otra mujer, un beso en la frente que no era para mí.
Esa complicidad me clava algo por dentro, filoso, y me hace sentir lo que jamás había sentido: rabia, celos que no sabía que llevaba dentro.
Sara. Verla acariciar lo que llegué a creer que solo tocaría yo, esa espalda tersa, suave, tan suya. Me enfadó de una forma que no sabía que podía siquiera hacerlo.
El nombre me sube por la garganta como un cristal roto. Fuera se hace el silencio. Él no entra.
Una enfermera vuelve con una jeringuilla y una sonrisa cansada, explicándome que debo descansar. La niebla se cierra otra vez, esta vez más suave, más amable que la primera.
Cuando abro los ojos, Zule y Ana están sentadas a los pies de la cama, y las reconozco al instante, con una cara de emoción tan grande que parece que sea el día de Navidad. Sus ojos brillan, se les llenan de lágrimas.
—Chicas... —La voz me sale en un hilo tierno que pronto se vuelve pregunta—. ¿Qué coño hacía Nill aquí?
Entre las dos me lo cuentan todo, cada detalle, desde el día que me enfadé con él en la cantina de Carnaval hasta esta misma tarde.
Que no se ha separado de mí ni un solo día, durmiendo cada noche en esa butaca que destrozaría al más fuerte.
Echo un vistazo hacia ella: verde, incómoda, fría mires por donde la mires.
Y de repente todo cuadra: su pelo, sus ojeras, su barba más larga y menos cuidada, ese deterioro que llevaba grabado en la cara.
Que ha delegado la empresa al completo en Lucía y en Dailo.
Algo dentro de mí se remueve, porque sé, mejor que nadie, que delegar no es lo suyo.
Que hacerlo significa arriesgarse a defraudar a su padre, y sobre todo a defraudarse a sí mismo.
—¿Y qué pasa con Sara?
Nombrarla, imaginar lo que no quiero ni puedo, me arranca un ahogo de la garganta, como si me estuvieran estrangulando de la manera más cruel. Se me llenan los ojos de lágrimas, y es Zule quien detiene a Ana con un gesto, justo cuando esta se levanta ya lanzada a soltar toda una retahíla.
—Peque, eso lo hablarás con él cuando estés preparada. —Me coge las manos, me las acaricia como siempre—. Viste a Nill con Sara, sí. Pero siempre hay cosas que no vemos.
—Pero yo sentí que ahí había algo entre ellos, chicas.
—Mira, peque, lo que sí hemos visto nosotras es que ese muchacho no se ha separado de ti ni un minuto.
Ha dormido aquí cada noche, te ponía música, esa canción en bucle una y otra vez, «Por qué no vienes a joderme la vida», te contaba historias y no paraba de pedirte que abrieras los ojos, que lo mirases, aunque fuese una vez más.
El recuerdo de él pidiéndomelo, con esa necesidad imperiosa suya, se me clava en el estómago como algo que sé que jamás podré olvidar, y no estoy segura de encontrarlo nunca en nadie más .
—No se rinde, no. El muy cabezón. —A Ana ya no le cabe el silencio dentro, con esa voz que se le acelera cuando algo la desborda—.
Cuando todos habíamos tirado ya la toalla, él seguía creyendo que ibas a despertar.
Hemos discutido, peque, cuando yo ya te daba por...
—Las palabras se le atragantan, y sé que es incapaz de nombrarlo—.
Nunca dejó que verbalizase esa idea. No la aceptaba. Creo que él te trajo de vuelta.
No le digo ni que sí ni que no. Ahora entiendo que, desde ese lugar oscuro y sin fondo en el que estuve, aquella voz no era un sueño cualquiera.
Era real, tan real como el aire que ahora respiro, aunque mi cuerpo llevara meses ausente del mundo.
Me inventaba historias, noche tras noche, colando a Ana, a Saúl, a mis primos, en cada una de ellas, intentando que no olvidase a nadie. A ninguno. Ni a él.
Me llevó, sin moverse de esa silla, a la playa de Benijo, con la arena negra bajo los pies y el estruendo del Atlántico rompiendo contra los roques al atardecer.
Me llevó a bucear en Montaña Amarilla, entre tortugas que nadaban despacio a mi lado, como si el mundo bajo el agua también supiera esperar.
Me llevó en barco hasta Los Gigantes, bajo esos acantilados que se tragan la luz, buscando calderones entre Tenerife y La Gomera, hasta Masca, donde el agua estaba tan clara que se veía el fondo desde la superficie.
Y una noche me llevó a las fiestas de La Orotava, a todos vestidos de magos.
A mí me puso el traje de maga, con el corpiño bordado ciñéndome el pecho y las siete borlas de colores prendidas en la falda, una por cada isla.
A él, pantalón, fajín rojo y chaleco bordado sobre la camisa blanca, con el sombrero de paja adornado con una espiga de trigo.
Nos sentó a todo el grupo en una mesa larguísima, compartiendo vino y comida con desconocidos que dejaban de serlo en cuestión de minutos, mientras todos, a coro, cantábamos «Somos costeros» como si la isla entera cupiera en esa canción.
Viví cada una de esas historias como si sucediera de verdad, sin saber que era él quien las narraba para mí, noche tras noche, sin descanso.
Y mientras yo creía estar perdida en un sueño que no me pertenecía, era él quien me sostenía desde el otro lado, tejiéndome de vuelta con nombres y con tierra que no dejó que la oscuridad se llevara, sin saber que cada palabra suya era la única cuerda que me impedía hundirme del todo.
En ese momento entra otra enfermera y empieza a sacar sangre de la vía. Ana, que se ha quedado mirando fijamente los tubos llenándose de ese rojo espeso, pierde el color de la cara por completo.
—¡Ana...!
Zule la coge al vuelo, más rápida de lo que jamás la había visto, justo antes de que caiga redonda al suelo.
—Uf, cómo pesa esta muchacha últimamente. El deporte tiene sus ventajas, casi no llego.