Promesas de sal CAPÍTULO 28 #3
88%

CAPÍTULO 28 #3

No supe qué contestarle, porque yo mismo llevo tres meses haciéndome la misma pregunta sin encontrar ninguna respuesta que valga .

Hanna y Otto se han volcado en José con una dedicación que solo puede nacer del amor de verdad, con esa paciencia infinita que a Hanna se le nota hasta en los gestos más pequeños.

Otto ha aprendido a peinarlo, a afeitarlo con cuidado, a sentarse con él en el jardín, aunque haga frío, solo para que no pierda la costumbre de que alguien lo acompañe.

Le hablan de Ali constantemente, aunque él no siempre entienda del todo quién es esa chica que mencionan tanto, y cuando alguna vez recuerda su nombre, aunque sea a medias, se le ilumina la cara de una manera que a mí se me clava en el pecho cada vez que me lo cuentan.

Pero también me cuentan, cada vez con la voz más apagada, cómo José empeora.

Que cada semana está un poco más ausente, un poco más lejos de sí mismo, como si su cuerpo hubiese decidido apagarse a la misma velocidad que su hija se mantiene dormida, dos relojes distintos corriendo hacia el mismo abismo desde direcciones opuestas.

Y entonces, por primera vez en años, quizás en toda mi vida, me sorprendo a mí mismo rezando, yo, que nunca creí demasiado en nada, ni en Dios ni en el destino ni en ninguna de esas cosas que la gente invoca cuando ya no le quedan certezas.

Solo pido, en silencio, cada noche, que Ali despierte a tiempo.

A tiempo de despedirse de su padre como es debido, si es que hace falta despedirse.

A tiempo, sobre todo, de no perderlo todo de golpe cuando por fin abra los ojos.

Le hablo todos los días. No sé si me escucha, los médicos dicen que es posible, que el oído es de los últimos sentidos en apagarse del todo, así que decido creerlo, porque necesito creer en algo.

Le cuento tonterías, sobre todo. Que Dailo se ha peleado con un proveedor por el precio del cemento.

Que Marco ha orga nizado otra excursión que nadie le ha pedido.

Que Ana sigue mirándome mal cada vez que me pide sentarse en esta silla y me cuesta todo un mundo cederle el sitio, el tiempo que me pide, pero lo hago, porque entiendo que ella también lo necesita.

—Vuelve, mi niña... ven a joderme la vida —le digo, cada noche, antes de quedarme dormido en la silla incómoda que ya considero mía—.

¿Te acuerdas de esa canción? Fue la que sonó en mi coche aquella noche, de camino al mirador, después de la oficina.

Me miraste como si la letra tuviera un significado, y lo tenía, aunque entonces ninguno de los dos quisiera reconocerlo del todo.

Habla de eso, de entregarse a alguien sin frenos, sin medir nada, aunque se sepa que algún día habrá que decirse adiós.

De vivir tan intenso que, cuando llegue esa despedida, sea la mejor despedida del mundo, porque no habrá quedado nada por vivir de más.

Antes me daba miedo esa idea. Me parecía una temeridad entregarme así, sin reservas, a alguien que en cualquier momento podría irse.

Ahora solo quiero eso. Quiero que me jodas la vida entera, mi niña, que me la pongas patas arriba, que no me dejes ni un rincón tranquilo.

Pero para eso necesito que despiertes primero.

Necesito que empecemos esa parte, la de vivir de verdad, antes de que me hables de despedidas de ningún tipo.

Le cuento que jamás quise hacerle daño, aunque no sé si recordará, cuando despierte, nada de lo que le cuento.

Nunca me permití amar así porque creía que hacerlo significaba fallarle a todo lo demás. Ahora sé que lo profesional siempre puede esperar. Ella no. Y h e descubierto que no me importa perderlo todo, con tal de no perderla a ella.

Le cojo la mano, esa mano que aprendí a reconocer con los ojos cerrados en otra vida, en otra época que parece haber pasado hace siglos, y me inclino un poco más hacia ella, hasta quedar con la frente casi pegada a la suya, como tantas otras noches, aunque ninguna se pareciera a esta.

—Mírame, mi niña.

Se lo digo bajito, casi sin voz, con esa misma cadencia que usaba antes, en otro contexto, en otra vida, cuando lo único que quería de ella era que no cerrara los ojos mientras la tenía entre los brazos.

Ahora la frase pesa distinto. Ahora no le pido que me mire mientras la beso, ni mientras se pierde de placer bajo mis manos.

Le pido, simplemente, que abra los ojos.

Que vuelva. Que me mire una vez más, aunque sea solo eso, aunque no haya nada más después.

—Despierta y mírame, por favor.

La habitación se queda en silencio, con el pitido de la máquina marcando el único ritmo que existe aquí dentro, y yo me quedo así, con la frente pegada a la suya, esperando algo que sé que no va a llegar esta noche, pero que necesito seguir pidiendo de todas formas, cada noche, como una plegaria que no tiene destinatario claro pero que digo igual, por si acaso, por si alguna de las noches funciona.

Miro los ojos que imagino abiertos, de ese marrón intenso que tanto me gustaba ver iluminarse cuando se alegraba por algo, y espero.

Solo eso. Espero.