CAPÍTULO 28 #2
Zule está ahí, sentada en una de esas sillas de plástico duro que tienen todos los hospitales del mundo, con la ropa manchada, las manos todavía temblando.
En cuanto me ve, se levanta de golpe, y los dos nos fundimos en un abrazo que no tiene nada que ve r con el cariño normal entre dos personas que se conocen del todo bien.
Es el abrazo de dos náufragos agarrándose al mismo trozo de madera en medio de la misma tormenta.
—Nill... —Su voz apenas le sale, rota en pedazos tan pequeños que cuesta reconstruir las palabras—. Ha llegado en parada.
El mundo se me detiene.
No hay más ruido, no hay más luces fluorescentes, no hay más olor a desinfectante ni megafonía anunciando nombres que no son el suyo.
Solo esas tres palabras, repitiéndose dentro de mi cabeza en un bucle que no consigo apagar, mientras las piernas dejan de sostenerme del todo y tengo que apoyarme en la pared más cercana para no caer al suelo igual que ella cayó hace un rato en ese aparcamiento.
Todo lo demás desaparece.
Mi madre llega al hospital esa misma noche, con mi padre apoyado en su brazo, arrastrando los pies más de lo habitual por el cansancio y por el mal trago.
No dice nada al principio, solo se sienta a mi lado en esa sala de espera que ya empiezo a odiar con toda mi alma, y me coge la mano con la misma firmeza con la que siempre ha resuelto todo en esta familia, sin necesitar levantar la voz para que se note quién manda.
—Hijo —me dice, cuando ya llevo horas sin decir una palabra—, sé lo que estás pensando. Sé que ahora mismo tienes la cabeza puesta en la obra de mañana, en el cliente al que no le has contestado, en si Lucía sabrá arreglárselas sin ti. Te conozco .
No contesto. No hace falta, porque tiene razón, y los dos lo sabemos.
—Pues quítatelo de la cabeza ahora mismo —continúa, con una voz que no da lugar a discusión—.
Esa empresa la levantó tu padre con las manos, y tú la has llevado con las tuyas y con el alma, durante años, sin dejarte ni un respiro.
Ahora te toca a ti aprender lo que a mí me costó tanto que aprendiera él: que se puede soltar, que el mundo no se para porque tú te sientes en una silla de este hospital durante el tiempo que haga falta.
Lucía es capaz. Yo cuidaré de papá, y Luci de la empresa, el tiempo que necesites, cariño.
—Mamá, no puedo dejarlo todo así, sin más, pero también necesito estar aquí.
—No lo estás dejando, hijo. Va a seguir ahí, y no es dejar, es priorizar, que es distinto.
Es tu vida, que también es importante. —Me aprieta la mano un poco más fuerte—.
Tu padre necesitó veinte años y una enfermedad para aprender esta lección.
A ti te la voy a dar yo esta noche, gratis, para que no te haga falta esperar tanto.
Quédate aquí, con ella. Es donde tienes que estar.
De lo demás nos encargamos los demás, que para eso somos familia.
No tienes por qué cargar con todo tú solo.
No sé si es el cansancio, o el miedo, o la certeza repentina de que tiene toda la razón del mundo, pero algo dentro de mí cede esa misma noche, como una viga que por fin deja de resistirse a la carga que llevaba aguantando sola durante demasiado tiempo.
Han pasado tres meses .
Tres meses en los que no me he separado de ella ni un solo segundo, desde el instante exacto en que los médicos salieron a decirnos, con esa calma profesional que a veces duele más que cualquier grito, que Ali había entrado en coma.
Casi nadie tenía fe de que fuera a despertar.
Yo sí. No sé de dónde saqué esa certeza, ni si tiene alguna base real más allá de la necesidad desesperada de creer en algo o de volver a verla, pero desde el primer día decidí que no me iba a mover de su lado hasta que abriera los ojos, aunque tardara meses, aunque tardara años.
He aprendido, en este tiempo, a hacer algo que jamás pensé que sería capaz de hacer: soltar.
Delegar de verdad, no a medias, no con la mano siempre puesta encima por si acaso.
Lucía y Dailo se han hecho cargo de la empresa con una solvencia que ni yo mismo esperaba, formando un equipo que funciona mejor de lo que jamás funcionó conmigo llevándolo todo solo.
Saúl los apoya con la parte más técnica, resolviendo lo que a ellos se les escapa, y entre los tres han conseguido no solo mantener el negocio a flote, sino consolidarlo todavía más, con nuevos proyectos en la Península, en Alemania, en Suiza.
Saúl viene casi cada tarde, aunque sea solo diez minutos, y siempre se me queda mirando con una expresión rara, entre la sorpresa y algo parecido al orgullo, como quien no termina de creerse que el amigo obsesionado con controlarlo todo haya aprendido, de golpe y por la fuerza, a soltarlo todo por lo único que de verdad le importa.
—Nunca pensé que te vería así —me dijo hace unos días, sentado en la silla de al lado, sin dejar de mirarla a ella—.
Renunciando a todo lo demás. Ni siquiera cuando lo de tu padre te vi elegir así, tan claro, sin dudarlo.
Me alegra ver que por fin has entendido que hay cosas más importantes que la empresa, aunque me hubiese gustado que no tuviera que ser así, de esta manera tan dura, para que lo aprendieras.
No supe qué contestarle. Tenía razón, y a veces la razón de los demás pesa más cuando llega envuelta en cariño que cuando llega envuelta en reproche.
Adrián viene cada día, sin falta, con una fiambrera distinta bajo el brazo, como si alimentarme fuera la única manera que ha encontrado de sentir que hace algo útil en medio de todo esto.
La mayoría de las veces apenas la toco, y él lo sabe, pero deja la comida igual, en la mesita junto a la cama, y se sienta un rato a hablarme de cualquier cosa sin importancia, del restaurante, de una pizza nueva que está probando, de Érica, aunque nunca dice su nombre entero sin sonrojarse un poco.
Antes de irse, siempre mira a Ali un segundo de más, y le dice, en voz baja, «vuelve pronto, enana, que aquí este tío ya no sabe ni comer solo», como si el humor pudiera sostener lo que las palabras serias ya no alcanzan a sostener.
Dailo se pasa menos, porque entre la obra y sustituirme lleva encima más responsabilidad de la que nunca imaginó tener, pero cuando viene, se sienta al otro lado de la cama y le habla de arquitectura, de los planos que está aprendiendo a leer sin que nadie se los explique del todo, como si quisiera demostrarle, aunque ella no pueda escucharlo, que está a la altura de lo que su prima esperaría de él.
Érica aparece casi cada tarde también, con esa energía suya que ni siquiera aquí consigue apagarse del todo. Me riñe con cariño, pero sin piedad, cada vez que me ve con ojeras nuevas.
—Nill, como no duermas, te vas a caer redondo tú también, y entonces sí que vamos a tener un problema serio.
Me obliga, a veces, a bajar con ella a la cafetería, aunque solo sean diez minutos, y mientras tanto me dice cosas que no sé si me está diciendo a mí o si necesita decírselas a sí misma.
—Estoy muy orgullosa de ti, ¿sabes? De verdad. Nunca pensé que fueras capaz de esto, de dejarlo todo, de estar aquí, día tras día, sin rendirte.
Ana es la que más me preocupa, de un tiempo a esta parte.
Al principio venía casi cada día, con ese torbellino de energía suyo intacto pese a todo, pero según van pasando las semanas, algo en ella empieza a resquebrajarse de una manera distinta.
Tiene cambios de humor que antes no le veía, pasa de la risa nerviosa al llanto sin previo aviso, y algunos días llega y se queda apenas cinco minutos antes de salir corriendo, como si la habitación entera le pesara demasiado para respirar dentro de ella.
La entiendo. Sé que la espera larga desespera de una manera distinta a la espera intensa, que el cuerpo aguanta mejor un golpe que una gota constante cayendo siempre en el mismo sitio, día tras día, sin fecha de caducidad.
—¿Cuánto más, Nill? —me preguntó la última vez, con la voz rota, antes de salir casi corriendo de la habitación—. ¿Cuánto más vamos a tener que esperar así?