CAPÍTULO 28
NILL
Espera
Llevo sentado en las rocas más de media hora, en este lugar que no conocía hasta ayer.
Fue Ana quien me habló de él. Se presentó en casa de Saúl la tarde de ayer con esa cara suya de venir a pedir cuentas, buscando bronca, dispuesta a hacerme responsable de todo lo que había defendido Saúl al quedarse conmigo la noche del lunes de Carnaval en vez de ir con Ali.
Yo estaba destrozado, sin ánimo ya ni para levantarme del sofá, y cuando ella entró como un huracán a reclamarme explicaciones, no le quedó más remedio que encontrarse con una versión de mí completamente desarmada, sin fuerzas para defenderse de nada, ni siquiera de ella.
Le conté todo. Lo de Sara, lo del abrazo, lo del beso en la frente que Ali había visto sin contexto, lo del año y medio que llevaba arrastrando algo que nunca fue justo para nadie.
Sobre todo, para Sara. Y también le conté lo otro, lo que yo mismo vi esa noche, antes de que todo se torciera: ese beso que me rompió por dentro de una manera que aún no conocía.
Nunca me dolió algo así, porque nunca sentí algo como lo que siento.
Me di cuenta cuando la vi junto a ese tío.
—Me lo merezco —le dije, con la voz rota, mirando al suelo—. Después de lo que hice con Sara, después de hacerle el daño que le hice jugando sin querer con sus sentimientos, es justicia poética que ella me haga sentir a mí el dolor que yo le hice sentir a ella.
Ana se quedó callada un momento, con esa expresión suya de estar procesando algo mucho más rápido de lo que deja ver, y entonces negó despacio con la cabeza.
—A ver, para el carro, Don Juan. —Se sentó frente a mí, con los brazos cruzados—.
Tú viste un beso. Sin saber qué pasó antes, sin saber qué dijo Guille, sin saber si ella lo buscó o si simplemente se quedó paralizada porque le acababa de explicar algo que le costó asimilar.
¿Te suena de algo esa sensación? Porque a mí me suena muchísimo a lo que le hiciste sentir tú, con lo de Sara, sin que ella tampoco supiera el contexto completo.
Tú estabas asimilando lo que le habías hecho pasar a Sara, y ella...
ella igual estaba asimilando el encuentro con alguien que la abandonó de malas maneras.
No supe qué contestarle. Tenía razón, y lo peor es que lo sabía incluso antes de que ella lo dijera en voz alta.
—Escúchame bien, porque no lo voy a repetir.
—Se inclinó un poco hacia delante, con esa seriedad que en ella solo aparece cuando algo le importa de verdad—.
Yo conozco a Ali desde que las dos usábamos aparato en los dientes.
La he visto enamorarse, la he visto sufrir, la he visto cerrarse en banda durante años enteros.
Y créeme, ni siquiera con Guille, cuando estaban en su mejor momento, la vi mirar a alguien como te mira a ti.
—Suspiró, como si la frase le costara admitirla del todo—.
Y eso que tú no has sido precisamente santo de mi devoción, que quede claro.
Pero te lo digo yo, que la conozco mejor que nadie: ahí hay algo que se te escapa.
Algo que no cuadra con lo que has visto .
—La vi besándolo, Ana. No hay mucho más que interpretar ahí.
—¿La viste besándolo, o viste a Guille besándola a ella?
—Me clava los ojos, esperando a que la diferencia me cale de verdad—.
Porque yo esa misma noche, en el coche, la escuché decir algo, con la voz completamente rota, que se me quedó grabado.
Dijo: «Me besó». Así, tal cual. Y en ese momento no le di más vueltas al beso en sí, porque teníamos cosas mucho más gordas de las que hablar esa noche.
—¿Cosas más gordas?
Ana duda un segundo, sopesando cuánto puede contarme sin traicionar algo que no le pertenece a ella.
—No me corresponde a mí contarte eso. Pero sí te puedo decir que lo que Guille le confesó esa noche la dejó completamente destrozada, de una manera que no tiene nada que ver con un ex que viene a reconquistarla.
La dejó en shock. Del que te paraliza el cuerpo entero y no te deja reaccionar a tiempo a nada de lo que pasa después, ni siquiera a que alguien te bese sin que tú lo hayas pedido.
No contesto. Algo en el pecho se me revuelve, una mezcla de esperanza y de vergüenza por no haberme parado ni un segundo, esa noche, a considerar que quizás no había visto lo que creía haber visto.
Me quedo mirándola, intentando encajar esa información con lo que vi, con la parálisis en la cara de Ali cuando me encontró en la cantina, con esa mirada perdida que en su momento interpreté como culpa y que ahora, visto desde aquí, se parece muchísimo má s a otra cosa.
A shock de verdad.
Ana me dio, después de eso, las indicaciones exactas para llegar hasta este lugar, sin dulzura ninguna, casi como quien entrega un arma con instrucciones de manejo, dejándome claro que, si la cagaba otra vez, no habría una tercera oportunidad de su parte.
—Ali tiene un sitio —me dijo—. Uno que para ella es especial, al que baja cuando necesita pensar, cuando necesita sentirse cerca del mar sin que nadie la moleste. Ahí la llevó su madre por primera vez, y ella me lo enseñó a mí.
Por eso estoy aquí ahora, en un sitio que nunca había pisado esperándola, aunque quizás no vaya a venir.
Vuelvo al presente con el móvil todavía en la mano, mirando la pantalla como si eso pudiera acelerar algo.
El sol empieza a bajar hacia el horizonte, tiñendo el mar de ese naranja que en cualquier otro momento me habría parecido precioso, y que hoy solo consigue ponerme más nervioso, porque marca con demasiada claridad cuánto tiempo llevo aquí, solo, revisando la pantalla cada dos minutos como un idiota.
Me contestó. Dijo que salía de casa. Eso fue hace... miro la hora otra vez... demasiado rato.
Me digo a mí mismo que se lo habrá pensado mejor.
Que a mitad de camino habrá dado media vuelta, y no la culparía en absoluto si lo hubiese hecho.
Después de todo lo que pasó la noche del Carnaval, d espués de todo lo que me dijo, dolida, al verme con Sara, tiene todo el derecho a no querer volver a acercarse a mí nunca más. No la culpo. Lo entiendo.
Pero algo no cuadra. Y llevo toda la vida confiando en ese algo que no cuadra, esa alarma silenciosa que me avisa cuando una viga no va a aguantar el peso que le hemos puesto encima, aunque en el papel todo parezca correcto.
Le escribo.
«¿Todo bien? Solo dime que vienes o que no, para que no me quede aquí esperándote.»
No me contesta.
Cinco minutos más.
El teléfono me vibra en la mano, y el corazón me da un vuelco de esos que ya no distingo si son de esperanza o de miedo. Miro la pantalla.
Zule.
No es normal que Zule me llame. En los meses que llevo formando parte de este grupo, no recuerdo ni una sola vez que ella me haya llamado directamente.
Descuelgo, y lo primero que escucho antes incluso de saludar es su respiración agitada, entrecortada, y un fondo de voces y ruido que no consigo ubicar.
—¡Nill! —Habla deprisa, atropellándose con las palabras, tan lejos de la Zule calmada que conozco que por un segundo dudo si es ella de verdad—. Nill, escúchame...
—Zule, ¿qué pasa? ¿Dónde estás? He estado esperando a Ali, no ha aparecido, no me contesta y...
—Ya lo sé. —Su voz se quiebra un instante, y al fondo escucho algo que suena a una sirena acercándose, o a punto de hacerlo—. La he encontrado, en el parkin g , tirada en el suelo. He llamado a una ambulancia, viene de camino, y voy a subirme con ella, me voy con mi prima al hospital.
La cabeza me empieza a dar vueltas, un mareo repentino que no sé si viene del miedo o de la falta de aire, porque de golpe me doy cuenta de que llevo varios segundos sin respirar del todo.
—¿Qué ha pasado, Zule? Dime qué ha pasado.
—Su móvil está roto —dice, y la voz se le rompe todavía más al añadir lo siguiente—, y su cabeza también, Nill. Hay mucha sangre. No sé qué ha pasado, no la he visto caer, solo la he encontrado así, y no reacciona, no abre los ojos, y...
—Voy para allá. —Ya estoy corriendo, con el teléfono pegado a la oreja, tropezando con las piedras del sendero que hace apenas un segundo me parecía tranquilo—. Voy corriendo, Zule, dime exactamente dónde estás.
—En el parking , junto al inicio del sendero. Aquí está tu coche. La ambulancia está a punto de llegar, la oigo ya.
Cuelgo, o quizás se corta la llamada sola, no lo sé, porque para entonces ya solo pienso en correr, en llegar, en que cada segundo que tardo en subir por este camino de piedra suelta es un segundo que ella pasa tirada en el suelo, con la cabeza abierta y sin nadie que le diga que va a estar bien.
Corro como no he corrido en mi vida.
Cuando llego al inicio del sendero, el sitio está vacío.
No hay ambulancia. No está Zule. No está Ali .
Solo queda la sangre, oscureciéndose ya sobre el suelo del parking , una mancha que hace apenas unos minutos era ella, era su cuerpo, su cabeza, todo lo que soy incapaz de imaginar sin que se me doble algo por dentro.
Me quedo un segundo parado, mirando esa mancha como si pudiera decirme algo, como si de ahí pudiera sacar alguna respuesta que no tengo.
Cojo aire, un aire que apenas me llega a los pulmones, como si el cuerpo entero se negara a funcionar con normalidad mientras la cabeza sigue ahí, clavada en esa mancha oscura sobre el asfalto.
Subo al coche sin pensarlo dos veces. Las manos me tiemblan al pulsar el botón del arranque, y tardo dos intentos en conseguir que mi coche arranque, maldiciendo en voz alta, a mí mismo, al tiempo, a todo lo que me ha traído hasta este momento exacto.
Me dirijo directamente al hospital.
No sé qué me voy a encontrar cuando llegue. No sé si voy a llegar a tiempo de nada. Solo sé que no pienso parar de asfixiarme de esta manera hasta que alguien me diga, con palabras claras, que ella está viva.
Entro en la zona de urgencias como si el suelo me quemara bajo los pies, empujando puertas que no debería empujar, preguntando a cualquiera que lleve bata algo que ni siquiera sé formular bien.