CAPÍTULO 27
ALI
La buganvilla lo sabía
Han pasado dos días desde la noche del lunes de Carnaval.
Dos días desde que les pedí a todos, sin muchas explicaciones, que necesitaba estar sola.
Solo vi a Saúl cuando pasó a recoger su coche.
No me exigió nada. Solo me dijo que entendía mi postura, que quisiera pasar por esto sola, pero que no olvidase que él seguía ahí, que me daba tiempo, aunque no pensaba permitir que este silencio se convirtiera en algo eterno.
Intento asimilar que mi ex atropelló a mi madre, que no es poca cosa, y al mismo tiempo intento entender, sin conseguirlo del todo, la razón por la que Nill me hizo algo así.
Solo han pasado dos días, y su ausencia ya es más que evidente.
No suenan sus mensajes de buenos días, siempre acompañados de esa foto suya recién levantado, ni tampoco las llamadas mientras se desplazaba de una obra a otra, cargado de ruido de fondo y de esa voz que llenaba cualquier silencio.
Y lo que más añoro, lo que más me pesa en el pecho a estas horas de la tarde, son sus visitas de última hora, cada noche, sin falta.
Cuando se acerca ese momento del día, el corazón se me encoge, sin permiso, y lo único que me consuela un poco es acurrucarme en la terraza trasera, bajo la buganvilla rosa, esa que me recuerda tanto a mi madre y me hace sentirla cerca, aunque no esté.
—Mamá, todo va mal, y no sé si debo hablar con él y arregla r esto como adultos, o dejarlo pasar sin más y olvidar estos meses.
Le hablo entre susurros, como si pudiera escucharme desde algún lugar del que nadie me ha hablado nunca con certeza.
—Ali, preciosa...
La voz de mi tía Hanna me hace pegar un brinco. No la escuché llegar, pero ella sí me ha oído a mí, estoy segura. La delata esa mirada de ternura y su eterna paciencia. Tenerla ahora, viviendo aquí conmigo, es de algún modo como tener a mi madre.
—Mi consejo es que hables lo que tengas que hablar. Es mejor quedarse desilusionado que con la incertidumbre; la desilusión se pasa, pero la duda de lo que hubiera podido pasar... eso nunca desaparece, te lo digo yo. Mira que sabe más el diablo por viejo que por diablo.
Se me escapa una sonrisa que no llega ni de lejos a mis ojos. Esa expresión la decía mi madre. Le gustaba mucho, la aprendió de mi tía Marga, y se la enseñó, a su vez, a su hermana pequeña. Es como si de alguna manera estuviese presente entre nosotras, ahora mismo.
—Hablas como ella ya.
Observo lo mucho que se le parece, y cómo admira, igual que yo, esta misma buganvilla, con esa mirada suya que se pierde un momento en las flores antes de volver a mí.
—Tu madre te diría lo mismo que yo, pero en un idioma que yo evidentemente chapurreo .
Cada día habla mejor el español, con acento canario incluido, aunque todavía no lo habla como llegó a hacerlo mi madre.
En ese instante, la vibración de mi teléfono nos saca por completo de la conversación. Mi tía mira la pantalla y lee el nombre que aparece: Nill.
—Ahí lo tienes. Eso es una señal.
Y se va tal y como vino, con el cesto de la ropa vacío bajo el brazo, por el sendero que conduce hacia el interior de la casa, dejándome a solas con la pantalla iluminada y con una decisión que ya no puedo seguir posponiendo.
Abro el mensaje.
«Sé que no tengo derecho a pedirte nada, y sé que estás decepcionada, y que probablemente nada de lo que te diga tenga sentido para ti ahora mismo. Aun así, solo te pido una conversación. Una de verdad. Y siendo yo, no lo que quedaba de mí la noche del lunes.
Si es que sí, nos vemos a las 18:00 al final del camino que va desde tu casa hasta las rocas. Estaré allí, viendo el mar.
Espero que vengas, mi niña.»
Lo leo dos veces, tres, buscando en cada palabra algo que me confirme que en realidad es la persona que Ana me advirtió, o algo que me dé un motivo para no ir.
No encuentro ninguna de las dos cosas. Solo encuentro a un Nill distinto al de la cantina, al de los ojos rojos y la sonrisa fría, uno que suena, por primera vez desde el lunes, como el que yo conocí antes de que todo se torciera.
Ese al que parezco importarle, el que me demuestra más con hechos que con palabras .
No sé qué voy a hacer. Dejo el móvil boca abajo sobre la piedra del muro, como si eso pudiera aplazar la decisión un rato más.
El grupo, «Chiquita armada», lleva en silencio absoluto desde esa misma noche.
Sé, porque todos me han escrito por separado, aunque no les haya contestado a ninguno, que ese silencio en el grupo no es casualidad, sino un acuerdo tácito, como si nadie se atreviera a ser el primero en escribir algo ahí, en ese espacio que hasta hace unos días era puro ruido y ahora se ha quedado mudo de golpe.
Siento que, por culpa de todo esto, se está resquebrajando algo precioso que construimos entre todos, casi sin darnos cuenta, algo un poco loco y estresante a ratos, sí, pero bonito de verdad.
Parecíamos, durante estos meses, una gran familia.
Y ahora tengo miedo de que ese silencio en el grupo sea el principio del final de todo eso. El final del ruido que tanto añoraba.
Mi padre se ha dormido a mi lado, en el sofá, mientras yo, móvil en mano, sigo valorando si bajar o no a hablar con Nill.
Pienso en cómo es que conoce ese sendero, o si sabe que ahí abajo solía bajar con Ana para hablar de nuestras cosas de siempre, o simplemente cuando necesito coger aire y despejar la mente.
Desecho rápido esa hipótesis; dudo mucho que Ana, en un momento como este, le haya contado algo tan nuestro.
Finalmente me suelto el pelo, y me calzo mis Converse verdes. Me pongo la chaqueta fina del mismo color, y le digo a mi tía que salgo un momento.
—¿Sales en coche?
—No, tía. Voy a dar un paseo .
—¿Al acantilado, como siempre?
Sonrío, sin dar más detalles. Ella ya conoce que ese es uno de mis lugares favoritos, de esos que aún los turistas no han descubierto, donde el mar puede apreciarse limpio y sin bullicio, sin necesidad de compartirlo con nadie más.
Antes de encaminarme por el sendero, le mando un mensaje a Nill.
«Estoy saliendo de mi casa, te veo abajo.»
Me siento sobre el bordillo que hay justo en el parking vecinal que está por debajo de mi casa, justo antes de donde comienza el sendero de verdad.
El mar está cerca, pero el camino es dificultoso, lleno de piedra suelta y curvas cerradas.
Me levanto cuando ya me he armado del valor suficiente para comenzar el camino que me lleva hacia una reconciliación o hacia un adiós definitivo, y justo entonces escucho una voz que me paraliza.
Debía estar en uno de los coches aparcados, y ni siquiera me di cuenta de su presencia.
Tamara.
Me quedo paralizada, con el mensaje a Nill todavía caliente en la pantalla del móvil y el corazón dándome un vuelco que no tiene nada que ver con él.
—¡Vaya, vaya! Mira quién anda por aquí, tan solita.
Su voz suena exactamente igual que la recuerdo, esa cadencia suave y calculada que siempre parece a punto de convertirse en otra cosa.
Me giro de spacio, y ahí está, apoyada contra uno de los coches aparcados, con ese aspecto suyo tan cuidado que nunca varía, ni siquiera en un aparcamiento vecinal, donde nadie más que yo puedo verla.
—Tamara.
Es lo único que consigo decir, y hasta a mí me sorprende lo firme que suena mi propia voz, comparado con el temblor que siento por dentro.
—¿Vas a algún sitio? —pregunta, con una sonrisa que no le llega a los ojos, la misma que le vi la última vez que la eché de casa de mi padre—. Qué casualidad encontrarte precisamente aquí. Precisamente hoy.
Algo en su tono me pone en alerta de inmediato. No suena a casualidad. Suena a alguien que ha estado esperando el momento, o al menos a alguien que sabe aprovecharlo en cuanto se le presenta delante.
—No tengo nada que hablar contigo —digo, dando un paso hacia el inicio del sendero, con la intención clara de esquivarla.
—Ah, ¿no? —Se despega del coche, y aunque no se acerca del todo, su presencia ocupa de golpe todo el aparcamiento—. Yo creo que sí tenemos de qué hablar, Ali. De hecho, creo que llevamos meses debiéndonos esta conversación.
—¿Vas a verte con Armas? —pregunta, mirando de reojo hacia el coche aparcado justo al lado del suyo, ese que reconozco al instante.
Se me eriza la piel entera. No sé cómo lo sabe, ni cuánto tiempo lleva ahí, observando, esperando el momento exacto para salir de entre los coches y plantarse delante de mí sin darme opción a esquivarla .
—Eso no es asunto tuyo —respondo, aunque el pulso ya se me ha disparado sin remedio.
—Todo lo que tiene que ver contigo es asunto mío, mientras sigas empeñada en fastidiarme la vida.
—Su voz pierde de golpe cualquier resto de dulzura fingida, mostrando algo más afilado debajo—.
Volviste justo a tiempo para arruinarme la venta de las tierras.
Si te hubieras quedado en Berlín, donde estabas tan a gusto, nada de esto habría pasado.
—¿Arruinarte la venta? —La rabia me sube por la garganta como un incendio que llevaba semanas esperando encenderse de golpe—.
¿Eso es lo único que te importa, después de todo lo que le hiciste a mi padre?
Vendiste hasta el último objeto de valor que había en esa casa, incluido mi coche.
¿Y encima querías las tierras? Esos terrenos también eran de mi madre.
—Tu padre me las iba a dar de todas formas. Él me dijo que firmaría porque me quiere.
—Mi padre nunca haría eso, no en su pleno juicio. Jamás te ha querido como quiso a mi madre. Eso no lo pudiste manipular, ¿verdad? Por eso lo trataste así. Porque nunca conseguiste ser ella.
La veo perder el control de golpe, como si mis palabras hubieran encontrado exactamente el punto que llevaba años protegiendo con uñas y dientes, sin dejar que nadie se acercara a él.
Se abalanza hacia mí, y antes de que pueda reaccionar, me empuja con las dos manos, con una fuerza que no esperaba de ella, apartándome de un golpe seco.
Y entonces todo pasa demasiado rápido para poder pararlo.
Pierdo el equilibrio. Busco algo a lo que agarrarme y no encuent ro nada, solo aire, solo el vacío de un segundo que se estira hasta el infinito antes de que mi cuerpo golpee el suelo.
La cabeza me impacta contra el bordillo con un sonido seco, aterrador, un crujido que siento antes de escucharlo del todo, como si el propio cráneo hubiese decidido avisarme de lo que acaba de pasar antes de que el dolor llegue a alcanzarme.
Oscuridad. Pero sigo consciente. O eso creo.
El dolor llega después, en oleadas, punzante, como si alguien me hubiese abierto la cabeza en dos mitades exactas. Escucho un motor. Un acelerador. Ruedas chirriando contra el asfalto, alejándose deprisa, sin ninguna intención de quedarse a comprobar nada.
—Tamara... ayúdame...
Mi propia voz me suena lejana, como si perteneciera a otra persona, a alguien que habla desde el fondo de un pozo muy hondo. Nadie contesta. Solo silencio, y el rumor distante del mar que sigue ahí abajo, indiferente, esperándome sin saber que ya no voy a llegar a esa cita.
Pienso en mi madre. En mi padre, durmiendo en casa, sin saber lo que está pasando a apenas unos metros de él.
En Nill, que debe de estar sentado sobre las rocas ahora mismo, mirando el horizonte, esperando a que yo aparezca por el camino con esas ganas de arreglar las cosas que él mismo me pidió en su mensaje.
Imágenes sueltas empiezan a desfilar por mi mente sin que yo las llame.
El olor a canela en la cocina de mi madre, ella cocinando mientras yo le contaba mis cosas.
La risa de Ana en el aeropuerto. Las manos grandes de Nill guiándome sobre una tabla de surf.
El sombrero de flores del Carnaval. Saúl y yo, inclinados sobre planos que no dejaban de crecer entre los dos.
Mis primos y yo jugando en la terraza, de pequeños, sin saber todavía nada de lo que la vida nos tenía guardado.
Todo se mezcla, se difumina, pierde los bordes despacio, como una fotografía que alguien va desenfocando poco a poco.
No sé cuánto tiempo pasa. Podrían ser segundos, podrían ser minutos, podría ser una eternidad entera comprimida en el espacio que hay entre un latido y el siguiente.
Y entonces la oscuridad deja de ser parcial.
Se vuelve absoluta.
Nada.