CAPÍTULO 26 #2
Saúl llega y ve a Nill en el suelo. Lo levanta al instante, y me observa con una expresión que no había visto en él en toda la noche, mucho más preocupada que sorprendida.
—Ali... ¿qué ha pasado?
—Pues lo que era evidente. Lo que tú temías, rubio. Me voy a casa. Cojo un taxi.
—No, espera, peque.
Suelta a Nill un segundo, apoyándolo contra la pared, y se acerca a mí. Me coge la cara entre las manos con una delicadeza que me desarma en medio de todo este desastre, obligándome a mirarlo.
—Peque, escúchame. Sé que ahora mismo no quieres ni oír hablar de él, y lo entiendo, de verdad que lo entiendo.
Pero tú también me importas, ¿vale? No es que elija a uno sobre el otro.
Es que, ahora mismo, él, tal y como está, no puede quedarse solo esta noche.
Eso no significa que no me duela verte así. Ana irá contigo, ¿vale?
Me abraza, breve pero fuerte, y me besa en la mejilla, con esa ternura de hermano mayor que me lleva regalando desde hace años sin pedir nada a cambio.
—Vete a casa y descansa. Mañana te llamo yo mismo a primera hora, ¿me oyes? Y si necesitas cualquier cosa esta noche, lo que sea, me escribes y voy, en cuanto lo deje en casa. Tal y como está, mejor que Rosario no lo vea hoy.
Se saca las llaves de su coche y me las da.
—Váyanse en mi coche. Ya lo recogeré mañana.
Busca a Dailo con la mirada; él no ha bebido. Me hace un último gesto, apretándome la mano un momento antes de girarse hacia Nill, que sigue apoyado contra la pared, con la mirada perdida.
Érica llega corriendo a mi altura, mira a Nill y luego a mí. Antes de que le dé tiempo a decir nada, de mi boca sale solo una palabra, y ella lo entiende todo .
—Sara.
Ella maldice entre dientes.
—Lo siento, Ali. Mañana te llamo, seguro que todo esto tiene una explicación.
Me da un abrazo y se despide. Enseguida llegan Ana y mis primos, que intuyen que nada va bien. Adrián me coge y me abraza.
—Nos vamos, enana.
Lucía aparece justo entonces, con la cara descompuesta, mirando alternativamente a su hermano tirado contra la pared y a mí. No dice nada al principio, solo se acerca y me coge la mano un instante, apretándomela con fuerza, sin necesidad de palabras que en este momento no servirían de mucho.
—Ali... —consigue decir, al fin, con la voz un poco quebrada y una cara de no entender muy bien qué está pasando—. Perdónalo por lo que sea que haya pasado. Sé que él no es así, aunque ahora mismo no lo parezca.
Levanta la vista, consciente, hacia Ana.
—No es como dicen. Lo sabré yo.
Ana le dedica un gesto de incredulidad absoluta, pero no dice nada, solo se coloca a mi lado, como si con ese simple gesto nada más pudiera pasarme.
No sé qué contestarle, así que solo asiento, y ella me suelta la mano despacio, como si le costara hacerlo, antes de girarse hacia su hermano con esa mezcla de rabia y preocupación que solo tienen las hermanas que quieren de verdad.
Marco llega también, y entre él y Saúl consiguen sostener a Nill entre los dos, cada uno pasándose uno de sus brazos por los hombros. Marco lo mira un momento, con una expresión que no le habí a visto en toda la noche, mucho más seria de lo habitual en él.
—Nunca lo había visto así —dice, casi para sí mismo, aunque lo bastante alto como para que todos lo oigamos, con esa forma tan suya de soltar la verdad exacta en el momento menos esperado, algo que normalmente sería más propio de Zule que de él—.
Él es el que controla, siempre. El que nunca pierde el control de nada.
Nadie contesta a eso. No hace falta.
—Nosotros nos quedamos con él —dice Saúl, mirándome—. Vete tranquila, Ali. Mañana hablamos.
Dailo conduce el coche de Saúl. Adri va de copiloto. Ana y Zule se sientan a cada lado en el asiento trasero, acariciándome las piernas con esa dulzura muda que solo se ofrece cuando las palabras ya no alcanzan. El silencio solo lo rompe Adri cuando llevamos más de diez minutos de camino.
—Enana, mañana lo hablas con él con calma. Seguro que todo tiene explicación. El alcohol no deja ver a nadie las cosas con claridad, ¿sabes?
Asiento, sin dejar de llorar.
Ana empieza a maldecir a Nill, y de paso a Saúl, por consolar a alguien como él. Despotrica de todo, con ese fervor protector que solo ella sabe desplegar. Dailo defiende que Lucía se quedó sin palabras ante la situación, y Zule añade que vio a Érica realmente afectada.
Yo escucho, pero sé que tengo que soltar lo que llevo dentro. Busco las palabras para que entiendan que no s olo cargo con la herida del amor.
—No es solo lo de Nill. Guille atropelló a mi madre. Fue él quien la dejó tirada en la carretera.
Sale con una voz casi imperceptible, débil, apenada, como si pronunciarla en voz alta le costara físicamente algo.
—¿Cómo? —Adri se gira—. ¿Qué has dicho, Ali?
—Que Guille fue quien atropelló a mi madre. Me lo dijo. Está muerto en vida por ello, y después de confesármelo, antes de marcharse, me besó.
Dailo pega un frenazo suave, lo justo para que el coche dé un pequeño bandazo, y por el espejo retrovisor veo cómo me busca los ojos, sin saber si ha oído bien.
—Ali... ¿qué acabas de decir?
—¡Que Guille atropelló a mi madre! Por eso me dejó cuando murió. No podía mirarme a la cara sabiendo lo que había hecho.
El silencio que se instala en el coche es tan denso que hasta el ruido del motor parece apagarse un poco.
Ana, que segundos antes seguía maldiciendo a Nill sin parar, se queda con la boca a medio abrir, sin encontrar ninguna palabra a la altura de lo que acabo de soltar.
Zule deja de acariciarme la pierna un instante, como si el gesto necesitara pararse también para asimilar la noticia.
—Joder, Ali. —Es Adrián quien rompe el silencio, girándose del todo desde el asiento del copiloto, con una expresión que no le había visto nunca, ni siquiera esta noche—. Joder. ¿Y tú cómo estás? ¿Cómo...? No sé ni qu é preguntarte primero.
—No lo sé, Adri. No sé cómo estoy. Llevo toda la noche sin saber cómo estoy con nada.
Dailo reduce la velocidad todavía más, como si conducir a esa hora, con esa noticia flotando en el coche, requiriera un cuidado especial, casi reverencial.
—Todos estos años pensando que simplemente te había dejado tirada, sin más —dice, con la voz muy baja, más para sí mismo que para el resto—. Y resulta que cargaba con esto. Ahora me cuadra todo. Su actitud, su miedo cada vez que nos encontraba por la calle...
Trago saliva antes de continuar, porque necesito que entiendan también esta parte, la que no quiero que se confunda con rencor.
—No le guardo rencor. Fue un accidente, y él lleva pagándolo en vida todo este tiempo, más de lo que cualquiera de nosotros podría imaginar o soportar.
Lo vi tan destrozado esta noche que hasta me dio pena, aunque suene raro decirlo así.
No lo justifico, pero tampoco puedo odiarlo.
Ya se está castigando él solo, más de lo que yo jamás podría castigarlo, o cualquiera de ustedes.
Lo digo así para que entiendan que no necesito abrir ningún frente más.
Ana se limpia la cara con el dorso de la mano, y la veo llorar de verdad, sin la rabia performativa de antes, sin el escándalo, solo lágrimas silenciosas que le caen mientras me mira.
—Peque... —Me coge la mano, apretándomela fuerte—. ¿Por qué no nos lo dijiste antes de subir al coche? Podríamos haber...
—No podía, Ana. Me bloqueé. —Se me quiebra la voz del todo—. Y luego lo de Nill, todo junto, y ya no sé ni qué duele más. Verlo con Sara me ha reventado. Creía que teníamos algo distinto, creí en sus actos conmigo. Y ya lo sé... me advertiste.
Ana cierra los ojos. Estoy segura de que lo último que deseaba era que sus advertencias se tornaran realidad, haciéndome sentir así.
Zule vuelve a acariciarme la pierna, despacio, sin decir nada, porque sabe, mejor que nadie, que hay momentos donde no hace falta llenar el silencio con palabras. Solo estar. Solo sostener.
El resto del trayecto lo hacemos casi en silencio, con Ana todavía sujetándome la mano, con Dailo conduciendo más despacio de lo necesario, como si alargar el viaje pudiera darme un poco más de tiempo antes de tener que enfrentarme, sola, a todo lo que esta noche ha dejado abierto.