CAPÍTULO 26
ALI
Dos golpes, una noche
Camino sin rumbo fijo, dejando que la música me arrastre un poco, buscando entre la gente algo a lo que aferrarme que no sea el peso que llevo encima.
Necesito encontrar a Nill. Necesito sus brazos, esos que me saben a refugio, esos que me calman como no lo ha hecho nunca nada ni nadie.
Necesito contarle todo, soltarlo, dejar que él sostenga una parte de esto que ahora mismo me está aplastando por dentro.
Llego hasta el grupo, y Ana es la primera en notarlo. Me mira, y algo en su cara cambia al instante, esa preocupación que solo aparece cuando alguien te conoce de verdad.
—Peque, ¿qué te ha pasado? ¿Cómo ha ido con Guille? Tienes muy mala cara.
Intento hablar, pero la voz no me sale del todo bien. Saúl se acerca también, y entre los dos intentan consolarme, preguntarme qué ha ocurrido, pero yo solo puedo pensar en Nill, en encontrarlo, en que sus manos me sostengan antes de que las piernas terminen de fallarme del todo.
—¿Dónde está Nill? —consigo preguntar, con la voz rota y entrecortada.
Es Érica quien contesta, y en cuanto lo hace, algo en su expresión me advierte de que no va a ser una respuesta sencilla .
—Volvió a la cantina a por ti, en cuanto llegaron Ana y Saúl. Supongo que te estará buscando.
Un mal presentimiento me recorre el cuerpo entero, aunque no sabría explicar por qué. Solo sé que necesito llegar hasta él ahora mismo, con una urgencia que no admite demora.
—No se muevan de aquí —les digo a todos, con una firmeza que ni yo misma reconozco en mi propia voz.
Ana intenta retenerme con preguntas, pero mi mirada la detiene.
Sabe, sin que yo tenga que decirlo, que ahora mismo no estoy en condiciones de contestar nada.
Todos se quedan quietos, por extraño que parezca, incluidos mis primos.
Busco a Zule con los ojos, y con los suyos me da el único empujón que necesito para hacer lo que ya estaba deseando hacer: ir a por él.
Camino deprisa, casi corriendo entre la gente, abriéndome paso a empujones suaves, sin fijarme demasiado en a quién aparto. La cantina aparece al fondo, con sus luces de neón parpadeando sobre la barra, y ahí está, apoyado, con esa postura que reconocería en cualquier sitio del mundo.
No está solo.
Me quedo clavada en el sitio, a unos metros, con la gente moviéndose a mi alrededor como si nada, como si el mundo entero no acabara de detenerse de golpe, por segunda vez en la misma noche.
Una mujer. Rubia, con el pelo liso cayéndole perfecto pese al ambiente, con esos tacones que desentonan en medio del Carnaval.
No como yo, con mis All Star ya sucias a estas horas.
No la conozco, n unca la he visto, y aun así algo en mi cabeza empieza a atar cabos casi sin permiso: Sara.
Ese nombre que escuché de pasada una sola vez, dicho entre líneas por Érica, con ese tono que se usa cuando se menciona a alguien que ha sido importante y que todavía ronda cerca.
No tengo ninguna certeza. Pero algo en mi estómago me dice que sí, que tiene que ser ella.
Y entonces la veo moverse.
Su mano baja despacio por el torso desnudo de Nill hasta encontrar su cintura, y ahí se queda, dibujando círculos pequeños con los dedos, suaves, lentos, ese tipo de caricia que no se improvisa la primera vez que se toca a alguien.
Es una caricia que conoce el camino de antemano porque lo ha recorrido muchas veces antes, en la intimidad, deseando algo mucho más que esa simple caricia.
Todo se ralentiza. El ruido del Carnaval se queda muy lejos, como si alguien le hubiese bajado el volumen al mundo entero solo para que yo pudiera presenciar esto con una nitidez insoportable.
Veo cómo ella se separa un poco, cómo levanta la cara hacia la suya, y por un instante el corazón se me sube hasta la garganta, convencida de que la va a besar en los labios.
No lo hace. La besa en la frente, despacio, con una ternura que desde donde estoy resulta imposible de malinterpretar.
Y ahí, con ese único gesto, algo dentro de mí se rompe de una manera limpia, sin escándalo, sin grito, del tipo de rotura que no hace ruido pero que lo cambia todo por dentro.
No escucho lo que hablan. La música y la distancia se tragan cualquier palabra, y en ese silencio que me llega desde fuera, mi cabeza no necesita invent ar ninguna conversación.
Le basta con esa mano recorriéndole la cintura como quien ya conoce el terreno, con ese beso en la frente que solo se le da a alguien a quien se ha querido de verdad, un beso que me duele todavía más precisamente por la ternura que encierra.
«No es de los que se enamoran, peque.»
«Es de los que te dejan destrozada.»
Las frases de Ana me golpean enteras, de una vez, sin escalones, sin aviso previo, con la fuerza exacta de algo que llevaba semanas queriendo no escuchar y que ahora se cumple delante de mis propios ojos con una precisión que no deja margen para la duda.
Las piernas me fallan un instante. Tengo que apoyarme en la pared más cercana, con la mano abierta contra la piedra fría, porque el aire se me ha quedado atrapado en algún sitio entre el pecho y la garganta y no encuentro la manera de que vuelva a circular con normalidad.
El alma se me cae a los pies de una manera literal, física, como si algo dentro de mí hubiese decidido, sin consultarme, dejar de sostenerme entera.
Esto duele de una forma distinta a todo lo demás que he cargado esta noche.
Lo de Guille era pasado, una herida vieja reabierta que ya sabía, en el fondo, que algún día tendría que sangrar de nuevo.
Esto es presente. Esto era mío, o eso creía, y verlo deshacerse en un segundo, sin ni siquiera una explicación, sin margen siquiera para entender qué está pasando, es un tipo de dolor que todavía no tenía catalogado .
Estoy tan fuera de control que ni siquiera veo cómo ella se marcha.
La siguiente vez que levanto la vista, lo veo solo, bebiendo en la barra, un chupito de golpe.
Pide otro, y el camarero niega, acercándose a él, poniéndole la mano en el hombro, explicándole algo que no alcanzo a oír.
Se tambalea al incorporarse, y sus ojos se clavan en los míos, que deben de estar rojos, hinchados, llenos de lágrimas.
El camarero ha debido de estarme analizando todo este rato como quien contempla una película desplegándose frente a sus ojos.
—¡Ali! —grita, con una voz que no le pertenece, rota, ronca, seca del alcohol.
Estamos separados apenas por cinco metros. Yo niego con la cabeza. Él entiende que llevo más rato ahí del que cree. Justo cuando voy a decirle algo, se tambalea y cae.
Me acerco rápido para levantarlo, y ahí, los dos agachados en el suelo, intento sostener su tamaño enorme con mi cuerpo pequeño.
Su olor me invade, el frío de su cuerpo con el pecho desnudo me da ganas de abrazarlo y hacer que entre en calor.
Ojalá no hubiese visto lo que acabo de presenciar, pero lo he visto.
El camarero, que lo ve, sale de la cantina a echarme una mano. Nill levanta los ojos, también rojos, también apagados.
—¿Te has vuelto a creer sus promesas? ¿Es eso, Ali? Me lo merezco, por cabrón.
No entiendo de qué promesas habla. Sus palabras apenas tienen sentido para mí, aunque las haya dicho con toda la claridad que le permite el alcohol .
—No sé de qué me hablas.
Esboza una sonrisa fría, calculada.
—Ali, vi cómo te besaba. Lo vi. Y me lo merezco, por primera vez soy yo. Soy yo.
El aire se me congela en el pecho. Él lo vio.
Vio el beso de Guille, ese beso que yo no pedí, que no busqué, que se quedó ahí posado sobre mis labios durante un segundo entero mientras yo seguía paralizada por lo que él acababa de confesarme, incapaz de reaccionar a tiempo para apartarme.
Y no lo vio con contexto. No sabe nada de lo que pasó antes, de las lágrimas de Guille, de la verdad que me rompió por dentro antes de que sus labios llegaran a rozar los míos sin permiso.
—Nill... eso no fue lo que tú piensas. Yo no lo besé a él. Fue él quien... y no, no me ha prometido nada.
—Da igual, Ali. —Me corta, con los ojos todavía clavados en los míos, brillantes, perdidos—. Me lo merezco. Por cabrón. Por cobarde. Algún día el karma me las iba a devolver.
Sigue encerrado en su propio dolor, en parte por la embriaguez, en parte porque no me está escuchando de verdad, igual que yo, hace un rato, tampoco escuché nada más allá de lo que mis ojos creyeron ver.
Coge un mechón de mi pelo, lo mira, lo huele.
—Nill, no lo pongas más difícil. Te explicaría cosas, pero no tiene sentido después de lo que acabo de presenciar.
Me aparto.
Sé que no es el momento, pero los golpes de la vida, el dolor y el alcohol, sobre todo esto último, hacen que le diga cosas que estoy segura de que no sie nto del todo.
—Sara es perfecta. No tiene los problemas que yo sí, y no dejaría que nadie la besara, alguien que no seas tú. Estás tardando en correr a sus brazos.
Se lo susurro porque es lo que he visto. Una mujer a su altura, dispuesta, entregada, preciosa, y seguramente sin cargas ni problemas.
Él niega, y su mirada de desconcierto se clava en mí. Pero el dolor me ciega, y sigo.
—Ya lo sé, Nill. Tú no te enamoras. Eres de los que no se involucran, y de los que, al entrar en la vida de alguien, arrasan con ella.
Yo no soy diferente. Me lo advirtieron, y preferí creer en ti.
Me dejaste ver algo que parecía amor y lealtad, pues muy bien, te lo has cargado.
No me llames, no me busques. Olvida estos meses.
El orgullo y el dolor de lo que siento hablan por mí, y veo el dolor de mis propias palabras reflejado en sus ojos, y aun así he vaciado todo lo que llevaba dentro.
Su mirada se clava en el suelo igual que su cuerpo. La malla se le rompe en las rodillas, que ahora le sangran, y aunque quiero ayudarlo, me mantengo inmóvil, clavada en mi propio dolor.