Promesas de sal CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

NILL

Maldito karma

Estoy bailando con mi hermana cuando veo a Saúl y Ana llegar con las bebidas. Busco detrás de ellos a Ali, pero no está. Saúl me tiende mi cerveza y contesta a la pregunta que todavía no he formulado.

—Viene enseguida. Creo que tiene una conversación pendiente con él.

No me puedo creer que mi amigo me suelte, con esa tranquilidad, que Ali está hablando con alguien. Me pregunto, sin poder evitarlo, qué tendrá que hablar con un tío.

—¿Con él? ¿A quién te refieres?

No es él quien me lo confirma, sino Ana, que me sujeta por los brazos, o al menos lo intenta.

—Con Guille. Su ex. Debes dejar que hablen, Nill. Ali se marchó y...

—Y una mierda, Ana. ¡Y una mierda!

Me zafo de ella y la miro enfadado, muy enfadado.

No digo nada más, ni siquiera miro a Érica, que también intenta decirme algo que no llego a escuchar.

Casi empujo a la gente, abriéndome paso hasta la cantina.

Ahí no está. El corazón me palpita, y de repente he empezado a sudar.

Miro a todos lados, buscándola sin encontrarla.

Camino sin rumbo, solo mirando, buscándola entre la marea de disfraces.

—¡Nill! ¡Cuánto tiempo!

Es Sara. Mierda, justo lo que me faltaba ahora. Me habla de algo que ni siquiera escucho, solo capto que tenemos que hablar, que no quiere agobiarme, el mismo discurso de siempre repitiéndose una vez más.

—Lo sé, Sara, mira, ya hablaremos, pero ahora no puedo, ¿vale? Necesito encontrar a alguien.

Hablo sin apenas mirarla, con la cabeza alzada por encima de la suya, buscando a Ali junto a alguien al que todavía no le pongo cara.

—A Saúl, a Marco y a Érica los he visto por allí —dice, señalando hacia el sitio donde yo mismo estaba hace unos minutos.

—Ok, gracias, Sara... te llamo, ¿vale?

La dejo ahí con la palabra en la boca, de malas maneras, con una cara de desconcierto que me apena incluso en mitad de la urgencia. Debí resolver eso hace tiempo.

Cuando he caminado unos metros, hasta notar que hay menos gente, veo el sombrero de Ali, las flores y las hojas, idéntico al que llevo yo mismo. Tiene que ser ella. Está de espaldas, y sí, es ella: sus ondas sueltas, su cuerpo inconfundible.

Está hablando con un chico. Con Guille, su ex.

Me quedo inmóvil al ver que él le toca la cara con una delicadeza que no me gusta nada.

No veo el rostro de Ali, y sin embargo sé, con esa certeza que a veces tiene el cuerpo antes que la razón, que está llorando.

Mis pasos se aceleran. El muy imbécil la ha hecho llorar.

Cuando estoy más cerca, lo que veo me atraviesa entero.

No. No puede ser, no. Veo cómo él la besa.

Estoy seguro. Lo he visto con mis propios ojos .

La rabia me sube como fuego, como una cerilla al prenderse, rápida y sin avisar.

Me giro y deshago mi camino lo suficiente como para no volver a mirar, para no tener que presenciar nada más.

Corro hasta llegar donde está la multitud y me agacho un instante, ahogando un grito porque no soporto lo que acabo de ver.

¡Joder! Le ha bastado con unas cuantas palabras para olvidar las promesas que él mismo rompió hace años, para olvidarme a mí, para olvidar todo esto que estábamos construyendo despacio, sin prisa, con tanto cuidado.

Jamás me habían golpeado de esta manera.

La rabia y el orgullo se apoderan de mí por completo, y sin pensarlo dos veces, vuelvo a la cantina.

Me tomo unos chupitos de tequila y me digo a mí mismo que me merezco esto. Por haber sido tan cabrón. Sin dar una mínima oportunidad de empezar nada. Me repito que es el karma devolviéndome, de la manera más cruel posible, todo lo que he ido sembrando sin darme cuenta. En ese momento aparece Sara.

—Nill, ¿te encuentras bien?

Es evidente que no. No me había percatado, hasta ahora, de que mis ojos se han llenado de lágrimas, que contengo de inmediato en medio de una cantina abarrotada, rodeado de miles de personas en pleno Carnaval, ahora frente a la persona a la que más daño le he hecho en todo este tiempo. Ironía cruel de la vida.

—Nill... —Su voz suena distinta a como sonaba hace un minuto, cuando me hablaba de nosotros con ese tono de reproche que ya me sé de memoria. Ahora hay otra cosa, algo más suave, más pr eocupado—. Oye, de verdad, ¿qué te pasa? Te has quedado muy pálido.

No contesto enseguida. Me trago el resto del tequila que me queda en el vaso, y el ardor que me baja por la garganta es lo único a lo que puedo aferrarme ahora mismo para no pensar en lo que acabo de presenciar.

En su espalda. En sus ondas sueltas. En la mano de ese tío sobre su cara, con esa delicadeza que solo se emplea con alguien a quien de verdad se ha querido.

—Nada —digo, y hasta a mí me suena mal la mentira nada más pronunciarla—. Estoy bien.

—No estás bien. —Se coloca a mi lado en la barra, sin que yo la haya invitado, y por primera vez en meses no encuentro fuerzas para apartarla—. Estás rarísimo, y ahora te encuentro aquí solo, bebiendo chupitos como si te fuera la vida en ello. ¿Qué ha pasado?

—Nada, Sara. De verdad.

Pero mi voz se quiebra un poco al decirlo, lo suficiente para que ella lo note, y algo en su expresión cambia, se vuelve más atenta, más cercana, como si acabara de encontrar la grieta exacta por la que llevaba meses intentando colarse sin éxito.

—Ven aquí. —No lo dice con segundas intenciones, o al menos no lo parece.

Lo dice con esa naturalidad de quien conoce el cuerpo del otro desde hace tiempo, y me pasa un brazo por los hombros, atrayéndome hacia ella—.

Sea lo que sea, no tienes por qué estar solo con esto.

No somos solo dos adultos que follan de vez en cuando, Nill. Te tengo aprecio .

Y yo, que llevo años siendo el que sostiene, el que aguanta, el que jamás se derrumba delante de nadie, me dejo caer un poco contra su hombro, porque ahora mismo no me quedan fuerzas para sostener nada más, ni siquiera a mí mismo.

Pido otra ronda. Sara no dice nada, solo me acompaña, bebiendo más despacio que yo, observándome con una paciencia que en cualquier otro momento me habría resultado sospechosa y que ahora, embotado como estoy, me sabe casi a alivio.

El alcohol me va soltando el nudo que tengo en el pecho a costa de ir apretando otro distinto, más peligroso, en algún rincón de la cabeza donde ya no pienso con la claridad debida.

—¿Sabes qué es lo peor? —digo, arrastrando un poco las palabras, sin mirarla, con la vista clavada en el fondo vacío del vaso—.

Que yo nunca hago esto. Nunca me dejo llevar así por nadie, nunca me implico, ni siquiera contigo, porque no quería más complicaciones.

No quería tener que renunciar a nada más.

Y va y me pasa justo con la persona que...

No termino la frase. No hace falta.

Sara posa su mano alrededor de mi cintura desnuda, acariciándome en pequeños círculos con los dedos, un gesto minúsculo, casi inocente, si no fuera porque los dos sabemos exactamente qué significa entre nosotros.

—A veces la gente no es quien creemos que es, Nill —dice, acercándose un poco más, con la voz baja, reservada solo para mí, entre el ruido del Carnaval que sigue fuera, ajeno por completo a todo esto—.

Y a veces hace falta alguien que te recuerde que no tienes por qué sufrir por quien no merece que cambies por ella.

Su cara está cerca. Demasiado cerca. Huelo su perfume, ese que lleva siempre, fuerte, intenso, envolvente, y por un segundo, solo un segundo, mi cuerpo entero se inclina hacia el camino más fácil, hacia lo conocido, hacia la salida rápida de todo esto que me está partiendo el pecho por dentro.

El pelo rubio y liso me roza el brazo cuando su cercanía se vuelve peligrosa de verdad.

Estoy borracho, negarlo a estas alturas resultaría absurdo.

Algo dentro de mí me susurra que me deje besar, que ella quiere hacerlo, lo veo en sus labios carnosos, en cómo mira los míos, en cómo le tiemblan las manos cuando apenas queda distancia entre los dos.

Labios perfectos. Subo la mirada. Pelo perfecto. Me separo un poco y recorro su cuerpo, perfecto también, hasta reparar en que lleva tacones. Claro que sí. Ella no puede dejar de estar impecable ni siquiera en Carnaval, donde el resto del mundo prefiere ir cómodo y simplemente disfrutar.

Entonces, pese a mi estado de embriaguez, me acuerdo de las All Star desgastadas de Ali, de su pelo despeinado en ondas que nunca parecen calculadas, de su melena color caramelo, de ese olor suyo dulce y suave, tan embriagador que en este instante daría cualquier cosa por poder inspirarlo de nuevo.

Sara vuelve a acercarse, me acaricia el cuello, colocándome frente a ella con una facilidad pasmosa, sin soltarme la nuca. Va a besarme, lo sé porque veo cómo cierra los ojos despacio, y justo entonces, tirando de ella hacia mí, la abrazo, esquivando su boca .

—No, Sara, no te lo mereces... Yo no siento por ti lo que tú sí sientes por mí. Debí terminar con esto hace mucho tiempo. Fui un egoísta.

—Shhh, cállate, Nill. Yo lo he permitido, porque prefiero tenerte así que no tenerte de ninguna manera.

Lo dice temblando, con la voz rota contra mi pecho. Esto es despiadado, y yo mismo lo he permitido durante demasiado tiempo.

—Solo uno más —dice, con la voz completamente rota, cuando ya me he apartado lo suficiente como para dejar claro que la conversación ha llegado a su final—. Un beso, Nill. El último. Después no vuelvo a pedirte nada más, te lo prometo. Necesito esa despedida, para dejarte ir de una vez.

Dudo. El tequila me tiene la cabeza espesa, los límites más difusos de lo que deberían estar en cualquier otra circunstancia, y por un segundo, solo un segundo, algo en mí está a punto de ceder por pura inercia, por costumbre, por lo sencillo que resultaría decir que sí y no tener que sostener esta despedida con la dignidad que ambos merecemos.

Pero no lo hago. En vez de eso, la abrazo y le acaricio la espalda con suavidad.

Es un abrazo distinto a los que le he dado antes.

Sin poner límites que ella no cumpliría, solo el gesto de alguien que quiere cerrar algo con cuidado, sin infligir más heridas de las estrictamente necesarias.

Ella se aferra a mí como si este abrazo fuera lo único sólido que le queda esta noche, y noto sus manos recorriéndome la espalda, bajando hasta la cintura, aferrándose con una necesidad que me aprieta el pecho de pena, no de deseo.

—Nill... —murmura contra mi cuello, inspirando mi olor; eso no me pasa desapercibido, con la voz todavía suplicante—. Por favor.

—No, Sara, no lo hagas más difícil.

Se separa lo justo para mirarme, con los ojos brillantes, y vuelve a intentarlo, esta vez acercando la boca hacia la mía con una lentitud que no deja lugar a dudas sobre lo que busca.

Y ahí, con el poco control que me queda, con el tequila tirando de mí hacia el sitio equivocado y la voluntad tirando, a duras penas, hacia el correcto, le sujeto la cara con las dos manos y le doy un beso breve en la frente, cerrando los ojos un instante, como quien sella algo que ya no tiene vuelta atrás.

—Cuídate mucho —le digo, y antes de que se aparte del todo, la sujeto un segundo más por la muñeca—.

Y perdóname, Sara. De verdad. Perdóname por haber caído siempre en lo cómodo, por dejarte ahí, esperando, sin pararme jamás a mirar de frente el daño que te estaba haciendo con eso.

Siento no haberme dado cuenta antes de que tú no buscabas lo mismo que yo, de que necesitabas más, mucho más de lo que yo era capaz de ofrecerte.

No tienes que perdonarme ahora, ni nunca si no quieres. No estoy orgulloso de mí.

Lo digo casi como una súplica, casi como un lamento dirigido más a mí mismo que a ella, porque solo ahora, con el tequila bajándome las defensas de golpe, consigo ver con claridad el juego al que llevo jugando todo este tiempo, ese juego que desde donde yo lo miraba parecía inofensivo y que, a ella, cada vez que se acercaba demasiado, la quemaba entera sin que yo hiciera nada por evitarlo .

Sara no dice nada durante un instante. Se queda mirándome, con los ojos todavía húmedos, y asiente despacio, como quien acepta algo que llevaba tiempo necesitando escuchar sin saber cómo pedirlo en voz alta.

—¿Por qué no pudiste enamorarte de mí como lo estás ahora de esa mujer, por la que estás así? —pregunta, con una amargura que no intenta disimular—. Tú, el hombre que siempre tiene todo controlado... Mírate. Ahora pareces no controlar nada. Y no entiendo el porqué.

—Yo tampoco lo sé.

Sinceramente, no encuentro palabras que expliquen lo que ella necesita escuchar. Es perfecta, sí, pero no es Ali, aunque eso no pueda decírselo, así que decido ser lo más escueto posible.

—Supongo que es algo que no se puede elegir, Sara.

Ella se suelta de mi mano, y se marcha de verdad, esta vez sí, sin mirar atrás.

La veo perderse entre la gente, con los hombros hundidos de una manera que jamás le había visto, y me quedo apoyado en la barra, solo, con el vaso vacío delante y una sensación amarga instalada en la boca del estómago que no tiene nada que ver con el alcohol.

Maldigo a la vida por pagarme con la misma moneda exacta que acabo de presenciar hace apenas media hora.

Maldigo el momento en que dejé que Sara llegara hasta este punto conmigo, arrastrándola todo este tiempo, casi año y medio, en una intermitencia en la que yo solo buscaba su compañía y su consuelo cuando me convenía, algo que nunca fue justo para ell a.

Y me maldigo a mí mismo, sobre todo, por haber tardado tanto en cerrar algo que llevaba herido desde mucho antes de esta noche, por haber jugado a un juego que quema sin importarme demasiado quién terminaba abrasándose con él, hasta que el turno me ha tocado, por fin, a mí.