Promesas de sal CAPÍTULO 24 #3
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CAPÍTULO 24 #3

La voz se le quiebra, y sé, en el instante exacto en que su mirada se cruza con la mía, que lo que va a decirme me va a romper por dentro.

Le noto el miedo y el arrepentimiento mezclados en los ojos.

Él siempre fue de los buenos, por eso me dolió tanto su abandono, la manera en que se marchó, como s i nunca me hubiera querido de verdad.

Y, aun así, algo dentro de mí siempre supo que había algo más detrás, algo que lo obligó a dejarme de esa forma tan brusca, tan poco propia de él.

—Ali, aquella tarde yo me entretuve. Había quedado contigo, y las prisas...

Se le llenan los ojos de lágrimas.

—Quería llegar a tiempo, recogerte a la hora que habíamos quedado, y ya se me había hecho tarde... Corrí de más, el pie en el acelerador tocaba el suelo del coche, y...

Se le llenan los ojos de lágrimas de nuevo, y siento un nudo en el estómago que se convierte, en cuestión de segundos, en un agujero enorme. No, no, no puede ser. Pero él no se calla, sigue hablando, y mi mano se clava en la suya sin que yo la controle del todo.

—Perdí el control en la curva antes de tu casa, y yo, yo...

—Lo dice entre sollozos desconsolados—. No vi a tu madre, no sé de dónde salió...

Me asusté cuando la vi tendida en el suelo y hui.

Fui un cobarde, un puto cobarde. ¡Yo maté a tu madre!

Por eso te abandoné. Porque no podía mirarte a los ojos, porque sabía que no me perdonarías, porque yo te dejé sin madre y sin vida.

Entiendo lo que me dice, pero mis oídos han levantado una barrera de sonido, y ahora mismo el ruido de fuera ha dejado de existir del todo. Solo escucho ese pitido, ese sonido agudo que se siente justo antes de perder el conocimiento.

Las piernas me tiemblan cuando me levanto, y él se levanta también.

—Ali, necesito que me perdones. Es difícil, lo sé... Pero no puedo más con esto que me consume vivo. Ojalá me hubiese matado yo ese día. Ojalá.

Lo observo más roto que nunca. Me duele verlo así, pero no consigo sentir lo que quizás debería.

Esto no cambia que mi madre ya no esté, y pienso que él lleva encima un castigo que ni siquiera sé si yo podría soportar de tenerlo que cargar.

Algún día lo amé, lo amé muchísimo, y aunque ahora sé que de aquello ya no queda nada, sí queda un cariño de fondo, un resto de lo que fuimos, y pese a todo, no me gusta verlo así, muerto en vida.

—Guille, te perdono. De verdad. Fue un accidente.

Lo tomo entre mis brazos, lo abrazo, porque sé que lo necesita, y porque hasta yo, en este preciso instante, necesito un abrazo, aunque quizás no de él. Los brazos que de verdad necesito ahora mismo no están aquí.

Con la cabeza pegada a su oído, suelto lo que llevo tiempo cargando yo también, como si él, con mi perdón, pudiera volver un poco a la vida, igual que yo pienso, sin saber por qué, que voy a hacerlo al soltar esta verdad tan pesada.

—Guille, tú no mataste a mi madre. Lo hice yo. No te culpes más.

Las lágrimas me caen sin control, sin permiso. Él se separa para mirarme, desconcertado.

—No, Ali, yo la vi ahí tendida.. .

—Pero no la mataste. Yo lo hice.

Mi verdad parece asustarlo más que su propia conciencia. Me mira sin terminar de creérselo del todo, pero necesita creerme, lo veo en su cara, y me seca las lágrimas que siguen cayendo sin consuelo.

—Ahora vete, Guille. Te perdono, pero ya no te amo. Ya no siento nada por ti. Gracias por contarme esto. Agradezco que seas tan sincero, y ojalá recuperes tu vida y seas feliz. Ahora necesito que me dejes sola.

Sus manos me sueltan despacio, con suavidad, y antes de marcharse me da un beso breve en los labios que nadie le ha pedido.

—Adiós, Ali. Eres una persona maravillosa. Ahora ya puedo irme.

Y se va.

Lo veo alejarse entre la multitud disfrazada, con esa manera de caminar que ya no reconozco del todo, más encogido, como si el abrazo y el perdón que acabo de darle le hubiesen quitado, de golpe, un peso que llevaba años a cuestas.

Me quedo quieta en la acera un momento, con la música del Carnaval sonando ajena y lejana, como si perteneciera a otra noche, a otra vida, a otra Ali que hace apenas diez minutos todavía no sabía lo que ahora sabe, pero entendiendo por qué me abandonó.

No sabría decir muy bien por qué he dicho lo que he dicho.

Quizás porque verlo tan destrozado, tan consumido por algo que ya no tiene remedio, me ha hecho querer aliviarle, aunque fuera solo un poco de ese peso, aunque fuese a costa de cargar yo con algo que ni siquiera sé nombrar del todo todavía.

Quizás porque hay verdades que uno lleva tan hondo dentro que a veces salen disfrazadas de otra cosa, sin que una misma sepa distinguir bien dónde termina el consuelo y dónde empieza la confesión.

No pienso pararme a examinarlo ahora. Me limpio la cara con las dos manos, intentando recomponer algo de mí misma antes de volver con los demás.

No sé cómo voy a mirar a Ana a los ojos sin que note que algo se ha movido por dentro.

No sé cómo voy a bailar el resto de la noche con esta sensación rara instalada en el pecho, como una piedra recién caída de la que ni siquiera conozco bien el origen ni el peso exacto.

Respiro hondo dos veces, agradezco por primera vez en la noche que el disfraz de koala no deje ver del todo que estoy temblando, y camino de vuelta hacia la música, hacia el grupo, hacia Nill, que seguramente ya se estará preguntando dónde me he metido.