CAPÍTULO 24 #2
Apoyadas en la barra, esperando a que nos sirvan las garimbas y unos mojitos para nosotras, Ana me mira con una sonrisa relajada, llena de vida, tan luminosa que hasta las pecas parecen bailarle por la cara.
—Peque, nunca pensé que diría esto, peeerooo gracias por irte a Berlín, y traer contigo a ese rubio esculpido por los mismísimos dioses. ¿Has visto eso o no? Me ha besado, Ali, ¡me ha besado! ¡Y qué beso, virgen santa! Que se joda Campanilla, ¡el pijo es mío!
Su verborrea me arranca una carcajada que resuena por todo el chiringuito, y algunas miradas se giran hacia nosotras.
—Menos mal que no te gustaban los pijos, ¿eh?
—Y lo mantengo. Solo me gusta ese pijo.
—Pues parece que él también solo tiene ojos para ti.
—Eso es lo que me descoloca, sinceramente, porque.. .
No la dejo terminar la frase. Ella, aunque parezca un huracán decidido a arrasar con todo lo que se le ponga por delante, siempre ha sido bastante más insegura de lo que aparenta.
—Ana, no sigas por ahí, eres la tía más extraordinaria que conozco —le digo, haciéndola girar sobre sí misma con la mano—.
Y esas caderas, ese culo tan perfecto, fuera de los estándares y a la vez tan llamativo, tan bien hecho, los vuelve locos a todos, algo que tú te has negado a ver durante demasiado tiempo.
Eres preciosa, y no pienso dejar que digas lo contrario. Créetelo ya de una vez, por favor.
Ella me abraza fuerte, como si mi opinión fuese la única capaz de sonar del todo sincera, como si, viniendo de mí, se transformara automáticamente en la verdad más absoluta que existe.
Llegan nuestras bebidas, pero Ana, antes de que podamos volver, pide también unos chupitos.
—¡Dos chupitos de tequila para estas amigas!
El chico de la barra, animado, dice que corren por su cuenta, pero antes de que nos los pueda servir aparece Saúl.
—Que sean tres —dice—. Yo pago todo esto.
Coge a Ana por la cintura y le besa el cuello. Ella sonríe, y yo, al verlos así, no puedo evitar recrearme un poco en el tremendo parejón que hacen los dos juntos. Ana coge su chupito y me pone el mío en la mano.
—¡Por nosotras!
Y nos lo bebemos de un trago. Cuando Ana todavía tiene el codo levantado, se atraganta de golpe, y por un instante casi se le salen los ojos de las ór bitas.
No entiendo qué le ha podido pasar hasta que noto cómo alguien se acerca demasiado a mí, por detrás.
Pienso, sin dudarlo, que es Nill, pero en cuanto una mano se posa en mi cintura, sé, con esa certeza rara que tienen a veces los cuerpos, que no es él.
Tardo apenas unos segundos en recalibrar toda la información que me llega de golpe.
Guille.
Cierro los ojos. Me falta el aire, los pulmones parecen empeñados en apretarme el pecho hasta dejarme paralizada del todo. Solo soy capaz de mirar a Ana, que me observa con una cara de preocupación que no le había visto en toda la noche. Ella susurra:
—Guilleee...
En voz baja, como si hiciera falta pronunciar su nombre para que yo terminase de entender que es él quien está aquí, o quizás lo dice más para sí misma que para mí.
Saúl, en cuanto lo escucha, se pone tenso; su espalda, hasta ahora relajada por la cerveza y el baile, se endereza de golpe, y justo cuando parece que va a soltarle un empujón, Ana lo sujeta del brazo.
—Hey, rubio, tranquilo. Creo que deben tener este momento, ven conmigo, anda.
Sus palabras suenan dulces, calmadas, de una manera que jamás él había escuchado de ella.
Él se gira hacia ella, sonriendo, y luego me busca a mí con la mirada, esperando alguna confirmación.
Asiento, y se relaja, cogiendo las cervezas y los mojitos, y desaparece a la velocidad de la luz entre la multitud con ella .
Me giro, y ahí está, después de tantos años. Ha cambiado, y aun así lo reconozco al instante. Esos ojos marrones de siempre, esa intensidad que siempre tuvo su mirada. Me llama la atención su delgadez; no lo recordaba tan consumido.
—Hola, Ali. Escuché tu risa, y al principio pensé que era imposible que fueras tú, pero en cuanto vi a Ana...
No lo dejo continuar. Le tiembla la voz, y no entiendo del todo el motivo.
—¡Hola, Guille!
Aunque quiero decirle mucho más, y aunque siempre pensé que cuando llegara este momento mi mundo entero se tambalearía, que las mariposas volverían a revolotear en mi estómago como en los viejos tiempos, eso no pasa.
Solo siento algo parecido a la pena. Su mirada está triste, tan triste como la mía cuando, ya subida al avión el día que me marché, veía el Teide alejarse a lo lejos, consciente de todo lo que dejaba atrás, consciente de todo lo que había perdido, incluido él.
—Ali, me gustaría hablar contigo. Ya sé que no quieres saber nada de mí, tu silencio ante mis mensajes me lo ha dejado bastante claro, y aun así necesito hablar contigo. Sé que no lo merezco, pero te lo pido, por favor.
Antes de que termine, asiento. Lo conozco lo suficiente como para saber que hay algo en su mirada, algo que reconozco de otras veces, esa tristeza concreta que se me eriza en la piel antes de entender del todo por qué.
Nos apartamos del gentío y nos sentamos en un bordillo, algo alejados del bullicio. Me doy cuenta de que ni siquiera va disfrazado.
—No te has disfrazado —digo, arrugando el entrecejo, extrañada, porque es Carnaval, y lo normal habría sido que lo llevase, como todos.
—Vengo con unos amigos, como cada año, pero no tengo ganas de fiesta.
Baja la mirada hacia el asfalto y suspira antes de continuar.
—Después de que te fueras, yo... Mira, Ali, no sé ni cómo empezar, pero necesito que no me frenes. Necesito escupir la losa que llevo encima.
Le sujeto la mano con la mía. Sé que no se portó bien cuando mi madre murió, que me dejó sola, que sus promesas se fueron al traste una detrás de otra, pero verlo así me descompone entera.
Lo conozco desde niña, y esas ojeras que jamás habitaron en su cara, esa delgadez que de cerca hasta asusta, me dicen que algo grave lo trae hasta aquí.
Él continúa, y algo dentro de mí se tensa, se me aprieta por dentro sin avisar. Tengo que contener el aire. Nunca vi a Guille tan serio, tan tenso, tan triste.
—Llevo años viniendo aquí, con la idea de que algún día vendrías a Carnaval, aunque solo fuese de visita, y podría verte. Muchos años sin conseguirlo, hasta hoy. Tengo que pedirte perdón por dejarte cuando más me necesitabas, pero eso no es lo que más me duele... Yo...