CAPÍTULO 24
ALI
Carnaval
Me despido de mis tías, que se han congregado todas en mi casa después de que me negase a salir con el resto, alegando que mi padre ya tenía un pequeño ejército dispuesto a cuidarlo.
Nill y los demás están a unos metros, repartidos en dos coches; los oigo desde el mismo portón.
Se me escapa una sonrisa al escuchar a mi primo Dailo protestando por la poca ropa que lleva encima.
Subo la cuesta, y la imagen que se despliega ante mis ojos es, sencillamente, un espectáculo en toda regla.
Saúl, Adrián, Dailo, Marco y Nill, los cinco con mallas negras, sin camiseta, con hojas colgando de la cintura a modo de falda, y en la cabeza una especie de tocado con flores y follaje que completa el disfraz entero.
Nosotras vamos exactamente iguales, por raro que suene que Ana y Marco se hayan puesto de acuerdo en algo, aunque nuestra malla es entera, cubriéndonos el torso, con liguero escote.
—¡Ya estamos todos! —Ana aplaude como una cría al verme y se lanza directa a abrazarme.
Saúl se le adelanta, y Nill los mira mal a los dos. Cuando el rubio me da los dos besos de rigor, aparta a Ana con el otro brazo, y ella no se retira ni medio centímetro.
—¡Oye, pijo! Eres un maleducado, ¿sabes? La iba a saludar yo primero. ¡No me parece normal !
No sabría decir si está de broma o enfadada de verdad.
Lo que sí me sorprende es cómo enmudece de golpe cuando Saúl se gira, quedando lo bastante cerca como para dejarla sin palabras.
Se le sube el color a las mejillas al instante, y se pone a la defensiva porque todos estamos presenciando la escena.
Se zafa como puede de él y se dirige a Marco, señalándolo con el dedo.
—¡La culpa de esto la tienes tú, moreno! No podías elegir otro disfraz, ¿no? Sino el mismo que yo... vaya creatividad, ¿eh? ¡Cero!
—No te me pongas nerviosa, fiera. No me digas que no es un puntazo que vayamos todos de koalas de Madagascar... ¡Como en la peli!
—Mira, rubio —ataca de nuevo Ana, atravesando a Saúl con la mirada—, tu hermano no está bien de la cabeza, ¿eh?
Pero se le escapa una sonrisa que la delata entera.
En ese momento Nill, que yo esperaba que viniera derecho a besarme, se mete un instante en su coche y trastea con la pantalla.
Los demás parecen haber entendido de inmediato el gesto que a mí se me escapa.
Se colocan todos como si formaran parte de una coreografía ensayada mil veces, y empieza a sonar una canción que reconozco al segundo.
Nill se coloca a su lado, guiñándome un ojo con esa picardía suya que consigue deshacerme entera, y comienzan a bailar, o más bien a hacer el payaso, al ritmo de «Yo quiero marcha, marcha», como en la mismísima película de Madagascar.
La carcajada me sale sola, sin permiso, y noto en sus caras ese alivio de quien consigue justo lo que buscaba.
Han sido semanas duras, en las que mi padre s e pierde cada día un poco más en un universo del que ya no formamos parte, y verlos aquí, con esta pinta, sacándome de las sombras que últimamente han vuelto a atraparme sin avisar, me demuestra qué buen grupo hemos formado sin apenas darnos cuenta.
Intento ponerme lo más seria que puedo, y cuando veo que sus caras pasan del orgullo a la preocupación por mi silencio, me uno al baile, pasando junto a todos ellos.
Cuando llego a la altura de Nill, se para en seco y me planta un beso de todo menos decoroso.
Mi primo Dailo lo empuja, en plan de coña.
—¡Ehhh, no te pases, que es mi prima!
—Eso, don Juan, afloja un poco... Que estamos todos delante —le suelta Ana, lanzándole una mirada asesina.
—Joder, Nill, has cortado todo el rollo del momento —protesta Érica cruzándose de brazos.
—Lo tengo grabado —dice Zule bajando la voz, aunque todos la hemos escuchado igual.
—¡Eres la mejor! —Marco, que a estas alturas y con las confianzas ya bien ganadas, coge a Zule y se la carga al hombro. Ella protesta, dando patadas al aire que no llegan a ninguna parte.
—¡Suéltame, idiota!
Él la ignora por completo y sigue a lo suyo.
—¡Repartición de coches!
En menos de un minuto ya estamos subido en los coches.
Yo voy en el de Nill, con Érica, Ana y Saúl, y en el otro va el resto.
Cuando llegamos a Santa Cruz ya se respira el ambiente de Carnaval en el aire, ese que no se parece a ningún otro.
Las calles se convierten en una marea de gente bailando las canciones de siempre, las de cada año, las que forman ya parte de la banda sonora de esta isla.
Marejada. La vida es un carnaval. Noche de copas. Píntame. La bilirrubina.
La música suena fuerte por todas las calles, la gente baila, ríe, y nosotros, entre risas y jaleo, nos marcamos más de una vez la coreografía entera por petición popular.
No se me escapa cómo las chicas que pasan a nuestro lado se quedan embobadas mirando los torsos descubiertos de los chicos, a punto de partirse el cuello más de una.
Érica parece estar de sobra acostumbrada a esas miradas, y cuando alguna se recrea demasiado, ella, en tono de broma, interactúa con ellas, asignándose cada vez a uno distinto y proclamándolo su novio delante de todas ellas, con esa sonrisa suya que desarma a cualquiera.
Se agarra al primero que pilla y suelta: «¿A que es guapísimo mi novio?
». Las chicas, que primero se cortan, terminan siguiéndole el juego con más labia de la esperada.
Ella jura que es simpatía pura; Ana dice que son unas lobas y que lo único que quieren es mirar un poco más de cerca.
Me hace gracia ver a Ana tan a la defensiva, porque estoy segura de que, si no le importase lo más mínimo, sería la primera en presentarles ella misma a los chicos a quien se pusiera por delante.
El alcohol va haciendo mella en todos, y con el paso de las horas se nota cada vez más.
Nill no se separa de mí en toda la noche, y bailamos canción tras canción, con su mano rozando más de lo que debería y menos de lo que las ganas me piden.
Zule, ya desinhibida del todo, empieza a bailar también, y Ana, en cambio, sigue rara, a la defensiva; lejos de disfrutar, se le nota que lo está pasando mal.
Saúl baila con Érica, con Zule , hasta con Adri y con Dailo, repartiéndose entre todos.
Vamos rotando sin darnos cuenta, y en un momento dado formamos un círculo donde los koalas van entrando de uno en uno, básicamente a hacer el ridículo entre risas.
Adri trae bebidas de la cantina de al lado, luego Dailo hace lo mismo.
Cuando entra en el círculo Saúl, al ritmo de «Tu sonrisa» de Elvis Crespo, empieza a señalar a Ana, que, al verlo ya un poco perjudicado, no le hace mucho caso.
Pero justo cuando Ana nos busca con la mirada, a Zule, a mí, una chica se cuela en el corro, disfrazada de Campanilla sexy, le coge la mano a Saúl sin preguntar y empieza a contonearse a su alrededor al ritmo del merengue.
Ana se pone roja, y yo, que la conozco de sobra, sé que no es vergüenza. Es rabia pura. Busco a Nill a mi lado.
—Se va a liar. A Ana no le ha hecho ninguna gracia —digo, señalando la escena con la barbilla.
Él se sonríe y se limita a encogerse de hombros.
Para sorpresa de todos, Ana se contiene.
Cuando acaba la canción y empiezan a sonar los primeros acordes de la siguiente, hago amago de entrar yo al círculo, pero la chica rubia, vestida de Campanilla, no se mueve de su sitio y le susurra algo a Saúl al oído.
Él pone una cara que no consigo descifrar del todo.
La canción que suena ahora es «Una vaina loca», y Ana entra al corro sin avisar, empujando a Campanilla y diciéndole, sin ninguna sutileza, que le toca a ella.
Le dedica la canción entera, dándolo todo, como solo Ana sabe darlo.
Por un segundo Saúl se queda quieto, clavado en el sitio, pero no le quita los ojos de encima mientras se muerde el labio, siguiéndo la con la mirada.
Érica aplaude y silba desde el fondo, animándola aún más, como si hiciera falta.
Cuando termina la canción, Campanilla, muy descarada ella, y sin que nadie hubiese notado que seguía todavía metida en el corro, vuelve a intentar reclamar la atención de Saúl.
Pero Ana la fulmina con la mirada, y Zule se acerca a decirle, con una dulzura que haría retroceder hasta a la más loba, que si no quiere problemas mejor se retire.
Reconozco los primeros acordes al instante, porque es «Bésame», también de Elvis Crespo.
Saúl coge a Ana por la cintura y la guía mientras bailan, y todos aplaudimos y nos movemos con ellos, rompiendo un poco la forma del círculo y la tensión que Campanilla ha dejado.
Noto entonces las manos de Nill en mi cintura, sus labios besándome el cuello, y me giro hacia él, y, como dice la propia canción, lo beso, y empezamos a movernos juntos.
De repente escucho a Érica y a Zulema gritar de la emoción, y enseguida entiendo por qué: Ana y Saúl se han parado en seco, en medio de todos, y se están dando un beso de esos intensos, de los que el ron deja salir libremente después de llevar reprimidos, demasiado tiempo, quizás más de lo que yo misma había llegado a percatarme.
—Vaya, vaya... del odio al amor... quién lo diría, ¿eh? —le suelto en cuanto la tengo lo bastante cerca y ya no están bailando.
—Pequeee... yo intenté que me cayese mal, de verdad, intenté no fijarme en él. Pero tú has visto qué cuerpo.. .
Anita no tiene remedio. Se me escapa la risa.
—Mira, y tengo que reconocer que me equivoqué con Nill —dice, casi en un susurro, aunque un susurro alto, porque aquí la música está altísima—. El tío ha demostrado ser bastante distinto de lo que yo creía.
Me mira con algo parecido a la aprobación, y yo levanto mi vaso, ya casi vacío del todo.
—Habrá que ir a por más, ¿no?
—Yo creo que vamos bien, ¿no?
—Anda, anda, no me seas aguafiestas. ¡Chicoooos! —dice ahora, gritando por encima de la música—. ¡Vamos a por la siguiente ronda!