CAPÍTULO 23 #7
Me sonrío, porque esa era nuestra promesa habitual, y la he citado con palabras textuales, imitando la voz de Ana.
Nill se ríe un momento, luego me hace girarme, poniéndome frente a él, y aprovecho para pegarme más a su cuerpo, huyendo del frío, ya que, pese al edredón, no dejamos de estar en ropa interior . Después se pone algo más serio.
—¿Una promesa de sal? —Lo pregunta arrugando el entrecejo.
Me repito la pregunta en la cabeza sin entenderla del todo, aunque él sigue explicando su conclusión.
—Sí, has dicho que se prometían esas cosas bajo esta lluvia de salitre... Promesas de sal —dice, como si fuese lo más lógico del mundo.
—Sí, me gusta más llamarlo así...
Lo beso, porque no me equivoco cuando pienso que este hombre es más de lo que aparenta. Mucho más.
Me abraza, frotándome con las manos para darme calor.
Noto cómo quiere decir algo que se le atraganta en la garganta, y antes de que lo diga le deposito el índice sobre los labios. No es momento de promesas. Aún no estoy preparada.
No sé si podría soportar otra vez sentir lo que provocó Guille al romper las suyas. Así que sonrío contra su pecho, y cierro los ojos, pensando que prefiero seguir así, sin promesas que puedan romperse destrozándolo todo a su paso.
ENERO
Nochebuena, Navidad, fin de año, Reyes. Han sido unas fiestas de no parar, de reuniones que se solapaban unas con otras, de brindis de los que ya perdí la cuenta.
Y aunque en teoría celebrábamos eso, la Navidad, en el fondo parecía que estuviéramos festejando otra cosa.
Que yo estuviera de vuelta. Que nos hubiéramos convertido en esto que somos ahora, un grupo tan grande que ya ni cabemos en las fotos.
Que nuestras familias se llevaran tan bien entre ellas, aunque como en todo grupo que se precie surjan roces de vez en cuando, roces que casi siempre se arreglan con un abrazo o, en su defecto, con otro brindis.
Cada vez somos más. En cuanto Ana les contó a sus padres lo de las reuniones de Nochebuena, para Navidad ya se habían apuntado también a las siguientes.
Y ahí, sin venir mucho a cuento, en mitad de una sobremesa, me enteré de que Érica no tiene padres.
Que murieron en un accidente cuando ella era casi una niña.
Se me quedó algo atravesado al escucharlo, porque de golpe entendí muchas cosas que hasta entonces solo intuía: por qué me insistió tanto en que disfrutara cada día que me quedara con mi padre, sin saber ella misma que me estaba hablando desde su propia herida.
Y también entendí un poco mejor a Nill, esa manera suya de implicarse con Ancor como si el tiempo se le fuera a acabar de un momento a otro.
Cada uno carga lo suyo, disfrazado de otra cosa, y a veces hace falta una sobremesa entera para que se note.
Después de las fiestas, todos volvimos de lleno al trabajo, sin transición ninguna, como si el cuerpo tuviera que ponerse las pilas de golpe.
En el despacho se acumularon los proyectos, dos de ellos compartidos con Nill y Lucía, lo cual, al menos, nos daba una excusa para vernos, porque estos días verse de verdad se ha convertido en un juego de malabares.
Él tuvo que irse a Berlín unos días, y después a Lanzarote, y por mi parte, mi padre necesita cada vez más atención.
Se le nota el empeoramiento, cada semana un poco más.
Que mis tíos se hayan quedado a vivir aquí para siempre es de esas cosas que no sé cómo se agradecen del todo, por muchas veces que lo intente.
Alguna tarde soy yo quien sorprende a Nill, apareciendo por la oficina sin avisar, o directamente en su casa, donde Rosario y Ancor ya me reciben como si llevara toda la vida yendo por allí, con esa palpada de brazo suya que ya forma parte del saludo.
La primera vez que fui me sorprendió lo sencilla que es la casa.
Sé que la empresa va bien, que hasta fuera se habla de ella, y aun así siguen viviendo en la misma de siempre, la que Ancor levantó con sus propias manos antes de que el Parkinson se las volviera temblorosas.
Podrían tener algo como la casa de Saúl y prefieren esto. Me gusta que sea así.
El grupo, mientras tanto, sigue sin parar.
Ahora con el disfraz de Carnaval. Marco se ha empeñado en que vayamos todos de la misma temática, y las propuestas de Ana, cada vez más disparatadas, están generando su propia guerra particular en el chat.
Al final decidimos zanjarlo con un sorteo: dos ganadores, un chico y una chica, y cada uno elige el disfraz de su grupo, aunque pueden ponerse de acuerdo entre ellos si quieren.
Lo hicimos en mi terraza, con papelitos doblados dentro de un tarro y mi tía Marga de mano inocente.
Cuando salieron Ana y Marco, nadie dijo nada, pero todos pensamos lo mismo al mismo tiempo: de esos dos no podía salir nada medianamente sensato.
Quedan dos semanas para el Carnaval, y esta tarde quedamos todos en mi casa para ver con qué nos sorprenden. Me intriga demasiado saber de qué nos ten dremos que disfrazar.
Glosario canario
Millo: tirarle a alguien los tejos, intentar ligar con él o ella.