CAPÍTULO 23 #6
Miro alrededor, con algo removiéndome por dentro que no sé nombrar del todo: mis tíos charlando con la familia de Saúl y de Nill.
Me sorprende ver a mi tía Hanna hablando en español, alguna palabra incluso con acento canario.
Reconozco que todos le ponen empeño en enseñarle las palabras que más le cuestan.
El grupo del rubio fundido por completo con el mío, como si siempre hubieran sido la misma cosa.
Veía tan lejos, tan imposible, algo así, y aquí está, delant e de mí, casi como si fuera mentira o el mejor de los sueños.
Lo único que me devuelve a la realidad, con un pinchazo pequeño pero constante, es pensar en mi padre, en la habitación de al lado.
Descubro a Nill observándome, pese a que hace apenas un minuto estaba hablando con su padre y con Ludwig de proyectos y números, con esa concentración suya que a veces parece ocupar toda la mesa.
—¿Todo bien? —me dice casi en un susurro, mientras me acaricia el muslo por debajo de la mesa, a la vista de todos, sin ningún disimulo.
Saúl le lanza una mirada que ya no suena a amenaza, y tardo un momento en entender qué es exactamente.
No es la advertencia de quien vigila a un depredador cerca de su amiga.
Es otra cosa, más blanda y preocupada a la vez: la de alguien que conoce a Nill mejor que nadie, que no lo ha visto entregarse así en la vida, y que teme, precisamente por saber de lo que es capaz cuando algo lo desborda, que termine arrasando con todo si esto llega a torcerse.
Y no sé qué me inquieta más, si esa mirada nueva o la anterior.
Ana, por el contrario, me dedica la sonrisa más maléfica de su repertorio, levantando las cejas con esa complicidad exagerada suya, y luego continúa con un gesto de la mano al que no necesito que le ponga palabras.
Todo eso me desestabiliza un poco.
La fiesta se apaga poco a poco, como se apagan siempre las buenas noches, sin que nadie decida el momento exacto en que empieza el final.
Sobr e las dos de la madrugada, todos se van despidiéndose entre abrazos que se alargan más de lo necesario, con esa pereza dulce de quien no quiere que la noche termine del todo.
Cuando ya solo queda Nill, recogiendo servilletas de la mesa sin que nadie se lo pida, Hanna se acerca a mí con esa sonrisa suya.
—Si quieren salir un rato, váyanse tranquilos. Yo me encargo de todo aquí. Cualquier cosa, me llamas, y ya está. José está durmiendo, no te preocupes por él esta noche, pequeña.
Miro a Nill, que ha dejado de fingir que ordena la mesa, y me observa con esa cara que no llega a suplicar del todo, pero que se le parece mucho, esperando a ver qué decido.
Y aunque no quería dejar a mi padre solo en una noche como esta, saber que está dormido me tranquiliza, así que decido que saldremos un poco.
Nill me lleva a un hotel del Puerto que él mismo reformó hace un par de años, uno de esos proyectos que me enseñó una de las noches que todo empezó a torcerse hacia donde estamos ahora.
Cuando le comento que será imposible conseguir una habitación en una noche como esta y a estas horas, me dice, con esa media sonrisa suya, que tiene buenos contactos.
No hacen falta más explicaciones para que en diez minutos tengamos una suite entera para nosotros, con una terraza que da directamente al Atlántico y una cama que parece hecha para perderse en ella, con esas sábanas blancas suaves que parecen acariciarte .
En cuanto cierra la puerta, no hay prisa por encender ninguna luz.
Solo la claridad de la luna entrando por los ventanales, y su boca buscando la mía en la penumbra con una calma que ya no tiene nada que ver con la urgencia de la primera vez.
Ahora hay algo distinto, algo que se ha ido cociendo despacio en estos meses: sabe exactamente dónde tocarme, cómo hacerlo, y yo sé leer cada uno de sus silencios como si tuviéramos un idioma propio que nadie más entiende.
—Llevo todo el día queriendo hacer esto —murmura contra mi cuello, mientras me quita el vestido despacio, como quien desenvuelve algo que ya sabe de memoria y aun así quiere disfrutar del proceso entero.
—¿Solo esto?
—Esto, y verte reír con los villancicos desastrosos de Ana. Y que mi madre te toque el brazo delante de todos. Y esto también, esto también, no te voy a mentir.
Se ríe contra mi piel, y ese sonido, tan cerca, me desarma más que cualquier caricia calculada.
Le quito la camisa, y cuando mis manos recorren su espalda, encuentro los mismos músculos tensos de siempre, pero también algo nuevo: un nudo pequeño en la zona de los hombros que no estaba ahí hace un mes, un cansancio acumulado que su cuerpo guarda, aunque él insista en que está bien.
—Estás muy tenso —le digo, apretando ahí con los dedos.
—Ahora se me pasa, contigo, mi niña —contesta, y me besa antes de que pueda insistir, como si quisiera que esa frase quedara sellada antes de que yo la cuestione .
Me tumba con cuidado sobre la cama, con el colchón cediendo bajo los dos, y se queda un momento suspendido encima de mí, mirándome de esa manera que todavía, después de tantas noches, consigue quitarme el aire.
Recorre mi cuerpo con las manos antes que, con la boca, despacio, deteniéndose en cada curva como si estuviera memorizando un mapa que ya conoce pero que le sigue pareciendo nuevo cada vez.
Cuando por fin sus labios bajan por mi cuello, por mi clavícula, hacia el pecho, dejo escapar un suspiro que se pierde en la habitación, mezclado con el sonido lejano de las olas rompiendo abajo, contra las rocas.
Le quito el resto de la ropa entre risas bajas y algo de torpeza compartida, la misma torpeza cariñosa de siempre, y cuando por fin no queda nada entre los dos, me atrae hacia él con una mano firme en la cadera, encajándome contra su cuerpo como si esa fuera, sencillamente, la forma en que nuestros cuerpos se hablan.
—Mírame, mi niña —me pide, como siempre, aunque esta vez la palabra suena distinta, menos orden y más súplica.
Lo hago, y en sus ojos grises encuentro algo que no había visto con esa claridad hasta ahora: una mezcla de deseo y de algo más blando, más asustado casi, como si él mismo se sorprendiera de la intensidad de lo que siente.
Nos movemos despacio al principio, sin prisa ninguna, saboreando cada gesto como quien tiene toda la noche por delante y no piensa desperdiciar ni un segundo.
Su mano se enreda en mi pelo, la mía se aferra a su espalda, y el ritmo va subiendo poco a poco, marcado por su respiración cada vez más entrecortada contra mi oído, por los gemidos que ya no intento contener, por el calor que sube entre los dos hasta hacerse casi insoportable de tan intenso.
—Ali... —dice mi nombre como una plegaria rota, en mitad del vaivén, y ese sonido, saliendo de su boca justo así, me empuja más cerca del límite de lo que cualquier caricia podría hacerlo.
Clavo los dedos en sus hombros cuando el placer se vuelve demasiado grande para sostenerlo en silencio, y él responde apretándome más fuerte, acelerando el ritmo sin perder ni un segundo el contacto de sus ojos con los míos, como si necesitara verme llegar para permitirse a sí mismo hacerlo también.
Cuando el placer nos alcanza a los dos casi a la vez, lo hace con una fuerza que me deja sin aliento, con su frente pegada a la mía y su nombre saliéndome de la boca sin que pueda evitarlo.
Se queda ahí, dentro de mí, unos segundos más de los habituales, como si no quisiera romper todavía esa conexión, y después se deja caer a mi lado, con la respiración aún agitada y el pecho subiendo y bajando deprisa contra el mío.
Nos quedamos enredados bajo las sábanas, con su mano dibujando círculos distraídos en mi espalda, y el silencio que sigue no es incómodo, es de esos que solo se dan entre personas que ya no necesitan llenar cada segundo con palabras.
—Ali —dice, al cabo de un rato, con la voz ya pesada de sueño.
—¿Mmm?
—¿Me acompañas a ver un momento el mar ?
Lo dice como si necesitase el aire fresco, el olor del salitre, para aliviar eso que tanto le pesa, así que asiento, levantándome.
Él coge un edredón del armario y nos envuelve a los dos, él detrás de mí.
Pese al edredón, hace frío, con la brisa del mar.
El salitre se me mete por las fosas nasales, y la luna nos permite ver, apenas, las olas rompiendo contra las rocas.
—¿Te gusta este sitio? —me pregunta, con una voz suave y más grave de lo que jamás se la había escuchado.
—Me encanta. —El salitre sube como una lluvia fina que, en lugar de bajar, sube, pegándose a la piel—. En noches así, en las que el salitre se huele desde lo alto, Ana y yo nos hacíamos promesas, tumbadas en unas hamacas en la terraza de mi casa.
Se me escapa una sonrisa recordando esos momentos, cuando aún éramos unas adolescentes.
—¿Y qué se prometían? —Su voz sigue en el mismo tono, aunque ahora hay algo de curiosidad en él.
Después de pensarlo un momento, decido compartir eso con él.
—Que nunca, por muy difíciles que se pusieran las cosas, aunque nos distanciásemos, o tuviésemos pareja, jamás nos haríamos daño como hacen los tíos capullos.