Promesas de sal CAPÍTULO 23 #5
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CAPÍTULO 23 #5

Los días han pasado deprisa, y pese a que vuelvo a ser yo misma, algo no va bien del todo.

Me sirvo un té de canela, el mismo que hacía mi madre, y la casa entera huele igual que cuando ella estaba.

Inspiro el aroma, cerrando los ojos; es algo que siempre me trae la cara de mamá nítida a los pensamientos. Ojalá nunca se vuelva borrosa...

Justo en ese momento siento los pasos de mi tía Hanna entrando.

Estoy apoyada en la encimera, con la taza caliente entre las manos, mirando el mar a través de la ventana.

En la terraza, la buganvilla parece saludarme con ese balanceo suyo cada vez que sopla el alisio, aunque a veces siento que no es la planta lo que me saluda, sino algo más, el recuerdo de mi madre, o ella misma, no sabría decir bien la diferencia.

Es una presencia que sigo sintiendo pegada a la piel de esta casa, por mucho que los años pasen.

—Pequeña, te has levantado muy pronto. Hoy no tienes que ir a la oficina, ¿verdad? —Hanna me mira con el ceño fruncido, extrañada.

—No, hoy no. Pero como cenamos todos aquí, he madrugado para preparar todo.

—No hacía falta. Tus tíos y primos no tardarán en llegar, y entre todos no es ningún trabajo.

La miro sorprendida, porque lo último que hablamos es que vendrían por la tarde. Ella, que me lee la cara al instante, sigue hablando.

—Estos se apuntan a un bombardeo. ¿Por qué solo cenar, pudiendo estar juntos desde la comida? Lo que me sorprende es que no estén ya por aquí...

Su tono burlón me arranca una sonrisa, la primera de la mañana. Hanna deposita la mano en mi mejilla, con esa suavidad que solo tienen las manos de alguien que te quiere como haría tu propia madre.

—Qué bien verte reír. Hacía muchos días que no lo hacías.

Suspiro, porque tiene razón, y no hace falta que se lo confirme en voz alta.

—Sé que es por tu padre. Está siendo muy duro, desde que apenas recuerda nada.

—No me reconoce desde hace días, tía.

Mi voz sale más triste de lo que en mi cabeza quería sonar. Siento que lo estoy perdiendo, aunque mi padre siga aquí, respirando, moviéndose por esta casa. Es una sensación extraña, la de echar de menos a alguien que todavía tienes delante.

Me dirijo a su habitación, esa que también pintamos y le cambiamos los muebles, borrando cualquier huella de Tamara.

Me siento en el borde de la cama, justo a su lado, y después de darle un beso ligero en la mejilla, como cada mañana, empieza a despertar.

Abre los ojos lentamente, y siento un pinchazo en el pecho al ver cómo se le iluminan al mirarme.

—¿Hija?

Los ojos se me llenan de lágrimas al instante, y me apresuro a besuquearlo en los cachetes como cuando era una niña. Me acerco a su oído, como si el volumen bajo pudiera hacer que la frase se le quedara más tiempo dentro:

—Papi, te quiero mucho. Nunca lo olvides. Perdóname por haberme ido tanto tiempo... y tan enfadada.

Sé que lo va a olvidar. Eso es lo que más me duele, más incluso que el olvido en sí: saber que este instante, que para mí va a quedar grabado para siempr e, para él se va a disolver casi al instante.

Aun así, lo abrazo, intentando guardarlo en un lugar muy especial de mis recuerdos, de mi alma, como quien mete algo frágil en un cajón con doble llave.

—Hija... ¿qué te pasa? ¿Estás bien? —me dice, analizando mis ojos vidriosos, de contener las lágrimas por la emoción.

Asiento, y lo ayudo a levantarse. Su cuerpo ha mejorado muchísimo estos meses, gracias a que come y descansa mejor, pero su mente ha ido en el sentido opuesto. Y es tan fugaz este momento de lucidez que me devuelve demasiado rápido a la realidad.

En cuanto se sienta a la mesa de la cocina, le da un manotazo a la taza de café con leche, tirándolo por todas partes.

Empieza a gritar, a preguntar quién soy, con esa desesperación que ya reconozco pero que nunca deja de doler igual.

Con paciencia intento calmarlo, mientras mi tío Otto recoge el estropicio sin decir nada, sin hacer aspavientos, como quien ya ha aprendido que en estos momentos lo mejor es no añadir ruido al ruido.

Sobre las doce del mediodía empieza a llegar la familia. Ana ha puesto en el grupo que sale de trabajar a las tres y se viene directa, y el resto ya ha avisado que se acerca en breve, salvo Lucía, que llegará la última, en cuanto cierre la oficina y pase a recoger a sus padres.

Al final conseguí que celebrásemos la Navidad aquí, incluidos los padres de Nill y de Saúl que, aunque insistieron primero en hacerlo en su casa, acabaron aceptando. Sé perfectamente quién los convenció.

Mi primo Adrián me saluda con su beso en la frente, ya una costumbre entre nosotros, y Dailo consigue que suelte un grito cuando me alza en brazos con esa fuerza bruta a la que todavía no consigo acostumbrarme viniendo de él, el más pequeño de edad.

De cuerpo ya es mayor que Adri, y ya es decir. Está muy muy fuerte.

—¡Chos, mira que eres bruto! ¡Suéltala, muchacho! —Zule le pega una palmada en la espalda para que me baje.

Me deja en el suelo, y mientras me recoloco la ropa, veo a Nill apoyado en la puerta de entrada, sonriendo con esa relajación suya que solo saca cuando está de verdad tranquilo. Voy hasta él, me pongo de puntillas y lo beso, mientras me sujeta suave por la cintura.

—Pensé que no me ibas a saludar nunca.

Me devuelve otro beso, mordiéndome el labio sutilmente antes de soltarme, y es Saúl quien lo empuja un poco al pasar por su lado.

—¡Relaja, fiera!

—Aquí la fiera soy yo, ¡hombre! Ni el mote me dejan mantener en este grupo a una... —dice Ana, entrando antes de que nadie la esperase tan pronto.

—¿Tú no llegabas más tarde? —le digo, sin soltarme de Nill ni un centímetro.

Me río, porque verla con las manos en jarra fingiendo ese enfado que no siente ni una pizca es de lo más gracioso .

—Pues sí, pero tengo unos compañeros de trabajo de puta madre. Me han cubierto un ratito en la recepción, para que saliese antes.

La comida es muy al estilo de este grupo: mesa sencilla, comida en abundancia, y el ruido habitual que ya me resulta más familiar que aquel al que nunca llegué a acostumbrarme del todo en Berlín.

—Prima, lo que estaría guapo es que tuvieses una piscinita climatizada. Un bañito ahora mismo, antes de preparar todo, estaría de lujo.

Mi primo Dailo cree que ser arquitecta es sinónimo de ser millonaria. Antes de que pueda abrir la boca para explicarle que no es así en absoluto, Ana interviene, como si llevara toda la mañana esperando su turno para atacar con algún comentario.

—Este niño es bobo. —Mira exagerando alrededor, evidenciando lo evidente—. ¿Acaso crees que tu prima es millonaria? Hazla tú mismo, que para eso eres albañil y tienes esas manos. Ya sabes, le pides el material a tu jefe y se la haces.

Joder con Ana. Lo que parecía un ataque a Dailo acaba por avergonzarme a mí.

Pues «su jefe» me está sujetando la mano por debajo de la mesa, y cuando levanto la mirada hacia él, lo encuentro disfrutando relajadamente de la escena, con esa media sonrisa que no se molesta en disimular y que a mí no deja de causarme estragos por dentro.

—Eso está hecho. Cuenta con ello, solo pido poder bañarme yo también.

—Nill... no le sigas el rollo a estos —le digo, dándole un apretón de advertencia en la mano.

—Tarde. —Se dirige a Dailo—. ¡Pues nada, chiquillo, ya tienes faena!

Ana le saca la lengua a mi primo, como una niña acostumbr ada a chincharlo desde siempre, pero él, lejos de ofenderse, le contesta al vuelo.

—¡Y tú ayudas, o no te bañas!

—Lo que tú digas...

Para la cena montamos la mesa en el salón; estaremos un poco más justos que fuera, pero entre que es diciembre y que el mar hoy golpea con fuerza, haciendo subir el salitre por el acantilado hasta la terraza, pasaríamos frío.

De la cena se encarga Adrián. Volver a verlo cocinar, bailando por la cocina con ese aire de cocinero italiano que se ha inventado él solo, me deja embobada, con esa mirada tonta que solo se tiene con la familia, la de quien está orgullosa sin más motivo que el cariño.

No soy la única mirándolo así, porque Érica, que acaba de entrar en la cocina, tiene los ojos clavados en él de una manera parecida a la mía, aunque hay algo distinto en su expresión, algo que no tiene nada de familiar y sí mucho de otra cosa que empiezo a intuir.

Antes de que pueda seguir tirando de ese hilo, siento a Nill rodeándome la cintura con los brazos. Se acerca hasta susurrarme al oído.

—¿Tengo que ponerme celoso de tu primo?

Lo dice con una voz y una seguridad tan tranquilas que sé, sin necesidad de mirarlo, que lo último que siente ahora mismo son celos de verdad.

Es solo una excusa, una manera de acercarse, de tocarme delante de todos con el pretexto perfecto, y funciona: cualquier resto de duda que me quedara flotando por dentro se disuelve entera en cuanto me gi ro y veo su cara, esa sonrisa que confirma exactamente lo que ya sospechaba.

—¿Tu hermana tardará mucho? —le pregunto, porque ya es tarde y son los últimos que quedan por llegar.

—No, acaba de avisar que viene de camino.

Durante la cena, mis primos se arrancan con villancicos, y Ana no se queda atrás.

Por difícil que parezca de creer, ha convencido a Saúl y a Marco para cantar con ella, desafinando los tres por igual y sin ninguna vergüenza.

Mi padre se retira con mi tío Otto, que me hace un gesto discreto, como diciéndome que lo acompaña para asegurarse de que se acuesta bien y toma la medicación.

Los demás nos quedamos con los polvorones y la mesa llena de postres que ha preparado mi primo.

—A este paso voy a tener que entrenar el doble —dice Érica, desabrochándose el botón del vaquero entre risas—. ¡Pero un día es un día!

—Tres rutas al menos que vas a tener que hacer para quemar todo eso —la amenaza Marco, en tono cómico, dejando de cantar un segundo.

Ana le lanza una mirada de mala gana.

—Y vaya que si las vas a hacer.