CAPÍTULO 23 #4
Busco a Ana con la mirada casi sin querer, y la encuentro ya mirándome desde el otro lado de la terraza, con esa expresión suya que es mitad advertencia y mitad complicidad, haciéndome gestos con la cabeza para que me pegue más a él, como si estuviera dirigiendo la escena desde la barra.
Le arrugo la nariz, fingiendo que no la entiendo, y ella responde sacándome la lengua antes de que Saúl la coja casi a la fuerza por la cintura y se la lleve a rastras, entre risas de ella, hacia otro rincón de la fiesta.
Al pasar justo a nuestro lado, Saúl le suelta a Nill, sin frenar el paso, con una sonrisa que no sé si es de advertencia real o de puro cachondeo:
—Tú y yo tenemos una conversación pendiente, ¿eh ?
Nill se ríe, pero no contesta, y a mí se me escapa también una carcajada, porque queda clarísimo que la conversación pendiente no tiene nada que ver con el trabajo.
Un poco más allá, Érica se ha plantado delante de Adrián, que sigue con el delantal puesto pese a que la comida ya lleva rato servida, más por costumbre que por necesidad, y sin pedirle permiso empieza a desabrochárselo ella misma, con ese desparpajo suyo que no admite un no por respuesta.
Se lo quita, lo tira sobre una silla, y lo arrastra al centro de la terraza a bailar, moviéndose con una seguridad que hace que, hasta Adrián, que siempre tiene la sartén por el mango en todo lo que hace, se quede un segundo descolocado antes de seguirle el ritmo.
Le doy un toque a Nill en el brazo y señalo con la barbilla hacia ellos.
—Mira eso.
Él sigue mi mirada, y algo en su cara se ilumina con una mezcla de sorpresa y un orgullo que no intenta disimular, como quien ve a alguien que quiere salirse por fin con lo que quiere sin pedir perdón por ello.
—Esa es mi Érica —dice, bajito, casi para sí mismo, y no sé si el comentario es sobre el baile, sobre Adrián, o sobre las dos cosas a la vez.
DICIEMbrE
En una semana es Navidad, y el grupo de WhatsApp no podría llevar otro nombre que el que lleva.
Las notificaciones no paran de sonar en mi teléfono desde primera hora.
Saúl quiere que l a pasemos todos en su casa, como siempre se ha hecho.
Nill, en cambio, propone alquilar una casa rural para que estemos todos juntos, aunque de momento no ha reservado nada, solo lo ha lanzado como idea al aire, algo que según Lucía es más propio de Marco, que es el organizador de planes supremo.
Yo sé, sin que nadie me lo pregunte todavía, que al final la Navidad se hará en mi casa.
No pienso dejar a mi padre solo esa noche, ni siquiera rodeado de gente que lo quiere; necesito tenerlo cerca, aunque sea solo para asegurarme de que respira tranquilo.
Cojo el bolso del perchero y, antes de salir, envío por correo el proyecto que acabo de terminar a Ludwig. Llamo a la puerta de su despacho antes de irme.
—Disculpa, Ludwig.
Levanta la vista del ordenador, con esas gafas de leer que siempre se le resbalan un poco por la nariz.
—Te acabo de enviar el proyecto de Yeray. Ya está listo. En cuanto puedas, lo revisas, y si hay algo que no te convence, me dices, ¿vale?
—Ali, tenías de plazo hasta el treinta y uno.
—Lo sé, pero llega Navidad. —Levanto el móvil, que no deja de vibrar en la palma de mi mano, como si tuviera vida propia—. Los chicos ya están como locos con los planes.
Sonríe y asiente, y cuando ya casi he cruzado la puerta, me llama.
—Ali.
Me giro, sin entender a qué viene ese tono repentino, más grave de lo habitual en él.
—Gracias. Por convencer a Saúl de que venir a trabajar co nmigo no es tan desastroso. Sé que tuviste algo que ver.
No se lo puedo negar, así que solo contesto con un «no hay de qué» antes de salir, con esa sensación cálida y un poco incómoda de que te agradezcan algo que no hiciste del todo a propósito.
Saúl, después de aquella pelea con su padre, la de casi nada más llegar a la isla, me contó que no le apetecía trabajar en el despacho y su padre no estaba para nada de acuerdo con eso, que su sueño siempre había sido hacerlo mano a mano con Nill, levantar edificios juntos, no dibujarlos por separado en oficinas distintas.
Después de hablar con él, entendió que ese sueño puede seguir cumpliéndolo de otra manera: al fin y al cabo, Nill puede llevar a cabo sus proyectos cuando los diseñe.
Un término medio, o al menos suficiente para que aceptara empezar en el despacho de su padre sin sentir que estaba traicionando nada.
Me sorprende que Ludwig sea tan consciente de hasta qué punto tuve yo algo que ver en ese cambio de idea.
Abro la puerta del despacho del rubio para despedirme, pero ya se ha marchado, y solo queda el olor a su café frío sobre la mesa.
No es propio de él salir con tanta prisa como para no despedirse de mí.
Bajo al aparcamiento donde he dejado el coche.
No es gran cosa, mi Clio recién comprado, con ese olor a nuevo que todavía no ha desaparecido del todo, pero me da la independencia que necesitaba, sin depender del coche de mi tía ni de que alguien tuviera que acercarme al trabajo cada mañana.
Antes de arrancar, reviso por encima la bandeja de entrada.
Casi cien mensajes en el grupo, y siguen sin ponerse de acuerdo sobre dónde celeb rar la Navidad, como si el debate se hubiera convertido en una tradición propia, más importante casi que la decisión en sí.
Sonrío. Saber que este grupo es como es, tan caótico y ruidoso, me ancla a algo que durante mucho tiempo creí perdido para siempre.
Zule también me ha escrito: hoy se pasa a cenar por casa.
Mi casa, en la que el ruido vuelve a instalarse después de tantos años de silencio impuesto.
Cuando mi madre aún vivía, siempre era así, un trasiego constante de gente entrando y saliendo, hasta que dejó de serlo y yo me marché, dejando atrás una casa que se apagó junto con ella.
Ahora, entre la llegada de mis tíos de Berlín, que han decidido vender su casa allí para instalarse aquí definitivamente, y el ir y venir constante de primos y amigos, no hay tregua ninguna.
Y la agradezco, cada minuto de bullicio, cada plato de más en la mesa.
Sobre todo, porque, de no ser por esta red que se ha ido tejiendo sola alrededor de mí, sin que yo la pidiera, no podría cuidar de papá y trabajar al mismo tiempo.
Y necesito trabajar porque, aunque Tamara no consiguiese vender la casa, dejó las cuentas de mi padre en rojo.
Tengo también un mensaje de Nill.
Nill Mi niña, acabo de salir de la obra de la remodelación en Fañabé, y me espera un cliente en la oficina en hora y media. No he podido posponerla... ? ? . ¿Te veo mañana?
Mentiría si dijese que no siento un pellizco en el estómago al leerlo. Tenía muchas ganas de verlo hoy. No insisto, ni le reprocho nada. Sé que últimamente ha pospuesto ya demasiadas cosas, y añadir una queja mía a la pila no le va a ayudar en nada.
Ali Claro que sí. Mañana nos vemos 🥰. Hoy además Zule me acaba de avisar de que va a cenar a mi casa... ¿Tu día bien?
Me contesta que sí, y que me echa de menos.
Sé que hace más de lo que puede para verme, aunque nunca lo diga en voz alta con esas palabras.
En estos casi dos meses lo he visto anular citas de trabajo, y luego trabajar de sol a sol los días siguientes para no retrasar entregas que él mismo se ha impuesto como sagradas, como si retrasarlas significase fallarle a su padre.
Lo hizo para venir a surfear con todos a la playa de Benijo, y también cuando fuimos a pasar el día a Teno.
Ese día fue especial. Nill y yo nos apartamos un momento del grupo mientras paseábamos hasta el faro, por ese camino de madera, con el viento salado despeinándonos sin compasión.
El atardecer empezó a caer naranja sobre el horizonte, tiñéndolo todo de un color que parecía sacado de otro planeta.
Nos hicimos fotos, y aunque tenemos muchas en grupo, esas son las primeras que tenemos solos.
De vuelta hacia los demás, por primera vez desde que volví a la isla, me sentí de nuevo quien era antes de todo esto.
En calma, con esa luz que se me había marchado del cuerpo sin que me diera cuenta de en qué momento exacto se había ido.
También la sentí la noche que subimos al Teide a ver las estrellas, envueltos en mantas y con el frío calándonos hasta los huesos pese a las chaquetas.
Esa noche me fijé en cómo Ana miraba a Saúl cuando creía que nadie la observaba, sujetando el chocolate caliente entre sus manos, con la mirada perdida en él.
Quizás he estado demasiado metida en lo mío estos meses, pero, aunque ya sospechaba algo, ahí lo vi clarísimo: le brillaban los ojos de una manera que no le había visto antes, ni siquiera con su ex, del que parecía estar hasta enchochada perdida.
Ver las constelaciones rodeada de mis primos, de mis amigos, y de Nill, fue mágico, de esa magia sencilla que no necesita ningún adorno para sentirse enorme.
Me recordó a aquella otra noche, en el mirador al que me llevó cuando todo empezó a torcerse y a enderezarse al mismo tiempo, sin que ninguno de los dos supiera todavía en qué se iba a convertir.
Pero el día más divertido, sin ninguna duda, fue el de Garachico.
Bajamos con las tortillas que trajo Érica, todavía calientes, envueltas en papel de aluminio que quemaba al tacto, y saltamos a los charcos naturales desde las rocas, una y otra vez, hasta que se nos arrugaron los dedos.
Zule no paraba de quejarse de lo fría que estaba el agua, aunque eso no impedía que Marco la abrazara igualmente y se tirara con ella sin previo aviso, arrancándole un grito que se oyó en todo el pueblo.
Adrián hacía calvos como si le hubieran pagado por ello, presumiendo ante quien quisiera mirarlo, y Ana, siendo Ana, no dejó de lanzarle pullas a Nill y a todo el que se le puso por delante, con esa lengua suya que nunca descansa.
Afilada, pero cada vez más de cachondeo que en serio.