CAPÍTULO 23 #3
No me da tiempo a preguntarle más, ni a que me cuente nada más. Ana aparece armando el escándalo que solo ella sabe montar.
—Peque, déjate de marujeos y escríbele a tu don Juan...
Si lo haces tú, seguro que viene volando.
—Mira hacia Lucía, buscando su complicidad sin que se enfade por cómo ha llamado a su hermano—.
Solo espero que no te haya buscado ya el reemplazo en dos días, porque te juro que lo mato, ¿eh? Corre, avísale, venga...
Me río sin protestar, porque sin duda es la más animada de toda la fiesta. Le escribo el mensaje al que sé que no podrá resistirse. Lucía acaba de salir a por sus padres.
Ali Se acabaron los días sin vernos. Mis tíos se han ido a cenar a casa de Zule, con sus padres. Te apetece venir, y hacemos algo, además es tu cumple, te he comprado una tontería... 😘
No tarda en contestar.
Nill No hacía falta que comprases nada, el mejor regalo es ese mensaje 🥰. Me doy una ducha en la misma obra y voy para allá en cuanto acabe...
Hanna se ha quedado dentro con mi padre, pues al ver a tanta gente se ha puesto un par de veces un poco más nervioso de lo habitual.
Tiene que ser difícil no acordarte de que los que te rodean son tu familia.
El resto nos colocamos detrás del portón, y cuando lo escucho llegar lo abro, todos comienzan a cantarle el cumpleaños feliz a coro, desafinando la mayoría, con Marco liderando el momento como si se hubiera preparado toda la vida para esto.
—¡Lucii, ven aquí, que también es tu cumple! —grita Érica, tirando de ella hacia donde está su hermano, que todavía no ha salido del coche—. ¡Qué te pensabas, que esta fiesta es solo para el cabezón de tu hermano...! ¡Fiesta de mellizoooosss!
Lucía, que se había quedado un poco rezagada, entre risas y protestando que la fiesta era para Nill, se deja arrastrar hasta colocarse a su lado justo cuando él sale del coche, abrazándolo .
—Te íbamos a cantar igual, aunque te escondieras detrás del seto —añade Saúl, dándole un empujoncito cariñoso.
Observo a la familia entera entre el bullicio: Nill y Lucía, uno junto al otro, con esa mezcla de colores en los ojos que viene de sus padres, el gris repartido entre los dos de maneras casi idénticas.
Ancor no consigue contener el temblor de las manos, y aun así se centra en sus hijos como puede, aplaudiendo despacio, con esa determinación silenciosa de quien no va a dejar que el cuerpo le robe también este momento.
Nill se queda un segundo en la puerta del coche, procesando la escalada de voces, de caras, de globos que alguien ha colgado en el porche sin que yo me diera ni cuenta, y a su lado, Lucía tiene esa expresión de sorpresa genuina, con la mano en el pecho, mirando a todo el grupo como si no terminara de creerse que se hayan acordado también de ella.
Y entonces Nill me busca a mí, directamente, entre toda esa gente, y en dos zancadas cruza hasta donde estoy.
Me abraza y me alza en el aire, como hace siempre, con esa naturalidad suya de no medir la fuerza.
Sonrío, pero enseguida caigo en la cuenta de que no estamos solos, ni mucho menos, y hago amago de bajarme, buscando el suelo con los pies.
Él me sujeta un poco más, apretándome contra sí, dejándome entender sin palabras que no le importa. Al menos no ahora.
Cuando por fin me deja en el suelo, me busca los ojos .
—Gracias por esto. Sé que no es tu mejor momento, mi niña.
Miro de reojo hacia dónde están sus padres, un poco apartados del jaleo, observando con esa mezcla de orgullo y cansancio que solo tienen los padres que llevan mucho tiempo cuidando a alguien. Vuelvo la vista hacia él.
—Te mereces esto y más, Nill.
Le doy un beso tímido en los labios, casi fugaz, sin poder resistirme a un gesto tan simple.
Los comentarios llegan enseguida, en alto, sin ningún pudor.
Las pullas de Ana, por supuesto, algo sobre que menos mal que por fin se decide a hacer las cosas «como Dios manda» por parte de Érica, y hasta Lucía, que normalmente se guarda esas cosas para sí misma, se anima a soltar alguna, con esa risa suya que se le escapa cuando algo le hace de verdad gracia.
Es un momento cómico y bonito a la vez, de esos que se quedan grabados sin necesidad de nada extraordinario, solo por la cantidad de gente que sonríe a la vez mirando lo mismo.
Rosario llega hasta su hijo abriéndose paso entre el resto, y en cuanto lo abraza, antes incluso de felicitarlo, le palpa el brazo con esa mano rápida y experta que ya reconozco de lejos.
—Estás más flaco, hijo —sentencia, sin soltarlo del todo—. Hay que comer más.
—Mamá, por favor.
—Nada de por favor. En cuanto nos sentemos, le digo a Adrián que te ponga doble ración. Ah, y ¡felicidades! —dice, dirigiéndose a los dos.
Cuando Nill me la presenta un rato después, Rosario me da un abrazo largo, de esos que hunden bien la cara en el hombro, y antes de soltarme m e pasa la misma mano por el brazo con la misma rapidez que ha usado con su hijo, como si comprobar la delgadez de la gente fuera un reflejo tan automático como respirar.
—Tú también estás flaquita, muchacha. —Me mira de arriba abajo, con una ternura que no esperaba de alguien que acaba de conocerme—. Habrá que darte de comer bien, que buena falta te hace, con todo lo que has pasado.
No sé qué contestar a eso, así que solo sonrío, y ella me da un par de palmaditas en la mejilla antes de irse a saludar a otro.
Durante la comida, repite la misma operación con Saúl y con Marco, uno detrás del otro, palpándoles los brazos como quien pasa revista, y los dos se dejan hacer sin rechistar, resignados, como quien ya sabe que discutir con Rosario es una batalla perdida de antemano.
Nill me lleva de la mano hacia dónde están sus padres, un poco más tarde, cuando el jaleo inicial se ha asentado en algo más manejable.
—Mamá, papá, esta es Ali.
Rosario me abraza de nuevo, aunque esta vez con menos prisa que la primera, y cuando se separa, me sujeta las manos entre las suyas.
—Ay, niña, no sabes cuánto me alegro de que mi hijo esté entusiasmado contigo.
—Baja un poco la voz, como si me estuviera confiando un secreto entre nosotras, aunque lo diga lo bastante alto como para que medio jardín la escuche—.
Menudas estiradas le tiraban millo antes, hija, no te puedes ni imaginar.
No me gus taban nada esas mujeres para él.
—Mamá... —protesta Nill, sin mucha fuerza, resignado ya a que su madre diga exactamente lo que le apetezca decir.
Ella lo ignora por completo y sigue, sin soltarme las manos.
—Nill y Lucía nos contaron lo de tu padre, mi niña. Cuánto lo siento. —Su voz se suaviza, pierde el tono de chismosa cariñosa y se vuelve algo más grave—. Eso es muy duro. Yo lo sé bien, con lo de mi Ancor. Si necesitas algo, lo que sea, aquí me tienes, ¿eh? No hace falta ni que preguntes.
—Gracias, Rosario, de verdad.
Ancor, a su lado, asiente despacio, con ese esfuerzo que le cuesta cada gesto desde hace un tiempo, y me tiende la mano con el temblor apenas disimulado.
Se la estrecho con cuidado, sin apretar de más, sin ese instinto torpe de la gente que no sabe cómo tocar a alguien enfermo sin hacerle sentir frágil.
—Mi hijo... habla mucho de ti —consigue decir, con las palabras un poco espaciadas, como si cada una le costara un peldaño más que la anterior—. Me alegro. De verlo así.
No sé qué añadir a eso, así que le sonrío, y él me devuelve la sonrisa con esos ojos que Nill ha heredado mezclados con el azul de su madre, y por un instante entiendo un poco mejor de dónde viene todo lo que Nill es: esa mezcla de firmeza y ternura que a veces parece contradictoria pero que en sus padres se ve clarísima, cada uno aportando su parte.
Cuando ya ha caído la tarde y alguien enciende las luces de la terraza, Marco decide que es hora de que la fiesta se mueva de verdad, y pone algo de salsa a un volumen que hace protestar a todo el mundo al mismo tiempo.
Saca a bailar a Zule casi a rastras, ignorando sus protestas, y ella, que se resiste al principio con los brazos cruzados, acaba cediendo entre risas cuando él empieza a hacer el ridículo de una manera tan entregada que es imposible no seguirle el juego.
Nill me busca a mí entre el barullo, con esa mano que ya conozco tan bien tendida hacia la mía.
—¿Bailas conmigo?
—No suelo ser muy buena en esto.
—Yo tampoco. Vamos a hacer el ridículo juntos.
Pero en cuanto empezamos a movernos, algo en la manera en que me guía me pilla completamente desprevenida.
No es el baile torpe que había imaginado, de esos que se hacen solo por seguir el ritmo del grupo; sabe llevar de verdad, con esa seguridad de quien lo ha hecho muchas veces, girándome con una mano firme en la cintura, marcando los pasos sin que yo tenga que pensar en nada, dejándome simplemente seguirlo.
—¡Vaya! —Levanto una ceja, sorprendida—. ¡Eres un mentiroso!
—¿Qué?
—Que sabes bailar de sobra. No hacía falta hacerte el torpe.
Se ríe, y me hace girar otra vez antes de contestar.
—Mi madre nos apuntó a Lucía y a mí a clases cuando éramos pequeños. Decía que un canario que no sabe bailar es una vergüenza andante. Nunca lo dije en voz alta porque suena fatal decir que sabes bailar salsa, no sé, no queda bien con mi fama.
No digo nada sobre eso, pues su fama es una de las cosas que me preocupan.
Cuando cambia la canción y suena algo más lento, bachata, seguimos así, más pegados, y descubro que yo tampoco bailo tan mal como creo, que mi cuerpo recuerda algo de las verbenas de la infancia que creía olvidadas del todo.
Nill me mira con una sorpresa parecida a la mía, esa expresión de quien descubre una pieza más de alguien que ya creía conocer bastante bien.
—Tú tampoco lo haces nada mal, mi niña.
—Ana me obligó a ir a clases un verano. Decía que bailar bien sumaba puntos siempre...
Me río al recordar eso, porque además decía que quien bailaba bien... follaba bien. Sin embargo, eso no se lo cuento.