CAPÍTULO 23 #2
—¿Otra vez? —protestó ayer por teléfono, con ese tono que le sale cuando algo no va como él quiere, una mezcla de incredulidad y pucherito que jamás asociaría con el hombre que sabe manejar a un cliente difícil sin despeinarse—. Ali, llevo dos noches sin verte. ¿Es que te has cansado ya de mí?
—He quedado con las chicas en mi casa. Con Lucía, con Érica, con Zule, con Ana...
—¿En tu casa? —Se anima al instante—. Pues mejor, así me paso solo cinco minutos, las saludo a todas, a ti, y me marcho... Lo prometo.
—No, Nill. Es plan de chicas, sin ti.
—¿Y no puedo saludar y ya? —insiste, con ese tonito de niño que sabe perfectamente que está siendo pesado y no le importa en absoluto—. ¿Ni un abracito pequeñito?
—No. —Me río, aunque intento que no se me note demasiado en la voz.
—Es la primera vez que me rechazan un plan de esta manera, y encima siendo mi hermana la que está metida ahí. Qué fuerte, Ali.
—Vaya… es la primera vez que me rechazan un plan de esta manera, y encima siendo mi hermana la que está metida ahí. Qué fuerte, Ali. — me burlo.
Me hace gracia lo fácil que es desmontarle esa fachada de hombre imperturbable con solo negarle un ratito de mimitos, pero por debajo de la broma hay algo más que no consigo quitarme de encima del todo.
No es solo que necesite el tiempo para organizar todo sin que él sospeche; es que, si viene, aunque sean cinco minutos, delante de todas ellas, esto deja de ser lo que es ahora, algo nuestro, guardado, y pasa a ser oficial de una manera que todavía no sé si quiero.
El resto ya da por hecho que hay algo más que amistad entre nosotros, lo noto en cómo nos miran, en las pullas de Ana, en la manera en que Lucía sonríe cada vez que lo menciono.
Pero una cosa es que lo intuyan, y otra muy distinta es ponerle a esto una e tiqueta delante de todos cuando ni siquiera nosotros dos le hemos puesto nombre en voz alta.
Me gusta, de momento, que sea solo mío, sin testigos, sin preguntas, sin la mirada de Ana recordándome en silencio todo lo que me advirtió el primer día.
Quizás sea un capricho tonto, guardarme esto un poco más, protegerlo de las opiniones ajenas antes de saber siquiera qué es lo que estoy protegiendo.
Al final consigo que se rinda, entre risas, aunque no sin que suelte, ya de broma, un «está bien, está bien, me voy a mi casa como un buen chico», antes de colgar.
Hoy mis tíos se han presentado en la isla antes de lo planeado, lo cual, para variar, me ha venido de perlas para mantenerlo un poco más distanciado sin tener que darle más explicaciones.
He ido a por ellos al aeropuerto en el coche que me ha prestado mi tía Marga, el segundo, ya que mi tío no conduce desde hace años, hasta que yo pueda tener el mío propio. Sospecho que Tamara vendió el que tenía, aunque no me he parado a comprobarlo; hay batallas que ya no pienso librar.
Los veo salir por la puerta de llegadas, arrastrando dos maletas enormes y una bolsa de mano que reconozco al instante, la misma con la que Hanna viaja desde que tengo memoria.
Corro hacia ellos, y el abrazo de mi tía huele exactamente igual que siempre, a esa colonia suya que nunca ha cambiado, y por un segundo cierro los ojos y estoy otra vez en su cocina de Berlín, como esos años que pas é allí, acogiéndome sin cuestionarme.
—Déjame verte. —Hanna me separa un poco, sujetándome por los hombros, y me analiza de arriba abajo con esa mirada suya tan directa—. ¡Estás distinta!
—¿Distinta cómo?
—Más morena. Más tú. —Sonríe, y hay algo en su expresión que se parece mucho al alivio —. La última vez que te vi tenías la cara de alguien que llevaba mucho tiempo aguantando la respiración. Ahora pareces estar respirando de verdad.
No sé qué contestar a eso, así que me abrazo a ella otra vez, más fuerte, y es Otto quien carraspea a nuestro lado, con esa paciencia suya de siempre, esperando su turno.
—Ven aquí, mi chica. —Me abraza también, más despacio, con esa torpeza cariñosa tan suya, y cuando se separa, rebusca en su bolsa de mano hasta sacar algo envuelto en papel de periódico—. Toma. Esto es para ti... Creemos que te hará ilusión.
Lo desenvuelvo ahí mismo, entre la gente que pasa arrastrando maletas a nuestro alrededor, y el papel cae al suelo cuando reconozco lo que tengo entre las manos: un marco pequeño, de madera clara, con una foto de mi madre y yo en la terraza de casa, las dos riéndonos de algo que ya no recuerdo, ella con el pelo suelto y yo con unos ocho o nueve años, subida a su cadera.
—La teníamos en casa —dice Otto, con la voz un poco tomada—. Pero cuando nos contaste por teléfono lo que había hecho esa mujer, que había quitado todo rastro de Brigitte de las pared es, pensamos que te haría ilusión tenerlo en casa.
No consigo decir nada. Me quedo mirando la foto, ese instante diminuto de felicidad que alguien, en algún momento, decidió capturar sin saber que un día iba a ser lo único que me quedara de esa terraza tal y como fue.
—Gracias —consigo decir, al fin, abrazando el marco contra el pecho como si pudiera escaparse.
Hanna me pasa un brazo por los hombros, y los tres caminamos hacia el coche así, pegados, sin soltarnos, mientras yo pienso que este marco, aunque pequeño, pesa más que las dos maletas juntas.
El día ha llegado. Al final, ayer con las chicas organizamos los últimos detalles: el regalo, montar mesas y sillas en la terraza, ya que Adrián se encargó de comprar la comida.
Saúl ha estado súper liado en el despacho, aun así, pasó a primera hora a dejar la bebida que compró ayer a última hora.
Marco va a lo suyo y no deja de poner en el grupo secreto que ha hecho una lista de reproducción, que hay que bailar, que hubiese estado mejor una ruta de treinta kilómetros que acabase en acampada...
A primera hora voy con Érica a recoger el regalo que le hemos comprado entre todos en la tienda: una tabla de surf nueva y una toalla capa, de esas que sirven para cambiarse cuando sales del agua.
Saúl además le compró un casco nuevo para la obra, y Lucía un maletín.
Con Érica, que al principio me caía un poco atravesada, la cosa va mejor.
Al final entiendo que es su mejor amiga, y que estaba con la coraza puesta, aunque también influye que haya notado cómo busca la atención de mi primo Adrián cada vez que tiene ocasión, y que el día de lo de Tamara pudo entender mejor mi forma de ser.
Cuando ya está todo listo, vuelvo a casa, y al parecer mi familia se ha añadido al plan (mis tíos, mis primos y sus padres) con una naturalidad asombrosa.
Todos colaboran. Mis tíos alegan que, ya que están Otto y Hanna, no van a dejarlos solos rodeados de jóvenes, así que ellos se quedan más pendientes de mi padre mientras el resto trabajamos.
Han preparado comida, y la fiesta empieza sin Nill, todavía atrapado en la obra sin sospechar nada.
Me acerco a Zule, que está sentada en el escalón de la terraza, un poco apartada del bullicio que ya se ha instalado dentro, donde Adrián está montando todo un espectáculo culinario frente a media familia embobada.
—¿Qué tal tú? —le pregunto, sentándome a su lado, dejando que el escalón de piedra se me clave un poco en los muslos.
Ella se encoge de hombros, esa forma suya de responder sin comprometerse del todo, y mira hacia dentro un momento antes de contestar.
—Bien. Contenta de verte así, con todo esto. —Hace un gesto amplio con la mano, abarcando la casa entera, el ruido, la gente—. Antes esta casa siempre era así, ¿te acuerdas? Llena de barullo.
—Lo echaba de menos —le digo, y es verdad, aunque hasta ahora no había sabido ponerle nombre a esa nostalgia concreta.
Zule se queda callada un rato, jugando con el borde deshilachado de su pantalón corto, y por un momento pienso que la conversación va a quedarse ahí, en ese terreno seguro de recuerdos compartidos. Pero entonces suelta el aire despacio, como quien se prepara para algo que lleva tiempo pesándole.
—La vida da golpes, ¿eh? —dice, sin mirarme—. Y luego hay que reponerse, aunque no siempre se sepa muy bien cómo.
Algo en su tono me hace prestarle toda la atención.
—Zule, ¿estás bien de verdad?
Tarda en contestar. Cuando lo hace, su voz suena más pequeña de lo que la había escuchado nunca.
—Salí de una relación hace unos meses. Antes de que tú volvieras.
—Traga saliva, y veo cómo le cuesta cada palabra, como si tuviera que sacarlas de un sitio muy profundo—.
No fue... no fue buena, Ali. Me dejó hecha polvo.
Anulada, casi. Como si de tanto decirme quién tenía que ser, se me hubiese olvidado quién era yo antes de él.
Se me encoge el pecho.
—Zule, tenías que habérmelo contado. ¿Por qué no me dijiste nada?
Ella niega con la cabeza, y por primera vez me mira de frente.
—Porque tú estabas con el duelo de tu madre encima y vimos venir lo de tu padre, lo de Tamara, todo. Bastante tenías ya. No quería añadirte una cosa más a la lista.
—Zule...
—No pasa nada. —Se apresura a decirlo, como quien quiere cerrar la puerta antes de que entre demasiado aire frío—.
No es que esté mal. Es que todavía me cuesta, ¿sabes?
Confiar en la ge nte. Relacionarme como antes, sin quedarme callada esperando a ver qué pasa.
Este grupo, todo esto... —Vuelve a señalar hacia dentro, hacia el ruido y las risas—.
Me está ayudando más de lo que puedes imaginar. Aunque no lo diga.
Nos quedamos en el escalón, sin decir nada más, porque sé que a veces las palabras sobran y lo único que hace falta es que alguien te sostenga un rato sin pedirte que hables de más.
Ella se deja abrazar, rígida al principio, y después, poco a poco, se relaja contra mí, como quien por fin suelta un peso que llevaba cargando sola desde hace demasiado tiempo.
—Gracias por contármelo —le digo, contra su pelo.
—Gracias por no ponerme cara de pena —responde ella, y hay algo parecido a una sonrisa en su voz—. Odio que me miren así. Dailo a veces lo hace.