CAPÍTULO 23
ALI
Los meses que curan
NOVIEMbrE
Nunca pensé que mi regreso fuese así. Sabía que volver implicaba que Tamara estuviese por medio.
Cuando me marché lo hice enfadada con mi padre, por no saber ver qué clase de persona tenía al lado.
Hoy por hoy no lo culpo. La muerte de mi madre lo dejó desolado, y ella aprovechó eso para manipularlo, en cierto modo.
Lo que no imaginaba es que lo fuese a tratar como lo ha hecho, y pese a todo, al final no he querido tomar represalias legales contra ella.
Irma, bueno, en realidad nadie lo entiende del todo.
Pero yo quiero seguir adelante, y solo deseo lo que me han concedido: la tutela de mi padre.
La herencia formalmente tardará un poco más, porque estos asuntos son lentos.
Nill insistió en que denunciara a Tamara, que creía necesaria una orden de alejamiento.
Aun así, no lo hice. Creo que es mejor dejar que el fuego se apague.
Al fin y al cabo, mi padre está conmigo.
Han pasado dos semanas desde que volví a mi casa.
Saúl ha traído todas mis cosas, y mis tíos Otto y Hanna me han enviado las que me quedaban en Berlín.
Después de contarles lo sucedido hace unos días, insistieron en que quieren venir a pasar unos días conmigo y ver de nuevo a papá.
Espero que se conformen con la habitación que Dailo y Zule me han ayudado a preparar para ellos.
La casa estaba hecha un auténtico desastre, pero con la ayu da de todos hemos conseguido que vuelva a parecer un hogar.
Mis tías Marga y Sole me han ayudado también muchísimo, apoyándome con las tareas de casa, llevando a mi padre algún día al médico, arreglando la casa, limpiando, poniendo cortinas nuevas.
Gracias a ellas he podido aceptar la oferta de Ludwig.
El padre de Saúl me ofreció trabajo en el despacho; están a tope, y con Saúl solo no es suficiente.
Acepté porque necesito el trabajo y el dinero.
Me incorporo en unos días, y estoy contenta.
Saber que, pese a la incertidumbre que he cargado estos días, podré apañármelas de momento, me tranquiliza un poco.
Además, Ludwig me deja teletrabajar varios días para que pueda estar cerca de mi padre.
Tamara no ha vuelto a aparecer por mi casa, cosa que agradezco. Y respecto a Nill, desde ese día, pese a mi desconfianza al principio, me ha demostrado estar presente en todo momento, cuando todo se puso difícil.
En dos semanas es su cumpleaños, y el grupo de WhatsApp está que arde. Todos quieren celebrarlo, pero él insiste en que es solo un cumpleaños más, y que tiene mucho trabajo que adelantar.
Érica ha hecho otro grupo, sin incluir a Nill, alegando que lleva tres años sin celebrar su cumpleaños como es debido, y que, con Saúl de vuelta en la isla, eso ya merece una celebración de todos juntos. Además, el grupo ha crecido tanto que apenas cabemos ya en ningún sitio pequeño .
Quieren hacerlo en una casa privada, pero yo no quiero alejarme tanto de mi casa, así que ofrezco la mía sin pensarlo demasiado. Lucía me pregunta si no me importa que vengan también sus padres.
—Claro que no —le contesto—. Cuantos más, mejor.
Quedan dos días para el cumpleaños de Nill, y ninguno le ha dicho nada. Mis tías ya han arreglado la terraza, y Dailo sacó del trastero la barbacoa y la ha puesto a punto.
Cuando todos se marchan, acuesto a mi padre. Hoy ha sido un día de los buenos: me ha reconocido en dos ocasiones y no se ha alterado ni una sola vez. Miro el reloj. Nill quedó en pasarse por aquí hace una hora. Supongo que se le habrá complicado algo en la obra.
Cuando ya empiezo a pensar que no va a venir, recibo un mensaje suyo.
Nill Estoy fuera, mi niña. ¿Me abres?
Le abro el portón con la ilusión instalada en el estómago y lo cierro tras de mí. Desde el día que saltó este muro, viene cada noche. En cuanto baja del coche, me besa, levantándome del suelo con esa facilidad suya que todavía me pilla desprevenida.
—¿Qué tal tu día, mi niña?
—Cansado, pero ahora —digo, mirándole a los ojos— ahora que estás aquí es perfecto.
Por la manera en que le brilla la mirada s é que eso que le acabo de decir es justo lo que necesitaba escuchar.
—Tú tienes cara de cansado. ¿Por qué no te fuiste a casa a descansar?
—Me apetecía verte —dice, mientras me acaricia el pelo con esa sonrisa ladeada que me eriza la piel desde el primer día que lo hizo, hace ya unos meses en Berlín.
Mete la mano por detrás de mi nuca y con los dedos me coloca un mechón detrás de la oreja, ese gesto suyo que ya podría reconocer con los ojos cerrados, en la oscuridad, entre mil manos distintas.
Esas manos difíciles de olvidar: grandes, anchas y suaves, pero con alguna dureza de la obra.
Me atrae hacia él con la otra mano en mi cintura, y por un segundo me olvido de todo lo que llevo cargando todo este tiempo.
Entramos en la casa sin soltarnos. Nos tumbamos en el nuevo sofá, el que Adrián insistió en regalarme cuando vio el que había, «indigno de una arquitecta», según sus palabras, y ponemos una película que ninguno de los dos termina de ver del todo.
Le cuento un poco de mi día, lo bien que ha estado mi padre hoy, lo raro que es alegrarse tanto por algo tan pequeño como que te reconozca dos veces seguidas.
Me habla de planos, de obras, de plazos que se le echan encima, y aunque intenta que no se le note, hay algo en su voz que suena más plano de lo habitual, como si las palabras le costaran un poco más de esfuerzo del normal.
No le digo nada, pero verlo con la mirada perdida mientras me habla de eso me perturba y me da miedo.
Es un miedo que proviene del pasado, lo sé, y sin embargo me acecha desde cerca, haciendo tambalear lo que parece firme.
Las caricias llegan solas, como llegan siempre entre nosotros últimamente, sin que ninguno de los dos tenga que decidir nada.
Sus labios buscan los míos con ese deseo que no ha bajado de intensidad ni un ápice desde aquella noche en la oficina, y por un rato la casa entera se reduce a este sofá, a esta manta, a la película que sigue sonando de fondo sin que nadie la mire.
Cuando ya solo queda el silencio y su respiración calmándose contra mi cuello, Nill se queda dormido, como quien cae rendido sin haberlo decidido.
Lo observo un momento. La cara relajada, los rasgos que durante el día lleva siempre un poco tensos ahora sueltos del todo, y no tengo corazón para despertarlo.
Cojo el móvil con cuidado y le escribo a Lucía.
Ali Lucía, tu hermano ha pasado por mi casa, aunque creo que esto no te sorprende...
Supongo que te ha contado algo. Parecía muy cansado y se ha quedado dormido.
No he querido despertarlo y que se duerma conduciendo.
Quería avisarte para que no se preocupen en tu casa.
Si pasa algo con tu padre, me llamas y lo despierto. ¡Un beso!
Lucía Hay cosas que son evidentes... ¡Gracias por avisar! Mañana tiene una cita importante en Santa Cruz a primera hora. Ponle el despertador a las seis. Supongo que pasará por casa a cambiarse. Te veo mañana, para concretar detalles de la fiesta ? ? .
Dejo el teléfono en la mesa y me quedo mirándolo dormir un rato más, preguntándome, sin querer encontrar todavía una respuesta, cuánto tiempo lleva cargando este cansancio sin que nadie, ni siquiera yo, se haya dado cuenta de verdad.
Por la mañana, Nill parece más descansado cuando sale de mi casa, a las cinco y media.
Se ha despertado antes de que sonase el despertador.
He dormido toda la noche acurrucada a su lado, y todavía tengo la marca de su brazo sobre mi cintura cuando abro los ojos, con sus labios recorriéndome el pelo despacio, como quien no tiene prisa por que el día empiece de verdad.
—Son las cinco y veinte —murmura contra mi nuca, sin moverse un centímetro.
—Entonces todavía tienes diez minutos.
Me giro hacia él sin abrir del todo los ojos, buscando su cuello con la nariz, y me pego a su pecho todo lo que puedo, sin importarme el pelo revuelto ni el aliento de recién despierta ni nada de lo que debería importarme si estuviera intentando parecer algo que no soy.
Con él nunca me lo planteo. Es de las pocas cosas que agradezco de estos meses: no tener que fingir que estoy perfecta a las cinco y veinte de la mañana para que se quede un poco más.
Se ríe bajito, y ese sonido, tan cerca de mi oído, me da más pereza aún de la que ya tenía. No se levanta enseguida. Me aprieta contra él un poco más, con esa manera suya de abrazar que no parece un gesto calculado, sino algo que su cuerpo hace solo, sin que a él le dé tiempo a decidirlo .
Cuando por fin se levanta, se viste en silencio, recogiendo la ropa del suelo con la torpeza del sueño, y antes de salir por la puerta se gira dos veces para volver a besarme, la primera en la frente y la segunda, más larga, en los labios, como si una sola despedida no le bastara.
Lo veo cruzar el jardín hacia el coche desde la ventana, y pienso en Ana, en su cara de advertencia el día que se lo conté todo, en ese «no es de los que se enamoran» que me repitió más de una vez.
Y no lo entiendo. No encuentro la manera de encajar esa frase con el hombre que acaba de despedirse de mí dos veces por si con una no era suficiente, con el que se queda dormido de puro agotamiento en mi sofá en vez de volver a su casa a descansar, con el que entra sudando en la cocina algunas noches directo desde la obra, solo para verme diez minutos antes de que yo me acueste.
Quizás Ana habla de un Nill que ya no existe. O quizás existe todavía, en alguna parte, esperando su turno. No lo sé, y por ahora prefiero no pensarlo demasiado.
Llevo dos días dándole largas a Nill para que se vaya a su casa después del trabajo, intentando organizar bien la sorpresa sin que él sospeche nada. No se lo ha tomado bien.