Promesas de sal CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

No contesto enseguida. Dejo que la pregunta se quede colgando en el aire mientras la miro, y algo en mi silencio debe empezar a incomo darla, porque su sonrisa pierde firmeza justo cuando, detrás de mí, en el vano de la puerta, empiezan a aparecer caras.

Dailo primero. Luego Zule. Luego Ana, con los brazos cruzados y una expresión que no había visto en ella hasta ahora, ni siquiera cuando bromea sobre partirle la cara a alguien.

Tamara mira hacia la casa, hacia toda esa gente que no debería estar ahí, y hasta entonces no había reparado en que yo tampoco debería.

—¿Qué hace toda esta gente aquí? —Su voz ya no suena tan segura—. Nill, ¿qué está pasando?

Y ahí, en su cara, veo el momento exacto en que las piezas empiezan a encajarle mal, el instante en que se da cuenta de que ha entrado, cargada de bolsas y con la sonrisa puesta, directa a la trampa que ella misma ayudó a tender sin saberlo.

—¿Dónde está Ali? —Su voz sube de tono, y el nerviosismo empieza a asomarle por las grietas de esa seguridad que traía puesta hace apenas un minuto—. ¿Y José? ¿Qué habéis hecho con mi marido?

La palabra «marido» me revuelve algo por dentro que no consigo tragarme.

—Tu marido está durmiendo, tranquilo, en el sofá de su casa —digo, sin moverme del sitio—. Y Ali está ahí dentro, con su familia. Toda la que tiene, que por lo visto es bastante más numerosa de lo que tú contabas.

—Esto es allanamiento. —Intenta sonar firme, pero le tiembla la voz—. Esta es mi casa, y no tenéis ningún derecho a...

—¿Tu casa? —Dailo se planta a mi lado, con una m ezcla de rabia contenida y calma que a veces me recuerda a Ali—.

Esta es la casa de José. La casa donde crecimos, donde jugamos todos de críos.

Tú solo llevas viviendo aquí el tiempo suficiente para vaciarle las paredes de fotos y dejarlo sin comer bien mientras tú te comprabas bolsos caros.

Tamara palidece. Mira las bolsas que sostiene, como si de pronto pesaran mucho más que hace un segundo, y las deja caer al suelo, junto a la entrada, sin darse cuenta de que el gesto la delata más que cualquier palabra.

—No sé de qué estás hablando.

—Sí que lo sabes. —Doy un paso hacia ella, sin gritar, con la voz baja y firme que uso cuando quiero que alguien entienda que para nada estoy de broma—.

La policía ya ha estado aquí. Han visto los moratones de José.

Han visto en qué estado está el hombre al que tú deberías haber cuidado.

Y saben, porque yo mismo se lo he dicho, que hoy tenías una cita conmigo para que te firmara la compra de unas tierras que no son tuyas.

Pienso, por un segundo, en lo absurdo de todo esto: que Tamara viniera a buscar precisamente a la constructora más fuerte de la isla, la más fiable, convencida de que eso le daría más peso a su mentira, sin imaginar ni remotamente que el gerente en el que tanto confiaba terminaría siendo, de entre todas las personas posibles, quien ahora está aquí, plantado en la puerta de esta casa, defendiendo a la mujer a la que ella ha intentado despojar de todo.

El mundo, a veces, tiene un sentido del humor que a mí no me hace ninguna gracia .

—¡Tú me dijiste que ibas a firmar! —Su voz se rompe entre la rabia y algo parecido al pánico—. ¡Lucía me lo confirmó, dijo que me lo enviarías por escrito!

—Lucía te dijo lo que necesitabas oír para que no sospecharas nada mientras Ali entraba en su propia casa.

—No me tiembla la voz al decirlo, aunque por dentro sienta que estoy pisando un terreno que hace unas horas ni siquiera existía para mí—.

Y funcionó. Aquí estás, con tus bolsas, creyendo que ibas a cerrar el trato de tu vida.

Detrás de mí, en el umbral, veo cómo Ana se cruza de brazos con más fuerza todavía, cómo Zule la mira con esa quietud suya que da más miedo que cualquier grito, cómo Marco y Saúl se colocan uno a cada lado, sin decir nada, solo estando ahí, ocupando espacio, dejando claro sin necesidad de una sola palabra que esta mujer no va a entrar en esa casa sin que todos y cada uno de ellos la vean pasar.

Tamara nos mira, uno por uno, y algo en su expresión cambia. Ya no es la mujer segura que bajó del coche hace un minuto. Es alguien que acaba de entender que se ha quedado sola en medio de un ejército que no vio venir.

—Puedes pasar a por tus cosas —le digo, más suave, aunque no menos firme—. Es lo único que la policía nos ha pedido que te permitamos. Pero nada más.

Se queda quieta un instante, calculando, quizás, si merece la pena discutir o si es mejor batirse en retirada mientras aún le queda algo de dignidad que salvar. Al final, sin decir una palabra más, recoge las bolsas del suelo y pasa junto a noso tros con la mirada baja.

Al entrar en la casa, Tamara se topa con Ali, que está justo delante de su padre, como quien protege a un cachorro herido.

Ali no le dice nada, pero veo la rabia en sus ojos.

Tamara la mira con desprecio y le suelta algo susurrado que no consigo entender, pero noto cómo Ali se hace pequeña, cómo le flaquean las piernas.

No puedo verla tan vulnerable, así que me acerco a Tamara, intimidante.

—Señora, no tiene nada que decirle. Vaya a por sus cosas, y rapidito. Tiene que irse.

En todo momento pienso que se va a plantar, que va a querer quedarse en la que ha sido su casa, pero el pequeño ejército que la rodea la intimida lo suficiente como para aceptar, con mala cara. Adrián y Dailo la custodian hasta que sale con una maleta llena.

—Esto no va a quedar así, niñita.

Ali la observa con una fuerza que no sé de dónde consigue sacar, quizás de verse tan arropada, y un orgullo me recorre el cuerpo entero.

—Claro que no, Tamara. Ya no te tengo miedo. Ya perdí todo lo que tenía que perder...

Sus ojos se llenan de una furia que reconozco, esa que sale cuando la lealtad y la protección por otro aparecen sin pedir permiso.

Tamara sale, y menos mal, porque Ana está a punto de enzarzarse con ella, pero veo cómo Saúl la sujeta con cariño, sin dejarla ponerse a su altura. Zule se ha colocado al lado de Ali y no s e despega de ella ni un segundo.

Yo salgo para comprobar que se va de verdad y cerrar la puerta de la entrada. Érica sale detrás de mí, y cuando ya he cerrado, la escucho hablar casi en un susurro.

—Nill. ¿Estás bien?

Tomo aire y me giro hacia ella, pasándome las manos por el pelo, exasperado. Me apoyo en el capó de mi coche. Le cuento todo lo sucedido, desde ayer en la playa hasta ahora, sin entrar en demasiado detalle, y aun así su cara de desconcierto no es menor.

—Joder, Nill. Estás jodido, jodido. ¿Sabes que estás enamorado?

Lo suelta con esa sinceridad que solo ella tiene conmigo. Niego con la cabeza e intento rebatirlo.

—Shh, cállate, anda. Que no lo sepas aún no significa que yo no tenga razón...

Sé que siempre has controlado los sentimientos, pero niño, llega un día que no se puede.

Lo único que te voy a decir es que andes con pies de plomo, porque...

—Mira hacia el interior de la casa, como si pudiese ver todo lo que hay dentro—.

Ella no parece de las que aceptan eso de amigos con derecho.

Y no lo digo para agobiarte. ¿Ya hablaste con Sara?

Niego. Con la llegada de Ali y de Saúl, todo se ha salido de mi control.

—Pues hazlo. Ali me cae bien, me parece buena piba, y hemos congeniado todos.

Me mira, sabiendo que mi agobio está creciendo.

—Tranquilo, ya se irá viendo cómo va todo. No te trabes .

Ella me coge de la mano y tira suave, guiándome hacia la casa. Recorremos el camino de entrada, ese que serpentea desde el portón hasta la vivienda, situada al fondo, hacia la izquierda del terreno, donde ya se oyen las voces y el trajín de todos los demás.

—Mira, mi niño —dice, sin soltarme, con la calma que no sé de dónde saca ni siquiera después de un día como este—, tú déjate llevar, ¿vale? Ya se verá.

Dicho así parece fácil.