CAPÍTULO 22
NILL
El ejército de Ali
Carraspeo ligeramente para llamar la atención de Ali, que ahora está volcada por completo en su padre.
—Voy a salir un momento a quitar el coche de la puerta. Lo he dejado mal aparcado, ahí molestará.
Ella alza la vista.
—¿Cómo has entrado? Cerré el portón antes de entrar...
—Salté el muro —digo, levantando las manos y enseñándole el raspón que me hice en el codo al hacerlo.
Ella niega con sorpresa.
—Entra el coche, y deja la puerta abierta si viene Irma, que pueda dejarlo también. Fuera es más complicado aparcar en la pendiente.
La dejo con su padre. Necesita ese momento de soledad con él, bien lo sé.
Entro el coche y hago lo que me ha dicho.
Mientras les doy ese espacio necesario entre ellos, repaso mi agenda desde el teléfono.
Leo el mensaje de un cliente al que se me había pasado citar, le hago una captura y se la mando a mi hermana, pidiéndole que lo posponga dos días.
Dos días. La frase se me queda rondando más de lo que debería.
Nunca pospongo nada dos días. Pospongo horas, como mucho una tarde, y solo si de verdad no queda otra.
Llevo años construyendo una reputación sobre esa palabra, disponibilidad, sobre no hacer esperar a nadie, sobre que en Armas las cosas se resuelven rápido porque yo estoy encima de todo.
Y aquí estoy, aparcando un coche, con el codo raspado, posponiendo un cliente sin ni siquiera sentir la punzada de urgencia que debería sentir.
Debería preocuparme más. Sé que debería.
Sé que esta semana, con todo lo que ya he ido dejando en espera desde ayer, se me va a acumular como una ola que todavía no ha roto pero que ya se ve venir desde la orilla.
Y, sin embargo, cuando pienso en volver a la oficina ahora mismo, en dejar esto a medias para no perder una reunión, algo en mí se resiste con una fuerza que no reconozco.
Es la primera vez que el trabajo, el negocio de mi padre, el proyecto que llevo sosteniendo con las dos manos desde que él ya no pudo, pasa a un segundo plano sin que yo se lo permita conscientemente.
Simplemente ocurre. Y no sé si eso me asusta o me alivia, y esa misma duda ya es, en sí misma, una alarma que prefiero no mirar de frente todavía.
Escucho un coche llegar. Es Irma, pero no viene sola: la acompaña Saúl, que se baja antes de que ella haya terminado de aparcar. Le indico con la mano que deje el suyo detrás del mío.
—¿Qué coño pasa aquí? ¿Dónde está Ali?
Su cara de desconcierto se mezcla con algo más duro, más cortante, y entiendo enseguida que no es solo preocupación. Es rabia. La misma rabia que sentiría yo si descubriera que mi mejor amigo sabía algo importante sobre alguien a quien quiero y no me dijo nada.
—Saúl, escúchame...
—No, escúchame tú a mí. —Da un paso hacia mí, y por primera vez desde que lo conozco, veo en su cara algo parecido a la desconfianza—.
¿Cómo es que tú sabías que Ali venía aquí hoy?
¿Cómo es que estás tú metido en esto, y yo, que soy su amigo desde hace años, no tenía ni idea?
¿Se puede saber desde cuándo os contáis cosas a mis espaldas?
No hay reproche exacto todavía, solo esa sensación de estar descubriendo un mapa que no encaja con el que él creía tener. Y lo entiendo. Si yo estuviera en su lugar, si Lucía me ocultara algo así de importante sobre alguien a quien quiero proteger, también me sentiría traicionado.
—Luego te explico todo, si quieres. Ahora lo importante es que Ali está dentro.
Irma también escucha con atención mientras subimos hacia la casa.
—Su padre parece estar en un estado de Alzheimer o demencia bastante avanzado...
Se me hace un nudo en la garganta antes de continuar. Ha sido duro. Ahora parece estar más tranquilo.
Saúl pasa por mi lado, golpeándome con el hombro sin ni siquiera mirarme, directo hacia la puerta. Entiendo su enfado, así que lo agarro del brazo, sujetándolo antes de que entre.
—Saúl, la mujer esa ha maltratado al padre de Ali. Tiene moratones en los brazos.
La cara de horror se le dibuja de golpe, sustituyendo cualquier resto de rabia hacia mí por algo mucho peor .
—Ali está asimilándolo, y ha conseguido calmarlo. Por eso he llamado a tu madre y a la policía.
Al ver que su resistencia afloja, lo suelto, esperando las indicaciones de Irma.
—Entremos —dice ella, y dirigiéndose a Saúl—: Hijo, quédate aquí. Cuando lleguen los agentes, recíbelos y hazlos pasar.
Saúl asiente, aunque se le nota en la cara que preferiría estar dentro, con Ali, antes que montando guardia junto a la entrada.
Ante la determinación de su madre, él obedece, aunque no sin antes clavar sus ojos en los míos.
—Dile que estoy aquí.
Asiento, y guío a Irma hacia el interior de la casa.
José se ha dormido en el sofá, arrullado por las caricias de Ali. Ella deposita con mimo la mano de su padre sobre su regazo y lo acomoda mejor contra el respaldo. Al levantarse, busca de inmediato una respuesta en Irma, sin poder siquiera formular la pregunta con palabras.
Ali le señala los moratones del brazo, y en ese momento descubre dos más en el abdomen, cuando la camisa de José se abre un poco al recolocarlo. Me llevo el puño a la boca, de pura impotencia, sin poder decir nada.
Irma abraza a Ali y empieza a explicarle, con muchísimo tacto, cómo ha de proceder: denunciar, solicitar la tutela con un informe médico, reclamar su herencia. Ali la escucha, y ella misma le pide que se calme, que se encargará de tramitarlo todo, que ahora solo debe cuidar de su padre.
—Irma, yo no sé cómo te lo voy a pagar, n i cómo agradecértelo...
—Ali, por favor. Tú ayudaste a Saúl con sus estudios, y eres muy importante para él. Ahora, para nosotros también. No tienes que pagarnos nada.
En ese momento entra Saúl con los dos agentes. Irma se presenta y les cuenta lo ocurrido, y le hacen preguntas a Ali.
Contesta a los agentes casi en modo automático, totalmente disociada.
Responde con las palabras justas, en el orden correcto, sin titubear, y sin embargo tengo la sensación de que no está del todo aquí.
Es como si una parte de ella hubiese decidido apagarse un rato, dejar que el cuerpo gestione el papeleo mientras la cabeza se retira a algún sitio más seguro.
La observo de reojo, preocupado, sin saber si interrumpir o dejar que termine.
El agente Marrero le informa de que debe acudir al cuartel a poner la denuncia en cuanto quiera, que ellos darán parte de lo visto e informarán a Irma sobre el procedimiento para las medidas cautelares con Tamara.
—Ya mismo me pongo con eso —dice Irma—. En cuanto nos organicemos, Ali irá al cuartel.
Nos dicen, amablemente, que si Tamara opone resistencia volvamos a llamar, pero que aun así debemos dejarla pasar a recoger sus cosas. Ali observa y escucha, pero parece que su mente esté lejos, muy lejos.
Los agentes se despiden y salen acompañados por Irma. Saúl, que ha dejado a un lado el enfado de antes, se acerca a consolarla, le ex plica de nuevo lo que necesitan y le dice que hará falta la documentación de su padre.
—Ve a buscarla con Saúl. Yo me quedo con tu padre, Ali.
Se dirigen hacia las habitaciones en busca de la documentación de José, mientras yo me quedo cuidándolo en el salón, aunque duerme tranquilamente.
Le escribo a mi hermana y le explico cuál es la situación.
Lucía me advierte de que avisemos a Ana, que si no se enfadará. Tiene razón, es su mejor amiga.
Me acerco a una esquina del salón, junto al ventanal enorme que enmarca toda la terraza frontal y, más allá, el mar, y busco el número de Ana en el grupo. La llamo en voz baja, para no despertar a José.
Mientras le cuento, ella llora y se pone nerviosa. La tranquilizo como puedo, que ya es decir tratándose de ella.
En cuanto cuelgo, el grupo se incendia. Ana ha movilizado a los primos de Ali, y todos, de una manera u otra, deciden venir.
Adrián dice que traerá la cena. Dailo pone, textualmente, que Tamara no tendría valor de quedarse aquí con todos dentro.
Marco escribe que ya viene de camino, que su hermano lo necesita, y que además es Ali, la mejor amiga de Saúl, así que ni se lo piensa.
Los nervios me suben un poco más, porque Saúl y Ali siguen trasteando por las habitaciones en busca de papeles, y sé que en cualquier momento puede aparecer Tamara.
No pasa mucho rato antes de que la casa empiece a llenarse.
Zule es de las primeras en llegar, seguida de Dailo, que entra directo a la cocina como si llevara años haciéndolo.
Adrián aparece con bolsas de comida que huelen a algo recién hecho, y detrás de él, Marco y Saúl se saludan con ese abrazo brusco tan suyo.
Ana llega casi corriendo, con los ojos todavía hinchados, y busca a Ali con la mirada antes incluso de saludar a nadie más.
Érica entra la última, y me busca a mí primero, con una sonrisa pequeña que no sé muy bien cómo interpretar en medio de todo esto.
En apenas media hora, la casa que hace unas horas era un silencio raro y un vestíbulo sin fotos se ha llenado de voces, de gente moviéndose de un lado a otro, de platos que alguien está sacando ya de los armarios. Es un contraste tan grande con lo que he vivido aquí esta tarde que casi me marea.
Estoy en la entrada, hablando con Dailo sobre si debiésemos cambiar la cerradura hoy mismo, cuando oigo un coche parar fuera. Me asomo, y ahí está: Tamara, bajándose con dos bolsas de una tienda que reconozco, de esas que solo se permite quien cree que el dinero ya está de camino.
Salgo a la puerta y me quedo ahí, esperándola, y por su cara sé exactamente lo que está pensando: que he venido a traerle los papeles firmados.
—Nill... —Sonríe, y en esa sonrisa hay todo el alivio de quien cree que ha ganado—. Qué detalle que hayas venido tú mismo. Lucía me dijo que me lo ibas a mandar por escrito, pero esto es mejor. ¿Lo tienes ya?