Promesas de sal CAPÍTULO 21 #3
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CAPÍTULO 21 #3

Los recuerdos de ese momento me fulminan y me hacen estremecer. No articulo palabra. Es Lucía quien continúa.

—Mira, no sé qué piensas ahora mismo, pero... —Coge las llaves del coche y el teléfono—. Dime dónde está la casa, Nill. Creo que debe tener a alguien que la apoye. Saúl está en Santa Cruz, no llegará a tiempo. Iré yo.

La detengo en seco.

—No, Luci, iré yo. Sé dónde es, no me perderé, llegaré antes que tú.

Encárgate tú de esa mujer. —Señalo hacia el interior de mi despacho—.

Llévale un café, dile que me ha surgido una emergencia.

Entretenla un poco, solo el tiempo justo para que yo llegue hasta allí.

Dile que firmaré luego. Invítala a comer... No sé, Luci, tú sabes cómo hacerlo.

Conduzco rápido. En menos de cinco minutos llego a la entrada de la casa. Dejo el coche mal aparcado, bloqueando la puerta, y me da igual. El portón está cerrado, y no me lo pienso dos veces, ni siquiera toco el timbre. Me quito la chaqueta y me remango la camisa. Salto el muro y me adentro.

La puerta de la casa está entreabierta, y se escuchan las voces del que intuyo que es el padre de Ali. Ella llora.

—Papá, mamá... murió. La atropellaron, papi.

—¡Noooo, eso es mentira! Dime dónde está.

Cuando entro, José está sacudiendo a Ali por los hombros. Reconozco esa desesperación, esa frustración, y veo en ella la mirada rota de quien está viendo la parte oscura de la enfermedad sin terminar de asimilarla.

—Ali, mírame, mi niña. No es tu padre quien te está hablando ahora mismo. Intenta respirar.

—José, cálmese. —Le explico lo que pasa—. Pero no le grite más a su hija, que se está asustando.

—¡Es que lo que me dice no es verdad! ¡Mentirosa, mi mujer no se ha muerto!

Grita y se tambalea. Lo agarro por las muñecas en un acto reflejo, ayudándole a sentarse. Su camiseta de manga larga se le escurre hacia arriba cuando se sienta, y sus brazos quedan totalmente extendidos, agarrando los míos. Lo veo de inmediato. Ali se ha quedado sin color en la cara.

—José, ¿se ha hecho esto trabajando? —le digo, mirando sus antebrazos amoratados.

Se mira, y luego me mira a mí. Su expresión es la de un niño asustado.

—Vale, seguro se lo he hecho en el jardín. No pasa nada, ahora mismo le vamos a poner una crema para eso, ¿de acuerdo?

Me mira más calmado.

Ali niega con la cabeza, tapándose la boca con la mano. La intento calmar con la mirada. Funciona; se calma y empieza a hablar.

—Papi, ¿estabas esperando a mami?

Se le ilumina la mirada de inmediato.

—Sí, ¿sabes dónde está?

—Sí, ha ido a comprar. Llegará enseguida.

La observo atento. Ha conseguido calmarlo diciéndole justo lo que él necesitaba escuchar, aunque sea mentira.

—Quédate aquí sentado, papi. Voy a preparar la cena, ¿te parece bien? Hoy Nill ha venido a conocer a mamá.

Sonrío de una manera que hasta a mí me remueve por dentro. Ali se dirige a la cocina, y voy detrás. Sé que está haciendo un esfuerzo enorme para mantener esa calma ante la situación.

—José, voy a ayudar a su hija.

—Sí, hijo. Yo ahora iré cuando llegue Brigitte.

ALI

Nill entra después que yo, cerrando la puerta. Me apoyo en la encimera de espaldas a él, mirando por la ventana el océano que se adivina al fondo. Estoy llorando, lo sé, y no pretende detenerme.

—Sé lo que se siente al ver a tu padre de esa manera. Créeme que sé lo difícil que es no reconocerlo del todo.

Me sujeta por los hombros con las manos.

—¿Por qué has venido?

Me tiembla la voz. Intento decirle que no tenía por qué hacerlo, pero las palabras se me atascan en la garganta.

—Eso ahora no importa, Ali. Mírame.

No quiero girarme. Estoy asimilando todo lo que acabo de vivir.

—Mírame, mi niña, por favor. Sé que ahora estás sobrepasada, pero tenemos que hacer algo. Tu padre te necesita .

Me giro con los ojos rojos y la cara empapada. Le duele verme así, de una manera que no controla, lo noto.

—No lo podemos dejar aquí, no podemos dejarlo con ella ni un día más. Tú decides qué hacemos.

Cierra los ojos y me devuelve una mirada más triste de lo que le había visto jamás. La voz me sale en un hilo, agotada.

—¿Dónde me lo llevo? ¿Dónde? Esta es su casa, está esperando a mi madre... Y yo... —La frustración me llega a los ojos—. Yo no tengo dónde llevarlo. Esta es la única casa que tenemos.

—Está bien, te quedarás aquí. No hay nada más que hablar.

La sorpresa me pilla desprevenida.

—¿Cómo que aquí? ¿Y Tamara?

—Ali, ¿Tamara? Tamara se tendrá que marchar. ¿No has visto cómo está tu padre? ¿No has visto sus brazos? Lo hemos visto los dos. Voy a llamar a la policía.

Se me dibuja el terror en la cara.

Nill me sujeta la mano, calmándome, acariciándola. Con la otra sostiene el teléfono pegado a la oreja. Habla con la policía, y por un momento me relajo, y hasta agradezco que esté aquí.

Cuando la llamada acaba, me avisa de que vienen de camino, y sin darme tiempo a decir nada, tira suave de mí y me abraza. Su calor me invade, y a la vez su olor me tranquiliza.

—Lo siento. Siento que tengas que pasar por esto.

Alzo la mirada, y no lo digo, pero sé que él vive algo similar con su padre. Siento que su comprensión es totalmente real.

Vuelve a acurrucarme contra su pecho, y me habla suave.

—Voy a avisar a Irma. Creo que es importante que esté aquí. ¿Te parece bien? Seguramente la que tenga que irse hoy mismo de esta casa sea Tamara, pero si no fuese así, no te preocupes, que estarás con tu padre. Yo me encargo de eso.

—Nill, pe...

No me permite acabar la frase.

—Ali, por favor, deja que te ayude, ¿vale? Y creo que deberías avisar a tu familia, esto es importante.

—Lo sé, pero luego, ¿vale?

Abro la puerta y miro a mi padre, que sigue sentado en el sofá.

—No quiero que se agobie con tanta gente. No quiero que sea más difícil para él y para mis tíos.

NILL

Asiento. Es ella quien debe decidir cómo gestionar este momento. Por una parte, me siento abrumado y fuera de lugar, y por otra, siento que no podría estar en ningún otro sitio que no fuese aquí, acurrucándola contra mi pecho.

Veo cómo se acerca a su padre y le pregunta con dulzura si puede sentarse a su lado.

Él asiente. Mi móvil vibra desde hace un rato en el bolsillo.

En la pantalla, llamadas perdidas y mensajes de mi hermana, y también hay movimiento en el grupo «Chiquita armada».

Maldigo por dentr o, porque ya habían quedado para cenar. Hoy no es el día.

—Ali, hago una llamada y vuelvo.

Ella asiente. Salgo a la terraza delantera, desde donde se ve todo el acantilado y el Teide asomando a través de la panza de burro que cubre el valle, y llamo a Lucía, que descuelga enseguida.

—Nill, ¿todo bien? Tamara se ha ido, no pude entretenerla más, seguramente aparezca en la casa. ¿Qué tal todo por ahí?

—Escúchame —digo, intentando sonar sereno—. Lu, aquí se ha complicado bastante la situación.

—¿Ali está bien?

—Sí, sí. Es José, que además de casi no reconocer a Ali, está en muy mal estado. —No consigo ni mencionar lo otro—. La policía está de camino.

Escucho su grito ahogado al otro lado de la línea.

—Nill, no te muevas de ahí. Si quieres, voy.

—No, Ali no quiere que su padre se sienta más agobiado. Llama urgente a Irma y dile que, por favor, venga rápido. Te paso la ubicación. Yo entro... la policía está a punto de llegar.

Cuelgo y me quedo un momento de más en la terraza, con el teléfono todavía caliente en la mano.

El acantilado cae hacia un mar que a esta hora empieza a oscurecerse, y el Teide, al fondo, se recorta contra un cielo que no tiene ninguna prisa por acompañar lo que está pasando aquí dentro.

Respiro hondo, dos veces, intentando dejar fuera, aunque sea un segundo, todo lo que acabo de tragarme .

Cuando vuelvo a entrar, me detengo en el umbral del salón sin que ninguno de los dos se dé cuenta de que estoy ahí.

Ali está sentada junto a su padre, con la mano de él envuelta entre las suyas, y le habla en voz tan baja que no distingo las palabras, solo el tono, ese tono que ya le he oído usar conmigo alguna vez sin saber ponerle nombre.

José la mira con la misma confusión de antes, pero también con algo parecido a la paz, como si su cuerpo, aunque su cabeza no termine de ubicarla, reconociera en ella un lugar seguro.

Ella le acaricia el dorso de la mano con el pulgar, despacio, sin dejar de mirarlo, y en algún momento le aparta un mechón de pelo canoso de la frente con una ternura que no debería ser legal presenciar sin permiso.

Y ahí, apoyado en el marco de la puerta, sin que ella lo sepa, siento que algo se me remueve por dentro de una manera que no consigo controlar.

No es solo lo que ha pasado hoy, ni la rabia contra Tamara, ni el jaleo que viene con la policía.

Es esto. Es verla así, entera pese a estar deshecha por dentro, cuidando a quien ya casi no la cuida a ella, y darme cuenta de que llevo unas horas metido en esta casa, en esta familia, en este dolor que no es mío, como si llevara toda la vida perteneciendo a él.

Debería preocuparme lo rápido que ha pasado esto. Debería, sobre todo, preguntarme qué voy a hacer con las ganas que tengo de no irme nunca de este salón.

Pero no lo hago. Todavía no.