CAPÍTULO 21 #2
Saúl Vale, peque, avísame si quieres que te recoja cuando salga de trabajar, podríamos quedar para cenar todos hoy. ¿Qué dices, lo pongo en el grupo? Por cierto, Ana ya se ha ido, ¿por qué no te fuiste con ella?
No estoy segura de qué responder a nada de lo que me ha preguntado. Me quedo por un momento extrañada, dándole vueltas a cómo sabe que Ana ha estado aquí, si nadie ha escrito nada en el grupo en toda la mañana. Pero no tengo cabeza para pararme a resolver ese misterio ahora mismo.
Ali Sí, ya se ha ido. Y, por cierto, ya me dirás cómo sabías que estaba aquí... Organízalo tú, porfa, o dale rienda suelta a tu hermano, estará encantado de gestionarlo ? ? . ¿Sobre las nueve?
Saúl ? ? Pillado. No se te escapa una. ¡Hablo por el grupo! 😘
Cojo las llaves que me dejó Saúl, y salgo. El taxi ya me espera fuera.
Le pido al taxista que me deje a unos metros de la casa.
De golpe me asaltan las dudas, todos los recuerdos vienen a mí de una vez, y me coloco en un punto donde, si Tamara sale por el portón, no pueda verme.
Le escribo a Nill que ya estoy fuera. Su contestación llega rápido: está viendo cómo Tamara aparca frente a la constructora.
Respiro hondo y saco la llave de la cartera. La cerradura del portón principal cede con facilidad, no la han cambiado. No pasa lo mismo con la puerta de la casa. Pruebo varias veces. Nada. No abre. Compruebo las cristaleras, pero todo está cerrado.
La parte exterior ha cambiado. Hay nuevos senderos, y me quedo alucinada al ver las tierras donde mis primos y yo jugábamos de pequeños, esas de las que Tamara quiere adueñarse.
Donde antes solo había maleza y tierra ahora hay jardines hermosos, obra de mi padre, estoy segura, y pese a ser preciosos sé que en algún momento lo fueron aún más, porque se notan descuidados y secos en algunas zonas.
Un pinchazo me recorre el estómago. Eso me confirma que mi padre no los está cuidando desde hace tiempo.
Aprieto los puños y vuelvo a acercarme a la casa. Me asomo a la barandilla de la terraza trasera, esa donde mi madre solía sentarse a leerme cuentos. Miro el horizonte.
—Mamá, dame fuerzas —susurro, casi como si le hablara a ella de verdad.
La brisa me acaricia el pelo, y por un momento siento que la tengo cerca.
La buganvilla rosa, esa que ella quiso poner ahí, sigue intacta, trepando sobre el muro de piedra volcánica.
El olor del mar se mezcla con el de las flores, y ese aroma me devuelve de golpe a momentos felices que creía guardados en algún cajón al que ya no tenía acceso.
Cierro los ojos, imaginándolos de nuevo, y los ojos se me llenan de lágrimas.
—Ehh, chica, aquí no puedes estar. Esto es privado.
Me tapo la cara un instante, sin saber cómo afrontar que mi propio padre no me reconozca, de espaldas, sin haberlo visto llegar. Inspiro. Me giro despacio.
Lo primero que veo me desarma. Es mi padre, pero no el que dejé. Está delgado, ha envejecido de una manera que no había imaginado, como si los años que he estado fuera hubiesen caído sobre él todos de golpe. Las lágrimas se me desbordan antes de que pueda contenerlas.
—Pa... soy yo.
José me mira desconcertado. Se acerca, me analiza con esos ojos que fueron los primeros que me vieron al nacer y que ahora no encuentran nada familiar en mi cara.
—¿Por qué lloras? Creo que te has equivocado de casa, muchacha.
El golpe de sus palabras es devastador. Sabía que algo iba mal, me lo habían dicho, lo intuía. Pero que sus ojos me miren como a una auténtica extraña es distinto a imaginarlo. Tenía la esperanza, aunque no me lo confesara ni a mí misma, de que estuviese mejor de lo que temía. No es así.
No sé cómo hacer que deje de mirarme como si me hubiese colado en mi propia casa.
Rebusco en mis recuerdos, intentando traerlo de vuelta desde algún sitio al que aún pueda llegar.
Esta mañana, mientras desayunaba, leí que el Alzheimer a veces se comporta como una marea que entra desde la orilla, llevándose primero los recuerdos re cién depositados y dejando intactos, más tiempo, los que están enterrados en lo más profundo.
Pienso en cómo le hablaba cuando era pequeña, y las palabras me llegan solas a la boca, sin que las piense del todo.
—Papi, mamá me contó un cuento una vez aquí, y me dijo que esta buganvilla cumplía deseos. ¿Tú crees que eso es cierto?
Mira hacia el muro cubierto de buganvilla. Entrecierra los ojos, y vuelve a analizarme, esta vez más despacio. Se acerca y me toca el pelo, y veo esa chispa que me devuelve, por un instante, la esperanza.
—Pequeña, tú sabes dónde está mami. La estaba buscando y no la encuentro...
Ahí está. No la ha olvidado a ella, aunque a mí no me reconozca todavía. Me vuelve a mirar, y su cara se transforma en un dibujo de horror, como si no consiguiera encajar todas las piezas del puzle que necesita montar para entender por qué yo no soy su niña pequeña.
—Hija, estás diferente...
—Papi, mírame. Soy yo, tu bichito. Solo que he crecido un poco. ¿Me darías un poco de agua? He caminado mucho por tus jardines y tengo sed.
Me mira con ternura. Me coge de la mano, y sé, por la manera en que aprieta mis dedos, que algo dentro de él ha decidido fiarse de mí, aunque no sepa muy bien de dónde ha salido esa confianza.
Deja que lo guíe hacia la puerta, o quizás es él quien me guía a mí, ya no sabría decir quién sostiene a quién en este momento.
Cruzamos el porche. La madera cruje bajo nuestros pies, la misma madera que recuerdo de niña, aunque ahora tenga alguna tabla camb ada que nadie se ha molestado en arreglar. Empuja la puerta principal, la misma que a mí no me quiso abrir con la llave, y entramos.
El vestíbulo me golpea con un silencio raro, denso, distinto al silencio de una casa vacía.
Es el silencio de una casa que ya no se vive del todo, aunque alguien siga durmiendo en ella.
Hay un olor tenue a cerrado, a persianas que pasan demasiadas horas bajadas, y bajo ese olor, otro más débil, casi imperceptible, que no consigo identificar hasta que llegamos a la cocina y lo entiendo: es el olor de la comida que se recalienta muchas veces, de una nevera que no se abre lo suficiente.
José suelta mi mano y camina hacia el fregadero, buscando un vaso, y yo me quedo un paso atrás, mirando alrededor, empezando a entender, con un peso que se me instala en el pecho antes incluso de haber querido mirar del todo, que esta casa ya no es la que yo dejé.
Me tiende el vaso lleno, y me dirijo al salón, sentándome en el sofá de siempre, aunque la tapicería ya no es la que recuerdo. Mi padre hace lo mismo, sentándose a mi lado con una calma que dura apenas un instante.
—Ali, ¿dónde está mami? Dime...
La alegría de que me esté reconociendo, aunque sea a medias, dura poco.
Miro las paredes mientras busco las palabras, y entonces las veo: las marcas rectangulares, más claras que el resto de la pintura, donde antes colgaban los cuadros con nuestras fotos de familia.
Las imágenes mías y de mi madre han desaparecido de las paredes, como si alguien hubiese decidido borrar cual quier rastro de que aquí vivimos alguna vez tres personas y no una pareja recién estrenada.
—Papi, ella se marchó...
Las palabras se me atascan en la garganta.
Sé que lo voy a destrozar en balde, que probablemente en un rato ni siquiera lo recuerde.
Y aun así siento que tengo que hacerlo. No solo por él.
Yo misma necesito ponerle voz a esto, cerrar mi propio duelo, mi particular despedida que nunca llegué a hacer del todo bien, ni siquiera cuando pasó.
—Mamá no está. Tamara ahora es tu mujer.
Su cara se enfurece de golpe, como si mis palabras hubiesen encendido algo que llevaba tiempo ahí, esperando. Se levanta bruscamente, con una fuerza que no esperaba en un cuerpo tan menguado, y niega con la cabeza una y otra vez.
—¡Eso no es verdad! ¡Eso no es verdad!
Sube la voz, la eleva más de lo que había hecho hasta ahora, y aprieta los puños con una desesperación que me asusta más de lo que quisiera admitir.
—Papi, mamá murió. ¿No te acuerdas?
Y entonces lloro. Lloro de verdad, con ese llanto que se te agarra al pecho y aprieta hasta que cuesta respirar, el que llevaba conteniendo desde que crucé la puerta de la entrada, quizás desde mucho antes, desde que pisé el avión que me trajo de vuelta a esta isla que ya no reconozco del todo.
NILL
Llevo más de quince minutos reunido con esta mujer, que me asegura que la heredera ya ha firmado la documentación para la venta.
Sé que no es verdad. Ahora sé quién es ella, y por supuesto esta mujer cree que me está engañando, sabiendo perfectamente que lo que hace es un delito.
Contengo la rabia como puedo, y tengo que hacer un esfuerzo descomunal para mantener la calma que normalmente me acompaña sin esfuerzo.
Mi hermana me hace un gesto desde su mesa. La veo a través del cristal de la pecera que separa mi despacho de la recepción.
—Señora, discúlpeme un momento. Tengo una llamada importante.
—Sí, hijo, tranquilo.
Su amabilidad me saca de quicio. Qué difícil es tratar con alguien que parece una tierna ovejita sabiendo que en realidad es un lobo despiadado.
—¿Le apetece un café?
Ella acepta. Salgo del despacho y me dirijo a la mesa de Lucía, sentándome de espaldas a la cristalera.
—Eh, Nill, tienes cara de preocupado. ¿Qué pasa?
—Es esta mujer. Solo me apetece decirle que es una estafadora y muy mala persona, pero tengo que hacer tiempo. Ali ahora debe estar dentro de su casa, con su padre...
—¿Te ha escrito? —Lucía pone cara de alarma, y eso me pone aún más en ese estado a mí.
Niego con la cabeza.
—Desde que le avisé de que Tamara estaba aquí, no sé nada.
—Nill... —Me mira fijamente—. ¿Ali ha ido sola, o el rubio está con ella?
—Está sola. Quería que fuese así.
—Nill, ¿te acuerdas de cuando supimos lo de papá? ¿Cuándo tuvo su prime r brote, y la frustración que vino después? ¿Te acuerdas de cómo se comportó con mamá?