Promesas de sal CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

La grieta bajo la buganvilla

NILL

Después de dejar a Ali en el Sauzal, paso por casa antes de ir a la oficina. Rosario me espera en la cocina con las manos en jarras, y desde la puerta ya sé que no me voy a librar de esta.

—¿A estas horas llegas tú de casa del rubio? —Me repasa de arriba abajo con esos ojos claros a los que no se les escapa nada—. Hijo, que tu madre ya es perro viejo... Hueles a mujer, a mí no me engañas.

Aprieto los labios para no sonreír, porque negarlo con ella es perder el tiempo. Nunca ha hecho falta que le confiese nada; le basta con mirar.

—Ahora eso sí, te digo una cosa —añade, señalándome con el dedo, aunque el gesto no tiene ni pizca de reproche real—: quien tiene buena noche no puede tener buen día. Así que date una ducha, que estoy preparando café. Tu hermana ya salió para la oficina.

A mi madre no se le escapa una. Podría intentar defenderme, inventar alguna excusa a medias, pero sería inútil, así que la beso en la mejilla y me voy directo al baño, dejándola con esa sonrisa torcida de quien sabe que ha acertado.

Cuando bajo, recién duchado, la encuentro sirviendo el café en la taza de siempre, en la que tomaba la leche cuando era un chiquillo. Se acerca y me ajusta el nudo de la corbata sin que se lo pida, como ha hecho desde que tengo memoria, cada vez que salgo de casa en traje.

—Hijo, tienes que descansar.

—Lo sé, mamá. Hoy intentaré salir pronto. —Miro hacia el pasillo, hacia la puerta cerrada del cuarto de mi padre—. ¿Papá cómo pasó la noche?

Se le suaviza el gesto un segundo, esa mezcla de cansancio y ternura que se le ha instalado en la cara desde hace tiempo y que ya forma parte de ella tanto como el acento o las manos siempre ocupadas.

—Ha sido una noche tranquila, no te preocupes, cariño. —Me da un golpecito en el brazo, como si ese gesto sirviera para convencerme del todo—. Anda, tómate eso y vete, que se te hace tarde.

Me tomo el café de un trago, más caliente de lo que debería, y salgo rápido hacia la oficina, con el sabor amargo todavía en la boca y la sensación, como cada mañana, de dejar algo pendiente en esa casa que nunca me atrevo a nombrar del todo.

Nada más llegar, ya tengo a dos clientes esperándome.

Cierro dos remodelaciones integrales de sendos hoteles, uno en el sur de la isla y otro en Lanzarote, con esa eficacia mecánica que llevo años perfeccionando.

Después salgo hacia la obra del Puerto de la Cruz, que terminamos esta semana, y hago una videollamada con un cliente nuevo de Berlín que quiere avanzar rápido.

La mañana pasa deprisa, sin respiros ni descansos.

Entre reunión y reunión, la cabeza se me va sin permiso hacia la tarde que le espera a Ali.

No sé lo que es que un padre deje de reconocerte, eso a mí me lo ha ahorrado la vida, per o sí sé lo que es ver a alguien deshacerse despacio delante de ti, perder autonomía en fases que al principio parecen nada y luego lo son todo, hasta que un día lo miras y, aunque sepas perfectamente quién es, sientes que ya no es del todo el mismo hombre.

Sé lo que cuesta seguir llamándolo padre cuando ya necesita que le hagan casi todo, y lo que pesa la impotencia de no poder pararlo.

Por eso, aunque la enfermedad de José no sea la misma que la de mi padre, entiendo mejor que la mayoría lo que Ali va a sentir esta tarde, y eso no me deja tranquilo del todo.

Miro el reloj. Las dos de la tarde. Entro en la oficina, y me recibe un olor a comida que no esperaba.

—¿Has pedido comida? —le pregunto a Lucía, que ya tiene los envases abiertos sobre la mesa.

—Vi que no habías escrito ni nada, y he pedido al restaurante de Adrián. Come, que luego viene la señora esa. —Hace una mueca al decirlo, la misma que pone cuando algo le huele mal—. ¿Has hablado con Ali?

—Ahora le escribo.

No le digo que pasé la noche entera con ella. Podría hacerlo, es mi hermana, pero entonces tendría que dar explicaciones que ni yo mismo me sé dar todavía, y no es el momento. Como casi sin darme cuenta de lo que como, y en cuanto termino, le escribo.

Nill ¿Cómo ha ido tu mañana? Yo he estado súper liado... mucho trabajo. A las cinco viene Tamara. ¿Al final vas sola? ¿Ya has pedido el taxi? Si necesitas algo, dímelo.. .

Su respuesta llega antes de lo que esperaba.

Ali Pues he desayunado con Saúl y su familia, luego se fueron todos a trabajar, incluido Saúl, y aquí me he quedado. Ana trae comida ahora, y comemos juntas. Luego se irá, así que sí, voy sola. Ya pedí un taxi a las cinco. De todas maneras, me vas avisando. Por cierto, tengo tu sudadera ? ? .

Leo esa última línea dos veces, y noto que se me escapa una sonrisa que no me reconozco, algo parecido al orgullo, aunque no sabría explicar bien de qué.

La intento borrar rápido, antes de que Lucía, que sigue frente a mí revisando unos papeles, la vea y empiece a hacer preguntas que no pienso responder.

Pero se me va casi tan rápido como llegó, porque debajo de ella sigue esa inquietud sorda que no me suelta desde esta mañana.

Nill Te aviso en cuanto esté aquí Tamara. Que vaya bien ese reencuentro... ya me la devolverás, te queda mejor que a mí.

Lo escribo, y me quedo mirando la pantalla un segundo de más, como si las palabras pudieran hacer algo por ella desde la distancia. Sé que no. Pero es lo único que tengo por ahora.

ALI

Estoy a punto de contestarle a Nill cuando suena el timbre de la casa. Es Ana.

—¡Hola, hola, peque! Aquí llega tu sa lvadora... Chos, sigo flipando con esta casa, está súper guapa. Me quedaría a vivir aquí. ¿Tú no?

Entra como Pedro por su casa, directa a la cocina, y empieza a servir la comida en dos platos que saca de un armario como si lo hubiese hecho toda la vida.

Se sienta en uno de los taburetes altos de la isla de piedra clara, la misma donde vi a Saúl apoyado con una cerveza mientras hablaba con Nill junto a la parrilla.

—Bueno, peque, me vas a contar qué rollo se llevaba ayer el don Juan contigo. ¿Qué tanto tenía que contarte? Que yo vi cómo hablaban en la orilla, por no decir cómo te ponía las manitas encima mientras te enseñaba en la arena... ¡Menudo listo!

—Ana... no seas malpensada.

Ella arquea la ceja, esa que siempre delata que no se cree ni media palabra.

—Dime que no has tenido nada con Nill, por favor. ¡Ay, no, yo lo mato! ¡Te juro que lo mato!...

Dudo un segundo, antes de contestar. Sé exactamente cómo va a reaccionar, y una parte de mí querría ahorrarme el escándalo que viene. Pero llevo ya suficientes cosas guardadas, suficientes silencios con la gente que quiero, y no pienso empezar también a esconderle esto a mi mejor amiga.

—Tranquilízate, Anita, que sé defenderme solita. Y no puedo decirte eso...

Ella abre mucho los ojos, atragantándose un poco con la comida.

—Ali... Ay, joder. ¡Suéltalo ya, que me da algo!

—Pues nos besamos en el mirador el otro día...

Hace amago de arrancarse a despotricar, p ero la freno con la mano y sigo.

—Más bien lo besé yo, en realidad... bueno, los dos.

Sus ojos no paran de crecer.

—El caso es que decidimos quedar como amigos, pero...

—Ay, ay, ay... Ali, pero ¿qué? Cuenta, que me tengo que ir a trabajar y me va a dar un chungo.

—Pues que ayer pasamos la noche juntos y ... pues eso, Ana, que nos acostamos.

—¡Joder, peque!

Sacude la mano en el aire, ese gesto tan suyo de «qué fuerte, qué fuerte», entre el escándalo y la risa nerviosa, y por un segundo no sé si va a ponerse a gritar o a partirse de risa.

Verla así, al borde del colapso, me hace gracia pese a los nervios, y creo que es lo primero que consigue arrancarme una sonrisa de verdad en toda la mañana.

Despotrica, lo insulta un rato, sin mucha convicción, más por rutina que por rabia real, y me pregunta si estoy bien. La calmo, le digo que solo necesitaba que se fuera la tensión acumulada, para que podamos ser solo amigos.

—Y una mierda, Ali. Ese deja a las tías enganchadísimas. Dime, ¿es para tanto?

Asiento, sin poder evitarlo.

—Pero escúchame, yo no soy una más. Y, aun así, no es el momento...

—No ya, desde luego él menos. Aquí eso se sabe, lo deja clarito.

Le cuento casi todo, incitándome ella misma a soltar más detalles de los que pensaba dar, y veo cómo alucina, como si no terminara de creers e que estemos hablando del mismo Nill que ella conoce.

Por supuesto, no le cuento que me ha ayudado con el plan de esta tarde.

Si lo supiera, no se iría a trabajar ni loca.

Cuando por fin mira el reloj y suelta una palabrota, se levanta de golpe, coge un trozo de chocolate de la encimera y se lo mete en la boca mientras recoge el bolso.

—Mira, peque, yo no te voy a decir lo que tienes que hacer, ya eres mayorcita.

Pero cuídate de él, ¿eh? A mí no me cae mal, que conste, pero no es de los que se enamoran.

Por ahí dicen que deja a las tías destrozadas emocionalmente, y tú no te mereces eso, peque.

No después del cobarde de Guille y de todo lo que tienes encima.

Así que, si esto solo ha sido el polvazo de bienvenida a la isla, genial, disfrútalo. Pero si no, ten muuucho cuidado.

Se dirige a la puerta, y antes de salir se gira un momento.

—Y me tengo que ir, pero no te escapas de darme más detalles de eso, ¿eh? —dice, con la boca aún manchada de chocolate—. Por cierto, cuando quieras ir a tu casa, me dices y te acompaño. Como la bruja esa no nos deje entrar... no sabe quién soy yo.

Se despide con un beso rápido y sale corriendo hacia el coche, dejando la cocina en silencio y a mí con la sonrisa aún puesta, aunque por dentro ya vuelva a sentir el peso de lo que me espera esta tarde.

Entro en la casa, me preparo rápido y cojo el bolso y el teléfono antes de salir. Le escribo a Saúl .

Ali Oye, rubio, he pedido un taxi, voy a acercarme a comprar unas cosas. No desesperes con tu padre... Un besito.

Su respuesta llega enseguida.