CAPÍTULO 20 #4
«Joderme la vida», de Dani Fernández. Reconozco la canción casi al instante, y algo se me remueve por dentro.
Habla de e sas personas que uno sabe, desde el primer segundo, que van a complicarlo todo, y de las ganas de lanzarse igual, sin frenos, aunque el sentido común grite que hay salidas más sencillas.
Habla de dejarse arrastrar por alguien a sabiendas de que va a doler, y de que a veces uno lo elige de todos modos, porque lo fácil nunca fue lo que de verdad se deseaba.
No sé si la ha puesto a propósito o si simplemente sonaba de fondo en su lista sin que él le prestara atención.
Pero mientras el coche sube por la carretera hacia la cumbre, con la ventanilla bajada y el aire frío de la madrugada entrándome por la cara, pienso que la canción entera podría estar hablando de nosotros.
De él, que después de años esquivando cualquier cosa que se pareciera a un compromiso, ha decidido esta noche complicarse la vida conmigo sin que nadie se lo pidiera.
Y de mí, que sabía perfectamente que meterme en esto era jugar con fuego, y aun así entré sin dudarlo, como quien se tira al mar sabiendo que hay corriente.
Miro por la ventanilla, dejando que el viento me despeine, y no digo nada. Nill tiene razón: hay noches que se disfrutan mejor en silencio.
Suenan más canciones, y una de ellas es «Vértigo». Cada tema parece elegido para el momento exacto en que llega, aunque sé que eso no puede ser, porque no ha tenido tiempo de prepararlo. Y no quiero pensar que el destino nos está hablando. Miro la luna, como si ella pudiese revelarme algo.
—No te pega escuchar este tipo de música —le digo.
Me mira de reojo.
—¿Y qué música me pega, según tú ?
Lo pienso un momento.
—No lo sé, ¿quizás reguetón?
Se ríe.
—Frío, frío. —Se pasa una mano por la cara, como si decir eso fuese lo menos que esperase de mí.
Coge su móvil, me lo pasa, y me invita a curiosear en sus listas de reproducción.
Me sorprende lo que encuentro. Hay grupos y artistas que jamás hubiese imaginado: Oasis, Dani Fernández, Álvaro de Luna, Marea, algo de pop, Bruno Mars, y luego música variada de todo tipo.
Una mezcla curiosa, y sin embargo con una sensibilidad que no corresponde en absoluto con la fama que arrastra.
Cuando llegamos, me sorprende el lugar. Es un mirador, pero no de esos que se llenan de turistas por haberse hecho virales en redes.
Este es de los que conservan el anonimato, supongo que por eso viene aquí.
Bajamos del coche. Las estrellas se ven desde aquí de una manera que solo ocurre en pocos sitios, tan claras que se distinguen hasta las constelaciones.
Deja la puerta del coche abierta, y la música sigue sonando mientras nos sentamos en el muro. Me pasa la manta, con la que me cubro las piernas.
—Aquí también hace frío, ¿eh? —dice, sentándose a mi lado—. ¿Habías estado aquí antes?
Niego con la cabeza.
—Te estás tomando en serio lo de no hablar mucho, ¿eh?
Apoyo la cabeza en su hombro, aspirando su aroma, y por primera vez en mucho tiempo no siento la necesidad de llenar el silencio con palabras.
Son más de las cuatro cuando volvemos al coche, donde la música sigue sonando bajito, casi como ruido de fondo. Nos miramos, y él me acaricia el brazo con esa lentitud que ya empiezo a reconocerle, hasta que pierdo la noción del tiempo y me quedo dormida sin darme cuenta.
No sé cuánto rato pasa. Lo primero que noto es su voz, llamándome desde algún lugar cercano a la superficie del sueño.
—Hey, mi niña, despierta...
Despertar así, con su voz como único sonido en el mundo, tiene una calidez que no recordaba de ninguna otra mañana.
—¿Qué pasa? —murmuro, con la voz aún pastosa.
—Está amaneciendo. ¿Te acerco a casa del rubio?
Me enderezo de golpe, como una vara, el cuerpo reaccionando antes que la cabeza.
—Tranquila, hay tiempo. Pero mira esto.
Sigo su mirada hacia el parabrisas. Los colores del cielo empiezan a cambiar, ese rosado tenue del amanecer extendiéndose despacio, y el Teide comienza a iluminarse desde la cima, como si alguien encendiera una vela gigante al otro lado de la isla.
Es precioso. Y, sin embargo, lo primero que me viene a la cabeza no es la belleza del momento, sino mi padre.
Es hoy. Hoy volveré a verlo después de estos años.
El resto del trayecto lo hacemos casi en silencio, con la radio ya apagada y el amanecer abriéndose paso sobre la carr etera.
Cuando llegamos al Sauzal, la casa sigue dormida.
No hay nadie en la cocina, ni rastro de movimiento tras las persianas bajadas.
Entro con las llaves que Saúl dejó anoche bajo la maceta, procurando no hacer ruido, como si el silencio de la casa fuera algo que debiera proteger.
Subo a la habitación y me tumbo sobre la cama sin quitarme la sudadera que Nill me prestó, todavía impregnada de su olor.
El techo blanco se convierte en pantalla donde proyectar todo lo que acabo de vivir: la oficina, los planos, sus manos, el mirador, las canciones que parecían hablar de nosotros sin que él lo supiera.
Y, encima de todo eso, como una sombra que no se deja apartar por mucho que lo intente, la certeza de lo que me espera dentro de unas horas.
Hoy vuelvo a mi casa. Hoy voy a ver a mi padre.
No sé cuál de las dos cosas me da más vértigo: lo que acabo de descubrir esta noche, o lo que estoy a punto de enfrentar. Cierro los ojos, aunque sé que no voy a poder dormir, y dejo que el amanecer avance sin mí al otro lado de la ventana.