Promesas de sal CAPÍTULO 20 #3
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CAPÍTULO 20 #3

Mi cabeza me dice que ya ha sido suficiente.

Que perder el control una vez se perdona, pero dos empieza a parecerse peligrosamente a una decisión.

Sin embargo, hay algo en mi cuerpo que no quiere escuchar a la cabeza esta vez.

Necesito vaciarme, ser completamente yo, sin la Ali que sostiene a todos, sin la que aguanta, sin la que calcula cada paso antes de darlo.

Necesito perderme un poco para encontrarme después, dejar que el cuerpo hable el idioma que la mente lleva semanas sin poder pronunciar.

Y quiero repetirlo, aunque no me lo reconozca en voz alta. Quiero liberarme de todo, incluso del miedo a que alguien vuelva a fallarme, aunque sea solo por esta noche. Por eso es mejor no aceptar promesas. Por eso prefiero ser esto, sin expectativas, sin nombre, sin nada que después pueda romperse.

Nill no me lo pone fácil. Me besa como si quisiera demostrarme que se equivoca en algo, aunque no sepa bien en qué, y yo dejo que lo haga, porque esta noche, solo esta noche, he decidido no pensar en mañana.

Esta vez no hay prisa. No hay planos que apartar de un manotazo ni ropa que se resista entre risas nerviosas.

Esta vez nos movemos conociendo mejor el terreno, como si la primera vez hubiera servido para quitarnos de encima toda la urgencia acumulada y ahora solo quedara el placer, limpio, sin nada más que demostrarnos.

Me dejo llevar de una manera que hacía tiempo no me permitía.

No pienso en cómo debo verme, ni en si mi respiración suena demasiado alta, ni en si el gemido que se me escapa es o no apropiado.

Simplemente lo siento, y lo dejo salir, porque esta noche he decidido que ser yo, sin editar nada, es la única versión que quiero ofrecerle.

Nill parece sorprendido de nuevo, y no por lo que hacemos, sino por cómo lo hago. Lo noto en la forma en que sus manos se detienen un segundo de más sobre mi piel, casi estudiándome, como si estuviera intentando entender algo que no termina de encajarle.

—Eres... —empieza a decir, y se queda callado, buscando la palabra, mientras sus labios bajan por mi clavícula sin prisa .

—¿Qué? —pregunto, sin abrir del todo los ojos, perdida en la manera en que sus manos recorren mi cintura.

—Tan real... —dice al fin, como si esa palabra le costara más que cualquier otra cosa que hayamos hecho esta noche—. No sé explicarlo mejor, me encanta cómo te dejas ser tú misma.

No contesto, porque no sé qué se supone que debería contestar a eso, y porque en ese instante encuentra un ángulo nuevo que me hace arquear la espalda contra él, olvidándome de la conversación por completo y arrancándome otro gemido.

Él tampoco parece necesitar respuesta. Sigue observándome mientras nos movemos, con una atención que ya no tiene nada que ver con la técnica ni con la urgencia, sino con una curiosidad genuina, casi maravillada, como quien descubre algo que llevaba mucho tiempo buscando sin saber que lo buscaba.

Yo me entrego a esto sin reservas, dejando que el placer suba sin control, sin medirlo, sin preguntarme si estoy dando la imagen correcta.

Clavo los dedos en sus hombros cuando la sensación se vuelve demasiado intensa para callarla, y él responde apretándome más contra sí, atento, casi obstinado en llevarme al límite antes de buscar el suyo propio.

Hay algo más en la manera en que me mira mientras lo hace.

No es solo generosidad, ni la satisfacción de saber que está haciéndolo bien.

Es otra cosa, algo que se le escapa por los ojos y que no sé si él mismo reconoce todavía: una especie de fascinación casi hambrienta, como quien presencia algo que no esperaba encontrar y no puede dejar de mirarlo.

Cuanto más me pierdo yo, más se pierde él en observarme perderme, como si m i entrega, tan sin adornos, tan sin ningún cálculo, fuera un idioma que llevara toda la vida sin poder hablar y de pronto, por fin, alguien se lo estuviera enseñando.

—Nunca había estado con nadie que disfrutara así, joder —murmura contra mi oído, con la voz espesa, casi como una confesión que se le escapa sin querer—. Sin fingir. Sin...

No termina la frase, y yo tampoco le pido que lo haga.

No sé con qué tipo de mujeres habrá estado antes, ni tengo derecho a imaginármelo con detalle, pero algo en su tono, en esa mezcla de asombro y desconcierto, me hace intuir que quizás está acostumbrado a cierta actuación, a cuerpos que se preocupan más por complacer o por verse perfectos que por sentir.

Yo no tengo energía para eso esta noche.

Ni ganas. Solo tengo ganas de sentir, de estar presente en mi propio cuerpo después de tanto tiempo viviendo fuera de él.

Cuando el placer me desborda de nuevo, lo hace con una intensidad que me deja sin aliento, y veo en su cara, mientras me observa llegar, algo parecido al vértigo.

No sé si es porque disfruta viéndome así, o porque presenciarlo lo obliga a sentir algo que no sabe todavía cómo nombrar, pero por un instante parece casi asustado de las ganas que tiene de seguir mirando.

Solo cuando me ve rendida del todo contra él, se deja llevar también.

Y lo hace sin la contención de antes, como si el miedo que le ha cruzado la cara un segundo antes solo sirviera para empujarlo con más fuerza hacia el mismo abismo, en lugar de alejarlo de él.

Ya no hay cuidado calculado ni atención medida: hay urgencia, hambre, un ritmo que se vuelve suyo del todo, con las manos firmes en mi cintura y la boca buscando la mía como si necesitara anclarse a algo real mientras se deja ir.

Hay generosidad incluso en esto, en la manera en que sigue pendiente de mí incluso cuando ya no piensa, incluso cuando el placer le nubla la mirada y aprieta la mandíbula intentando aguantar un segundo más.

Pero por debajo de esa generosidad hay algo que no había mostrado hasta ahora: fuego de verdad, esa parte de él que no calcula ni contiene, que simplemente arde.

Se deja ir con un gemido grave que le sale del pecho, con los ojos cerrados un instante antes de volver a abrirlos y buscar los míos, como si necesitara comprobar, incluso en el momento de mayor descontrol, que sigo ahí, mirándolo.

Cuando todo termina, se queda apoyado sobre mí, con la respiración deshecha y el peso de su cuerpo cediendo poco a poco, como si acabara de vaciarse de algo que llevaba mucho tiempo cargando sin saberlo.

Después, cuando la respiración se nos calma y el silencio vuelve a instalarse entre los planos desperdigados por el suelo, pienso que quizás él cree que esto le servirá para volver a vernos como amigos, para archivar esta noche como un paréntesis necesario antes de la normalidad.

Pero por la forma en que me mira, por la manera en que su mano se queda sobre mi cadera más tiempo del necesario, sospecho que ni él mismo se lo termina de creer.

Me sacude los pensamientos la vibración de mi teléfono sobre la mesa.

Saúl Peque, ¿todo bien? ¿Vienes a dormir aquí, o te quedas en casa de tu tía? Dime algo para dejarte llaves en la entrada bajo la maceta.

No sé qué contestarle. Pienso en si habrá preguntado también en el grupo donde están mis primos, y repaso rápido el grupo de «Chiquita armada». Silencio. Suspiro de alivio.

—¿Saúl? —pregunta Nill, mirando la pantalla de mi teléfono.

Asiento.

—Pregunta si voy o me quedo en casa de mi tía. Estaba preocupado. —Miro el reloj. Las dos de la madrugada.

—Es hora de volver —digo, con cara de que me apetece todo menos irme. Mientras estoy a su lado, lo que me espera mañana me parece menos difícil.

Él parece leerme el pensamiento. Coge mi teléfono y le escribe a Saúl.

Ali Me quedo a dormir aquí. Descansa. Mañana me dejará pronto Zule en tu casa, cuando se vaya a trabajar. ¡Buenas noches!

—Nill —le digo, dándole un empujoncito con la mano—. ¿Qué haces? ¿Dónde voy a dormir? Zule ya está en su casa y...

—Shhh. Déjame que te lleve a un sitio.

—Pero son las dos de la madrugada... —protesto, intentando convencerme a mí misma de que no es buena idea. No lo consigo.

Levanta los hombros, con gesto de resignación.

—Va, no me digas que no. Te va a gu star. Te voy a llevar donde voy cuando todo se pone difícil y necesito desconectar.

—¿Se está poniendo difícil? —le digo, irónica, sonriendo, consciente de que lo que acaba de pasar complica las cosas mucho más de lo que ninguno de los dos está dispuesto a admitir todavía.

Recoge los papeles rápido, y deja todo como si no hubiera pasado nada.

—Espera un momento aquí, necesitarás una cosa.

Se aleja, y lo escucho abrir muebles y cerrarlos con golpes rápidos. Vuelve con dos jerséis y una manta en la mano.

—Toma, ponte esto. Lo vas a necesitar.

Quiero preguntarle, pero antes de que pueda hacerlo, tira de mi mano. Cierra la persiana, y nos subimos a su coche. Cuando nos sentamos, vuelvo a intentar preguntar, pero no me deja.

—Mi niña, este es mi ritual de desconexión. Mi ritual, mis normas, ¿vale?

Lo miro alucinada. De repente parece habérsele ido el baifo. Le ha contestado eso a Saúl, y ni siquiera sé a dónde me lleva.

—Vale, vale, pero dime las normas.

—Solo hay una norma: disfrutar más que hablar.

—¿No puedo hablar?

—Claro que sí, pero a veces el silencio habla más que las palabras —dice, poniéndose la sudadera. Coge el móvil y lo conecta. Empieza a sonar la música.