Promesas de sal CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

Lo miro a los ojos, y luego a los labios, y después mi mirada se pasea por su torso, donde, pese a la camiseta, puedo dibujar los músculos debajo, los mismos que pude contemplar en Berlín y esta tarde en la playa.

Él coge mi mano y la deposita justo donde estoy mirando, dejando que compruebe lo que estaba viendo. Noto su respiración entrecortada.

—Ali... es mejor que...

Ahora soy yo la que no le deja terminar. Le tapo la boca con la mano, y con eso basta para que el «es mejor que» se quede a medias, perdido entre mis dedos.

Nill se queda quieto un segundo, mirándome con esos ojos grises que ya no disimulan nada, y despacio, sin prisa, retira mi mano de su boca solo para sustituirla por sus labios sobre los míos.

No es como el beso del mirador. Este nace de otra cosa. De la calma extraña de saber exactamente lo que estamos haciendo y, aun así, decidir hacerlo igualmente.

Sus manos, que hasta ahora dibujaban planos y corregían posturas de surf con una delicadeza casi profesional, ahora se mueven distinto.

Una sube por mi espalda hasta enredarse en mi pelo, la otra me sujeta la cintura como si llevara toda la tarde conteniéndose para no hacerlo.

Yo respondo apretando los dedos contra la tela de su camiseta, tirando de ella hacia mí, porque de repente la distancia entre los dos me parece una ofensa.

—Ali... —dice contra mi boca, en una advertencia que ni él mismo se cree.

—Cállate, Nill.

Y esta vez es él quien deja de resistirse.

Me levanta sin esfuerzo, sentándome sobre el borde de la mesa de juntas, entre los planos que hace un momento me enseñaba con tanto orgullo.

El portátil queda olvidado a un lado, la pantalla todavía iluminada con su sueño enterrado.

Sus manos suben por mis muslos con una lentitud que me desarma más que cualquier prisa, pasan por mis nalgas, y cuando llegan a mi cintura, tira de mí hacia el borde, hasta que no queda ni un centímetro de aire entre los dos.

El beso se vuelve más profundo, más hambriento, como si los dos lleváramos días conteniendo algo que ya no tiene sentido seguir negando.

Le muerdo el labio inferior, suave, casi jugando, y el gruñido bajo que se le escapa me confirma que ha sentido cada gramo de intención en ese gesto.

Le quito la camiseta sin pensarlo demasiado, y cuando mis manos por fin tocan lo que llevaban deseando tocar desde que salió del agua esta tarde, siento que se le corta la respiración contra mi cuello.

—Te mentiría si te dijese que no te había imaginado... así... —confiesa, con la voz rota, mientras sus labios bajan por mi mandíbula, por mi cuello, deteniéndose justo donde el pulso me delata.

Cojo su mano y la guío hasta mi pecho, sin decir nada, dejando que sea el tacto quien hable por mí. Él responde con un jadeo contra mi piel, como si acabara de recibir un permiso que llevaba toda la tarde esperando sin atreverse a pedir.

Él se aparta solo lo justo para mirarme, buscando en mis ojos algo que confirme que esto es lo que quiero, que no hay marcha atrás ni arrepentimiento esperando al otro lado.

Debe encontrarlo, porque lo siguiente que hace es quitarme la camiseta con la misma delicadeza con la que antes corregía mi postura en la tabla, como si cada gesto suyo, por instinto, necesitara ser cuidadoso conmigo.

El resto de la ropa desaparece entre manos torpes por las ganas y risas bajas cuando algo se resiste más de la cuenta.

Cuando por fin no queda nada entre los dos, hay un segundo de pausa, de esos que se sienten eternos, en el que bajo la vista sin poder evitarlo y trago saliva, consciente de golpe de cuánto me desea y de que esto va a ser tan intenso como imaginaba, quizás más.

Él nota mi vacilación y sonríe, con esa mezcla de orgullo y ternura que solo un hombre seguro de sí mismo puede permitirse.

Sus dedos rozan entonces un punto en mi vientre, una marca rojiza que me he hecho esta tarde sin darme cuenta, cortesía del roce con la tabla y de mis caídas poco elegantes. Se detiene ahí, acariciándola despacio, casi con reverencia.

—Vas a tener que ponerte camiseta o neopreno para la próxima clase, para que no te pase esto —murmura, sin dejar de mirarme—. Aunque sería una pena no poder apreciarte en bikini.

Su voz, ronca y baja, hace que el comentario suene menos a advertencia y más a promesa, y cualquier vergüenza que pudiera sentir por la marca se disuelve en cuanto sus labios la rozan, de jando un beso justo ahí donde antes estaban sus dedos.

—Vamos a ir despacito —murmura después, como si me leyera el pensamiento, apartándome el pelo de la cara con una caricia que contradice la urgencia de hace un segundo.

Me tumba sobre la mesa con cuidado, apartando los planos con el brazo sin mirar siquiera dónde caen, y se queda un instante suspendido sobre mí, sosteniendo su propio peso, observándome como si quisiera memorizar cada centímetro antes de continuar.

Enrosco las piernas en torno a su cintura, atrayéndolo hacia mí sin ninguna paciencia ya, y él me sujeta con una mano firme en la cadera, como si temiera que fuera a escaparme, aunque el gesto es suave a la vez, como si supiera exactamente cuánta fuerza usar para sostenerme sin hacerme daño.

—Mírame —me pide, con la voz espesa, casi rota, cuando noto que cierro los ojos—. Quiero que me mires, mi niña.

Lo hago. Y ese gesto tan simple, sostenerle la mirada mientras todo lo demás se acelera, tiene algo que me desarma más que cualquier caricia.

Hay una necesidad en sus ojos que no había visto antes, algo que ya no es solo deseo, sino la urgencia de quien lleva demasiado tiempo conteniéndose y por fin deja de hacerlo.

El calor entre los dos sube rápido, incontrolable, y pronto tenemos la piel húmeda, el pelo pegado a la frente, el aire de la sala convertido en algo denso y difícil de respirar.

Clavo las uñas en su espalda cuando el placer se vuelve demasiado para sostenerlo en silencio, y él responde con un jadeo grave contra mi oído que me r ecorre entera.

No aparta los ojos de los míos ni cuando el ritmo se vuelve urgente, casi desesperado, como si necesitara comprobar en mi mirada que sigo ahí, que esto es real, que no se lo está imaginando.

Nos movemos como si lleváramos tiempo aprendiendo el cuerpo del otro y no fuera la primera vez, y quizás eso es lo que más me asusta después: lo natural que resulta, lo poco que tengo que pensar para saber qué hacer con él.

El calor se vuelve húmedo entre los dos, la piel resbalando contra la piel con cada movimiento, y esa evidencia física de cuánto nos estamos deseando el uno al otro no hace sino empujarnos más rápido hacia el límite.

Pero cuando noto que se acerca el mío, Nill no acelera el ritmo buscando el suyo.

Al contrario, lo ralentiza, casi lo contiene, atento a cada cambio en mi respiración, como si estuviera memorizando el camino exacto para llevarme hasta ahí antes de permitirse a sí mismo llegar a ningún sitio.

—Así, mi niña —murmura contra mi oído, con una voz que ya no reconozco del todo, esa mezcla de ternura y control que solo alguien realmente concentrado en el placer ajeno podría sostener en un momento como este.

Cuando llego, lo hago con su nombre saliéndome de la boca sin que pueda evitarlo, y solo entonces, solo cuando me ve deshecha bajo él, se permite seguirme, con la frente pegada a la mía y la respiración hecha jirones.

Se queda ahí, dentro de mí, unos segundos más, y luego empieza a besarme el cuello, despacio, con esos labios que ahora se mueven con cuidado, como quien intenta apagar con ternura el mismo fuego que acaba de provo car.

Nos quedamos así un rato, respirando fuerte, con el sudor enfriándose despacio sobre la piel y el silencio de la oficina vacía envolviéndolo todo.

Ninguno de los dos dice nada. No hace falta.

Solo hay planos desperdigados por el suelo, un portátil con la pantalla apagada, y la certeza silenciosa de que hemos roto, sin decirlo en voz alta, cualquier promesa que hubiéramos podido hacernos.

—¿Te arrepientes? —me pregunta, aún apoyado en mi hombro, acariciándome la espalda con esa lentitud de quien no tiene prisa por moverse de ahí.

Niego con la cabeza. Llevaba mucho tiempo sin experimentar este deseo, esta pasión que no pide permiso.

—No me arrepiento. Quizás necesitábamos romper con la tensión acumulada para poder actuar con más normalidad ante todos y poder realmente ser amigos.

No es la respuesta que esperaba. Lo veo en la manera en que me mira mientras se pone el pantalón gris, con un gesto casi mecánico, como si su cuerpo hiciera lo de siempre mientras la cabeza se le hubiera quedado un paso atrás.

Está descolocado, y no por lo que acaba de pasar, sino por darse cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, no siente la necesidad de poner tierra de por medio.

Esa es la fama que tiene, y sin embargo...

Todo en él, la manera de vestirse despacio, de no apartar los ojos de mí, de quedarse ahí en vez de zanjar el momento con una broma, dice que preferiría no moverse de esta sala nunca .

—¿Crees que la tensión se ha ido, que ya no está? —me pregunta, de frente, con la mirada aún turbia, ese gris que ahora se ve más oscuro, casi de tormenta.

—Solo has conseguido despertarla más —contesto, sin pensarlo demasiado, y en cuanto lo digo sé que es lo más honesto que he dicho en toda la noche.

La tensión está lejos de haberse desvanecido.

Lo noto en la manera en que se acerca de nuevo, en cómo su cuerpo habla antes de que él decida nada.

No debería repetirse. Los dos sabemos que no debería, que forzar esto otra vez es jugar con fuego dos veces en la misma noche.

Pero me besa, despacio esta vez, sin la urgencia de antes, y yo le devuelvo el beso mirándolo fijamente, porque una parte de mí, la que lleva días diciéndole a la otra que pare, ha decidido callarse.