CAPÍTULO 20
ALI
El proyecto guardad o
La calle está a oscuras, pero lo veo apoyado en la parte delantera del coche después de ese «ven» y de haber colgado.
Lleva todo el día haciendo eso, no preguntarme, solo dando por hecho que haré lo que me pide.
Y aunque mi orgullo ahora mismo me dice que no me ha dado una buena razón para acercarme así, sin más, sé que se ha ofrecido a ayudarme mañana con Tamara. Y cedo. Claro que cedo.
Cuando llego a su altura, lo encuentro con un chándal gris que recuerdo bien, el mismo que llevaba puesto en Berlín, y una camiseta blanca, con las manos metidas en los bolsillos.
—¿No podías decirme por mensaje cómo habías quedado con Tamara? —digo, apoyándome yo también en el capó, a su lado.
—Pues sí, claro que podía. —Levanta la mirada y la clava en mis ojos—. ¿Le has contado a Saúl o a tus primos que vas a ir mañana a tu casa?
—Esa ya no es mi casa. Algún día sí que lo fue. Solo la sentí mía cuando mi madre aún estaba ahí. Cuando cada finde era una fiesta con mis tíos y primos.
—Claro que lo es. Solo que no vives en ella.
—Bueno, legalmente sí.
Mierda, no quería sonar tan triste, pero es la verdad, y así lo siento.
—Y no, no les he contado que iré mañana. Quiero afrontarlo sola. Necesito hacerlo. Si es cierto que olvida cosas, no creo necesario llegar todos a la vez y saturarlo de más.
Su mirada... Otro me estaría mirando con lástima.
Él en cambio, no. Lo hace con comprensión.
Supongo que haber pasado por la enfermedad de su padre le da unas tablas en el asunto que está claro que yo no tengo, y quizás sea por eso por lo que confié en él para contarle que quería ir sola.
Si se lo hubiese dicho a Saúl o a cualquiera de mis primos, estoy segura de que no me dejarían hacerlo así, aunque fuera solo por protección.
Se queda pensando un momento.
—Por eso aparqué aquí. Sospechaba que no le habías dicho nada al rubio. ¿Quieres subirte? Quiero que veas una cosa. Y si no le has contado nada y nos ve aquí, va a preguntar, o mucho peor, pensará mal de mí.
Dudo. No sé qué tendrá que enseñarme que no pueda mostrarme aquí mismo. Pero también entiendo lo que dice: si Saúl o Marco nos ven en esta calle a estas horas, se harán preguntas, y aunque no estamos haciendo nada malo, le he ocultado esto a todos. Subo sin decirle nada, solo asintiendo.
—Me gusta que te fíes de mí.
Sé que lo dice de verdad. Esas cosas se notan.
—Si vamos a ser amigos, me toca fiarme.
—Tu amiga Ana no piensa lo mismo. Hoy menuda tunda de pullitas me ha tirado la jodida...
—Ella les tira pullas a mis primos, a Saúl, a ti... En general a los hombres. No se fía de ninguno, y en especial de ti. No se lo tenga s en cuenta, acabarás cayéndole bien.
Me escucha, pero no dice nada. Arranca el vehículo y conduce, saliendo del Sauzal. Hay un silencio que no es incómodo. Coge la autopista y se desvía en la salida de La Victoria.
—¿Adónde me estás llevando?
No descifro adónde vamos. He barajado algunas posibilidades, pero ninguna me cuadra. Aquí, en este pueblo, no me suena ningún lugar donde podamos hablar, y menos a estas horas, cuando ya no queda nada abierto.
—Tranquila, ya casi llegamos, mi niña.
Trago saliva. Lo veo, se ha puesto tenso como un palo. El otro día también me llamó así. No lo había vuelto a hacer, y no se me pasa por alto. A mí no.
Antes de que pueda decir nada más, detiene el motor frente a una fachada con un cartel luminoso que dice «Construcciones Armas».
—¿Esta es la empresa familiar?
—Así es. Baja, hemos llegado.
Sale del coche y abre la persiana con el mando, luego la puerta. Yo paso, y la verdad es que algo dentro de mí se pregunta qué demonios hacemos aquí. La persiana se cierra detrás de mí, y debo poner cara de asustada, porque él me coge la mano.
—Tranquila, Ali. Cierro para que nadie moleste, no quiero que piensen que he decidido empezar a abrir por las noches.
Fuerza una sonrisa que le marca ese hoyuelo. Entramos en lo que parece una sala de juntas.
—Siéntate. Mañana he concertado la cita con Tamara a las cinco de la tarde. ¿Ya sabes cómo vas a ir, si no piensas decirle aún nada a Saúl, ni a tus primos, ni a Ana?
—¿Un taxi? Esperaré cerca, y cuando la vea salir, o tú me avises de que ya está aquí, entraré.
—¿Tienes llaves aún?
—Sí. Nunca me deshice de ellas. De todas formas, sé cómo entrar, aunque hubiese cambiado la cerradura.
Aún conservo la llave en mi cartera. Jamás la he quitado de ahí desde el día que me marché a Alemania.
—Vale, has pensado en eso, por lo que veo.
Pues así lo haremos. Intentaré alargar la reunión con ella lo máximo posible.
Tendrás que avisarme cuando hayas acabado, para ponerle fin a la reunión y decirle que lo he pensado mejor y que no firmo.
En todo caso, quiero que estés pendiente del móvil y nos vayamos informando de los movimientos. ¿Te parece bien?
—Sí. ¿Le has dicho tú algo a alguien... de esto?
—Solo a Lucía. Necesito su ayuda, ella es la que cita a los clientes y va a ver a Tamara aquí.
Intenta excusarse, y no lo juzgo, solo que no quería que lo supiese nadie más. Él se da cuenta y me coge la barbilla con la mano con suavidad.
—Eh, mi niña, Luci no dirá nada, no avisará a nadie. La conozco. Solo lo haría si se lo pidiésemos.
Vale. Decido fiarme de nuevo.
—¿Y qué es lo que me querías enseñar? ¿La oficina? ¿Aquí es donde nació el imperio Armas?
Se ríe.
—Dicho así suena raro. A mí me gusta llamarlo el proyecto de mi padre más que un imperio, aunque espero que te guste. Sé que muchos esperan una oficina ostentosa y no esto tan sencillo. —Alza las manos—. Pero no, no es la oficina lo que vine a enseñarte. Mira.
Se gira y saca su portátil de una mochila. Lo abre y se pone justo a mi lado.
—Siéntate, que te lo muestro.
Me siento, y él pone el ordenador frente a mí, colocándose detrás, agachado, para pasar las imágenes.
Analizo los planos que me muestra. No tardo mucho en descifrar el terreno: es el que fue mi hogar, con la continuación de los terrenos vacíos.
Pasa a la siguiente imagen, y empiezan a aparecer trazos y mediciones. Frunzo el entrecejo.
—¿Esto qué es?
—Soy el que dirige esta constructora, pero hace años me gustaba dibujar planos. Aún me gusta. Era mi sueño...
Noto el nudo en su garganta.
—Espera, ¿esto es el contraproyecto que tú viste en los planos que te presentó Tamara?
—Así es.
Los analizo, imagino, y cuando llevo un rato absorta, pasa a las siguientes imágenes, ahora hechas en 3D con algún programa de diseño, justo igual que las había creado mi imaginación.
—¿Te gusta?
Noto su aliento en mi cuello. Sé que es porque me ha hablado cerca, y aun así me desestabiliza, y de nuevo ese escalofrío que me recorre el cuerpo.
Ayer quedamos en ser solo amigos, y si me giro ahora, no sé si podré cumplir mi parte del trato, y la segunda oportunidad que le brindé la echaré por tierra yo misma.
—Nill, esto es... me has dejado sin palabras. Sabía qu e era tu sueño, pero dibujar y plasmar con tanto detalle... Lo haces como un arquitecto profesional... y...
Lo miro. Ahora sí me giro. Está muy cerca, y no retrocede ni un milímetro. Tiene una mano apoyada en la mesa y la otra en el respaldo de mi silla.
—Si algún día tengo dinero suficiente, si me cedes esto —digo, mirando el proyecto—, me encantaría llevarlo a cabo. Parece un buen sitio. Puedo imaginarme una vida con mis primos viviendo tan cerca... una casita para cada uno.
Me río, porque imaginarlo es bonito, pero es un sueño: ni yo ni mis primos tenemos dinero para eso.
—Bueno, bueno... —dice, irónico—. ¿Ya me quieres robar el proyecto?
La cara de satisfacción que tiene por hacerle saber que me gusta no tiene precio. Sé que valora que sea yo quien le diga que es una idea brillante.
—Te recuerdo que esas tierras son de mi familia.
Se acerca más.
—¿No decías que ya no era tu casa?
—Y aún no lo es. Lo fue.
Deposita un dedo sobre mi boca.
—Shhh. Algún día será tu hogar de nuevo.
Lo dice como quien sella una puerta que no quiere que se abra.
—Me alegra que te haya gustado. Una pena no haber podido comprarlo, pero resultó que la heredera es la mejor amiga de mi amigo...
Está jugando. Lo detecto al vuelo, y quiero det ener esto, juro que quiero, pero no puedo. Me levanto, poniéndome frente a él.
—Ah, ¿y no es amiga tuya?
—Me gustaría que lo fuese, mi niña, pero ser amigo de ella es complicado.
Habla de mí como si yo no estuviese delante, y entro al juego. Necesito entrar.
—Con Érica no es complicado. ¿Por qué es complicado con ella?
No me puedo creer que le haya soltado semejante sandez. Mierda, mierda, mierda.
Se muerde el labio a la vez que se ríe.
—Vamos, anda, te acerco a casa de Saúl. Prometí nada de besos, ¿te acuerdas? Y ser amigos.
Se gira y comienza a andar hacia la puerta.
—No me has contestado. ¿Por qué es difícil conmigo?
Mi tono cambia. Quiero que me conteste, y no pienso irme sin tener una respuesta.
Se vuelve hacia mí, me coloca con suavidad una mano en la nuca y la otra en la cintura, acercándome mucho a él. Intento coger aire, un aire que apenas me llega a los pulmones. No me esperaba esta respuesta.
—Por esto es difícil. Porque jamás he tenido las ganas de besar a Érica como ahora tengo de besarte a ti, y si me lo pones más difícil, no voy a poder cumplir mi promesa.
Noto cómo aprieta el puño junto a mi cintura, cómo se contiene. Yo, sin embargo, llevo demasiado tiempo sin sentir nada por nadie, y necesito saber hasta dónde soy capaz de llegar de nuevo .
—No me gustan las promesas, Nill.
Se pasa la mano por el pelo, desesperado. Esta vez soy yo la que la situación me sobrepasa, y lo agarro de la cintura, notando sus músculos bajo la tela.
—No me prometas nada. Yo tampoco lo haré. Las promesas solo deben hacerse si se van a cumplir.