Promesas de sal CAPÍTULO 18 #8
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CAPÍTULO 18 #8

De camino a casa, Lucía va un rato en silencio, hasta que llegamos a la cuesta de La Villa y ya no se aguanta más. Conozco a mi hermana. Ha estado buscando la manera de decirme lo que quiere escupir desde que salimos del Socorro.

—¿Te puedo preguntar de qué hablabas con Ali en la orilla, cuando estábamos todos en el agua?

—Nada del otro mundo. Que no sabía surfear, me contaba cómo fue la reunión con Irma y tal.

—¿Y tal? —Me mira con cara de que esa es una respuesta de mierda.

—Mañana irá a ver a su padre, y me he ofrecido a ayudarla.

Me mira extrañada .

—¿Ayudarla tú, en qué?

—No quiere que Tamara esté en su casa, así que la tengo que citar. ¿La llamas tú para que no sospeche nada raro? Siempre llamas tú a los clientes para citarlos —le digo, fijando la mirada en la carretera.

—¿Y qué le digo?

—Que voy a firmar el acuerdo de las tierras.

Los ojos casi se le salen de las órbitas.

—¿Cómo que vas a comprar los terrenos? ¿Tú estás loco? Pero si parece que...

No la dejo acabar.

—Eh, eh, Luci, afloja. No voy a comprar nada, es solo una estrategia para que Ali pueda estar a solas con su padre. Solo la estoy ayudando.

Frunce el ceño y arruga la nariz.

—De eso hablabais en la orilla... —Se queda en silencio unos segundos—. ¿Y desde cuándo te importa tanto Ali?

Algo dentro de mí se remueve.

—No me importa tanto, Luci. Lo hago por Saúl, es su amiga.

—Sí, sí, claro. A ver, Nill, ¿tú te crees que yo me caí de una higuera? Que veo cómo la miras y cómo te preocupas...

—Estás flipando, hermanita. Nada de eso.

—Vale, lo que tú digas.

Seguimos en silencio el resto del trayecto. Lucía mira por la ventanilla con la cara de quien ha dicho lo que tenía que decir y ahora espera, paciente, a que la realidad le dé la raz ón. Yo finjo concentrarme en la carretera, en las curvas que tomo cada día sin pensar apenas.

Atracción. Tiene esos ojos marrones que miran directos y sin rodeos.

Tiene un cuerpo que sería difícil no mirar.

Y es la arquitecta más brillante con la que he trabajado, ya lo pensé la primera vez que me resolvió un problemón por teléfono, uno que casi me cuesta caro, y lo confirmé viéndola desenvolverse en la obra de Berlín como si el edificio le hablara solo a ella. Cualquiera se fijaría en alguien así.

Zanjado. No hay más vueltas que darle.

Lucía ya no me mira a mí, mira al frente, con esa media sonrisa de quien sabe algo que prefiere no decir dos veces.

Después de haberme duchado y de cenar algo ligero, mi hermana me confirma que ha logrado citar a Tamara. Ha picado de lleno. Son las 22:30 cuando decido mandarle un mensaje a Ali. Gracias a su primo Adrián, ya no tengo que escribirle por correo; al crear el grupo, me dio acceso directo a su móvil.

Nill Hola, Ali. ¿Al final fuiste de visita a casa de tus tíos? Disculpa la hora, pero Tamara ha picado y quería saber si podemos cuadrar lo de mañana.

A los cinco minutos me sale como leído. Tarda un poco en contestar. La palabra «escribiendo...» aparece y desaparece varias veces en mi pantalla. Son más de las once cuando por fin llega su respuesta .

Ali Sí, aquí estamos. Dailo avisó a todos y menuda han liado. Dime, ¿a qué hora la has citado?

Nill ¿Saúl está contigo también?

¿Qué coño hago? Quiero decírselo, pero no así, no por WhatsApp. Quiero verla. ¿Por qué no se lo digo y ya está?

Ali No, Saúl está en su casa. Me acercó Ana.

Silencio. Escribo, borro, vuelvo a escribir. Así varias veces.

Ali ¿Pasa algo?

Nill ¿Te vas a quedar a dormir en casa de tu tía?

Ali Me estás asustando con tantas preguntas. ¿Me quieres decir qué pasa? Me acercará alguno de mis primos a casa de Saúl en breve.

Nill Ok. Cuando llegues a casa del rubio, avísame. Estaré por fuera, ahí te cuento.

No le digo más. Simplemente eso, sin dejarle opción a decir que no o a poner una excusa. Ni siquiera le pregunto si le parece bien. Bloqueo el teléfono y cojo las llaves del coche.

—Hijo, ¿dónde vas a estas horas? Son casi las doce.

—Mamá, voy a casa de Saúl, que tenemos que hablar de unas cosas.

—¿De trabajo a estas horas, cariño? Déjalo para mañana...

—Es importante. Tú descansa, ¿va le? Si pasa cualquier cosa o me necesitas, me llamas.

—Vale, hijo. Ten cuidado con el coche, y mucho fundamento.

Me dice, dándome un beso de buenas noches. Acabo de mentirle a mi madre, porque no hay ninguna razón de peso que requiera que salga a estas horas. Nada que no pudiera resolver con un mensaje. Sin embargo, cierro la puerta y voy hasta casa de mi amigo.

Aparco en un apartadero un tanto escondido, un poco antes de la casa del rubio, y espero. Después de un rato, veo los faros de un coche iluminar la calle. Tiene que ser Ali; a estas horas no pasan muchos por esta urbanización.

Un coche gris para a unos metros de la casa. Ali baja y se despide de Zule. Cuando esta se marcha, ella mira su móvil, y aprovecho para llamarla.

—¿Nill?

—Ali, escucha, estoy a unos metros. ¿Me ves? —digo, saliendo del coche, alzando el brazo para que me vea.

—Pensé que estarías dentro.

—Ven —le digo, señalando mi coche.

La veo acercarse en la oscuridad. Nadie me ha pedido que esté aquí, y sin embargo una fuerza que ni yo mismo comprendo me ha empujado a estarlo.