Promesas de sal CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

NILL

La verdad y sus grietas

Me dirijo hacia el baño, sinceramente, solo a buscar la oportunidad de decirle que tengo algo que contarle. Y hacerlo me quita la tensión que llevo acumulada todo el día, como quien afloja por fin un nudo que llevaba horas apretando el pecho.

Pero al retenerla por el codo he vuelto a sentirlo.

Esa electricidad que noté en Berlín, o en la obra cuando ella apareció como estudiante.

Sigue ahí. No se ha ido a ninguna parte.

Y ahora que sé que la voy a tener cerca, que va a formar parte de mi círculo, debo andarme con cuidado.

No quiero crear mal rollo, y menos ahora que parece que su grupo y el mío acaban de encajar tan bien.

Cuando llego a la mesa, ese pensamiento cobra realidad.

Están haciendo planes para ir a surfear.

No digo nada, no quiero fastidiar el momento, aunque la realidad es que dudo que pueda ir.

Cancelar la agenda entera de hoy me va a pasar factura durante días.

Admiro cómo mi hermana está diciendo que, aunque no duerma, aunque tenga que trabajar toda la noche, no piensa perdérselo.

Me gustaría ser más como ella. No ser tan responsable. No sentir constantemente el peso de fallarle a mi padre y a mi propio propósito de hacer crecer el negocio familiar.

Todo esto lo hago por él y por mi familia.

Yo solo quería ser arquitecto, como mi amigo.

Cuando mi padre enfermó, cogí las riendas de este barco, y desde entonces no me he permitido soltarlas ni un segundo.

Ahora no puedo fallar. No sé cómo lo voy a hacer, porque por alguna extraña razón quiero unirme al plan.

—Hermanito, te va a tocar aprender a delegar un poco. La vida es esto que pasa mientras tú te cargas demasiado a las espaldas. —Lucía se inclina hacia mí y lo dice bajito, para que el resto no lo perciba—. Papá ya está orgulloso, la empresa va bien. Disfruta un fisco.

Una vez más me lee el pensamiento. Al final voy a terminar creyéndome ese vínculo mental que dicen que tenemos los mellizos.

Aprieto los labios. Tiene razón. Sé que la tiene. Pero saberlo y hacerlo son dos orillas distintas del mismo río, y yo llevo años quedándome en la equivocada.

Saúl está en su salsa. Desprende alegría por cada poro de su cuerpo, y ahora que estamos todos, como un equipo que pareciera llevar años unido, esa postura relajada suya se instala en él por completo.

Y eso que Ana no se lo pone fácil, con sus pullas constantes y sus sarcasmos.

No se queda corta con ninguno, esa muchacha.

A mí ya me ha lanzado un par de directas sin contemplaciones que, lejos de molestarme, me hacen gracia, porque he entendido que esa es su manera de demostrar lo que de verdad le importa.

Ana parece de esas personas que dicen todo lo que tienen que decir a la cara, y eso me parece mucho más transparente que los que te abrazan con el cuchillo preparado, para atacar cuando te giras .

Ali parece más relajada, aunque la preocupación sigue agazapada en su mirada.

Y parte de eso es culpa mía, pero tenía que decirle que tenemos que hablar.

No se me pasa por alto cómo su prima la calma, ni cómo, pese a todo, estar aquí le sienta bien, como le dije hace un momento.

Está diferente. Es la misma, pero en Berlín no veía eso que ahora empieza a brillar en ella, como si la distancia hubiera robado la luz de su mirada.

Marco, que lleva un rato distraído con el móvil sin parar de teclear, finalmente suelta lo que llevaba tramando:

—Bueno, gente, mis padres han organizado —como si no lo hubiera planeado él, que ya lo conocemos, es el más activo del grupo, el creador de planes oficial— una cena en casa, y no acepto un no por respuesta. Que llevan un rato los pobres liados con la comida. Barbacoa y musiquita.

Los primos de Ali se miran entre ellos. Lo veo enseguida.

Demasiada invitación. Están abrumados, y no van a decir que sí.

Reconozco esa incomodidad porque la viví yo mismo hace años con Marco y Saúl, cuando me invitaban a todo, antes de que la empresa fuera lo que es hoy.

La dignidad de quien no quiere deber nada a nadie.

—No se les puede decir que no a los padres de Saúl —intervengo—. La comida de la playa la llevan ustedes, y en paz. —Intento que no sientan que lo ponemos todo nosotros.

—Pues solo voy con esa condición y añadirle unas garimbitas bien fresquitas. Yo les preparo la comida y la recogen en el bar, aunque yo no pueda ir. Érica, deja las tortillas para otro día —dice Adrián.

—¡Hecho! ¿Eso quiere decir que habrá más planes?

Marco, colega, ya tienes en qué pensar. —Érica, que sabe que Marco es el que organiza todo, está la mar de contenta, y le choca la mano antes de retirar los vasos vacíos.

Es la que más le sigue el rollo, son tal para cual—.

Qué pena que no puedas venir, tendremos que organizar otro plan para que puedas unirte otro día —le dice a Adrián.

Él no sabe muy bien cómo encajar eso. Se queda un segundo fuera de juego, justo cuando creía tener la situación controlada.

—Pues tendrás que darme tu número, Eri. —Adrián se lo suelta con tal confianza que la deja paralizada, y antes de que ella recomponga el gesto, remata—: Para el grupo de WhatsApp que estoy creando, no pienses mal, que no quiero que creas que quiero tu número.

Voy a meterlos a todos, y así podemos hablar por ahí.

Este tío tiene calle. No se me pasa cómo mira a mi amiga, cómo ha creado el grupo y cómo, además de disimular su interés, ha metido a todos en el mismo saco.

Y podría decir que lo hace porque le hemos caído bien; sin embargo, algo me dice que es una manera desesperada de anclar a su prima aquí.

De asegurarse de que no se vuelva a marchar.

En menos de dos minutos, Adrián ha creado el grupo. Lo ha llamado «Chiquita armada» y nos va metiendo a todos, uno por uno. Ni Érica ha sido capaz de negarse.

Este tío me cae bien. Lo que no sé es si la combinación de Marco, él, Lucía y Érica es tan ideal. Como sean igual de participativos en las escapadas que organizan, nos van a llevar a todos de cabeza.

Cuando el sol empieza a esconderse, nos levantamos para irnos. Nos organizamos para ir hasta casa de Saúl, yendo yo delante para guiar a los primos de Ali. Me despido de Érica con un abrazo, como siempre. Ella se pega a mi oreja.

—Me cae bien esa chica. Encima de pasar de ti, se ve buena tía. Igual me precipité al decir que escondía algo, que tenía dobleces... Todos escondemos algo. Pero no parece que lo suyo sea tan malo. Me gusta.

Me aparto un poco y, casi en un susurro, alcanzo a decirle:

—A mí creo que también me gusta, pero...

No me deja terminar.

—Ni de coña, Nill. No la cagues, que me encanta el grupo tan guay que se está formando. Por favor... Que no quiero que la dejes igual que a Sara. Por cierto, soluciona eso de una vez.

Asiento, dándole un beso en la mejilla.

—Que sí... Eres muy pesada.

Me da pereza, porque por más que le he explicado a Sara que solo somos follamigos, y ella al principio estaba más que de acuerdo, ahora ha cambiado de parecer y se ha obsesionado.

Dice que detrás de mi coraza estoy enamorado de ella, que está segura de que me hará cambiar de idea.

Y lo dice con tanta convicción que casi me da lástima, porque no hay coraza que esconda lo que sencillamente no existe.

Unos minutos después de salir, tras pasar primero por El Bohío a pillar unos refrescos y unas cervezas, llegamos a casa del rubio. Ali baja del coche con Pepe Luis en brazos y los demás ayudamos con las maletas de los tres.

Ana no para de hacer comentarios sobre la casa.

Y no la culpo. La calle baja estrecha entre vallas de madera vertical sobre muros de piedra volcánica, con la vegetación desbordándose por encima, plataneras y palmeras típicas del paraíso asomando como si el jardín no cupiera dentro de sí mismo.

Dailo tiene buen ojo para la construcción, veo en él lo que veía en mí.

Es albañil, sí, pero expresa ese interés y ese conocimiento innato por la arquitectura que yo mismo tuve en su día, antes de cambiar los planos por el cemento y las citas con clientes.

Ali va con cara de asombro, y no es para menos.

La casa de los padres de Saúl es increíble.

Un volumen de líneas rectas, cubos blancos encalados que se abrazan a muros de piedra seca y madera de teca, encaramada sobre la ladera con el Atlántico abriéndose a sus pies.

Zule no suelta a Ali, y escucho cómo le dice por lo bajini que su tía Marga no se va a tomar bien que, en lugar de ir a su casa, se quede aquí.

Otro dato más de que el problema nunca fue su familia.

Ali le responde que no quiere molestar, que necesita poner las ideas en orden.

—Tienes que ir a verlos —le repica Zule.

—Iré, Zule, iré. Nadie tiene más ganas que yo, créeme.

Atravesamos la casa y, cuando llegamos a la zona de barbacoa y piscina, los silbidos y los halagos de la familia de Ali y de Ana no pasan desapercibidos.

La terraza se abre sobre los acantilados del Sauzal, con una piscina de borde infinito cuyo revestimiento verde se funde con el mar, rodeada de vegetación tropical, y una cocina exterior de piedra volcánica bajo una pérgola de listones de madera, con lámparas de fibra trenzada colgando y una mesa larga de madera rústica preparada para todos nosotros.

Es lujo, sí, pero del que no grita. Del que se disfruta sin pedir perdón.

Los padres de mi amigo se presentan, y cuando llegan a Ali, la abrazan y le agradecen que ayudara a su hijo con los estudios, que lo animara a seguir con la carrera cuando sus ganas flaqueaban.

—De buena mano sé lo brillante que eres como arquitecta —le dice Ludwig—. No dudo que te será fácil encontrar trabajo.

Ella se lo agradece y les sonríe, pero por su mirada sé que está deseando conocer lo que tengo que contarle. Que la cortesía le pesa como un abrigo mojado.