CAPÍTULO 18 #7
Sonríe, relajada.
—Me temo que me perdí esta faceta de mis primos mientras seguía con mi vida en la ciudad.
—Bueno, siempre estás a tiempo de aprender.
—Me parece difícil, y súper chulo. Estar ahí, en cima de la tabla, en medio del océano.
—Lo es. Es importante mantener el equilibrio, y saber esperar la ola perfecta.
—Supongo que, si me quedo por aquí, tendré que aprender. No pienso quedarme siempre sola en la arena.
—Yo puedo enseñarte lo básico. Así habrás adelantado algo.
Desvía la mirada de nuevo. No consigo adivinar si quiere o no, y eso me descoloca más de lo que debería. Ayer quedó en darme una oportunidad para no volver a cagarla. No tengo pensado repetirlo. Solo quiero enseñarle lo básico para que pueda divertirse con el resto.
Dirijo la vista al punto exacto donde ella mira.
Ahí están sus primos y mis amigos. Levanto la mano y los saludo.
Me quito las gafas de sol y las dejo sobre el bolso de mi hermana.
Cuando vuelvo, Ali sigue mirando el mar.
Me coloco de nuevo a su lado, relajando también la postura, con los brazos sobre las rodillas.
—¿Qué tal ha ido la reunión con Irma?
—Ha ido bien. Parece tener todo controlado, aunque tanto término legal asusta. He firmado los documentos que necesitaba. Ahora solo me queda saber cómo está mi padre.
Su mirada es serena. Las sombras se están disipando; se nota que estar rodeada de los suyos le devuelve una confianza que le llega hasta los ojos y hasta la postura.
—¿Ya tienes claro cuándo vas a ir a verlo?
Calcula la respuesta. Por la manera en qu e lo hace, sé que está sopesando si confiar en mí para contármelo o no. Finalmente habla.
—Quiero ir mañana. Entrar en mi casa y hablar con mi padre. Solo así sabré qué está pasando.
—Supongo que te da un poco de miedo, ¿no?
—Creo que ya he asimilado que su salud no es la que tenía cuando me fui.
Lo que temo es el enfrentamiento con su mujer.
Me trató muy mal, fue uno de los motivos por los que decidí alejarme y estudiar en Berlín.
No sé cómo reaccionará ella, ni cómo reaccionaré yo.
Me inquieta, aunque sé que tengo que hacerlo.
Pienso rápido en cómo ayudarla. Es amiga de Saúl, casi de la familia ya, y eso me da la excusa perfecta para no tener que explicarme demasiado ni conmigo mismo.
Si fuera solo eso, sería sencillo: uno cuida de los suyos, y ella ya es de los nuestros.
Pero hay algo más en las ganas que tengo de resolverle esto, algo que no encaja del todo con la etiqueta de amiga de un amigo, y que prefiero no ponerme a examinar ahora mismo.
Total, ayudar a Ali es ayudar a Saúl, me digo, aunque una parte de mí sepa que me estoy sirviendo de esa excusa para no reconocer que últimamente pienso en ella mucho más de lo que un simple gesto de cortesía necesitaría.
—Si me estoy metiendo donde no me llaman, me lo dices. ¿Qué te parece si cito a Tamara en mi oficina, así puedes tener la privacidad que necesitas con tu padre?
Me mira perpleja, con ojos de agradecimiento.
—Eso es perfecto. Pero ¿con qué motivo la vas a citar para que vaya?
—Le diré que estoy interesado en firmar cuanto antes. Seguro que viene.
—Ojalá funcione.
Veo cómo el agobio le crece en la postura, menos relajada de golpe, y la inercia me lleva a sacarla de ahí. Me levanto de un salto.
—¿Te vas a meter? —pregunta, sorprendida.
—Un momento solo.
Le tiendo la mano para ayudarla a levantarse. Creo que la va a rechazar, pero la coge y se pone en pie frente a mí.
—Pon la tabla sobre la arena. Es la hora de la primera clase.
Sin darle tiempo a rechistar, me zambullo en la orilla para refrescarme un poco. Lo necesito. El frío del Atlántico ayudará a frenar todo lo que ella despierta.
Cuando salgo del agua, ella ya se ha quitado el pantalón corto y la camiseta, y por un segundo no sé muy bien dónde meter los ojos.
No es que no haya visto un bikini antes, en la playa hay decenas alrededor, pero hay algo en que sea ella, en la manera en que la brisa le mueve el pelo mientras espera de pie junto a la tabla, que me hace sentir que estoy invadiendo algo que no debería mirar tan de cerca.
Aparto la vista un instante, finjo comprobar la cera de mi propia tabla, y me digo que solo le voy a enseñar un poco para que pueda pasárselo bien, como todos. No cuela ni conmigo mismo.
—Buena alumna. ¿Estás preparada?
Clava sus ojos en los míos.
—Sí, pero tengo una condición.
—Tú dirás.
—Nada de besos.
Tiene la mirada fija en mí y la media sonrisa puesta, así que me la tomo en serio.
—Nada de besos —digo yo, riendo también, levantando las manos en son de paz.
—Lo primero es la posición de tumbado. —Le señalo el centro de la tabla—. Túmbate ahí, con el pecho un poco menos adelantado de lo que crees necesario, si no la tabla se hunde por la punta.
Se coloca, y yo me agacho a su lado para corregirle la postura antes de pensarlo dos veces. Le pongo una mano en la zona baja de la espalda, empujando muy suave hacia arriba.
—Un poco más aquí. Así.
Se queda quieta bajo mi mano, y yo tardo un segundo de más en retirarla.
—Ahora las manos, aquí, a la altura del pecho, como si fueras a hacer una flexión.
—Le coloco los dedos en el sitio exacto, rozándole los nudillos—.
Cuando yo diga ya, empujas fuerte hacia arriba y llevas el pie derecho hacia delante entre las manos, de un solo movimiento.
No lo pienses, el cuerpo lo sabe hacer solo si no lo frenas con la cabeza.
—Como en la vida —dice, sin mirarme, con media sonrisa.
No contesto. Me estoy quedando sin frases hechas que no suenen a otra cosa.
—Va, prueba en seco.
Lo intenta. Se tambalea, se ríe de sí misma, cae de rodillas sobre la arena. Yo la sujeto por la cintura antes de que se desplome del todo, un acto reflejo que no debería sentirse tan bien.
—Otra vez —le digo, con la voz más ronca de lo que pretendía.
Lo repite. Y otra. Cada vez que corrijo algo, cada vez que mi mano se posa en su hombro, en su cadera, en el arco de su espalda para enderezarla, hay una fracción de segundo en la que los dos nos quedamos quietos de más, como si el gesto durara más de lo estrictamente necesario para enseñar a alguien a ponerse de pie sobre una tabla.
El pulso se me acelera cada vez que la toco.
Me meto en el agua cuando veo que el mar empieza a calmarse mientras baja la marea. Le digo a Ali que pruebe, y ella, decidida, entra con la tabla en la mano. La ayudo a subirse y le repito los pasos. Después me alejo un poco, para dejarle el espacio que necesita para practicar.
Lo intenta una y otra vez. Consigue ponerse de pie sobre la tabla, pero se cae, primero una vez, luego otra, y no deja de intentarlo. Me sorprende su constancia.
Es Érica quien me saca de mis pensamientos.
—¡Nill! Has podido salir antes, vaya, vaya... Y por lo que veo te has quedado sin tabla. Toma, te dejo esta, yo salgo un rato, que llevo los dedos arrugados como pasas.
Me da dos besos, y en ese momento veo a Ali caerse, esta vez de forma brusca.
—Menudo profesor, don Juan. Por lo que se ve, lo tuyo definitivamente es la obra, ¿eh? —suelta Ana—. Aliii, déjalo ya por hoy, mañana estarás hecha polvo.
Ella contesta que no, subiéndose de nuevo. En un momento, todos empiezan a acercarse, animándola entre gritos y jaleo.
—No te pases, Nill, que te he visto —dice Saúl, con voz acusadora, tan cerca de mí que nadie más puede oírlo—. Mira que Ali es Ali...
—Es mi amiga también, ¿o solo tú tienes derecho a serlo?
Le hago el comentario a Saúl, quitándole hierro, y me voy mar adentro. Ya no quedan olas grandes que surfear. Cojo un par pequeñas, y luego me siento sobre la tabla, intentando poner en orden mis pensamientos. Cuando el pulso se me calma, salgo del agua.
Ya están todos fuera. Zule da brinquitos discretos; se nota que le ha hecho muchísima ilusión que Ali le acaba de decir que luego pasará por su casa, para visitar a sus tíos. Dailo no tarda en llamar para contar la noticia a sus padres, y luego a los de Adrián.
—¿Cómo te fue en el despacho esta mañana, hermanito? —le pregunta Marco al rubio.
Este pone mala cara, y no me extraña. Sé que no era la opción que él había barajado para su futuro. Prefería quedarse en Berlín. Pero cuando Ana pasa por delante de él para abrir la nevera y sacar cervezas, le cambia la cara.
—Fiera, me estás tapando la puesta de sol —dice Saúl, riéndose, con esa maldad tan suya.
Ella coge un hielo y se lo lanza, pero me llega a mí.
—Oyeee, ya sé que te caigo mal, pero yo no tengo nada que ver con los piques de ustedes...
—No me caes mal, don Juan. Solo s é de qué pata cojeas, y no quiero que le pongas las manos encima a mi peque. Te faltarán a ti pibas para eso.
—Tú a mí tampoco me caes mal, fiera —le digo, guiñándole un ojo en plan colegueo.
Al llamarla como lo hace Saúl, este me mira mal, lo que me hace soltar una carcajada.
—Haya paz... —dice Érica—. ¿Nos hacemos una foto todos juntos antes de irnos?
Nos colocamos y hacemos la foto, que manda al grupo de inmediato. Recogemos y nos despedimos en el aparcamiento. Cuando Ali me da dos besos, me susurra:
—Ya me dices si Tamara acepta, por favor.
Asiento. Lucía se vuelve conmigo a casa; el resto se distribuye entre el coche de Ana y el de Dailo.
No se me pasa por alto que Ali no ha comentado nada a sus primos sobre lo que hemos hablado, y una parte de mí se alegra de que haya depositado su confianza en mí, pese a las constantes advertencias de Ana.