Promesas de sal CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

Los primos de Ali no paran de contarle cosas mientras nos traen pan con almogrote, agua, vino y Seven Up. En estos sitios esto es lo que hay de beber en la carta, y nadie pregunta nada más .

Tardamos un buen rato en ponernos de acuerdo con la comida porque Ana le encuentra peros a todo.

Es superintensa y, aun así, despierta en su amiga una actitud totalmente distinta a la que conocí en Alemania.

Ali está más relajada, algo diferente, como si la felicidad empezara a instalarse en su cuerpo poco a poco, sin prisa, igual que entra el sol por una ventana que se abre despacio.

En algún momento se levanta a saludar a una de las camareras, una chica con el pelo negro recogido en una coleta alta.

Por cómo hablan, por la confianza con que se cogen de las manos, deduzco que se conocen de hace años, del instituto quizás, o de la universidad antes de que Ali se fuera.

Auxi, la llama. Los ojos de Ali, mientras hablan, tienen algo que no le había visto hasta ahora: una ilusión sin guardia, sin cálculo, la de alguien que reconoce un pedazo de su propia historia todavía intacto.

Y la otra la mira con un cariño que lleva guardado desde hace tiempo, esperando el momento de sacarlo.

Hay algo en esa escena pequeña, casi de fondo, que la ancla a este lugar más que cualquier paisaje que hayamos cruzado en el coche.

Si dijese que no la estoy mirando de más, mentiría.

Porque verla así, con ese pelo ondulado suelto y el mar de fondo, la hace todavía más guapa de lo que es.

Más natural. Como si en Berlín hubiera vivido una versión temporal de sí misma y aquí, entre esta mesa, este patio y esta gente, estuviera la verdadera Ali.

En ese instante siento un codazo de Saúl en el costado.

—¿Qué haces?

Cuando me giro hacia él, me dice que cree que me están llamando, señalando el móvil. Efectivamente, me llaman. Me disculpo y salgo a la calle.

Me siento en un banco de cemento pegado a la fachada del guachinche.

No he colgado del todo cuando una de las camareras, sin que yo le haya pedido nada, me deja un vaso de agua fresquita al lado con una sonrisa breve, de esas que no buscan nada a cambio.

Es algo que llevo viendo toda la vida y que nunca deja de sorprenderme un poco: esa amabilidad que aquí no cuesta nada y que en otros sitios sería casi un lujo.

Es un cliente. Atiendo la llamada, resuelvo lo que necesita resolver, cuelgo.

Tengo un mensaje de Saúl.

«Estás superraro. Te conozco demasiado bien. Ya me contarás qué es esto tan importante como para que decidas evadirte con nosotros y posponer el trabajo».

Mis dedos contestan rápido, casi sin pensarlo:

«Es un asunto que tiene que ver justamente con tu amiga. Casualidades de la vida, Tenerife es un pañuelo. Si no te importa es algo muy personal, y creo que debe saberlo ella primero. Que no note nada, no es el momento, está de bienvenida con sus primos».

Justo cuando le doy a enviar, veo acercarse a mi hermana y a Marco.

—¿Ya comieron? —pregunta Lucía .

Me da un abrazo y su habitual beso en la mandíbula. Es algo que hace desde que éramos bien pequeños, un gesto que solo tiene ella y que no ha cambiado en todos estos años. Marco es más práctico: me choca la mano juntando su hombro al mío y la palmadita con la otra mano en la espalda.

—No, acaban de pedir... ¡Vamos!

—Cancelé todo como me pediste. Mañana y pasado tienes unos días apretados de agenda, hermanito.

—Lo sé. —La abrazo por los hombros y nos adentramos en el guachinche.

—¡Joder, otra vez esa tía! —Lo dice mirando mi móvil, que ha vibrado en mi mano, mostrando su nombre.

No pregunta nada. Entramos.

Saúl hace las presentaciones de nuevo, esta vez de Lucía y Marco.

La cara de Zulema al ver a Marco es todo un poema, y no la juzgo.

Seguro que no esperaba que el hermano de Saúl fuera mulato, con esos ojos verdes que parecen no encajar con nada y encajan con todo a la vez.

Mi amigo y él son el yin y el yang. Siempre lo han sido.

—¡Yo soy el adoptado! —dice Marco, divertido, al notar la mirada curiosa de Zulema.

Ella asiente y es incapaz de contestar. Que Marco la haya calado de esa manera la ha avergonzado, y la rojez que le sube a las mejillas. Los demás hacemos como si no nos hubiésemos dado cuenta y sacamos temas varios, haciendo que ella relaje nuevamente la postura .

La fusión del grupo parece encajar a la perfección cuando empiezan a traer la comida.

El pulpo con papas arrugadas. Los bubangos rellenos de atún.

Las croquetas doradas y crujientes, de esas que desaparecen del plato antes de que nadie las haya contado.

La carne de cabra, con ese aroma que se mete por toda la terraza y que para cualquiera de fuera sería difícil de entender y para nosotros es, sencillamente, algo tan normal y nuestro que no necesita explicación.

La ilusión en la mirada de Ali mientras todo esto va llegando a la mesa es la de una niña pequeña. Come con un sabor y una entrega dignos de alguien que echaba de menos cada uno de estos matices sin habérselo permitido reconocer.

La guinda final llega cuando la camarera nos trae unas timbas de postre.

Casa Ramón es de los pocos sitios que mantienen la esencia de los guachinches de verdad, esos que cada vez más se han convertido en simples restaurantes con nombre bonito y carta plastificada.

Aquí no. Aquí todavía huele a comida casera, a vino de la zona, a familia.

Que estemos sentados bajo un parral y el suelo sea de gravilla es otra señal de que aquí perder la identidad no es ni de lejos una intención.

Miro la mesa entera. Saúl riéndose con algo que ha dicho Dailo. Ana lanzándole una pulla a Marco que él recoge sin pestañear. Lucía hablando con Zulema como si se conocieran de toda la vida. Adrián robándole una croqueta a Ali, que protesta sin ninguna intención real de recuperarla.

Ella, en medio de todo eso, con las mejillas un poco sonrosadas por el vino y el sol que se cuela entre el parral, riéndose de algo que no he escuchado .

Tengo algo que decirle. Algo que va a cambiar, de una manera u otra, esta tarde tan perfecta que está teniendo.

Y no sé si debe ser hoy. Pero haberme cogido la tarde libre significa que el tiempo no sobra. Y el tiempo, en este asunto, ya no es algo que pueda seguir malgastando.

Glosario canario

Bubango: calabacín, hortaliza típica de la cocina canaria.

Ños: interjección canaria de sorpresa o protesta.

Panza de burro: manto de nubes bajas y grises típico del norte de las islas.

Timba: dulce tradicional canario, similar a un bizcocho .

CAPÍTULO 16

ALI

Vértigo

Cuando pedimos la cuenta, la camarera de Casa Ramón nos dice que ya está todo pagado.

No hace falta ser un lince para deducir quién ha sido. La chica lleva un buen rato sin quitarle los ojos de encima a Nill, y sus mejillas andan encendidas un tono más que hace un rato. Se podría saber lo que le pasa por la cabeza solo con mirarla, su cara es un libro abierto.

Marco entra en debate inmediato con Lucía, argumentando que esta vez le tocaba pagar a ella o a Saúl, que según sus cálculos Nill se ha saltado el orden establecido.

Ella, en un tono que mezcla lo cómico con lo estratégico, le contesta que a ella le viene de perlas ese cambio, ya que su hermano la ha vuelto a colocar la última en la cola de pagos de manera sistemática, y le dedica un gesto ganador que Marco recibe con cara de no estar del todo conforme.

Se queda haciendo cálculos mentalmente. Luego levanta la vista hacia ella y antes de hablar lo hace Ana.

—Espera un momento... ¿Cada vez que quedan a comer juntos, en lugar de pagar entre todos, paga uno el total de la cuenta?

Ana parece que se le van a salir los ojos de las órbitas. Se gira hacia Marco en busca de una respuesta sensata, con la expresión de quien necesita que alguien le confirme que no está entendiendo mal la situación.

Marco, con cara de comprender perfectamente su asombro, se gira hacia Lucía.

—Mira, una igual de preguntona que tú.

Luego devuelve la vista hacia Ana, que sigue esperando.

—Desde que Saúl se fue a Berlín y Nill no para de trabajar, como nos vemos menos, hacemos una rueda. Cada vez que quedamos a comer, paga uno por orden. Así nos aseguramos de que todos acuden a la cita.

Lucía se queda pensativa un momento y añade, con una media sonrisa que no augura nada bueno:

—Pues no sé yo si Érica va a estar conforme con no haber estado hoy y que la rueda continúe... yo ahí lo dejo. Esto va a traer telita.

Y dirige los ojos hacia su hermano con una expresión que dice exactamente lo que no está diciendo en voz alta.

—Nadie se va a enfadar aquí por nada. —Nill lo dice con una calma que no admite réplica—. Hoy he pagado yo para darle la bienvenida al rubio, así que el orden sigue intacto. No te libras, Luci.

—Espera un momento... —Ana levanta una mano—. Entonces con nosotros para eso no cuenten. Dios santo, si yo tengo que pagar una comida de tantos, ya puedo hacer horas extra en la recepción del hotel.

—Entonces ya sí nos consideras amigos, que cuentas con todos —suelta Saúl, burlón—. Si es que ha sido fácil convencerte .

Ana coge el codo de pan que le sobró y se lo tira con una puntería que deja claro que lleva años practicando con objetivos más difíciles. Saúl lo esquiva riéndose.

Mis primos empiezan a argumentar que no es mal plan, que un día gastan mucho, pero que siendo tantos pagarían una comida cada casi tres meses.

Me sorprende la facilidad con la que se han acoplado al método, y a su grupo como si esto fuera algo que ya hubiera ocurrido antes.

Como si la fusión hubiese sido inevitable.

Han encajado como un mecanismo de relojería.

Ana y Lucía, aunque distintas, son las dos pura energía.

Sin embargo, es Zulema con Lucía quien me ha sorprendido más, congeniando de una manera tan natural y tranquila.

Ver a mi prima hablar con tanta soltura con alguien que acaba de conocer es, cuanto menos, inusual.