CAPÍTULO 15 #3
De Ana no me sorprende tanto. Ella es así, extrovertida hasta las trancas, capaz de hacer amigos en una sala de espera.
Pero que no haya parado de tirarle pullas a Nill como lo hace con mis primos, o el colegueo que se trae con Marco, eso sí me ha pillado desprevenida.
Durante la comida, Marco comenta que sabe bailar bachata, y mi amiga, ni corta ni perezosa, le dijo que tenía que enseñarla, que la salsa se le daba pasable, pero la bachata no es su fuerte.
Presenciar eso me ha hecho sentir como hace años. Por un momento he notado ese brillo que antes habitaba en mí, justo antes de que todo se derrumbara.
—Ali, no lo pienses más. Yo paso de unirme a la rueda esa o como quiera que la llamen, no tengo tanta pasta .
Ana, como siempre, me saca de las sombras de mis pensamientos con la facilidad que a veces me parece un superpoder y otras una pequeña invasión que le perdono porque la quiero demasiado.
—Bueno, eso ya lo deciden otro día. —Adrián nos coge a Ana y a mí por los hombros con ese abrazo que ocupa todo el espacio—. ¿Chicas, nos vamos a tomar algo al Limbo? ¿Qué dices, prima, te animas?
—Pues claro que dice que sí. ¿A que sí, Ali? —Ana no me da opción a una retirada y contesta por mí antes de que yo pueda abrir la boca.
—Siento fastidiarles el plan, pero a estas horas el Limbo todavía está cerrado. —Nill mira el reloj con calma—. Podemos ir a la terraza Vértigo. Así de paso les presento a Érica.
—¡Le hará ilusión! —dice Saúl.
—O nos manda a la mierda, que también puede ser —añade Marco.
Nill se ríe y se gira hacia mis primos.
—¿Les parece bien el sitio?
—A mí me parece perfecto. Un poco pijo, como tu amigo, pero bien. Por mí, sí. —Ana lo suelta sin filtro, con esa espontaneidad que mezcla el insulto y el halago en la misma frase y consigue que los dos suenen a cumplido.
Yo asiento sin saber muy bien dónde meterme, porque Ana está siendo ella misma, y no sé si tiene la suficiente confianza con este grupo como para permitírselo. Aunque, viéndola ahora mismo, creo que eso es algo que Ana nunca se ha preguntado.
—No te preocupes. Si te parece muy pijo, fierilla, yo invito a todo lo que tomemos, por mi llegada —dice Saúl.
La deja callada. Y no sé qué me sorprende más, si ver al rubio en esa postura contestando como si esto se tratara de anotar puntos, o a Ana sin réplica inmediata.
—Pues por nosotros, sin pegas. No vamos a decir que no a unas garimbitas con vistas al mar y buena musiquita, ¿a qué no, chicos?
Dailo lo dice quitando importancia al pique que llevan estos dos, y con esa facilidad suya consigue que todos empecemos a levantarnos de la mesa y a salir del guachinche casi sin darnos cuenta.
En unos minutos llegamos al Botánico, donde se encuentra la terraza Vértigo. Yo no había estado aquí nunca. Esta es zona de hoteles.
—¡Esto es un hotel! —digo cuando nos bajamos del coche, donde Pepe Luis sigue con el cinturón abrochado y una dignidad que no le corresponde a un oso de peluche.
—Así es. —Nill cierra la puerta que Ana ha dejado abierta con esa calma suya—. Cuando se hizo la remodelación, plantearon que la terraza no fuera solo de uso privativo del hotel, sino que pudiera entrar cualquiera, como si fuese una terraza normal. Espero que te guste.
—Vamos, que la remodelación la has hecho tú, ¿no? —Ana lo mira de frente—. Joder, no te andes con tanto misterio y di las cosas claritas, don Juan.
La madre que la trajo al mundo. Acaba de llamarle mujeriego así, en toda su cara, delante de todos. Yo no sé dónde meterme. Anita se está luciendo hoy.
Él, sin embargo, suelta una carcajada.
—Pensaba que dirigías obras de nueva construcción en la isla —digo, intentando suavizar el momento sin que parezca que estoy haciéndolo.
—Intento que sea más bien al revés. Hay mucho más hormigón del que me gustaría en la isla. No es cuestión de cargarse este paraíso pudiendo aprovechar lo que ya tenemos.
Saber esto de él dice más de lo que yo intuía sobre cómo trabaja. Veo que además de ambición tiene valores. No todos aprecian lo natural cuando se dedican al mundo del cemento.
Accedemos a la recepción del hotel para subir a la terraza por los ascensores.
La recepcionista, al vernos entrar, saluda al grupo, pero sus ojos van directos a Nill, y enseguida se acerca a él para darle dos besos y preguntarle por la empresa con esa voz que tienen las personas cuando quieren gustar sin que parezca que lo intentan.
Le pone la mano en el brazo un segundo de más, buscando el contacto, y él, con un gesto suave que se nota practicado, se la retira con la misma naturalidad con la que se aparta el pelo de la cara, sin que parezca ni siquiera darse cuenta de que lo está haciendo.
De frente tengo a Lucía, que contempla la escena poniendo los ojos en blanco con una expresión que lo dice todo sin decir nada.
La observo un momento. Se parece muchísimo a su hermano. El pelo más claro y la diferencia evidente de que es mujer, pero la misma mirada, los mismos rasgos, una sonrisa prácticamente idéntica. Y sin embargo Lucía se asemeja más en carácter a Ana .
—¡Somos mellizos! —dice Lucía, pillándome, mirándolos de más.
—Pensé que eras más pequeña.
—Gracias por el cumplido, pero no. Mi hermanito curra mucho y no solo detrás de un ordenador. Quizás por eso, el sol, la obra... parece más mayor.
—Ojalá fuese solo el trabajo lo que le echa años —añade Saúl.
Ana abre la boca para decir algo, pero le propino un codazo discreto y firme antes de que le dé tiempo. Está la hermana delante, y aunque Ana no suele medirse, hoy prefiero no arriesgarme.
—Tranquila, Ali, no te apures. Esa fama se la ha labrado él solito... pero eso no quiere decir que no sea una gran persona. —Lo dice Lucía sin quitarle la mirada a Ana, con una serenidad que no es defensa ciega sino algo más maduro, más honesto.
Ana se da cuenta de que ha podido meter la pata y por una vez guarda silencio un momento.
—No lo dudo, teniéndote a ti como hermana... —responde Ana.
Esta tía sale de los lodos donde ella misma se mete con una sutileza que solo le funciona a ella.
Las puertas del ascensor se abren y el Atlántico aparece de golpe, enorme y sin aviso, como si alguien hubiera corrido una cortina enorme sin pedirte permiso.
Me quedo un instante quieta, sin poder parar de observar la imagen que se despliega ante mí .
La terraza se extiende sobre una tarima de madera clara, con sillones de cuerda trenzada en tonos crema y blanco roto dispuestos alrededor de mesas bajas, sombrillas blancas a medio recoger y una barandilla de cristal que no interrumpe la vista, sino que la enmarca.
El mar, de un azul que no tiene nombre exacto, entre el turquesa y el añil dependiendo de dónde lo mires, se abre hasta donde alcanza la vista.
Los acantilados de La Matanza cierran el horizonte a la derecha, justo donde me espera todo lo que viene a resolver, justo donde está el que fue un día mi hogar, mi padre...
y justo debajo las piscinas de los Lagos Martiánez recortadas contra la roca volcánica como si alguien las hubiera esculpido a mano.
Es de esas vistas que te aprietan algo en el pecho sin que hayas dado permiso.
—¡Qué pasada! —murmuro, casi para mí misma.
Nill está a mi lado y lo escucha. No dice nada, pero cuando me giro un momento hacia él, lo encuentro mirándome a mí, no al mar. Aparto la vista antes de que eso signifique algo que no sé muy bien cómo manejar.
La camarera que se lanza a los brazos de Nill en cuanto nos ve llegar tiene el pelo rubio recogido en una coleta alta, los ojos muy expresivos y esa manera de moverse que tienen las personas que se sienten cómodas en su propio cuerpo.
Es muy guapa y la complicidad que se palpa entre ellos, esa familiaridad de quien se conoce desde hace tiempo y no necesita explicarla, me produce una punzada que no reconocía en mí desde hace demasiado.
La camarera del guachinche babeaba, la recepcionista lo alababa con esa voz especial, y ahora esta. Podría decirme que no me afecta. Pero estaría mintiendo, y llevo demasiado tiempo mintiéndome sobre demasiadas cosas como para añadir una más.
Ella nos junta dos mesas con esa eficiencia de quien conoce el espacio de memoria, y siento cómo analiza una por una a las nuevas integrantes de este grupo tan particular que se ha formado hoy mismo.
En especial se detiene unos segundos más en mí.
No es hostilidad, no exactamente. Es más parecido a la mirada de quien está leyendo una historia que ya conocía de oídas y ahora le está poniendo cara.
Saúl la abraza con esa confianza suya de siempre, como hace cuando me abraza a mí, o cuando abrazó a Lucía cuando esta entró por el guachinche.
—¡Eh! ¿Cómo estás, sarpetilla? ¿Mucho curro?
Ella se lo quita de encima con un empujón suave, mirándolo con cara de niña enfadada, pero con los ojos brillantes.
—Encima me llamas sarpetilla... ¿Cómo no me avisaste de esto? —dice señalándonos—. Me hubiese pedido el día, o lo hubiese cambiado con Yaiza.
Saúl la vuelve a coger por los hombros con esa tenacidad suya que no entiende de rechazos afectuosos.
—No te enfades. Prometo compensarlo. Han sido días raros, y Ali, que pensaba quedarse en Berlín, ha tenido que volver y esto ha surgido sin planearlo.
—¿Y Ali es...? —lo dice mirando a Ana, a Zule y luego a mí. No tiene claro todavía quién es cada una, aunque mi impresión, por su mirada, es que sospecha que soy yo.
Saúl hace las presentaciones con el cariño que me tiene, presentando a Ana y a mis primos primero, y dejándome a mí para el final.
—Esta es mi peque. Peque, ella es Érica. Es la que faltaba hoy en nuestro particular grupo. Creo que se llevarán bien.
Me callo que acabo de tener pensamientos muy opuestos a lo que él acaba de expresar. Pero ahora encaja. Si no recuerdo mal, Érica es la mejor amiga de Nill. Y eso no me tranquiliza ni un poco, aunque tampoco tendría por qué hacerlo.
Pongo la cara más amable que me sale y le doy dos besos.