Promesas de sal CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

NILL

El peso de un secreto

Mis expectativas de poder hablar con Ali nada más llegar se han truncado.

Cuando la vi salir con Ana, cómo la recibían sus primos, el oso que llevaba en los brazos, las lágrimas, todo ese alboroto de familia que la envolvía como si llevara mucho tiempo esperando exactamente ese momento, supe que no era el día. No era la hora. No era el sitio.

Eso me descolocó más de lo que esperaba. Pensaba buscar un momento a solas con ella cuando llegásemos a casa de mi amigo y así poderle contar todo con tranquilidad.

Llevaba semanas pensando que Ali había huido de aquí como quien intenta esconderse hasta de sí mismo.

Que se había ido de la isla porque algo le pesaba demasiado, y que ese peso tenía que ver con su familia, con su padre, o con algo que no quería mirar de frente y que por eso no tenía redes, para poder esconderse de algo que aun desconozco.

Pero viéndola ahí, en la terminal, abrazando a sus primos como si fueran oxígeno, llorando de esa manera tan limpia, tan sin guardarse nada, entendí que me había equivocado en algo importante.

Lo que sea que la hizo marcharse es algo que todavía se me escapa.

No parece que sea por su familia, o al menos no por sus primos.

Y eso me genera una curiosidad que no sé muy bien dónde meter.

No debería haber aceptado venir al guachinche.

Tengo trabajo de sobra esperándome, dos hoteles en remodelación, un cliente en Berlín que todavía necesita seguimiento, y aun así no me he opuesto ni lo más mínimo cuando Adrián ha propuesto ir al guachinche Casa Ramón.

Ni un segundo de duda. Desecho el pensamiento enseguida.

Ali es amiga de Saúl, y a partir de ahora formará parte de nuestro entorno también.

Lo doy por hecho sin que nadie me lo haya confirmado, porque conozco a Saúl, y porque conozco cómo funciona esto.

La gente que él quiere termina siendo gente que yo quiero, tarde o temprano.

Siempre ha sido así. Saúl y los demás también aceptaron a Érica cuando la presenté al grupo, como una más.

Subimos al coche. Saúl y yo delante, las chicas detrás, con el oso gigante y el ramo de flores ocupando entre ambas el espacio de una tercera persona.

Verlo ahí, ese peluche descomunal con su lazo azul asomando entre los dos asientos, ocupando la mitad del habitáculo, me hace gracia.

No es poca cosa, ese oso. Tiene más presencia que cualquiera de nosotros.

Saúl termina de colocar el equipaje, pero antes de ocupar el asiento de copiloto, abre la puerta trasera donde va sentada Ana y se adentra en el interior del coche, dejando caer su cuerpo encima de ella.

—¿Qué coño haces, pijo? ¡Que estás encima de mí, joder, invadiendo mi puto espacio personal!

—Tranquila, fierecilla, tranquila —le dice él con aire vacilón—. Que esto es por la seguridad de nuestro nuevo amigo Pepe Luis. No vaya a ser que nos pare la Guardia Civil y nos multe por llevarlo sin cinturón.

Le guiña un ojo y cierra la puerta en su cara justo cuando ella iba a contestar. La madre que lo parió. Acaba de ponerle nombre al oso.

—Por tu seguridad, te recomiendo que no te me acerques tanto, ¡pijo! —le suelta ella en cuanto él se sienta en el asiento delantero, con cara de pocos amigos.

Saúl la ignora descaradamente con una sonrisa ladeada. Y yo, por el retrovisor, observo cómo Ali se asoma al lado de Pepe Luis para mirar a su amiga, con una cara de quien no entiende qué está pasando, pero lo está disfrutando.

—Te he puesto el maletín y los planos encima del equipaje —dice Saúl, cerrando la puerta—. ¿Tienes mucho curro hoy?

—Tenía. He avisado a Lucía para que anule las citas.

Saúl arquea una ceja con esa cara de incredulidad que no me sorprende y no lo culpo.

Yo no soy de los que posponen el trabajo.

Nunca lo he sido. Llevo toda la vida construyendo esa fama a base de no fallar, de estar siempre disponible, de ser el primero en llegar y el último en irse.

Que hoy haya cancelado tres citas sin pensarlo dos veces es, para cualquiera que me conozca, una anomalía digna de estudio.

En ese momento suena mi teléfono. Es Lucía. Se conecta directamente al altavoz del coche.

—Hola, Luci. ¿Viste mi WhatsApp?

—Por eso te llamo. —Su voz llega con esa mezcla de sorpresa y reproche que solo una hermana puede dosificar tan bien—. ¿Se puede saber qué coño te ha picado? ¿Desde cuándo cancelas tú una cita? Bueno, una no. Para ser exactos, tres.

La corto antes de que siga. No sé qué va a decir después y no quiero que lo diga delante de todos. Ana y Ali ya se han abrochado el cinturón y se mantienen en silencio, con esa discreción de quien no quiere parecer que está escuchando, aunque, evidentemente, está escuchando.

—Escucha, Luci, estoy con el rubio. He venido a recogerlo al aeropuerto, bueno, a él, a Ali y a Ana. El caso es que han propuesto ir a un guachinche. Está también Dailo, que no te lo vas a creer, es primo de Ali. ¿Te vienes?

—Ummm... pues tengo que terminar de enviar unos correos y anular las citas...

—Termina eso y vente —interviene Saúl—. Y porfa, llámate a Marco, que como se entere de que vamos todos y no contamos con él, a ver quién lo aguanta luego.

—Vale, pues termino aquí y cierro. Si viene Marco, tardaré un poco más, paso a por él.

—Vale, Luci. Vamos al guachinche Casa Ramón. ¿Sabes llegar?

—Sí, venga, cuélgame, que si no... ¡no llego!

—¡Hasta ahora!

Cuando cuelga, Ana suelta desde atrás:

—Parece simpática tu hermana.

—Lo es. Les caerá bien, es la más sensata de nuestro grupo —dice Saúl con tono cariñoso.

Se frota las manos, contento, y conecta su móvil al coche con esa confianza que tenemos para esas cosas, poniendo música de fondo sin pedir permiso, como ha hecho mil veces.

—¿Qué te pone tan contento? —le pregunto.

—Estoy en casa y voy a comer con todos mis amigos. ¿Cómo no voy a estar feliz?

—Yo no soy tu amiga, ¿eh? Ños chiquitas confianzas... —suelta Ana, con ese tono suyo que mezcla advertencia y diversión.

—Aún, Ana. Aún —responde Saúl, sin perder la sonrisa.

Conozco al rubio desde niño, y ver la paciencia que está teniendo con Ana me hace gracia, porque la tensión entre ellos se corta con un cuchillo. Me pregunto si Ali se ha dado cuenta también. Sospecho que sí. Parece de las que se dan cuenta de todo.

Me incorporo a la autopista.

La TF-5 sube despacio entre curvas, y de frente el Teide se levanta con la misma quietud de siempre, como si llevara siglos esperando a que alguien se fijara en él de verdad.

El verde de los barrancos baja en franjas hacia los pueblos, llegando muchos de ellos casi al mar, y el cielo de hoy es de ese azul limpio que solo se ve aquí cuando la panza de burro decide no aparecer.

El paisaje entra por la ventanilla con una luz que no necesito mirar para sentir.

La conozco de memoria. Pero hoy, no sé por qué, me detengo en ella un segundo más de lo habitual, porque por el retrovisor veo que Ali tampoco despega ojo de la panorámica que se despliega ante nosotros.

Entiendo que ver esto después de tanto tiempo fuera puede que la esté emocionando.

Saúl me pregunta por los proyectos que tengo en marcha. Le cuento que la obra de Suiza ya ha finalizado y que la de Berlín todavía me queda un poco, que los dos hoteles que estamos reformando avanzan bien, que entre una cosa y otra el trabajo no falta.

—Trabajo no falta —repito, casi para mí mismo.

—Ya veo. Eso es bueno, Nill. Aunque de vez en cuando...

No termina la frase. No hace falta. Los dos sabemos lo que iba a decir.

Que de vez en cuando no estaría de más parar.

Llevo años sin hacerlo, y hoy, sin embargo, lo he hecho sin que nadie me lo pidiera, y eso, para alguien que me conoce tan bien como él, dice más de lo que cualquiera de los dos está dispuesto a comentar en este coche.

Llegamos a Casa Ramón pasado el mediodía.

Pedimos que nos unan varias mesas en la terraza, que no es más que el patio convertido en comedor, pero que tiene su encanto.

Si viene Marco seremos nueve, con todo el jaleo que eso implica.

No he avisado a Érica porque sé que está trabajando. La llamaré luego.

Cuando las mesas están listas pasamos al patio, bajo el parral, con el mar de fondo desde La Orotava.

Esa vista que solo se entiende viviendo aquí, el valle entero bajando hacia el Atlántico como una alfombra verde, y el mar siempre presente, siempre ahí, aunque uno esté a varios kilómetros de la costa .

Antes de llegar a las mesas, pasamos junto a la barbacoa de la entrada, apagada, reconvertida en expositor: encima y alrededor, cajas de madera cargadas de pimientos, ajos, cebollas, tomates, colocadas con ese desorden que en realidad es orden puro, como si fuera el puesto de un mercado y no la entrada de un restaurante.

Más adentro, una bañera vieja convertida en fregadero gigante, donde deben lavar los calderos más grandes después de cada servicio, y encima de ella una ventana con rejas que da directa a la cocina.

De ahí sale todo: el ruido de los cacharros, el olor a comida, y una música de verbena que reconozco de toda la vida, «A puro dolor», «Noche de copas», «Deseándote», mezclada con las voces de las cocineras y camareras, que hablan a gritos de una punta a otra de la cocina y en algún momento, sin venir a cuento, alguna se arranca a cantar el estribillo entero sin cortarse un pelo.

Se ríen entre ellas de algo que no llegamos a escuchar.

El sitio entero suena y huele exactamente como debe sonar y oler un guachinche de verdad.

Desde el patio se ve, al fondo, una platanera que da sombra a un lateral, y más allá un sendero de tierra que se pierde, hacia lo que debe de ser la huerta: hileras de parras que reconozco incluso desde aquí, de donde sale, imagino, el vino de la zona que nos han servido sin preguntar.

Todo en este sitio viene de algún lado cercano, de la tierra que se pisa, y eso se nota en cada plato antes incluso de probarlo.