Promesas de sal CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

Solo espero que sea solo por fuera. Aunque algo me dice que eso tampoco es posible. Hasta yo he cambiado por dentro.

El recibimiento es una fiesta.

Ver a Ana interactuar con mis primos con esa efusividad suya, como si llevara fuera los mismos años que yo, solo me reconfirma que han seguido manteniendo el contacto pese a mi ausencia. Que el hilo no se rompió del todo, aunque yo me empeñara en aflojarlo.

Veo a todos. Hablo con todos. Me río con todos.

Sin embargo, el rubio dijo que vendría Nill y no le veo por ningún lado. Me acerco a Saúl aprovechando un momento entre el caos.

—¿Avisaste a tu amigo para que no viniese al final?

—No. Debe estar por aquí. Igual pilló cola en la autopista.

Me digo que me da igual. Que con todo lo que acaba de pasar en los últimos diez minutos, entre el oso, las emociones de verlos, las lágrimas y los abrazos, ya tengo suficiente que procesar.

Entonces veo a Zulema mirando hacia un punto fijo de la terminal con la expresión de cuando algo le llama la atención de verdad. Sigo la dirección de su mirada.

Y algo en el estómago me aprieta.

Es Nill.

Me quedo inmóvil mirándole.

Está guapo el jodido. Con ese pelo revuelto que ya conozco y debe venir directo del trabajo porque va muy arreglado, la camisa marcando ese mismo torso que vi sin camiseta aquella noche en el pasillo de Berlín, con el pantalón de chándal gris que todavía recuerdo bien.

Me muerdo el labio por puro instinto y lo dejo de hacer inmediatamente, intentando disimular levantando la mano para saludarle.

Saúl se me adelanta dándole un abrazo a su amigo.

—No estaría de más que hiciésemos presentaciones, pijo... —dice Ana, en tono burlón.

—Lo mismo digo, fierilla —responde Saúl.

Ana abre la boca para contraatacar, pero se calla de repente cuando ve a Nill acercarse a mí. Su mano va directa a mi cintura y me da dos besos.

—Bienvenida, Ali.

Su voz. La misma de siempre. Aquí, en Los Rodeos, suena igual que en el pasillo de Berlín, y eso no me ayuda en absoluto.

—No sabía que iban a montar una fiesta —dice, buscando la mirada de Saúl que alza las manos a modo de rendición.

Luego mira al resto del grupo.

—Bueno, yo soy Nill.

—¡Jefe! —La voz de Dailo, con esa espontaneidad suya que no avisa—. No esperaba verte.

—¿Tú por aquí? —dice Nill, y los dos se saludan con la familiaridad de quien ya se conoce bien.

Me giro hacia mi primo con la pregunta dibujada en la cara.

—¿Cómo que jefe? ¿Se conocen?

—¿No me digas que trabajas para este? —suelta Ana, en tono ácido.

—Disculpa, «este» tiene nombre. Soy Nill Armas. ¿Y tú eres...?

—Yo soy Ana. La mejor amiga de Ali. —Lo dice con intención, mirando directamente a Saúl al pronunciar «mejor amiga».

—Encantado, Ana.

Dailo, que se percata de la acidez de Ana, interviene con esa naturalidad suya que desarma cualquier tensión.

—Empecé a currar en la empresa de Nill hace dos semanas. Estoy hecho un albañil de la hostia, ¿a que sí, jefe?

Todos ríen. Y yo sonrío también, aunque por dentro sigo procesando ese detalle. Mis tíos fueron albañiles toda la vida, y siempre nos hablaban de lo que costaba ese trabajo. Dailo lo sabe tan bien como yo. Que lo haya elegido dice algo de él que todavía no termino de descifrar.

Se desata el jaleo de presentaciones. Los nombres, los apodos, las bromas cruzadas. La terminal entera debe estar preguntándose qué grupo de locos somos.

Poco a poco vamos saliendo hacia la zona de llegadas, a la calle.

En cuanto se abren las puertas automáticas el frío de Los Rodeos me devuelve a la realidad de golpe. Me paro en seco. Mi tierra y sus microclimas. Ese fresquito húmedo del norte que no se parece a nada, que se te mete en los pulmones y te dice aquí estás.

Dejo que me invada un segundo.

Pero Adrián me pone su chaqueta por encima de los hombros antes de que yo pueda protestar.

—Toma, prima, tápate. Que ya eres como una guiri más que se cree eso de Tenerife sol y playa. Me sorprende que no hayas cogido un abriguito, niña, que aquí ya sabes cómo se pone siempre…

—No seas intensito, que no es de cristal —suelta Ana—. Y ya no es tan niña. ¿Vamos a comer algo o qué? Yo tengo una gazuza increíble.

Ahora es Saúl quien se queda con cara de circunstancia, mirando a Nill, luego a mis primos, luego a mí, como calculando algo que no termina de cuadrarle.

—Si no les importa que vayamos... ¿Tú vienes, verdad, Nill?

Nill mira su reloj. Luego mira el móvil.

—¡Por qué no! Aviso a Lucía que llego un poco más tarde.

—Dile que se venga, hombre, que no mordemos a nadie. Además, tu hermana me cae genial —dice Dailo.

Nill levanta la mirada hacia mí, esperando una respuesta que no debería necesitar de mí pero que de alguna manera me pide.

—Sí, claro. Por mí no hay problema si quiere venir.

—¡Pues andando, gentuza, que vamos a ocupar el guachinche entero! ¡Van a flipar! —dice Ana de guasa.

—¿Es así de intensa siempre? —le pregunta Nill a Saúl, riéndose.

—Creo que sí —responde Saúl, alzando los hombros a modo de rendición.

—¿Dónde vamos? —pregunta Ana—. Tanta emoción junta da hambre.

—Vamos a Casa Ramón. ¿Saben dónde es? —dice Adrián.

Nill asiente sacando las llaves de su coche del bolsillo.

—¿Cómo nos repartimos? ¿Han venido en un coche?

—Sí, hemos venido los tres en uno. Lo que no creo es que quepan todas las maletas en mi Ford Fiesta...

—Caben en mi coche, sin problema. —Nill mira al grupo—. ¿Nos vemos allí?

Lo dice dando por sentado que nosotros vamos con él, con esa calma suya que no pregunta, sino que organiza.

Me quedo un poco desorientada. Pensaba que iría con mis primos.

Hace mucho que no los veo y todavía mi prima Zulema no me ha soltado la mano, acariciándola con el pulgar con ese gesto tan suyo que no ha cambiado nada en todos estos años.

—Venga, peque —dice Ana, tirando de mi brazo—. Que los vas a ver ahora en un momentito. Y yo quiero golisnear el coche de este. —Señala a Nill sin ningún tipo de disimulo—. Creo que seremos las únicas que se hayan subido sin estar hasta las trancas de él.

—Pues sí que estás informada de mi vida, ¿no? —dice Nill, mirándola con expresión divertida, mientras teclea algo en su móvil con una rapidez que deslumbra. Supongo que está avisando a su hermana.

—Aquí las noticias vuelan, chaval —le suelta Ana sin ningún tipo de vergüenza.

Me despido de mis primos lanzándoles besos que me devuelven entre risas y empujones. Zulema me aprieta la mano una última vez antes de soltarme.

Nill se adelanta guiándonos hasta su coche.

Cuando se para junto al maletero me quedo embobada mirándolo.

Un Range Rover Defender negro.

Le pega. Claro que le pega. Y además de gustarme, en este momento me parece el único coche del mundo capaz de acoger dignamente el oso de peluche gigante que llevo entre los brazos, casi de mi tamaño, con su lazo azul y el ramo de rosas todavía intacto.

Glosario canario

Escachar: romper, aplastar.

Gazuza: hambre.

Golisnear: curiosear, husmear.

Guachinche: bar o restaurante informal, típico de Tenerife.