Promesas de sal CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

ALI

Tierra Firme

En cuanto me levanto del asiento y cojo mi bolsa del compartimento superior, la presión en el pecho vuelve.

No se había ido del todo durante el vuelo, pero la mantenía a raya con la conversación, con la risa de Ana, con el paisaje por la ventanilla.

Ahora, con la isla ahí fuera y la puerta del avión a punto de abrirse, no hay nada que la contenga.

Se me instala entre las costillas con ese peso sordo de quien sabe que lo que tiene delante no es un regreso cualquiera.

Sé que debo estar aquí. Lo sé con toda la certeza que tengo, que no es poca.

Mi padre me necesita, aunque todavía no sepa exactamente cómo.

Pero hay otras cosas que me esperan fuera y que no he terminado de procesar.

Mi futuro profesional, que en Berlín tenía medio encaminado y ahora es una incógnita completa.

La isla es pequeña, y por lo tanto tarde o temprano cruzarme con Guille es solo cuestión de tiempo.

Ana ya me contó que varias veces le ha escrito diciéndole que tiene que contarme algo, y eso me extraña.

No sé de qué podemos tener que hablar él y yo cuando me dejó en el momento en que más lo necesitaba.

Han pasado demasiados años. No tiene sentido.

Todo lo que me espera cuando salga ahí fuera me asusta y al mismo tiempo hay algo en mí que quiere bajar corriendo, respirar la tierra donde nací y enfrentar todo de una vez por todas.

—¡Vamos, peque, sal ya! —Ana me da un toque en el brazo con esa impaciencia suya que no entiende de reflexiones en el pasillo de los aviones—. ¡Adri y Zulema me acaban de escribir, están esperándonos fuera!

La cara de mi amiga es pura ilusión.

—Deja que veas a Adri... —añade, bajando la voz un tono—. La pinta de malote pervertido que tiene el jodido...

Saúl pone una expresión rara. Mis ojos bailan de Ana a Saúl viendo sus caras de contradicción.

—¿Qué pasa, pijo, no te ha gustado la idea de que hayan venido los primos de Ali? —dice Ana, lanzándole una mirada acusatoria.

—No me llames pijo... Es que... —empieza Saúl.

Ana no le deja acabar la frase.

—Es que lo eres, no entiendo por qué te molestas.

Él chasquea la lengua y pone los ojos en blanco dándola por imposible, pero sigue hablando.

—No es que me moleste. Es que le dije a Nill que viniese a por nosotros. De hecho, debe estar fuera.

No sé qué cara debo poner porque ahora mismo no sé ni dónde meterme. Solo me faltaba sumarle a la ecuación que Nill esté ahí fuera esperando. Con mis primos. Con todo a la vez.

—Lo siento, peque —dice Saúl, mirándome con esa expresión de quien sabe que ha metido la pata—. No sabía que te fuese a molestar. Ya sé que fue un poco intenso preguntándote lo de las redes y tal, pero te prometo que es un buen tío.

—No, no me molesta. Pero no lo mencionaste —me sabe mal decirle a Saúl que, en realidad, no me hace especial ilusión que sea justamente él quien esté ahí fuera esperándonos.

En este momento lo único que quiero es poner mis pensamientos en orden, y ahora resulta que fuera están mis primos, Nill, y a saber qué más.

Y, aun así, tengo tantas ganas de ver a mis primos, que hasta yo siento como algo dentro de mí se activa.

Todo lo que sé de ellos es a través de mensajes de WhatsApp.

Cuando me fui eliminé todas mis redes sociales, no quería saber nada de Guille, y con eso rompí ese vínculo que te da información sobre tus seres queridos más allá de un mensaje.

Ver qué hacen, cómo han cambiado físicamente.

Lo sacrifiqué sin pensar del todo en lo que perdía.

Saúl pone cara de disgusto.

—Eso, no dijiste nada. Cómo se te ocurre, desde luego, pijo, eres un maleducado.

Ana nos empuja a los dos para salir ella primera. De repente se gira con su habitual energía, señalando a Saúl con el dedo.

—Mira, una cosa sola te voy a decir. Le dices al picaflor de tu amiguito que se mantenga quietito, que deje a Ali tranquilita, que ya bastante tiene. Que ya sabemos la fama que tiene aquí el colega. Que su artillería de conquistador de pibas la deje para otras.

Por cómo la mira Saúl, sé que lo está sacando de quicio.

Pero es Ana en esencia pura, con su verborrea, con su defensa instintiva de todo lo que le importa, y verla así me hace gracia.

La echaba tanto de menos. Su ausencia estos años en mi vida creo que ha ayudado a que me haya apagado un poco más de lo que lo hizo el duelo.

Me pregunto si ahora que la tengo cerca mi humor y la luz volverán a formar parte de mi vida.

—Ah, muy bonito, ¿y a ti te hace gracia? —dice Saúl, mirándome fijamente.

La gente en el pasillo ya empieza a poner caras de agobio porque Ana está plantada en medio sin darse cuenta de que quieren bajar.

—Tranquila, fiera —dice Saúl, bajando el tono—. Que Nill a Ali no le pondrá un dedo encima, ya te lo digo yo. Él sabe muy bien que con el círculo cercano no se juega.

—Eso espero —responde Ana.

—Chicos, ¿pueden seguir discutiendo fuera? Que queremos bajar.

Lo digo refiriéndome a la gente, que con gestos aprueba mi comentario. Vamos, que les falta aplaudirme.

Una señora mayor detrás de nosotros comenta con toda la paciencia del mundo:

—Eso, exactamente.

—Venga, chicos, dejen de discutir. Vamos —digo.

Ana sale, pero va renegando por lo bajini. Está demasiado a la defensiva. Lo noto en cada palabra, en cada gesto. Tiene miedo de que me hagan daño y lo disfraza de cabreo porque es lo que sabe hacer.

Cruzamos el pasillo y ya están saliendo las maletas en la cinta.

Saúl se adelanta y las va cogiendo una a una con esa eficiencia suya, colocando todo en el carrito sin perder tiempo.

No soy tonta. Me doy cuenta de cómo mi amiga está mirando a Saúl mientras hace todo eso.

Conozco esa mirada. Aunque hayan pasado muchos años fuera, eso no ha cambiado en ella.

Le cojo la cintura por detrás.

—¿Tan mal te cae el rubio?

Ella gira la cara sonriendo, con esa cara de buena que no le dura más de dos segundos.

—Me cae de lujo. Solo que se toma unas confianzas... ¿Quién le ha pedido a él que llame a nadie para que venga a recogernos?

Hago acopio de toda mi paciencia porque llegados a este punto sé que Ana no va a recular.

—Recuerda que llevo viviendo con él mucho tiempo y que me quiere tanto como tú, por eso se preocupa.

No me deja terminar.

—Y una mierda, Ali. Nadie te quiere como yo, escúchame bien. Nadie. Ese es el problema, que se cree que porque te conoce hace unos años ya...

—Anita, afloja. Relájate. —La miro con la ternura que le tengo y que no siempre le puedo demostrar—. Y yo que creía que la que estaba nerviosa era yo... Necesitas más una cervecita que yo.

En cuanto digo eso se le ilumina la cara entera.

—¡No se diga más! —Me suelta un beso en la mejilla—. ¡Unas garimbitas en El Limbo! Y como me vuelvas a decir cervecitaaaa te escacho la cabeza, ¿eh? A mí me hablas canario y clarito, ¿te queda claro?

La carcajada me sale sin poder contenerla.

Saúl se gira cuando ya ha colocado todo el equipaje en el carrito.

—¿Qué me estoy perdiendo, chicas?

—Nada, pijo, que como has liado tanto alboroto con la llegada de Ali, ¿qué menos que ir de garimbitas al Limbo, ¿no?

Saúl la observa, más relajado. También ha notado su cambio de humor.

—Primero tendremos que parar en un guachinche a comer algo, ¿les parece?

—Muero por una ropa vieja —suelto, sin pensarlo—. O unas garbancitas, o papas con mojo...

Recordar los sabores de esa comida me hace salivar, y creo que se me nota en la cara porque los dos al verme sonríen a la vez, con esa expresión de quien acaba de ver el mayor espejismo del mundo.

Sé que mi humor estos días no ha sido el más animado, que llevo años inmersa en un aura de tristeza que yo misma en algún momento he notado.

Y que haya aceptado con tanta efusividad les ha alegrado más de lo que esperaban.

Se abren las puertas hacia la salida y no me da tiempo a dar un paso más.

Mi primo Adrián.

Cuando me marché era un fideo desgarbado con granos y una energía que no sabía dónde meter.

Ahora está mazado, hecho un hombre, y bastante atractivo, lo cual me resulta completamente perturbador porque es mi primo y le recuerdo con los aparatos de ortodoncia y una camiseta de Bob Esponja.

Ahora va arreglado, con aspecto cuidado, no queda ni rastro de los granos y su barba le da un aire más adulto del que recordaba.

Me coge en brazos levantándome del suelo antes de que yo pueda decir nada.

—¡Prima! ¡Cuánto te he echado de menos, mi niña! —Me baja y me da una vuelta—. Pero bueno, bueno, bueno... ¿Qué tenemos por aquí? Si estás hecha todo un pibón.

—¡Quita, coño! Deja un poco para los demás.

Zulema, abriéndose paso con esa aspereza suya, me abraza antes de que Adrián termine de soltarme.

—Como te vuelvas a marchar tanto tiempo me piro contigo. Tú no sabes lo que es aguantar a este personaje y a Dailo. No me vuelvas a dejar sola a cargo de estos, te lo pido por favor.

Miro buscándole. Me resulta raro no verle. Estos tres van juntos hasta para mear, siempre ha sido así desde críos.

Veo acercarse un oso de peluche enorme, blanco, con un lazo azul, avanzando por la terminal con un ramo de rosas asomando, por un lado.

Me pongo roja al instante. Las caras de todos son un poema y la mía supongo que no es menos.

Por un momento creo que puede ser Guille.

Aunque sé que es improbable, él rompió con nuestra relación y con todas las promesas que jamás se cumplieron.

Cuando veo salir a mi primo Dailo de detrás del oso, las lágrimas se apoderan de mí sin pedirme permiso.

Cuando me marché, él era el más indefenso de los cuatro.

El más callado, el más pequeño de espíritu, el que más me preocupaba dejar.

Verle ahora así, hecho un hombre, morenazo, con ese estilo bohemio suyo de sombrero y tatuajes que no me esperaba, me desarma de una manera que no consigo controlar.

Hasta un pendiente lleva. Está increíblemente guapo y con un rollazo que jamás habría intuido.

Todos han cambiado tanto...